Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 45
96%

Regla nº 45

Si vas a hacerlo, hazlo bien Jack

—¿No quieres decorar las galletas? —le pregunto a Bea mientras le paso una bandeja con galletas de azúcar. La encimera de mi cocina está cubierta de virutas de colores y glaseado.

Ella se encoge de hombros, desanimada, coge el glaseado y lo unta sin entusiasmo sobre la galleta de azúcar blanco.

—¿Cuándo vuelve Camille? —pregunta, quejosa.

—En dos días —respondo.

—Ya la echo de menos.

—Se ha ido hace una hora —explico. Apoyo las manos en la encimera y me desplomo sobre ella con un suspiro de derrota.

Todo esto es culpa mía. Si le hubiera pedido perdón hace unas semanas, quizá se habría quedado, pero no estaba preparado para ello.

Tenía demasiado miedo de que, si lo intentaba, ella no lo aceptara y se marchara para siempre.

Y no quería echar a perder la Navidad de Bea de esa manera.

—Tú también la echas de menos —dice Bea, al darse cuenta de mi actitud abatida.

—Por supuesto que también la echo de menos —respondo.

—¿Puedes llamarla? —pregunta—. Dile que puede volver a dormir en tu cama y quizá venga.

Levanto la cabeza de golpe y la miro, sorprendido.

—Beatrice… —le digo en tono de reprimenda, sin saber muy bien por qué la estoy regañando.

—¿Qué? —pregunta con expresión inocente—. Cuando Camille dormía en tu cama era mucho más feliz.

—Nunca durmió en mi cama —la contradigo, lo cual es mentira.

—Claro que lo hizo. A veces, me levantaba en mitad de la noche y ella estaba en tu cama.

Me quedo horrorizado y boquiabierto, y de pronto me siento humillado porque mi hija encontró a su niñera en mi cama. Debería avergonzarme de mí mismo.

—No deberías haberlo visto —murmuro con un hilo de voz.

Ella se limita a encogerse de hombros.

—Quiero a Camille. Creo que deberías llamarla y decirle que puede dormir en tu cama para que vuelva.

—No es tan fácil.

—¿Porque mamá se fue a dormir? —Bea parece encogerse al decir eso. Juega con las virutas de colores entre sus dedos y casi parece avergonzada de haber mencionado a su madre. Menudo desastre soy. Ni siquiera he hablado con mi propia hija sobre esto.

Doblo la esquina de la isla, me siento en la silla junto a Bea y le cojo las manos entre las mías para mirarla a los ojos.

—Beatrice, sabes que tu mamá no se fue a dormir, ¿verdad? Se puso muy enferma y se murió.

—Lo sé —murmura dulcemente, frunciendo los labios.

—¿Lo sabes? —le pregunto.

—Sí. Me lo dijo la tía Elizabeth. Pero no quiero hacerte daño, papá.

El corazón se me rompe en mil pedazos en el pecho al oírle a mi hija decir algo así. Rechino los molares, me echo hacia delante y pego a Bea contra mi pecho, rodeándola con mis brazos.

—No tienes que preocuparte por eso, cariño.

No me harás daño si me hablas de tu mamá.

De hecho, puedes hablar de ella todo lo que quieras.

Y si tienes alguna pregunta sobre ella, puedes hacérmela cuando quieras.

Te prometo que no vas a lastimarme. —Sus pequeños brazos me rodean con fuerza—. Te quiero mucho. Lo sabes, ¿verdad?

—Yo también te quiero, papá. —No sé de qué tenía tanto miedo.

Me aterrorizaba que hablar con Bea sobre Em le causara más trauma y pena a mi hija, pero estaba muy equivocado.

Preguntarle por su madre no nos ha hecho daño ahora mismo, ni a ella ni a mí.

Al contrario, ella sonríe contra mi camisa y deja escapar un delicado suspiro—.

¿Por eso Camille ya no puede dormir en tu cama?

