Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 46
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Regla nº 46

Solo existe el momento presente Camille

Estoy junto a Jack mientras él llama al timbre. Su mano me rodea la cintura y yo lo miro con amor. Esto está pasando de verdad. Lo estamos haciendo de verdad.

Esto no es lo mismo que anunciar nuestra relación en un club sexual. Se trata de demostrarles a sus amigos y familiares que somos una pareja de verdad, y no solo una niñera, una sumisa o algo por el estilo. Soy su novia y estamos enamorados.

Esto no es el Legado. Es la casa de los padres de Julian y Amelia, y es la fiesta de Nochebuena.

Un momento después, se abre la puerta y nos recibe una hermosa mujer rubia que es la viva imagen de Amelia. Tiene el pelo largo y de color platino, unos impresionantes ojos azules y no parece ser lo bastante mayor como para tener hijos de la edad de Julian y Amelia.

—¡Jack! —exclama; va corriendo hasta él y le da un fuerte abrazo.

Cuando se separan, él me pone una mano reconfortante en la espalda.

—Daisy, esta es mi novia, Camille.

—¡Por supuesto! —exclama, emocionada—. He oído hablar mucho de ti.

—¿Y qué hay de mí? —pregunta Bea a mi lado.

—Ya, ya, pequeña Bea —dice Daisy, arrodillándose para darle un golpecito en la nariz—. ¿Cómo podría olvidarte? ¿Quieres entrar y ayudarme a montar el belén?

Bea asiente, entusiasmada. Daisy la coge de la mano y se van juntas, y Jack y yo entramos solos en la fiesta. Ya hay mucha gente aquí, y los conozco a casi todos.

Nos reciben Phoenix, Amelia, Weston e incluso el camarero, Geo, que es el dueño del bar que hay al final de la calle en la que está el club. Matis está junto a la chimenea con otro señor mayor, que supongo que es Ronan, el padre de Julian y Amelia, mucho mayor que ellos.

Cuando oigo un chillido, me quedo paralizada. Un momento después, Elizabeth casi me derriba al abalanzarse sobre mí. Recibir un abrazo tan fuerte de cualquiera sería impactante, pero de Elizabeth lo es aún más.

—Tranquila, Lizzie —dice Jack, cogiéndome de la mano.

Ella me agarra por los hombros y enseguida me doy cuenta de que está aún más borracha que cuando compartimos esa botella de vino.

—Sabía que iba a recomponerse —anuncia, le da un puñetazo en el brazo a su hermano. Luego se vuelve hacia mí y sonríe—. Me alegro mucho de que estés aquí.

—¿Quién la ha dejado acercarse al ponche? —ríe Jack.

—No me juzgues —protesta ella, tratando de mantener su fachada de mala leche sin conseguirlo de todo—. Estoy de celebración.

Phoenix se acerca a nosotros y me da un abrazo.

—Me alegro de que hayas venido.

—¿Qué le ha pasado? —pregunta Jack, mirando a su hermana.

Phoenix se limita a encogerse de hombros.

—Una cosa que tiene Elizabeth es que solo se relaja con la gente en la que confía, y creo que se siente feliz de tenernos a todos juntos.

—Sí, es agradable —añade Jack—. Lástima que tu hermana no haya podido venir.

—¿Tienes una hermana? —le pregunto a la pelirroja.

Ella sonríe.

—Sí, una hermana gemela, pero no idéntica.

Jack se ríe.

—No podrían ser más diferentes.

—Ella y su novio, Liam, están de mochileros en algún lugar de Europa. Esperaba que pudieran venir por Navidad, pero supongo que no va ha podido ser.

Elizabeth se reincorpora a la conversación y me ofrece una copa de champán.

Al mirar alrededor de la sala, me doy cuenta de lo afortunados que son todos por tenerse los unos a los otros.

Yo solo tenía a una persona en mi familia, y cuando la perdí me sentí muy sola en el mundo.

Intenté no demostrarlo e hice todo lo posible por levantar un muro a mi alrededor para no tener que volver a sentir esa soledad.

Pero ahora me están acogiendo y convirtiéndome en uno de ellos.

—¡Camille, mira! —exclama Bea desde la sala.

Sigo el sonido de su voz hasta una enorme sala de estar donde ella y Daisy están montando un pequeño belén de terracota. Mi padre y yo teníamos uno similar en nuestra casa.

—Es precioso —murmuro.

Daisy le acaricia el pelo a Bea y le da un beso en la mejilla, y me alegra el corazón ver que tanta gente la quiere.

—Mis hijos aún no me han dado nietos —comenta Daisy—. Así que estoy muy contenta de tener a esta pequeña abejita.

Bea se echa a reír cuando Daisy la sienta en su regazo y le hace cosquillas. Aún no sé gran cosa sobre Amelia, ya que no he tenido la oportunidad de conocerla, pero me parece muy improbable que el hijo de Daisy, Julian, le dé nietos en un futuro próximo.

