Conexión peligrosa 1
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Tres años después.

El sonido del teclado era constante, preciso e hipnótico.

Clara no levantaba la vista de la pantalla.

Sus dedos se movían con una rapidez natural, sin esfuerzo aparente, como si no estuviera pensando en lo que hacía y todo ocurriera un paso por delante de su propia conciencia.

Líneas de código, registros, accesos… todo encajando, ordenándose bajo su criterio con una facilidad que en otros requería tiempo, comprobaciones y dudas. Ella no dudaba, no en eso.

La oficina de Nexora Systems, en el distrito tecnológico de Barcelona, era todo cristal y luz blanca, demasiado limpia y demasiado perfecta.

Pantallas abiertas, conversaciones en voz baja y el murmullo constante de un lugar que pretendía ser dinámico sin dejar de ser controlado.

A Clara siempre le había parecido predecible y cómodo.

Nexora Systems se dedicaba a lo que las empresas nunca querían admitir que necesitaban hasta que era demasiado tarde: proteger sus sistemas, cerrar grietas, encontrar fallos antes de que alguien más los encontrara.

Auditorías de seguridad, análisis de vulnerabilidades, control de accesos.

.. todo lo que mantenía intacta la ilusión de que el mundo digital era seguro.

Clara se encargaba de demostrar lo contrario.

En la pantalla, una simulación de intrusión acababa de completarse.

Sonrió ladeando la cabeza: acceso concedido. Aquellas palabras iluminaban su pantalla en ese momento.

—Esto ha sido ridículamente fácil… —murmuró.

—¿Otra víctima indefensa?

La voz llegó desde su izquierda. Clara no necesitó mirar para saber quién era.

—Ni siquiera han intentado ocultarlo —respondió sin dejar de teclear.

Laura apoyó los codos en el borde de la mesa, inclinándose ligeramente para ver la pantalla, aunque en realidad no entendiera la mitad de lo que veía.

—De verdad, no sé cómo no te aburres.

Clara alzó una ceja, girando por fin la cabeza hacia ella.

—Créeme, me esfuerzo.

Laura rio sacudiendo la cabeza.

—Eres demasiado buena para esto… —Clara sonrió divertida mientras su amiga la miraba con burla—. Me das un poquito de asco ahora mismo —ironizó.

Clara le devolvió una sonrisa inocente que no tenía nada que ver con lo que acababa de hacer en ese sistema.

A simple vista, encajaba demasiado bien en ese entorno.

Rasgos suaves, piel clara, el pelo castaño claro cayéndole con descuido sobre los hombros, como si nunca necesitara arreglarlo demasiado, y ojos marrón claro, tranquilos y observadores.

Siempre impecable sin parecer que lo intentaba, era de esas personas que pasaban desapercibidas si no sabías dónde mirar.

—Clara —la llamó una voz masculina.

La voz de Marcos atravesó la oficina con la autoridad justa, sin levantar el tono, pero consiguiendo que se girara de inmediato.

Estaba en la puerta de su despacho, mirándola con esa mezcla de prisa y expectativa que solía reservar para cosas que, en su cabeza, eran importantes.

—Un momento —respondió ella guardando rápidamente el informe.

Se levantó con calma, ignorando la mirada curiosa de Laura.

—Luego me cuentas —susurró esta.

Clara no respondió, solo caminó hacia el despacho.

Marcos cerró la puerta en cuanto ella entró.

—Necesito que te encargues de algo —dijo sin rodeos, dirigiéndose a la mesa.

El despacho de Marcos no era muy grande, pero estaba diseñado para parecerlo.

El cristal ocupaba casi toda la pared exterior, dejando entrar una luz blanca que se reflejaba en las superficies pulidas y en el mobiliario minimalista, como si todo allí estuviera pensado para proyectar orden, control y eficiencia.

Desde dentro se dominaba buena parte de la oficina, aunque el efecto era más simbólico que real: ver sin ser visto, observar sin inmiscuirse.

El escritorio, amplio y despejado, apenas tenía lo imprescindible: un portátil perfectamente alineado, una carpeta abierta con documentos organizados con una precisión casi obsesiva y un bolígrafo colocado en paralelo al borde, como si alguien midiera distancias invisibles.

No había ningún objeto personal ni ninguna otra distracción o fotografía.

Detrás, había una estantería baja con algunos dosieres perfectamente archivados y un par de libros técnicos que probablemente nadie había abierto en meses, colocados más por lo que representaban que por lo que aportaban.

El aire olía a limpio, a café reciente y a ese tipo de espacios donde todo está bajo control porque nada se deja al azar.

Clara lo recorrió con la mirada en un segundo. Siempre le había parecido un lugar demasiado correcto y ordenado, como si dentro no pudiera pasar nada realmente interesante y, sin embargo, era ahí donde empezaban casi todos los problemas.

Clara se apoyó ligeramente en el respaldo de la silla frente a él, cruzándose de brazos con naturalidad.

—Eso lo hago siempre.

Él esbozó una sonrisa breve.

—Esto es diferente. —Abrió una carpeta en su escritorio, girándola hacia ella—.

