Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 42
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Regla nº 42

No es tan complicado

Jack

Cuando abro los ojos me doy cuenta de que me duele la cabeza. Oigo que alguien me está llamando, pero me limito a soltar un gemido y a apartarme de la fuente de ese sonido.

—Jack, despierta —vuelve a decir, esta vez con más firmeza. Cuando Phoenix me da un fuerte empujón en el hombro, me rindo.

—¿Qué coño pasa, Nix? —protesto, volviéndome hacia ella.

—Tu teléfono ha estado sonando toda la mañana —responde, y me lo tira encima de la cama.

Técnicamente, no es mi cama. Es la cama de su habitación de invitados, en la que de vez en cuando me deja dormir cuando me emborracho demasiado en el club y no puedo irme a mi casa. Algo que ha ocurrido bastante en los últimos tiempos.

Me siento en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero. No importa que solo lleve unos calzoncillos. Phoenix y yo nos hemos visto en ropa interior desde que éramos niños y nunca hemos sentido nada más que amistad el uno por el otro. Siempre he estado cómodo con ella.

Cojo el teléfono y veo que es mi padre quien me llama, pero deja de sonar antes de que pueda contestar.

Entre él y mis dos madres, mi móvil no ha parado de sonar.

Sé que solo están preocupados. Y supongo que ha sido mi hermana quien les ha contado mi reciente…

¿ruptura? Si es que podemos llamarla así, porque lo dejamos antes siquiera de empezar.

Phoenix se deja caer sobre la cama y me mira fijamente.

—Si te digo que no puedes volver a quedarte aquí a dormir, ¿crees que dejarás de beber tanto?

Vuelvo la cabeza hacia ella.

—No.

Suspira.

—Jack…

—No empieces —murmuro, rascándome las cejas.

—Han pasado dos semanas.

—No sé de qué me estás hablando —le respondo. Técnicamente, no le he contado a nadie lo de Camille; ni lo de nuestra relación ni lo de la ruptura, nada, pero siempre se enteran, joder.

Para mi sorpresa, me da un fuerte empujón en el hombro.

—No me mientas, Jack St. Claire. —Abro mucho los ojos al ver a mi amiga, normalmente dócil, tan enfadada—.

Siempre he estado a tu lado, somos amigos desde que éramos niños y, cuando nadie más entendía lo que era tener una familia como la nuestra, tú estabas ahí.

Siempre has estado ahí y sabes que haría cualquier cosa por ti.

Por eso voy a echarte de mi casa y a decirte que es hora de que pongas tu vida en orden.

—Frunzo el ceño y la miro fijamente. Quiero gritarle y decirle que no tiene ni idea de lo que es pasar por lo que yo he pasado, pero no lo hago.

Porque tiene razón. Por mucho que lo aborrezca, sé que tiene razón—.

Lo siento —susurra al ver mi enfado—. Pero no puedes seguir viviendo así.

Sé que querías a Em, pero que ella haya muerto no significa que tú debas enterrarte en vida.

—Lo sé —refunfuño, apartando la vista—. No lo entiendes, Nix. No fue solo su muerte. Fue como… perder todo lo que había planeado para mi vida.

—Pues planea algo nuevo —me insta—. Por Dios, Jack. Todavía tienes a esa preciosa niña. Y a una mujer hermosa que te ama. ¿Emborracharte y dormir en mi pequeño apartamento es mejor que eso?

Salgo de la cama y atravieso la habitación.

—Por supuesto que no. —Cojo los pantalones que llevaba anoche, que están colgados en la silla, y me los pongo con impaciencia. Estoy volviendo al estado de ira y depresión en el que me encontraba antes de que Camille apareciera. Cuando tenía poca paciencia y nada me satisfacía.

—Entonces, ¿a qué esperas? —pregunta ella, y algo dentro de mí se hace pedazos.

—¡Estoy jodido, Phoenix! —grito, y mi voz retumba en las paredes de su pequeña habitación de invitados—. No van a quererme, así no. Están mejor sin mí, ¡y tú lo sabes!

—¿De qué estás hablando? —responde ella, confundida.

—Piénsalo, Nix. Dejé embarazada a Em y ese embarazo la mató. Si no se hubiera casado conmigo, todavía estaría viva.

Phoenix mira hacia la puerta con los ojos muy abiertos. Cuando me vuelvo para ver que hay ahí, encuentro a mi hermana acechando en el pasillo.

Joder.

Con un bufido, me pongo la camiseta blanca y lisa. Tengo que salir de aquí.

