Regla nº 43
Las emociones deben sentirse
Un mes después
Jack
Hay una placa blanca debajo de un gran roble que da a un pequeño parque donde juegan los niños.
«En memoria de Emmaline St. Claire, madre, hija y esposa».
En su honor, cada año hago una donación a este parque. Lo suficiente para mantenerlo limpio y en buen estado. Lo suficiente para mantener vivo su recuerdo. Ella me pidió que levantara un jardín aquí, en su ciudad natal.
En primavera, su madre y yo plantamos flores: begonias rosas y blancas, sus favoritas. Son hermosas y dulces, como Em.
Sentado en el banco de hierro junto al árbol, veo cómo los niños juegan en el parque, incluida mi hija, que grita en francés con los demás. Con su pequeño abrigo rojo y su gorro de punto gris, parece más un sueño que una realidad.
Siempre quise ser padre más que nada en el mundo. Quería darles a mis hijos lo que mis padres me dieron a mí. Ahora que tengo a Bea, me doy cuenta de que no es tan sencillo como pensaba.
Las últimas semanas han sido un infierno, lo que ya es decir mucho viniendo de mí.
La única razón por la que puedo reconocerlo con total confianza es porque sé lo que se siente al estar en el infierno. Vi cómo mi esposa se marchitaba durante dos años. La vi sufrir y morir de forma lenta y dolorosa mientras se aferraba desesperadamente a la vida.
Y aunque sentí todos esos momentos horribles y terribles en tiempo real, rápidamente dejé de lado esas emociones durante los tres años siguientes. Apagué mis sentimientos. Cavé una tumba y me enterré en ella.
En el último mes, he tenido que reabrir viejas heridas y volver a sentirlas todas de nuevo.
Así que, sí, ha sido un infierno y no me siento recuperado; solo siento que sufro pero Ronan dice que esto es parte del proceso.
Él perdió a su primera esposa y a su hijo, así que ya ha pasado por algo así antes que yo.
Fue él quien intentó empujarme a buscar ayuda psicológica cuando Em falleció, pero yo me negué.
Esta vez he accedido.
He encontrado un terapeuta que me gusta y me reúno con él una vez a la semana. Odio hasta el último segundo terrible y angustioso de las sesiones, pero al menos lo estoy intentando. Si soy sincero, intentarlo es una mierda.
No lo hago por Camille, aunque ella es la razón por la que sigo adelante. Mi terapeuta me pidió que identificara mi motivación, mi razón para sanar, vivir y seguir adelante a pesar del dolor, e inmediatamente pensé en Bea. Mi hija ya ha perdido bastante y se merece un padre.
Pero no tardé en darme cuenta de que era una pregunta trampa, una que no me llevó mucho tiempo responder: la verdadera razón soy yo.
Porque no puedo darles a Bea ni a Camille la versión de mí mismo que se merecen hasta que me recupere y, sobre todo, porque me debo a mí mismo empezar a vivir de nuevo.
¿No sería bonito tener por fin una segunda oportunidad con ella?
¿Imaginar ese futuro que parecía tan claro hace solo un par de meses? Sí, por supuesto.
Pero incluso si ese futuro nunca se materializa, quiero volver a sentirme vivo.
Un frío invernal recorre el parque y me abrocho el abrigo. Solo faltan seis días para Navidad y sé que no debería precipitarme, pero quiero pasar las fiestas con las personas que quiero.
Quiero pasarlas con ella.
Mi terapeuta, Paul, no deja de recordarme que estas cosas no tienen un objetivo final ni una meta.
Cuando me sienta preparado para hablar con ella, debería hacerlo.
Pero no sé si alguna vez voy a estarlo. Las cosas que le dije fueron injustas; la forma en que la traté, como si estuviera compitiendo por mi corazón, estuvo mal.
No soy la clase de hombre que habla con un fantasma o con un cartel frente a un parque, así que definitivamente no haré algo así, pero si tuviera que decirle algo a Emmaline, este sería el lugar donde lo haría. Y tal vez estoy aquí solo para sentir su presencia.
Y quizá, si fuera a hablar con ella, le diría que la echo de menos.
Que echo de menos nuestras bromas privadas y saber que preparaba una taza de té todas las noches exactamente a las siete y media.
Echo de menos sus calcetines en el suelo junto a nuestra cama.
Echo de menos sus galletas de mantequilla y su sonrisa.
Diablos, tal vez incluso le hablaría de Camille y de lo mucho que creo que le gustaría. Si fueran amigas, creo que Camille sería la mandona que montaría una escena en los restaurantes si los camareros fueran groseros con Emmaline. Creo que hablarían de Monet y de Coldplay y de lo mal que canto.
Le diría que Camille quiere a Bea, y creo que Em se lo agradecería.
Como nunca fue celosa, creo que adoraría a Camille. Estaría decepcionada conmigo por tratarla como lo hice, pero no me levantaría la voz porque ese no era el estilo de Em.
Si Em estuviera aquí y pudiera hablar con ella, me diría que dejara de centrarme en los «y si…» y los remordimientos. No importa que no hubiera llegado a conocer a Camille si Em no hubiera muerto. Me diría que me preocupo demasiado o que soy demasiado sentimental.
Y yo le diría que todavía la quiero. Creo que siempre la querré, porque eso es lo que pasa cuando alguien muere. Mi amor por ella se quedó congelado en ese momento para siempre, y nunca dejaré de quererla porque ella nunca estuvo ahí para permitirme hacerlo.