Clientes nuevos… muy importantes. —Clara bajó la mirada, recorriendo los datos sin mostrar demasiado interés, aunque ya había empezado a analizarlo todo—.

Quieren una auditoría completa —continuó Marcos—.

Sistemas, accesos, posibles vulnerabilidades. .. todo.

—¿Todo? ¿Y por qué yo? —se quejó—. Llevo muchos clientes ahora mismo y estoy liada con…

—Porque eres la mejor —la cortó su jefe.

Ella suspiró al escuchar aquello y apartó la mirada de él.

No lo dijo como un halago, sino como un hecho.

Clara chasqueó la lengua y levantó la vista, encontrándose con su mirada—.

Además —añadió él—, esto no puede fallar.

Es uno de los clientes más importantes que hemos tenido y… quiero que lo lleves tú.

Clara ladeó ligeramente la cabeza, pensativa, y finalmente suspiró.

—Vale —dijo, dándose por vencida antes de discutir con él. Sabía que no serviría de nada.

Marcos asintió, satisfecho.

—Empieza hoy mismo —la señaló.

Ella tomó la carpeta sin prisa, girándose hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo un segundo.

—Marcos…

—¿Sí?

Clara sonrió con esa sonrisa afable que nunca decía del todo lo que pensaba.

—Intentas que no me aburra, ¿verdad? —bromeó.

Su jefe sonrió y enarcó una ceja.

—La reunión es el próximo lunes —continuó él sin responder a su pregunta—, así que espero que esté todo listo para entonces. Quiero este cliente. Sorpréndelos.

—Claro —respondió antes de salir.

Clara salió del despacho sin prisa, con la carpeta apoyada contra la palma de la mano, como si no pesara nada o no hubiera nada dentro que mereciera atención inmediata.

El murmullo de la oficina la envolvió de nuevo en cuanto cruzó la puerta: ese sonido constante de teclas, conversaciones a media voz y el aire acondicionado.

Caminó hasta su mesa con la misma calma de siempre y dejó la carpeta sobre el escritorio, alineándola casi por inercia junto al teclado.

No la abrió mientras se sentaba y se situaba ante la pantalla de su ordenador, aunque sintió la mirada a su lado.

Laura, desde su sitio, fingía estar concentrada en su pantalla, pero la forma en que ladeaba ligeramente la cabeza y cómo sus dedos se habían detenido sobre el teclado la delataban sin esfuerzo.

Clara apoyó una mano en la mesa, inclinándose hacia delante.

—Nuevos clientes —dijo sin más.

Laura alzó la vista, como si aquello confirmara exactamente lo que esperaba.

—¿Y?

Clara se encogió de hombros.

—Y nada. —Laura entornó los ojos, estudiándola. Clara esbozó una sonrisa, de esas que parecían más una distracción que una respuesta—. El lunes es la reunión —le informó mientras ponía los ojos en blanco.

Laura resopló, pero no insistió. Sabía lo que implicaban aquellas últimas palabras por parte de su amiga: trabajar sin parar el resto del día para impresionar a los nuevos clientes.

Clara arrastró la carpeta hacia ella y sus dedos se deslizaron por el borde antes de abrirla.

Dentro había documentos ordenados: datos, informes preliminares y nombres.

Los recorrió con rapidez, asimilando la información sin detenerse demasiado en ningún punto y dejando que su cabeza hiciera conexiones antes incluso de terminar de leer.

Empresa, infraestructura, ubicación, accesos y, entonces, se detuvo. Sus ojos volvieron atrás fijándose en una línea concreta y su mandíbula se tensó.

—Joder…

La palabra salió en un susurro, suficiente para que algo en su expresión cambiara y para que su aparente calma se resquebrajara por dentro.

Su jefe tenía razón: aquel no era un cliente cualquiera.

No solía salir. No le gustaba el ruido, ni la gente, ni esa obligación silenciosa de aparentar ser alguien distinto.

Prefería su casa, el silencio, la pantalla recortando la oscuridad y esa sensación de control que le daba entender lo que tenía delante.

Allí todo encajaba, nada la sorprendía. Pero aquella semana había sido distinta: demasiadas horas en la oficina, demasiados sistemas abiertos al mismo tiempo y demasiados fallos que no deberían existir.

Y, pese a todo, ahí estaban. Había dormido poco, comido peor y pensado demasiado.

Laura, como siempre, había insistido lo suficiente como para que acabase aceptando.

—Te vendrá bien —le había dicho—. Una noche normal, sin pantallas.

Clara se había negado al principio, pero Laura había insistido. Lo cierto es que estaba demasiado colapsada como para ponerse a trabajar aquella noche. Necesitaba dejar de pensar durante unas horas.

Sin duda, había sido un grave error.

Apoyada en la barra, sostenía la copa entre los dedos y miraba la pista de baile sin prestarle verdadera atención.

La música retumbaba demasiado fuerte, vibrándole en el pecho más que en los oídos, y las luces cambiantes convertían a la gente en sombras intermitentes, figuras sin forma definida que se movían al ritmo de algo que a ella no le decía nada.