Pero cuando me dirijo hacia la puerta y Elizabeth la bloquea con expresión impasible, sé que no voy a escaparme de esto tan fácilmente.

—Phoenix, ¿podemos hablar un momento? —pregunta con calma.

Cruzo la mirada con la de mi hermana. Veo un atisbo de lástima en ella, y la lástima es lo último que quiero.

—Por supuesto —responde Nix; sale de la habitación y cierra la puerta tras de sí.

Mi hermana se cruza de brazos y nos quedamos un instante en silencio.

—Jack… —murmura.

—Tú también no —gruño, pasándome los dedos por el pelo—. Primero nuestras madres, luego Phoenix, ahora tú.

—¿Quieres que me una a tu fiesta de la autocompasión porque todas las mujeres de tu vida se preocupan por ti?

Supéralo. —Con un suspiro de descontento, me dejo caer en la silla y me paso las manos por la cara.

Mis emociones amenazan con asomar a la superficie y, para ser sincero, me dan miedo.

Si las dejo salir, podrían arrollarme como una estampida, y no sé si podría recuperarme de algo así.

Elizabeth se sienta en la cama frente a mí—.

El cáncer mató a Emmaline, Jack. Lo sabes.

Suelto un profundo suspiro y levanto la cabeza.

—Por supuesto que lo sé.

—Porque parece que te estás culpando a ti mismo, y eso no es así.

—Lo sé —murmuro entre dientes.

—No creo que lo sepas.

Una parte de mí se da cuenta de que debería estar agradecido de que mi hermana me hable. Pero la otra parte aborrece que tenga que ser en estas circunstancias.

—Estoy bien —miento—. Solo he tenido… un mal mes.

Ella me mira fijamente sin responder, como si no se lo creyera. Y no debería, porque es una absoluta mentira. No solo he tenido un mal mes: también he tenido unos malos años. He estado huyendo de mi propia pena durante tanto tiempo que me he condicionado a creer que es lo único que se me da bien.

No se trata de que rompiera con Camille, porque esa pelea sobre la puñetera carta y Emmaline se podía haber resuelto, sino de que no le di ni siquiera la oportunidad de solucionarlo.

Lo que pasó de verdad fue que la alejé de mí porque era más fácil que afrontar la posibilidad de perderla de la misma manera que perdí a Em.

Me siento como si estuviera librando una batalla perdida contra la verdad. Ya no puedo mentirme a mí mismo ni seguir huyendo.

Solo queda… sentir.

Me escuecen los ojos por las lágrimas y rechino los molares para contenerlas. Pero estoy harto de huir y de luchar y de permitir que mi pena me gane la partida.

Cuando las tres palabras siguientes salen de mis labios, siento como si se rompiera un dique.

—No estoy bien.

Y eso es todo. La dolorosa quemazón de las lágrimas se calma por fin cuando me permito derramarlas. Me tapo la cara para ocultarlas y cada sollozo es como recibir un golpe tras otro. Todo cae sobre mí a la vez: perder a Emmaline, abandonar a Bea, fallarle a mi hermana, alejarme de Camille. Todo.

Cuando una mano suave se posa en mi hombro, levanto la vista y me doy cuenta de que Elizabeth también está llorando. Las lágrimas le anegan las mejillas y me incorporo de un salto para abrazarla con fuerza. Mi hermana, tan dura como el acero, solloza con el rostro hundido en mi camiseta.

Lloramos los dos, abrazados, y, para mi sorpresa, no me siento abrumado por las emociones. De hecho, una vez que las lágrimas se frenan un poco, descubro que por fin puedo respirar profundamente. Por primera vez en años, me siento más ligero.

Sé que no durará para siempre, pero el peso de la pena que llevaba tanto tiempo cargando por fin ha desaparecido. Sé que va a volver, no soy tan ingenuo, pero, por ahora, voy a saborear esta calma.

—Lo siento mucho, Elizabeth. —Sigo abrazándola con fuerza y no quiero soltarla.

—Lo sé —responde ella—. Y yo siento haber sido tan dura contigo. Sé que aún estabas de duelo.

—Pero no debería haberte dejado sola.

Cuando se separa, me mira a los ojos y se encoge de hombros con tristeza.

—Nunca estuve sola.

—Me alegro —respondo. Nos tomamos un momento para secarnos las lágrimas y recomponernos. El cansancio me atropella como un camión—. Si me das un minuto para darme una ducha, me gustaría invitarte a comer para poder hablar de verdad.

Ella levanta la vista y me sonríe.

—Me encantaría.