Hablando del rey de Roma, entra en la sala y nos observa, cruzado de brazos.

—Me han enviado a avisaros a los dos de que la cena está lista.

—Ah, perfecto —celebra Daisy, y se levanta del suelo, rodea con los brazos los hombros de su hijo y le da un beso en la mejilla. Contengo una sonrisa al ver cómo su actitud severa se desvanece y deja entrever un atisbo de ternura.

El príncipe cruel no es tan cruel, después de todo.

Cuando Daisy sale le echo un vistazo a Julian, que sigue merodeando cerca de mí con el ceño otra vez fruncido. Hay muchas cosas que me gustaría decirle sobre cómo me ha tratado, pero no quiero empezar ahora. Tengo la sensación de que esa conversación con Julian no va a ser conversación sencilla.

Entonces, para mi sorpresa, se acerca a mí.

—Siento haber metido las narices donde no me llamaban —murmura, y yo me vuelvo hacia él—. Tengo la mala costumbre de ser demasiado… —Cuando sus palabras se desvanecen sin que termine la frase, lo hago yo por él.

—¿Demasiado y ya?

Enarca las cejas y desaparece el ceño fruncido.

—Sí.

Un pequeño suspiro se escapa de mis labios.

—Yo también. No pasa nada. Te perdono.

Él también suspira y la tensión se desvanece. El aroma a pino y especias inunda la estancia y oigo la música a lo lejos.

—Mira, Julian. He hecho el belén —interviene Bea.

Con una sonrisa, se agacha y le revuelve el pelo.

—Has hecho un gran trabajo, abejita. Ahora vamos a comer. Vamos, venid las dos.

Sale de la estancia y sé que probablemente nunca volverá a sacar el tema, y está bien. Tengo la sensación de que la rivalidad entre él y Jack no es tan feroz como antes ni tan grande como él quiere que todos crean.

Hay un lado cálido de él que se esfuerza por ocultar.

Bea y yo nos unimos al resto de la familia en el enorme comedor. Jack me acerca una silla, me siento y él se acomoda a mi lado.

Por primera vez en mi vida, formo parte de algo más grande que yo: un futuro esperanzador y una familia cariñosa.

Bea está acurrucada entre nosotros con su pijama de satén rojo. Ronca suavemente mientras Jack le lee La noche antes de Navidad . En la sala de estar hay un pequeño plato de galletas junto a un vaso de leche. El tronco de Navidad arde en la chimenea y tres calcetines cuelgan de la repisa.

Al darse cuenta de que su hija está dormida, Jack deja el libro y se vuelve hacia mí. Apenas hemos pasado un momento a solas desde que hemos salido de la estación de tren esta mañana. Estoy ansiosa por tenerlo solo para mí.

Nos levantamos de la cama de Bea con cuidado de no despertarla y vamos al pasillo. Jack cierra la puerta en silencio y, por fin a solas, sus ojos se encuentran con los míos y sé que él siente lo mismo que yo.

Me coge de la mano y me pega a él para besarme. Me abraza por la cintura y me levanta del suelo. Nos perdemos en un beso y, al separarnos, me susurra al oído.

—Quiero que me esperes arriba, en la sala de bondage . —Me aparto para mirarlo, sintiendo una ardiente excitación en lo más profundo de mi vientre. Vuelve a pegarme a él y añade—: Desnuda.

—Sí, mi amor —respondo en voz baja.

Me separo de sus brazos y subo las escaleras.

Siento una gran expectación cosquilleándome en la piel.

Me siento como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que me ató.

Echo de menos esa tranquila conexión entre nosotros, echo de menos sentir sus dedos trabajando con las cuerdas y el control de sus movimientos.

Cuando llego a la sala, me quito la ropa y la tiro en una cesta que hay en un rincón. Una vez completamente desnuda, me arrodillo en medio de la estancia y lo espero.

Sus pasos en las escaleras me humedecen de excitación. El corazón me late más rápido en el pecho y me recuerda la primera noche que estuvimos aquí arriba. La sensación de saber que estábamos cruzando una línea y entregándonos a algo prohibido.

Ahora soy libre de tenerlo cuando quiera y para siempre. Parece un sueño.

Cuando se abre la puerta, bajo la mirada al suelo y espero. Entra con paso firme y se detiene detrás de mí. Me dejo llevar por sus movimientos mientras me trenza el pelo y, una vez que termina, me tira de la trenza y me obliga a levantar la cara hacia él. Me sonríe y yo correspondo al gesto.

Estamos solos.

—Esta noche haremos algo sencillo —dice, acariciándome la cabeza—. Necesito estar dentro de ti.

—Soy tuya —le susurro.

Soy suya y él es mío. Esa es la promesa que nos hemos hecho el uno al otro, y eso significa que, sin importar lo que nos depare la vida o lo que tengamos que afrontar, siempre tendremos un lugar seguro al que volver. Yo seré su consuelo y su hogar.

