Conexión peligrosa Prólogo
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Conexión peligrosa

Conexión peligrosa

Por Mariah Evans

© inepub.com

Prólogo

La luz de la pantalla provocaba un reflejo pálido en su rostro, más cansado de lo que recordaba. Lucas parpadeó despacio, como si con eso pudiera reorganizar los números que no dejaban de moverse delante de él.

Aquello no tenía sentido.

El cursor titilaba sobre una línea de registro que acababa de desaparecer y reaparecer con otro identificador.

Ruta: BCN — sin destino asignado

Estado: validado

Lucas frunció el ceño.

—No puedes estar validado si no tienes destino —murmuró para sí mismo, intentando encontrarle algo de lógica.

Abrió otra ventana en un lateral y la pantalla superpuso capas de datos, como llevaba haciendo toda la noche, cruzando rutas logísticas con registros de entrada y salida, con tiempos de tránsito y validaciones internas.

Ese era su trabajo, exactamente para lo que le pagaban y, sin embargo, había algo que no encajaba.

Se echó hacia atrás en la silla, pasándose una mano por el pelo oscuro, corto, ligeramente desordenado a esas horas.

Siempre había sido metódico y ordenado, de los que necesitaban entender cómo funcionaban las cosas para poder dormir tranquilo.

Por eso había terminado allí, en aquella oficina del Puerto Marítimo de Barcelona, gestionando sistemas logísticos que nadie veía, pero de los que dependía medio país.

No era el más brillante del equipo ni el más ambicioso, pero sí el más constante. Eso, al parecer, había sido suficiente para conseguir ese trabajo.

Lucas siempre había confiado en los sistemas: eran previsibles, ordenados y tenían lógica.

Si algo fallaba, había una causa; y si había una causa, podía encontrarse. Quizá por eso había acabado allí.

Había estudiado Ingeniería Informática en la Universitat Politècnica de Catalunya , con especialización en sistemas distribuidos y gestión de infraestructuras.

No había sido el mejor de su promoción, pero sí de los pocos que disfrutaban de verdad desmontando problemas complejos hasta entenderlos desde dentro.

Mientras otros buscaban empresas grandes, proyectos llamativos o sueldos imposibles, Lucas había elegido algo más concreto: el sistema logístico portuario.

Al principio, a casi todos les parecía aburrido; a él no, a él le fascinaba.

Miles de contenedores moviéndose como piezas de un mecanismo perfecto, rutas que se cruzaban sin tocarse, tiempos calculados al segundo… una coreografía invisible que sostenía medio mundo sin que nadie fuera realmente consciente; y él estaba inmiscuido en todo aquello.

A los veintinueve años tenía un puesto que muchos habrían querido: estabilidad, responsabilidad y acceso a sistemas críticos.

No era el tipo de trabajo que salía en las noticias, pero sí el que hacía que todo lo demás funcionara.

Y eso le gustaba. Le gustaba saber que todo encajaba, que cada cosa estaba donde debía estar.

Por eso le resultaba tan difícil apartar la mirada de la pantalla. Ese día algo no encajaba.

Volvió a inclinarse hacia la pantalla y superpuso otra línea.

Contenedor: KX-00321

Ruta: BCN — Marsella

Tiempo estimado: 14h

Abrió el historial y lo buscó, estaba vacío. Ni registro de entrada, ni de carga, ni de validación previa. Nada. Aun así, estaba ahí, aceptado, integrado en el sistema como si siempre hubiera existido.

Lucas sintió una presión incómoda en el pecho. Aquello no era un fallo puntual, era un patrón.

Movió el ratón con rapidez buscando las coincidencias y filtró por intervalos de tiempo, por terminales y por permisos de acceso.

Ahí estaba.

Acceso autorizado: ID interno — nivel 3

Origen: no identificado

Se quedó quieto.

Eso no existía, no podía existir. Todos los accesos tenían trazabilidad, siempre. Incluso los más restringidos, salvo que alguien hubiera construido una puerta trasera lo suficientemente limpia como para no dejar rastro.

Lucas tragó saliva.

—Vale… —susurró—. Vale, vale…

Abrió su libreta, una de tapa negra ya desgastada, y empezó a anotar códigos, horas e identificadores a mano. Necesitaba verlo fuera de la pantalla, ordenarlo y darle forma.

Tres rutas sin origen.

Cuatro contenedores sin historial.

Un acceso fantasma.

Aquello no era un error, era demasiado preciso.