Me meto en la ducha, me quedo bajo el chorro y pienso en Camille. Es la primera persona a la que quiero llamar. Quiero decirle que por fin he dejado atrás todo lo que me ataba. Puede que no parezca gran cosa, pero para mí ha sido muy importante y sé que ella lo entenderá y estará orgullosa de mí.

Pero no puedo llamarla ni hablar con ella. Todavía no.

Sigo muy enfadado con ella por mentirme, pero estoy más enfadado conmigo mismo por precipitarme antes de estar preparado y echar perder algo bueno. Al menos ahora puedo admitir que me queda mucho camino por recorrer antes de volver a tener una relación.

Cuando salgo de la ducha, me pongo la ropa limpia que guardo en casa de Phoenix por si acaso, para momentos como este. Me visto rápidamente y me encuentro con mi hermana y mi mejor amiga en el salón.

Están sentadas juntas en el sofá, viendo la televisión, mientras Phoenix trabaja en su ordenador portátil.

Me detengo junto a la mesa que hay al lado del sofá y veo una foto familiar en un marco; la cojo y me invade inmediatamente una oleada de nostalgia.

Es una foto de grupo de todos nosotros tomada cuando aún éramos jóvenes, yo con veinte años y ellas en la adolescencia.

La hermana gemela de Phoenix, Austin, también está allí, con su novio, Liam.

Nuestros padres nos criaron juntos. Intentaron que fuéramos una familia. Ojalá supiera cuándo se hizo pedazos todo eso.

Mi esposa murió. Austin y Liam se fueron por su cuenta. Mi hermana y yo dejamos de hablarnos. Fue como si la edad adulta hubiera roto nuestras relaciones y la familia que construimos cuando éramos niños se hubiera reducido a cenizas.

Ronan quiere que la recuperemos, y me doy cuenta de que ahora depende de mí. Tenía muchas ganas de irme de París para recuperar a mi familia, pero ¿qué pasa con esta familia? Si puedo recuperar lo que teníamos, ¿no vale la pena quedarse?

No puedo irme.

—¿Listo? —pregunta Elizabeth.

Dejo la foto y asiento.

—Sí. Estoy listo.

Mi hermana y yo estamos sentados en una cafetería de la Rue des Trois-Frères. Ella está tomándose un capuchino y picoteando un croissant mientras yo contemplo a la gente que pasa, con sus abrigos y bufandas. Hasta ahora, nuestra conversación ha sido breve, aunque hay mucho de qué hablar.

Por el momento, me limito a disfrutar de que podamos quedarnos juntos en un cómodo silencio. Es más de lo que tenía hace un año.

—Hablé con ella, ¿sabes?

Su franca confesión me pilla desprevenido.

—¿Con quién? ¿Con Camille? —pregunto, con un tono más desesperado de lo que pretendo.

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

—Dijo que quiere que te humilles y la recuperes.

Ladeo la cabeza y frunzo el ceño.

—No, no dijo eso.

Mi hermana se ríe en voz baja.

—No, es verdad. Dijo que quiere lo que todos queremos, Jack.

—¿Y eso es…?

Se vuelve hacia mí.

—Que te cuides. Que te recuperes lo máximo posible. Que vuelvas con nosotros.

Por supuesto. Pero no es tan fácil como ella lo hace parecer.

Cojo mi café y miro hacia la calle, sin concentrarme en nada en concreto. Intento imaginarme a mí mismo recuperándome. Me imagino a Camille y Bea junto a una versión mejorada de mí mismo. La versión que se merecen.

—Entonces, ¿todavía me quiere? —pregunto.

Mi hermana frunce los labios.

—Por alguna estúpida razón, sí, todavía te quiere. Pero no quiere vivir a la sombra de tu esposa. Quiere que la quieras por ser quien es y no porque se parezca a alguien a quien una vez amaste.

Dejo el café con demasiada fuerza sobre la mesa.

—¿Eso es lo que cree?

Elizabeth parece exasperada y pone los ojos en blanco.

—Sinceramente, por estas cosas no pienso enamorarme nunca. Menudo desastre sois. Os amáis, pero sois demasiado tercos y orgullosos para admitir lo que sentís.

—Muy bien, si eres tan lista, dime qué coño tengo que hacer.

—En primer lugar, cuídate. Busca apoyo y permítete llorar por Emmaline de una vez. Luego, dile a la mujer que amas lo que sientes. —Ella resopla y toma su taza—. Tampoco es tan complicado.

Me echo a reír y me llevo la taza a los labios.

—Algún día lo entenderás.

—Nunca.