—pregunta cuando nos separamos un poco—. ¿Porque maman murió?

—No —respondo—. No podía dormir en mi cama porque es tu niñera.

¿Por qué le estoy contando esto a mi hija de seis años?

—Pues que deje de ser mi niñera —responde Bea, volviendo a centrar su atención en el glaseado y las virutas de colores—. La tía Elizabeth no tiene niñera, y tiene mujeres que duermen en su cama todo el tiempo.

—¡Beatrice! —exclamo, mirándola con sorpresa—. ¿Cómo sabes eso?

—Porque cuando me quedo a dormir, llaman a su puerta, pero ella les dice que no pueden quedarse porque yo estoy allí.

Al parecer, voy a tener que hablar muy seriamente con mi hermana. ¿Con cuántas mujeres está saliendo?

Dejo de lado esa idea por el momento y me concentro en Camille. Obviamente, no es tan sencillo como sugiere Bea. Ella todavía se pone los zapatos al revés, así que ¿qué sabrá?

Pero no puedo dejar de pensar en mi disculpa en ese joyero. ¿Ha sido suficiente? ¿Debería haberle dicho esas cosas a la cara? Pero, a ver, en realidad ella no me ha dejado explicárselo, así que tampoco es como si hubiera tenido otra opción. Irónicamente.

¿De verdad voy a quedarme aquí sentado y a desperdiciar los dos próximos días cuando podría decirle a la cara lo mucho que lo siento y lo mucho que la queremos? Y tal vez sí sería tan sencillo como decirle que puede volver a dormir en mi cama. Y que puede dejar de ser la niñera.

Puedo demostrarle lo mucho que he sanado y he madurado en estos dos últimos meses.

Emocionado y un poco fuera de mí, miro el reloj. Su tren ya ha salido.

Pero Giverny está a solo una hora de distancia. Bea y yo podríamos estar allí esta tarde. Le diré a Camille en persona todo lo que le contaba en esa carta y le rogaremos que vuelva, esta vez de verdad.

—Ponte los zapatos. —Me levanto del taburete y voy corriendo hacia las escaleras para coger mi cartera.

—¡¿Qué?! —exclama Bea—. ¿Adónde vamos?

—A la estación de tren. ¡Tenemos que traerla de vuelta! —respondo a gritos.

—¡Yupi! —aplaude Bea.

Oigo unas gotas que caen sobre el suelo de madera, pero no me importa. Ya las limpiaré más tarde. Los piececitos de Bea golpean con fuerza el suelo de toda la casa cuando va a ponerse los zapatos y a coger el abrigo. Llamo al coche, le abrocho el abrigo y le pongo un gorro.

El coche llega cinco minutos más tarde y acompaño a mi hija al interior a toda prisa.

Está radiante de emoción y me preocupa si estoy haciendo lo correcto.

Meter a Bea en esto me parece mal, pero ella tiene tantas ganas de luchar como yo.

Quiere a Camille tanto como yo y se merece también la oportunidad de ir tras ella.

Cuando llegamos a la estación, salimos corriendo del coche. Bea me coge de la mano y corremos juntos hasta la taquilla.

Ella se va riendo, emocionada, mientras nos abrimos paso entre la multitud. Es contagioso, así que me encuentro sonriendo con ella.

—¿Jack?

Cuando oigo mi nombre, Bea y yo nos frenamos en seco. Me doy la vuelta y, para mi sorpresa, me encuentro con Camille, que está cerca de un banco. Tiene los ojos hinchados y llorosos, y manchas rojas salpicadas por la nariz y las mejillas.

—¡Camille! —grita Bea emocionada. Corre hacia ella y se lanza a sus brazos.

La mirada de alivio y amor en el rostro de Camille mientras abraza con fuerza a mi hija es evidente. Camille cierra los ojos, con el amor grabado en sus rasgos, y apoya su mejilla en la de mi hija.