Se fijó en los datos y, entonces, lo vio. Ahí había una coincidencia en los tiempos.

Los contenedores “fantasma” no se movían cuando el tráfico era alto, se movían en ventanas concretas, en horas muertas y cambios de turno.

Se quedó en silencio observando la pantalla mientras su mano soltaba el bolígrafo.

—¿Qué estás moviendo…? —murmuró.

Aquello no era mercancía, no podía serlo: habría saltado en otro sistema. Aquello era otra cosa, algo que necesitaba pasar desapercibido incluso para quienes controlaban el puerto.

Su mirada volvió a la pantalla.

Contenedor: BX-77194

Peso declarado: 240 kg

Demasiado poco para una carga estándar, demasiado regular para ser aleatorio.

No estaba viendo transporte, estaba viendo una estructura.

Sintió un escalofrío, como si estuviera mirando algo que no debería estar ahí, como si el sistema que él ayudaba a mantener tuviera una capa que nadie le había contado.

—Lucas —la voz le hizo sobresaltarse. Minimizó las ventanas de la pantalla del ordenador por reflejo, cerró la libreta de golpe y se giró en la silla. Sergio Molina estaba apoyado en el marco de la puerta, con la chaqueta colgando del hombro y una sonrisa cansada—. ¿Sigues aquí? —preguntó.

Lucas se aclaró la garganta.

—Sí… ya termino —contestó con una leve sonrisa.

—Son casi las diez.

—Ya —dijo sin mirarlo—. Mucho jaleo a última hora —respondió.

Sergio lo observó un segundo más de la cuenta.

—Estás raro, tío.

Lucas sostuvo su mirada un instante antes de apartarla.

—Estoy cansado.

Mentira. Se le notaba incluso a él mismo.

Sergio dio un par de pasos dentro de la oficina, echando un vistazo rápido a la pantalla, ahora vacía de todo lo que importaba.

—Pues ese trabajo te está sentando fatal —bromeó—. Vente a tomar algo y nos despejamos. Voy con Alberto y Santi.

Lucas negó con la cabeza.

—Hoy no puedo.

—Venga ya —se quejó sonriente—. Necesitas despejar la mente. Una copa —insistió su amigo—. Además, mañana libramos.

—Otro día —respondió seriamente sin mirarlo.

Sergio suspiró y no insistió más.

—Vale, pero no te quedes mucho más, ¿eh? Que esto no se paga en horas extra.

Lucas esbozó una sonrisa breve y automática.

—No, apago el ordenador y me voy. Que os divirtáis —dijo, despidiéndose con la mano alzada.

Sergio dudó un segundo, como si fuera a añadir algo más, pero al final se limitó a devolver el gesto.

—Buenas noches, genio —pronunció mientras se alejaba.

—Buenas noches.

La puerta se cerró y el silencio volvió a instalarse en la oficina.

Lucas esperó unos segundos antes de volver a abrir todo, reapareciendo las ventanas.

Los datos seguían ahí, inmutables y, por lo que parecía, equivocados.

O eso quería creer. Pero algo dentro de él le decía que aquello no era un simple error.

Uno podía ocurrir, para eso estaba él allí, para arreglarlo, pero no era solo uno.

Aquellos patrones se repetían de vez en cuando.

Pasarían desapercibidos para cualquiera, incluso para él si no fuese tan meticuloso.

Su pulso se aceleró.

No podía dejarlo así, no podía ignorarlo. Ni siquiera sabía exactamente qué estaba viendo; no acababa de comprenderlo, y eso era lo peor.

Cogió el móvil y dudó un segundo.

Luego deslizó los dedos sobre la pantalla táctil del móvil.

Lucas: Tenemos que hablar. Es urgente. ¿Puedes ahora?

Envió el mensaje y se quedó mirando la pantalla un instante, como si esperara que la respuesta a aquella incógnita llegara de inmediato, pero no lo hizo.

Suspiró, guardó el móvil y apagó el ordenador. Cerró la libreta con cuidado y la metió en su mochila.

Cuando salió de la oficina, las luces del pasillo ya estaban a medio apagar. El edificio respiraba ese silencio extraño de los lugares que nunca duermen del todo.

Al fondo, a través de los ventanales, el puerto brillaba con una luz artificial, fría y salpicada de sombras.

Siempre le había gustado; le parecía un sistema perfecto. Ahora ya no.

Caminó hacia el aparcamiento, con el sonido distante de las grúas y el mar mezclándose en el aire nocturno.

