Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 44
95%

Regla nº 44

No sabrás lo que hay dentro hasta que lo abras Camille

Últimamente no duermo bien. Oigo cada ruido, cada crujido del suelo y cada puerta que se cierra en algún lugar de este enorme apartamento.

Más de una vez me he levantado en mitad de la noche y he abierto la puerta con la esperanza de encontrarlo en el pasillo pero el pasillo siempre está vacío y él no está por ninguna parte.

Hoy es Nochebuena, y nunca en mi vida he temido tanto unas vacaciones. He reservado un billete para ir a casa, a Giverny, durante dos días. Bea debería pasar las vacaciones con su familia, y sé que, si estoy allí, todo será mucho más penoso.

Marguerite se ha ofrecido a dejar que me quede con ella.

Va a pasar la Navidad en casa de su nieta y me ha invitado a acompañarla, pero no creo que lo haga.

Tengo intención de aprovechar el día para hacer un nuevo plan para mi vida.

No puedo ser niñera para siempre. Tengo que seguir adelante tarde o temprano.

Pero me gustaría quedarme en París, lo cual no será barato ni fácil, así que más me vale que sea un plan muy bueno.

Antes de que salga el sol, me levanto de la cama. Voy al salón, enciendo la chimenea, me preparo una taza de café y, sentada en el sofá, escucho el crepitar de las llamas. El árbol de Navidad en su rincón ilumina la estancia con un cálido resplandor blanco.

A mi alrededor solo hay tranquilidad y silencio hasta que oigo un crujido en las escaleras. Tensa, espero.

Jack y yo no hemos estado solos en el mismo lugar desde la pelea de octubre. Me dejó muy claro que lo nuestro había terminado cuando se retiró a su habitación y cortó toda comunicación entre nosotros.

Debería alegrarme de que al menos me haya dejado conservar mi trabajo.

Pero en los momentos en que nos hemos visto, hablando solo de Bea mientras estábamos en su compañía, he notado un cambio: ahora hay algo crudo y sincero en sus ojos. Quiero creer que se está recuperando, pero ya no tengo por costumbre esperar nada.

Entra en la sala de estar y lo miro por el rabillo del ojo mientras se sienta en el otro extremo del sofá. Lleva unos pantalones de chándal negros y una camiseta blanca lisa, y ese atuendo me resulta tan familiar que me hace daño.

Hace dos meses, me habría sentado en su regazo. Habría apoyado la cara contra el suave algodón de su camiseta y habría sentido sus brazos a mi alrededor, protectores. Él me habría acariciado el pelo y me habría besado en la cabeza.

Ahora, nos sentamos en silencio.

Y cuando no puedo soportarlo ni un segundo más, hablo.

—Cogeré el tren de las diez y regresaré dentro de dos días. He preparado una sopa. Está en la nevera. Tendrás que calentarla…

—Camille —me interrumpe, y aunque siento su mirada sobre mí no me vuelvo hacia él.

—He dejado unos regalos. Están debajo del árbol. Y también hay un par para Elizabeth y Phoenix.

—No te vayas —me suplica, y eso me parte el corazón.

No puedo pronunciar ni una palabra sin que las lágrimas amenacen con derramarse de mis ojos, pero al final vuelvo la cabeza y lo miro a los ojos, y es un error.

Había olvidado lo reconfortante que es su expresión, lo tranquila y cálida que me parece cuando me pierdo en el abismo de esos inquietantes ojos verdes. Hace que mi soledad sea aún peor.

—Beatrice debería pasar las vacaciones con su familia —replico, con los ojos húmedos.

—Tú eres su familia —responde, y tengo que apartar la vista porque me hace demasiado daño.

—No, no lo soy —discuto—. Soy su niñera. —Me levanto del sofá e intento ir a la cocina, pero Jack me coge de la mano para detenerme.

—Camille, por favor.

Me vuelvo hacia él hirviendo en mi propia rabia.

—¿Por favor qué, Jack? Lo intentamos y fracasó, tal y como temíamos. Por suerte, no llegó a herir a Bea y podemos hacer que esto funcione. De momento mantendré mi trabajo, pero creo que tenemos que aceptar que nunca podremos volver a recorrer ese camino.

Me suelto de su mano y voy hacia la cocina. Lo oigo levantarse del sofá y seguirme.

—Por favor, no digas eso —me suplica.

—Me has llamado farsante —le respondo, volviéndome hacia él.

—Me equivoqué —dice, dando otro paso hacia mí.

