1 #2
Vestía sencillo, pero no casual. Un vestido negro corto, ajustado, de líneas limpias que dejaba los hombros al descubierto.
El tipo de ropa que parecía elegida sin esfuerzo.
Se había dejado el pelo suelto, ligeramente ondulado, cayéndole sobre la espalda y un maquillaje suave que resaltaba lo justo, sin excesos.
Iba elegante y discreta, tal y como le gustaba a ella.
Nunca se había caracterizado por querer ser el centro de atención.
Dio un sorbo a la copa de vodka con cocacola y suspiró resignada mientras miraba de un lado a otro, intentando entretenerse y despejar la mente.
—¿Te invito a otra?
Clara no se giró de inmediato; ya había notado su presencia, demasiado cerca y demasiado seguro de sí mismo, antes de que dijera una sola palabra.
—No —respondió tranquila.
El chico sonrió, apoyándose en la barra como si la conversación fuera a continuar de todas formas.
—Ni siquiera sabes qué iba a pedirte —comentó con una sonrisa.
Clara giró entonces la cabeza, mirándolo por primera vez.
El chico rondaba los treinta y pocos y tenía ese aire de seguridad fácil, propio de quien está acostumbrado a gustar sin esfuerzo.
Alto, bien proporcionado, con los hombros anchos bajo una camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello, lo justo para parecer informal sin dejar de estar cuidado.
El pelo oscuro, peinado con intención, pero sin rigidez, y una barba corta que suavizaba unos rasgos demasiado definidos como para pasar desapercibidos.
Era el típico chico que sabía perfectamente cómo entrar en una conversación y cómo salir de ella sin perder.
—No me interesa —respondió ella.
Él soltó una risa breve e incrédula.
—Eso no suele pasar.
Clara ladeó su cabeza.
—Empieza a acostumbrarte. —La sonrisa de Clara fue suave y casi amable.
El chico la sostuvo unos segundos más con la mirada, evaluando si merecía la pena insistir, y al final decidió que no.
—Vale… —murmuró levantando las manos—. Tú te lo pierdes.
—Seguro que sí —susurró agobiada.
Clara desvió la atención hacia su copa, ignorándolo, hasta que el muchacho acabó alejándose.
Apuró lo que quedaba de la bebida de un trago, dejó el vaso sobre la barra con un leve golpe seco y suspiró. Necesitaba moverse o salir de allí.
Buscó a Laura entre la multitud, recorriendo la pista con la mirada hasta encontrarla al fondo, iluminada por una luz azul intermitente. Estaba bailando con Alfonso, su novio, completamente enfrascada en su propio mundo, riéndose y acercándose más de lo necesario, ajena a todo lo demás.
Alfonso era ingeniero industrial, trabajaba en una empresa de automatización y siempre le había caído bien a Clara.
Tranquilo, educado, con ese tipo de inteligencia práctica que no necesitaba imponerse.
Era fácil hablar con él, pero no aquella noche.
Aquella noche no tenía sitio ahí. No le gustaba sentirse como una pieza que sobraba, como si estuviera de más en una escena que no le pertenecía.
Exhaló despacio, apartando la mirada. Había demasiado ruido y demasiada gente.
Dejó el vaso en la barra y bajó del taburete sintiendo cómo aquella segunda copa ya le había afectado levemente al equilibrio. Sí, definitivamente necesitaba aire, despejarse un poco.
Se abrió paso hacia la salida sin pensarlo demasiado, esquivando cuerpos que bailaban al son de una música electrizante, luces que pasaban por encima de ella y miradas que no retenía ni un segundo más de lo necesario.
Caminó por el pasillo hacia la salida de la discoteca e incluso antes de salir a la calle ya notó el cambio en el aire.
Fuera, el aire era frío y más limpio, y la música quedaba amortiguada tras la puerta, como si viniera de otro lugar.
Salió al exterior y durante unos segundos se quedó quieta, cerrando los ojos y respirando hondo. En su estado, no fue muy buena idea. Notó rápido cómo perdía el equilibrio hacia un lado.
Fue hasta la pared y se apoyó en ella, dejando que el frío del exterior le calmara el calor pegajoso que traía de dentro. Cerró los ojos un instante, respirando despacio, como si necesitara recolocarse por dentro.
Siempre pasaba lo mismo. Se llevaba bien con Laura; no era una relación forzada ni incómoda.
Con ella todo resultaba fácil, ligero, incluso divertido a veces.
Alfonso también le caía bien, demasiado bien para lo que solían ser las parejas de sus amigas: tranquilo, de conversación fácil, sin necesidad de encajar en ningún sitio.
A veces incluso quedaban los tres a tomar algo y, por un rato, Clara conseguía olvidar esa sensación de estar fuera.
Pero siempre volvía. Esa certeza silenciosa de que sobraba, de que, aunque nadie lo dijera, la escena funcionaba igual —o incluso mejor— sin ella.
Cada vez que quedaban, Clara pensaba lo mismo: que sería la última vez, que no volvería a ponerse en esa situación, que no tenía sentido seguir fingiendo que encajaba en algo que no estaba hecho para ella.