Y él será mi familia.

Jack se desabrocha lentamente la camisa y se la quita. Está manteniendo el suspense, haciéndome esperar, igual que cuando empezó nuestra relación. La agonía de desear y esperar hace que la recompensa sea mucho mejor.

Observo cómo abre la puerta del armario y saca la cuerda. Se arrodilla frente a mí y me ata las manos. Sus hábiles movimientos mientras hace bucles, nudos y me ata las muñecas me hace sentir como en casa. Hace un lazo flojo, como si me hubiera puesto unas esposas.

—Bésame, por favor —le suplico cuando termina. Les da un tirón a mis manos atadas y me pega a él. Mis labios se posan sobre los suyos y me besa con pasión y deseo.

—Sácamelo —murmura contra mi boca. Me agacho y le desabrocho el botón de los pantalones.

Es incómodo con las cuerdas alrededor de mis muñecas, pero consigo abrirlos lo suficiente como para meter la mano y rodear con mis dedos su miembro rígido.

Él deja escapar un gruñido y me besa con más fuerza—.

No puedo esperar más —dice, y se quita los pantalones apresuradamente.

Luego se tumba de espaldas y hace que me ponga a horcajadas sobre él y pone su erección contra mi centro.

Es en momentos como este, cuando la pasión de Jack se apodera de él, cuando me doy cuenta de lo perfectos que somos el uno para el otro.

Él puede ser tan impulsivo y excitable como yo. Y a veces también puede ser demasiado.

Bajo las caderas lentamente, mirándolo a los ojos, deslizándolo en mi interior.

La presión de su longitud llenándome es exquisita.

Unos pequeños gemidos y jadeos se escapan de mis labios mientras mi cuerpo se reencuentra con el suyo.

Una vez que estoy sentada encima de él, nos miramos a los ojos con amor.

—Soy tuyo —susurra.

Nos quedamos así un rato. No hay más que decir ni más heridas que curar ni más disculpas que aceptar. Sé cuál es su postura y él sabe cuál es la mía.

Después de un momento, empiezo a mover las caderas y encuentro mucho placer en la sensación. Sus manos descansan suavemente sobre mis muslos mientras me muevo, marcando el ritmo y la intensidad. Parece estar en el paraíso al ver cómo alcanzo mi propio clímax con su cuerpo.

Llevo mis manos a mi clítoris y me lo acaricio, persiguiendo mi placer. Verlo aquí, tumbado en el suelo de la sala donde nos enamoramos me hace sentir que hemos cerrado el círculo.

Él es mío. El hombre de la foto es mío para siempre.

Nunca debí estar aquí y, de alguna manera, lo he convertido en mi hogar.

Hipnotizada por la sensación y por el rápido movimiento de mis caderas, pierdo la noción del tiempo y el espacio. Cuando mis gemidos se vuelven demasiado fuertes, me tapa la boca con la mano y me mira con fuego en los ojos.

Pero no dejo de moverme ni de acariciarme. Levanta la otra mano hasta llegar al montículo de mi pecho y me pellizca un pezón; todo mi cuerpo se tensa por la excitación.

—Así es, buena chica —me elogia en voz baja cuando ve que estoy a punto de correrme—. Déjame sentirlo. Córrete conmigo dentro, cariño. —Estoy tan cerca… Puedo sentirlo. Estoy a punto de llegar… Entonces pronuncia las palabras que me llevan al límite—. Buena chica, pajarito. Buena chica, joder.

Y así, sin más, mi cuerpo detona con su elogio. Me tiemblan las piernas y mis músculos se tensan por el placer. La luz explota detrás de mis párpados y todo mi ser se derrite con el calor de este fuego.

Cuando me derrumbo contra Jack, él llega a su propio clímax, abrazándome con fuerza mientras me llena.

De repente, recuerdo la primera vez que pronunció esas palabras y cómo me hizo sentir. Y me doy cuenta de que tal vez ese fue el comienzo de todo. Cuando vi que ese hombre frío y sin corazón se convertía en alguien que podía hacerme sentir tan cálida y valorada, comencé a enamorarme.

Los dos estamos agotados, y yo me incorporo y le sonrío. Él me besa suavemente en los labios, me agarra de las muñecas y hace que le rodee el cuello con los brazos para pegarme más a él. Mis manos descansan en su nunca, como si fuéramos uno solo, unidos el uno al otro por ahora y para siempre.

—Mi buena chica —murmura contra mi boca.

—Mi señor —respondo. Cuando vuelve a susurrar esas palabras, dándome la seguridad y el consuelo que necesito, sé que nada superará jamás el efecto que tienen en mí.

Él es mío y yo soy suya. No importa lo que haya pasado antes ni lo que pase después.

Lo único que importa es el momento en el que estamos ahora mismo y, mientras estemos juntos, sé que todo irá bien.

O mejor dicho, mejor que bien: será perfecto.