Mi espalda choca contra la encimera de la cocina y me invade el pánico. Si se acerca demasiado, no podré resistirme. Volveré a caer en sus brazos y le perdonaré todo sin que ninguno de los dos haya aprendido nada.

—Es demasiado tarde, Jack —murmuro, y se me quiebra la voz.

Cuando da el último paso hacia mí y queda tan cerca que su cuerpo roza el mío, dejo escapar un sollozo silencioso.

—No es demasiado tarde —dice como si me rogara.

Pero antes de que pueda pronunciar otra palabra le tapo la boca con la mano para detenerlo.

—Por favor —susurro—. No lo hagas. Lo último que quiero en este momento es esperanza. La esperanza puede ser cruel. Puede hacerte creer cosas que nunca se harán realidad y cuando las pierdes, lo sentirás de un modo aún más tortuoso.

Sus ojos me taladran, inundados de desesperación y pena. Una pena que yo también siento. Y veo el momento en que se rinde.

Da un paso atrás para apartarse de mí y yo me seco las lágrimas que se han derramado por mis mejillas mientras él me mira con tristeza.

Finalmente, deja escapar un suspiro, se da la vuelta y va hacia el árbol de Navidad. Se agacha y recoge algo del montón de regalos.

Con cara de remordimiento, regresa y me tiende un paquete.

—Esto es para ti. Ábrelo cuando estés sola.

La curiosidad me invade mientras miro la caja rectangular envuelta en papel rojo y blanco. ¿Me ha comprado un regalo?

Todo esto es muy extraño. No tengo ni idea de cómo comportarme. Y, desde luego, yo no le he comprado nada.

—Gracias —musito.

Tras eso, se da la vuelta y sube las escaleras. Abrazó la caja contra mi pecho y cierro los ojos para no ponerme a llorar ahí mismo, en la cocina.

Esta mañana, al marcharme, Bea se ha puesto a llorar.

No se me ocurre nada más difícil que alejarme de ella mientras lloraba.

Es la primera vez que nos separamos en casi seis meses, y en cuanto estoy en el coche, de camino a la estación de tren, es como si mi corazón solo quisiera regresar al apartamento de Montmartre.

Jack se ha quedado junto a ella con aire abatido mientras yo llevaba mi pequeña maleta de fin de semana hasta la puerta. He podido ver en su expresión todo lo que quería decirme… y no me ha dicho.

Durante todo el trayecto me he sentido invadida por la ansiedad y la indecisión. ¿Estoy haciendo lo correcto?

En el fondo de mi corazón no quiero irme, ni siquiera durante un par de días.

Pero no puedo seguir así para siempre. No puedo quedarme en ese apartamento y desperdiciar mi vida en los recuerdos de una breve historia de amor que no funcionó.

No puedo seguir interpretando el papel de madre de Bea para siempre.

Así que esto es más que unas simples vacaciones lejos de ellos. Es una oportunidad para replantearme mi vida y ver hacia dónde se dirige. Es hora de hacer lo que mi padre me dijo que hiciera: desplegar mis alas y volar.

Por supuesto, el único lugar al que mis alas quieren llevarme es de regreso a casa, con ellos.

El conductor me deja en la Gare Saint-Lazare y salgo con mi bolso colgado al hombro.

— Joyeux Noël —le digo antes de cerrar la puerta. Él corresponde a mi despedida con una sonrisa cortés.

Y me quedo sola. Mi tren no sale hasta dentro de cuarenta y cinco minutos, así que busco una cafetería en la estación que todavía esté abierta. Pido un café con leche y un bollo y me siento a una mesa con las maletas a mi lado.

El regalo de Jack capta mi atención. Debería haberlo dejado en mi habitación, pero no he podido resistirme a traerlo. Es el único regalo que he recibido este año y tengo demasiada curiosidad por saber qué hay dentro como para ignorarlo.

Aparto la comida y la bebida, saco la caja y la pongo sobre la mesa.

Ábrela y ya está, me digo a mí misma.

¿De qué tengo tanto miedo? ¿De que lo que haya dentro sea demasiado sincero y considerado como para ignorarlo? ¿De que, una vez que vea lo que me ha comprado, recuerde lo mucho que lo amo y no tenga más remedio que regresar a casa?

O tal vez lo contrario. Quizás el regalo sea demasiado sencillo y no signifique nada. Quizás sea una vela o un par de zapatillas y solo demuestre que no significo tanto para Jack como pensaba.

Pero de alguna manera, sé que no es así. La curiosidad es lo que me ha metido en este lío. Lo más adecuado es dejar que me lleve hasta el final.