Pero mi corazón no está congelado. Es un órgano vivo, que late y que tiene sitio para algo más.
Le pediría a Em que me deseara suerte. Joder, incluso le pediría consejo. ¿Cómo leches voy a compensar a Camille por seis semanas de silencio?
Probablemente me diría que dejara de hablar de ello y que me pusiera manos a la obra.
Sin duda me desearía suerte.
—¡Papá, tengo las manos frías! —dice Bea, corriendo hacia donde estoy sentado, solo. Tomo sus manitas entre las mías y las caliento soplando sobre ellas.
—Tienes que dejarte los guantes puestos —le respondo con suavidad.
Sosteniendo las manos de mi hija entre las mías, contemplo sus ojos azules y, por un hermoso instante, veo a su madre. No se trata solo de la forma y el color, sino también de la dulzura y de la calidez que hay en ellos.
Una parte de Em sigue aquí.
Pego a mi hija a mí, la envuelvo en mis brazos y la estrecho con fuerza contra mi cuerpo. Sus pequeñas manos se aferran a mi abrigo y se acurruca en mi pecho. Por un momento, me imagino que estoy abrazando a Em.
—Papá —susurra.
—¿Sí?
—¿Podemos tomar un chocolate caliente?
Sonrío con la barbilla apoyada en su cabeza.
—Sí, claro que podemos. —a suelto y le sonrío, pero antes de levantarme, meto la mano en sus bolsillos y le pongo los guantes en sus frías manos—. No te los quites, por favor.
—Sí, papá.
—¿Te ha gustado visitar el parque de tu mamá? —La emoción hace que mi voz se vuelva ronca y casi se me quiebra a mitad de la frase.
Bea parece darse cuenta inmediatamente y se echa hacia mí como si fuera ella quien me consolara.
— Oui, papá.
Nos levantamos, la cojo de la mano y paseamos juntos hasta la cafetería más cercana.
A veces es difícil seguir adelante y dejar atrás los errores que he cometido en el pasado.
Me preocupa que Bea recuerde el daño que le he hecho y los años en los que estuve demasiado ausente como para demostrarle mi amor.
Pero no puedo cambiar el pasado. No puedo traer de vuelta a Em. No puedo deshacer las cosas que le dije a Camille. Lo único que puedo hacer es aprender de mis errores y seguir adelante, paso a paso.
—Feliz Navidad.
Levanto la vista de mi escritorio, con una carta a medio escribir en las manos. Elizabeth está apoyada en el marco de la puerta con una pequeña caja en las manos.
—¿Qué es eso? —le pregunto cuando entra y la deja sobre el escritorio frente a mí.
Ella se encoge de hombros.
—Nada importante.
Cojo la caja con curiosidad. En el último mes, desde que mi hermana y yo tuvimos esa conversación sincera y le pedí perdón por cómo le había afectado mi comportamiento tras la muerte de Em, ella ha ido aceptando poco a poco la idea de volver a relacionarse conmigo.
Ahora viene más a menudo e incluso sale con Camille en sus días libres. Es muy diferente a la mujer que ni siquiera me miraba hace cuatro meses.
—Todavía no es el momento de intercambiar regalos. Yo pienso darte el tuyo en Navidad —protesto.
—Ábrelo —ordena ella, poniendo los ojos en blanco.
—Está bien —respondo con un bufido. Abro el paquete y levanto la tapa de la caja para encontrar una bola de cristal que muestra en su interior una palmera de cristal, arena y conchas marinas. La sostengo en la mano y la miro, confundido.
—Como has decidido quedarte en París, he pensado que a lo mejor echabas de menos tu hogar y te vendría bien algo de California —dice tímidamente—. Mamá me ayudó a elegirlo.
—Elizabeth… —susurro, contemplando el adorno de cristal. Le doy la vuelta y veo cómo la arena vuelve a su sitio y, por extraño que parezca, me recuerda a mi hogar. Me produce una cálida sensación en el pecho.
—Si hubiera podido pedir que me trajeran auténticas hamburguesas con queso americanas, te prometo que lo habría hecho —dice con una sonrisa burlona.
Se me hace la boca agua al oírlo.
—Yo haría cosas muy turbias por unas hamburguesas de In-N-Out —respondo.
Ella asiente, enfáticamente.
—O de ese sitio grasiento al que papá solía llevarnos, junto al puerto.
—Dios mío, sí —gimo. Los dos sonreímos y no puedo explicar con palabras lo increíble que es volver a recordar los viejos tiempos con mi hermana—. Gracias —murmuro, refiriéndome a algo más que a la bola de cristal—. De verdad.
—De nada —murmura sin mirarme a los ojos—. Y, por si sirve de algo, me alegro mucho de que te quedes.
—Bueno, nunca me perdonarías que te dejara sola con Julian.
Ella pone los ojos en blanco.
—Ahí tienes razón.
En ese momento, él pasa por delante del despacho, nos mira con expresión despectiva y nos enseña el dedo corazón de las dos manos.
—Lo he oído. Que os jodan a las dos.
Elizabeth y yo nos echamos a reír.
Es peligroso desear que todo salga bien, pero con lo bien que va el club y mi relación con mi hermana, empiezo a pensar que todo va a arreglarse.
Solo hay una cosa más que tengo que hacer, y todo depende de ello.