Algo no iba bien. Y no sabía cuánto tiempo llevaba así.

Buscó las llaves en el bolsillo mientras avanzaba entre los vehículos. El suyo estaba al fondo, junto a una fila mal iluminada.

Se detuvo un segundo y miró a su alrededor; no sabría decir por qué, quizá fue el silencio o la sensación de que algo había cambiado sin que él lo viera.

Frunció el ceño y volvió a mirar, sintiendo cómo el vello del cuerpo se le erizaba. Pero solo lo rodeaban sombras.

El aire de la noche olía a metal y sal, denso, pegajoso, como si el puerto respirara por su cuenta, ajeno a todo lo demás.

Lucas avanzó entre las filas de vehículos, con las llaves en la mano, mientras el sonido lejano de las grúas se mezclaba con el murmullo constante del mar, ese ruido de fondo al que uno terminaba acostumbrándose hasta olvidarlo.

Se detuvo un segundo antes de llegar a su vehículo, con el ceño fruncido y la sensación incómoda reptando por la base de su nuca, como una advertencia que llegaba tarde.

Ya no podía fingir que aquello era un error del sistema, una anomalía sin importancia, un fallo que alguien más arreglaría por la mañana. No lo era. Y él lo sabía.

Abrió el vehículo y dejó la mochila en el asiento del copiloto con un movimiento automático, mecánico, como si su cuerpo siguiera una rutina mientras su cabeza seguía atrapada en otra parte, en las pantallas, en los registros que no encajaban, en las rutas sin origen, en ese acceso que no debería existir y que, sin embargo, estaba ahí: limpio, perfecto e invisible.

Cerró la puerta con un golpe seco, rodeó el vehículo y se acercó a la puerta del conductor cuando lo oyó: un paso muy cercano, demasiado.

Lucas se giró con el corazón acelerándose de golpe, como si su cuerpo hubiera entendido antes que él lo que estaba pasando, como si ya fuera tarde incluso antes de comprenderlo del todo.

No llegó a ver un rostro, solo una silueta recortada contra la luz artificial del aparcamiento: algo oscuro e inmóvil, el tiempo justo para que su mente intentara encajarlo en algo conocido.

—Eh, oye… ¿Qué pa…?

No terminó la pregunta.

El empujón llegó rápido, seco, sin violencia aparente, casi limpio y dirigido al centro del pecho: justo lo suficiente para romper su equilibrio y convertir un paso en vacío.

Lucas retrocedió por pura inercia, con el pie buscando apoyo donde ya no lo había, rozando el borde irregular del suelo de una superficie ligeramente inclinada que tantas veces había cruzado sin pensar y que ahora se convertía en una trampa.

Resbaló y todo ocurrió en un segundo que se alargó demasiado.

El mundo se inclinó hacia atrás y las luces del puerto se desdibujaron en un destello blanco que le atravesó la visión.

El cuerpo reaccionó tarde, torpe e incapaz de recuperar el control mientras el suelo desaparecía bajo él y caía cinco metros desde lo alto.

Sintió el aire, el vacío breve y esa fracción de tiempo en la que todo queda suspendido antes de caer.

Entonces llegó el golpe, seco y definitivo.

El sonido quedó amortiguado por la distancia, por el eco metálico de la estructura, por el mar que seguía moviéndose al fondo, como si nada hubiera cambiado, como si nada hubiera ocurrido, como si el sistema siguiera funcionando exactamente igual que siempre.

En cierto modo, así era.

Quedó allí, donde había caído, en una postura imposible que el tiempo no se molestó en corregir.

Ni un gesto más, ni un reflejo tardío que contradijera lo inevitable.

La respiración no volvió ni se recompuso, no encontró el camino de regreso.

Solo quedó el silencio, denso y absoluto, ocupando el lugar donde antes había habido movimiento.

A su alrededor, el puerto seguía vivo. Las grúas se desplazaban con ese ritmo lento y constante, mecánico, como si obedecieran a una coreografía que no entendía de interrupciones, y el mar, al fondo, continuaba rompiendo contra el muelle con una cadencia regular, ajena e indiferente.

El sonido llegaba hasta allí como un eco distante arrastrado por la noche, envolviendo la escena sin tocarla realmente.

Nada se detuvo: las luces siguieron encendidas, las máquinas trabajando, el sistema intacto, funcionando. Y, en medio de todo aquello, Lucas no volvió a moverse.