Frunciendo los labios, empiezo a desenvolverlo. Inmediatamente reconozco la madera pintada de rosa y el diseño floral en los bordes.

Confusa, miro fijamente mi joyero.

¿Por qué Jack me ha regalado mi propio joyero?

Entonces recuerdo el día que le compré uno a Bea en el parque temático. Le había contado a Jack que mi padre solía ponerme regalos en él cada año por mi cumpleaños. ¿De verdad lo ha recordado?

Y si es así, ¿qué hay dentro?

Me muerdo el labio inferior y abro lentamente la tapa, pero cuando veo el familiar papel beis de sus cartas, la vuelvo a cerrar de golpe.

Es una carta.

¿Estoy preparada para esto?

Quizás lo que hay en esta carta es lo que intentaba decirme esta mañana temprano. Parecía que quería darnos otra oportunidad, pero yo tenía demasiado miedo. ¿Y si nada ha cambiado? No puedo volver a pasar por esto.

Una pareja de ancianos que está cerca se me queda mirando mientras yo observo el joyero como si temiera que pudiera explotar si lo toco. Les sonrío y cojo mi café con leche para mantener las manos ocupadas mientras delibero sobre qué hacer a continuación.

Repaso todas las posibilidades, todo lo que podría haber en esa carta. Estoy bastante segura de que Jack no iba a despedirme de mi trabajo en Navidad con una carta manuscrita, así que eso significa que lo que haya ahí dentro está pensado para hacerme sentir mejor. ¿A qué estoy esperando?

El corazón me late con fuerza en el pecho, rogándome que abra el joyero, así que obedezco con las manos temblorosas.

La misiva está en un sobre, muy parecido al que le escribió a Emmaline. Pero en lugar de su nombre, está el mío. Despego la solapa y saco la carta.

Ignoro los anuncios de las salidas y llegadas de los trenes a través del altavoz de la estación y la suave música navideña, y me concentro en las palabras de Jack.

«Querida Camille: Por fin puedo imaginarme muy vívidamente en mi cabeza lo que ocurrió.

Puedo verte encontrando esa carta en un libro cualquiera en tu pequeña librería de segunda mano.

Puedo verte garabateando animales en la cubierta interior.

Y puedo imaginar lo mucho que conectaste con esa foto y con lo que le escribí a mi futura esposa en esas letras.

Puedo verlo todo con mucho detalle porque ahora te conozco muy bien: no haces nada a medias, estás acostumbrada a dar más amor del que recibes y cuando miras a alguien, lo ves de verdad.

Todas estas cosas me hicieron enamorarme de ti.

Sé que ese día trajiste esa carta a mi casa para devolvérmela, pero me gustaría creer que algo más fuerte te trajo hasta aquí. Quizás fue el destino o la intervención divina.

O tal vez echaste un vistazo a la foto y viste a un hombre que te necesitaba. Y así era.

Para ser sincero, todavía te necesito.

Necesito tu voluntad obstinada y tu temperamento fogoso. Necesito tu fuerza y tu sabiduría. Necesito la risa y la alegría que traes a mi vida. Bea y yo necesitamos todo eso.

Lo nuestro siempre fue más que ataduras y cuerdas, y los dos lo sabemos. Lo que me diste ahí arriba, en esa sala, fue mucho más de lo que había esperado: me diste tu confianza, tu corazón. Y me diste seguridad. Me empujaste a ser mejor, no solo por mi hija, sino también por mí mismo.

Pero sé que no puedo pedirte que satisfagas mis necesidades sin satisfacer las tuyas.

Y creo que lo que necesitas ahora mismo es saber que te quiero por lo que eres.

No eres excesiva, no eres demasiado; no eres demasiado ruidosa ni demasiado curiosa.

No estás llenando un vacío en mi corazón ni eres una sustituta para una persona que he perdido.

Ese vacío siempre estará en mi corazón, al igual que el vacío que quedó en el tuyo el día que falleció tu padre.

He asistido a suficientes sesiones de terapia en los dos últimos meses como para comprenderlo.

Pero nuestros corazones y nuestras vidas crecerán alrededor de esos vacíos, y espero más que nada en este mundo que podamos hacerlo juntos.

Te quiero tanto que me resulta doloroso, pajarito. Pero ya no quiero retenerte.

Cuando eches a volar, espero que nos lleves contigo. Y si no puedes, lo entenderé.

Al menos espero que puedas llevarte nuestros recuerdos y esta disculpa.

Lo siento.

Joyeux Noël.

Tuyo

Jack».