Epílogo
Dos años después
Jack —Estoy muy emocionada —dice Bea, saltando en el asiento que está junto al mío.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro cuando me agacho en el asiento trasero y la cojo de la mano. Ella está radiante y no deja de moverse.
Todavía no me puedo creer que esto esté pasando. Otra vez.
No sé qué he hecho para merecer una vida así. No sabía si volvería a encontrar la felicidad porque la pena me consumió durante tanto tiempo que me quedé como si estuviera congelado en un bloque de hielo durante años. Camille entró en mi vida y trajo la calidez que me descongeló.
Cuando llegamos Bea prácticamente sale disparada por la puerta mientras el coche aún está en marcha.
—Tranquila, Bea —le pido, y salgo tras ella. La sigo hasta la puerta principal, la agarro de la mano y la obligo a andar despacio a mi lado.
—¿Qué tal estoy? —pregunta con una risita. Lleva un vestido de terciopelo rojo con cuello blanco y una boina negra. Lleva meses obsesionada con el conjunto que iba a ponerse hoy.
—A él va a darle igual —le respondo—. Pero, para que conste, estás preciosa.
—La primera impresión es importante —dice, y eso me hace reír.
Mientras recorremos el largo pasillo, se me acelera el corazón. Después de tanto tiempo, por fin ha llegado el momento que hemos estado esperando durante casi un año.
Cuando estamos frente a la habitación número 17, abro la puerta lentamente para asegurarme de que Camille está lista.
Lo primero que veo es a mi hermana, con los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando.
Luego saludo con la cabeza a mi padre, que está apoyado contra la pared, con mi madre a un lado y mi hermana menor, Scarlett, al otro.
Entonces veo a Camille. Ella y yo nos miramos a los ojos y, para mi sorpresa, parece nerviosa. Mi corazón casi explota de amor. Para mí nunca ha estado más guapa.
—Estamos listos —dice, y se muerde el labio.
En la silla junto a la ventana, mi madre está sentada con su teléfono apuntando a la puerta, lista para captar la reacción de Bea.
Empujo la puerta para abrirla del todo y mi hija entra en la habitación, mirando a su alrededor con cautela.
Entonces ve al bebé en los brazos de su madre, envuelto en una suave manta blanca y con un gorrito amarillo de punto en la cabeza.
Bea se lleva las manos a la cara y se acerca a él.
—¿Estás lista para conocer a tu hermanito? —le pregunta Camille, con lágrimas en los ojos.
Bea asiente, mi esposa se hace a un lado para dejarle sitio y yo levanto a Bea y la tiendo en el colchón junto a ella. Todos sacan fotos mientras Camille deja al recién nacido en los brazos de su hermana. Bea le sonríe como si nunca hubiera sido más feliz en su vida.
De nuevo, mis ojos se encuentran con los de Camille. Es como mirar al sol. Está tan hermosa en este momento que casi no puedo soportarlo. Mi esposa. La madre de mi hijo. La madrastra de mi hija. El pegamento que mantiene unida a esta familia.
Hay momentos en los que el miedo a perderla como perdí a Em vuelve a aparecer. Pensamientos que amenazan con arrancarme de esta vida, pero me he hecho más fuerte. Puedo enfrentarme a cualquier cosa que se nos presente. Ya he salido de la oscuridad una vez y puedo hacerlo de nuevo.
Pero hoy no es esa clase de día. Hoy solo hay luz y amor. Mi familia está en una sola habitación. Mis hijos están rodeados de amor. ¿Qué podría ser mejor que esto?
Camille rodea a Bea con un brazo y la acurruca a su lado. Luego le da un beso en la cabeza mientras Bea le acaricia la mejilla a su hermanito.
—Es tan bonito… Tristan Laurent St. Claire. —Lleva semanas practicando su nombre completo. Laurent, por supuesto, en honor al padre de Camille—. Vamos a ser muy buenos amigos, Tristan —susurra Bea, haciendo que Camille parpadee y las lágrimas le resbalen por las mejillas.
Cuando oigo un sollozo, me giro y veo a mi propia hermana enjugándose las lágrimas.
—No te pongas sentimental —le digo, y pone los ojos en blanco.
—Déjame en paz. No me estoy poniendo de ninguna manera —replica, y chasca la lengua.
—¿Qué pasa, Lizzie? —pregunta nuestro padre—. ¿No quieres tener hijos algún día?
—Dios, no —responde, y se vuelve hacia Bea y el bebé—. No te ofendas.
—No te preocupes —responde Bea, haciéndonos reír a todos.
Sacamos más fotos y charlamos un rato hasta que Tristan empieza a ponerse inquieto. Se lo cojo de los brazos a Bea, y ella pone morritos cuando se da cuenta de que ya no puede tenerlo en brazos.
—Deberíamos irnos —sugiere mi madre, poniéndome una mano en el hombro—.
Los cuatro necesitáis pasar tiempo juntos en familia.
—Mira a mi hijo y le toca suavemente las cejas, con adoración—.
Recuerdo el día en que naciste —musita—.
Estábamos solo tú y yo en una habitación de hospital como esta.
Estaba muerta de miedo, pero todo salió bien.
—Con una sonrisa, me revuelve el pelo como si todavía fuera un niño.
Luego me besa en la mejilla—. Disfruta de este momento, porque pasa en un instante.
—Te quiero, mamá —le digo.
—Yo también te quiero —responde ella.
Después de despedirse, Scarlett, Elizabeth y mis padres nos dejan solos a los cuatro. En cuanto se cierra la puerta, miro a la cama. Ellas están acurrucadas y me sonríen.
—Hacedme un hueco —les pido. Rápidamente me hacen sitio y me siento a su lado con Tristan en brazos. Cuando vuelve a llorar, se lo paso a Camille para que le dé de mamar.
Bea se acurruca bajo mi brazo y yo la beso en la coronilla. Es como si mi mundo fuera esta cama: todo lo que me importa está aquí.
Y pensar que nada de esto habría sucedido si Camille no hubiera abierto ese libro…