Y, aun así, volvía, quizá por inercia o quizá por Laura, porque una parte de ella sospechaba que Laura la invitaba no solo por amistad, sino porque le daba lástima.
La idea no le gustaba, pero tampoco podía descartarla del todo.
Abrió los ojos, clavando la mirada en el suelo unos segundos.
No era una persona fácil, nunca lo había sido.
No sabía ni le interesaba mantener conversaciones vacías ni esforzarse por caer bien, tampoco suavizar lo que pensaba para hacerlo más digerible. Con el tiempo, eso había reducido su círculo.
Laura y poco más. Bueno… Marta, o lo que quedaba de Marta.
Se conocían desde hacía años, pero últimamente apenas hablaban.
Desde que había empezado a salir con Álvaro, arquitecto si no recordaba mal, todo se había vuelto más distante.
No había sido de forma brusca, no había ocurrido ninguna discusión, simplemente había sucedido.
Menos mensajes, menos planes y menos coincidencias… hasta desaparecer casi por completo.
Clara no había hecho nada por evitarlo ni por recuperarla, puede que porque, en el fondo, no la necesitaba o porque le resultaba más fácil así. Siempre había sido así, más cómoda sola que mal acompañada, más eficiente sin ruido alrededor.
Su mente se desvió hacia algo más lejano en el tiempo: la universidad. Hacía cinco años ya desde que había salido de allí.
Había tenido una relación entonces. Dos años que, en su momento, le habían parecido importantes. Sergio, informático también, aunque muy distinto a ella: más social, más flexible y más dispuesto a adaptarse.
Al principio había funcionado, luego… no. Demasiadas diferencias, demasiadas discusiones por cosas que a Clara le parecían irrelevantes y que, para él, lo eran todo: tiempo, atención, presencia. Sergio quería más de lo que ella estaba dispuesta a dar, no porque no pudiera, sino porque no quería.
No lo necesitaba y, cuando llegó el momento de elegir, no hubo duda: el trabajo, siempre el trabajo.
Lo dejaron sin drama, sin grandes escenas, casi como si ambos supieran que aquello no tenía mucho más recorrido y, desde entonces, nada. Cinco años y ni una pareja más, ni intentos, ni interés real. Y no lo echaba de menos, ni siquiera un poco.
Exhaló despacio, cruzándose de brazos. No necesitaba a nadie, no necesitaba distracciones. Tenía su trabajo, sus rutinas y sus cosas. Y, sobre todo, tenía la sensación constante de que había algo más importante esperando a ser descubierto, entendido y resuelto.
Eso sí le importaba, sí la llenaba; lo demás era ruido.
Supo que no estaba sola antes de abrir los ojos.
Había alguien más allí, apoyado a unos metros de distancia, lo suficientemente lejos como para no invadir su espacio, pero lo suficientemente cerca como para no pasar desapercibido.
Clara giró ligeramente la cabeza.
Él no se movió.
Alto, postura relajada, manos en los bolsillos, como si llevara ahí más tiempo del que debería. La tenue luz de la calle recortaba su silueta sin definirla del todo, pero había algo en la forma en que estaba quieto, en cómo observaba sin pretender hacerlo, que no encajaba con el resto de la noche.
Él no dijo nada. Ella tampoco, pero aquel hombre no dejaba de observarla.
—Si estás esperando a alguien, creo que no soy yo —pronunció ella lentamente.
Su voz sonó calmada, sin hostilidad ni invitación alguna.
Él giró entonces la cabeza, mirándola por primera vez. O eso parecía.
—No estoy esperando —respondió en voz baja, pero firme y demasiado tranquila.
Clara lo estudió con más atención, deteniéndose un segundo más de lo necesario.
Era un chico alto, bastante más que la mayoría de los que habían pasado por su lado aquella noche.
Medía cerca de metro ochenta y cinco, quizá algo más, con una complexión atlética que no parecía trabajada en un gimnasio, sino construida con disciplina y rutina, como algo más funcional que estético.
Hombros anchos y postura recta, sin rigidez, como si su cuerpo estuviera acostumbrado a moverse con precisión incluso cuando estaba quieto.
Tenía el pelo oscuro, corto y perfectamente ordenado, demasiado cuidado para ser casual, aunque sin llegar a parecer forzado. No era el tipo de chico que llamara la atención de inmediato, pero, una vez te fijabas en él, dejaba de pasar desapercibido.
Sus ojos eran claros. No sabría decir si gris o verde desde aquella distancia, pero tenían algo frío, contenido, como si midieran más de lo que mostraban. No invadían, no buscaban, pero tampoco se perdían nada.
La ropa no ayudaba a encasillarlo.
Nada llamativo, nada que destacara. Una camisa oscura bien ajustada, sin arrugas, unos pantalones igualmente neutros y zapatos limpios. Todo correcto, todo en su sitio, como si hubiera elegido exactamente lo necesario para no llamar la atención… y, aun así, la llamara.
Siempre había sido buena evaluando riesgos, trabajaba de ello, y podía asegurar que aquel chico no encajaba del todo con el resto. Y eso era precisamente lo que lo hacía difícil de ignorar.