Doy un paso hacia ella y me doy cuenta de que, si voy a hacer esto, lo haré bien.

— Je suis désolé —balbuceo mi disculpa. Mi francés está muy oxidado y nunca ha sido muy bueno, pero por ella puedo intentarlo.

Ella da un paso hacia mí—. J’aurais dû… m’excuser plus tôt.

— «Debería haberme disculpado antes». Ella hace una mueca, lo que probablemente significa que lo estoy estropeando todo, pero me deja continuar.

Y no sé qué más decir, salvo lo obvio—. Je t’aime.

— Se le humedecen los ojos. Aún no la he cagado, así que sigo adelante—.

Je suis en thérapie. Et… j’essaie de m’améliorer.

— Le aclaro que estoy yendo a terapia y pronuncio las que quizás sean las palabras más difíciles en cualquier idioma: «Estoy intentando mejorar».

—Eso está bien —murmura suavemente—. Estoy orgullosa de ti.

—Por favor, vuelve a casa —le suplico.

Camille deja a Bea en el suelo, acorta la distancia entre nosotros y me coge de la mano. Cuando está frente a mí, me mira fijamente a los ojos.

—He perdido el tren.

—¿En serio? —pregunto, esperanzado.

Ella asiente.

—Estaba muy ocupada leyendo esta carta. —Mete la mano en el bolsillo y saca el papel doblado que he puesto en su joyero.

Nunca me había sentido tan nervioso en mi vida. No dejo de escrutarle el rostro para intentar leer sus emociones, esperando que todo lo que trataba de transmitirle en esa carta sea suficiente para traerla de nuevo a mi vida.

Me obligo a tragar saliva.

—¿Y qué te ha parecido?

Las lágrimas vuelven a anegar sus ojos.

—Te quiero tanto… —solloza—. Y ya no quiero marcharme. Sin ti no.

Me invade el alivio y la estrecho entre mis brazos. Apoyo mi cara en su cuello e inhalo su aroma, y ella corresponde a mi abrazo. Bea se agarra de mi pierna y los tres permanecemos juntos como si fuéramos uno solo.

Cuando Camille se separa, tiene el rostro húmedo. Me sujeta por las mejillas, me mira a los ojos y luego acerca su boca a la mía para besarme. Después de dos meses sin sentir sus labios sobre los míos, este beso me parece el paraíso.

Quiero redescubrir cada centímetro de ella como si fuera la primera vez.

—¡Papá, díselo! —me pide Bea, saltando a nuestro lado.

—¿Decirle qué? —pregunto.

—Que ya no es mi niñera.

Los ojos de Camille se abren en una expresión de alarma.

Me echo a reír y la beso de nuevo.

—Sí, estás… Algo así como despedida, supongo.

—¿Despedida?

—¡Para que puedas volver a dormir en la cama de papá!

Camille me mira de nuevo con las cejas arqueadas y una sonrisa vacilante.

—Te lo explicaré cuando lleguemos a casa. Siempre y cuando vuelvas a casa.

Ella se acurruca más cerca de mí.

—Voy a volver a casa.

Radiante, la beso de nuevo.

— Bien. Je suis très excité. — Camille se echa a reír y se tapa la boca con la mano—. ¿Qué? —le pregunto, perplejo.

Se echa hacia mí y me susurra al oído.

—Significa que estás muy excitado.

—Joder —murmuro, haciendo que mi hija de seis años también se ría y se tape la boca—. Ya lo sabía.

—¿Qué significa? —pregunta Bea, saltando arriba y abajo.

Camille la coge de la mano y echan a andar juntas.

—Nada.

Sonrío para mis adentros, cojo el bolso de Camille y me pongo a su lado. Le deslizo una mano alrededor de la cintura y me agacho hasta que mi boca queda junto a su oído.

—Bueno, para ser justos —susurro—, también estoy un poco excitado.

—Y yo —ríe—. Vámonos a casa.