Conexión peligrosa 1 #3
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—Entonces deberías intentarlo dentro —dijo ella con una leve sonrisa—. Aquí fuera no pasa gran cosa.

—Depende de lo que busques.

Clara arqueó una ceja.

—¿Y tú qué buscas?

Él tardó un segundo en responder.

—Silencio —respondió mirando al frente.

Clara soltó una breve exhalación que podría haber sido una risa.

—Mala elección de sitio.

—No tanto —acabó con un tono de voz más sociable.

Algo en la conversación no encajaba con lo habitual. No había prisa, no había insistencia, no había esa necesidad constante de avanzar hacia algún sitio.

Eso… era raro.

Clara ladeó la cabeza.

—¿Siempre hablas así con desconocidas?

—Solo con las que no quieren hablar.

Ella sonrió.

—Entonces deberías rendirte ya.

—Podría.

El silencio volvió, pero no era incómodo, sino distinto.

Clara apartó la mirada un instante, observando la calle, el movimiento lejano, la gente entrando y saliendo sin prestar atención a lo que ocurría fuera de su pequeño mundo.

—No te he visto antes —dijo, más por romper la dinámica que por interés real.

—Eso no significa que no estuviera —respondió el muchacho.

Sus ojos volvieron a él. Algo en aquella respuesta terminó de confirmarle que ese chico no encajaba allí.

—Claro —murmuró ella, asintiendo sin saber qué otra cosa decir. Se incorporó ligeramente, separándose de la pared—. Voy a volver dentro.

Él asintió, como si aquello fuera exactamente lo que esperaba.

—Disfruta del ruido —acabó bromeando.

Clara sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.

—Lo intentaré —respondió mirándolo fijamente y, por primera vez, coincidió con sus ojos. Sí, definitivamente eran unos enormes ojos claros que contrastaban con su cabello oscuro.

Se dio la vuelta. Él volvió a ofrecerle el perfil y ella entró de nuevo en la discoteca sin mirar atrás.

Cuando entró, el golpe fue inmediato. El calor, la música, la gente demasiado cerca… todo volvió de repente, como si el aire de fuera no hubiera sido más que una ilusión breve.

Clara frunció ligeramente el ceño, avanzando entre cuerpos que se movían, esquivando manos, risas y conversaciones que no escuchaba.

Definitivamente, no iba a volver a aquel sitio.

Sacó el móvil mientras caminaba. Faltaban pocos minutos para la una de la madrugada.

Buscó a Laura entre la multitud y la encontró en la barra, sentada junto a Alfonso, riéndose de algo que él acababa de decir, inclinada hacia su pareja con esa cercanía que hacía innecesaria la presencia de un tercero.

Clara se acercó.

—¿Dónde te habías metido? —preguntó Laura en cuanto la vio, con una mezcla de curiosidad y ligero reproche.

—Fuera —respondió Clara, acercándose—. Necesitaba aire.

—¿Y no me dices nada? —Laura frunció el ceño—. Pensaba que te habías ido.

—Todavía no.

Alfonso le dedicó una sonrisa tranquila.

—¿Mejor? ¿Te ha sentado bien el aire?

Clara asintió levemente.

—Mucho —le sonrió.

Laura alzó su copa, mirándola.

—¿Te traigo otra?

Clara negó con la cabeza casi de inmediato.

—No, me voy a ir.

—¿Ya? —Laura la miró con sorpresa—. Pero si acabamos de llegar.

—Ya he tenido suficiente por esta noche —respondió Clara con calma—. Pediré un taxi, no te preocupes.

Laura la observó un segundo, evaluando si insistir o no.

—¿Seguro?

—Sí, necesito descansar. —Se acercó y la abrazó—. No te preocupes —añadió—. Disfruta de la noche.

Laura suspiró, pero acabó sonriendo mientras se separaba de ella.

—Vale… pero me escribes cuando llegues.

—Claro, lo haré.

Clara se acercó a Alfonso y se despidió de él también.

—Hasta el lunes —murmuró Laura.

—Hasta el lunes.

Clara se separó sin mirar atrás.

Atravesó la discoteca una última vez, sin detenerse, sin prestar atención a nadie, hasta llegar al guardarropa. Recogió su chaqueta y el bolso, comprobando de forma automática que llevaba todo, y salió de nuevo al exterior.

El aire frío volvió a golpearle el rostro y, de forma inconsciente, buscó con la mirada al chico con el que había hablado.

No estaba.

Suspiró y siguió andando. Cruzó la calle, pues el tráfico era escaso a esas horas, y se dirigió a la acera de enfrente, donde una fila irregular de taxis esperaba bajo la luz amarillenta de una farola. Levantó la mano y uno de ellos avanzó unos metros hasta detenerse frente a ella.

Abrió la puerta trasera y se deslizó dentro.

—Buenas noches. ¿A qué dirección la llevo? —preguntó el conductor.

Clara se la dio sin dudar y el taxi arrancó.

No miró atrás ni se dio cuenta de la figura que vigilaba al otro lado de la carretera, parcialmente oculta en la sombra, quieta, observando cómo el vehículo se incorporaba al tráfico nocturno y desaparecía poco a poco.

Él no se movió de inmediato, se limitó a seguir el recorrido con la mirada hasta que el vehículo dejó de ser visible.

Le habían hablado de ella, pero era muy diferente estudiar su perfil a verla en persona.

Se pasó la mano por sus ojos claros, rozándolos, sacó el teléfono y marcó un número. Luego se llevó el teléfono al oído.

—Adelante —dijo una voz al otro lado de la línea.

Él no dudó.

—Objetivo en movimiento —su tono era grave, firme y sin rastro de duda—. Se dirige a su domicilio. Trayecto iniciado hace menos de un minuto.

—Recibido —respondieron.

El chico agachó ligeramente la mirada, guardó el teléfono con la misma precisión con la que lo había sacado y desapareció en la noche como si nunca hubiera estado allí.