Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 41
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Regla nº 41

El vino siempre combina bien con los secretos Camille

Jack vuelve a ser un fantasma. Cuando llega a casa del trabajo, normalmente muy muy tarde, se va al piso de arriba y se encierra allí casi todo el día.

Ya no hay cenas compartidas ni viajes a Disneylandia ni paseos por los parques cercanos.

Ya no hay sexo ni cuerdas.

Como si fuera mi primer día en este trabajo.

En el momento en que entré en mi habitación esa mañana y lo encontré sosteniendo esa carta, supe que se había acabado, y no porque yo hubiera mentido o le hubiera ocultado algo a Jack, sino porque él sigue aferrado al pasado y porque nunca se ha permitido llorar su pérdida.

En la mente de Jack, Emmaline sigue aquí y él le está siendo infiel. En su mente, es un hombre horrible, un padre horrible y un marido horrible.

Se niega a dejarla ir, hasta el punto de que se encuentra comparándola conmigo. Su amor por ella y su amor por mí. El lugar que ella ocupa en la vida de Bea y el mío.

Quise sentirme conmovida cuando admitió que me quería más que a ella, pero no fue así. Me rompió el corazón porque significaba que Jack seguía aferrado al pasado. Y yo no formo parte del pasado porque lo que quiero es su futuro.

Solo me alivia que me haya permitido quedarme por Bea. Sigo destrozada porque él y yo ya no tenemos una vida juntos, pero al menos, por el momento, puedo pasar tiempo con su hija.

No sé cuánto durará esta situación ni qué será de nosotros, pero me enfrento a ella un día después de otro. Bea es mi prioridad, ahora y siempre.

Me pongo el abrigo y avanzo contra el fuerte viento después de dejar a Bea en el colegio. Se acerca el invierno y en la ciudad hace fresco por las mañanas. Aun así, prefiero ocuparme de recados y tareas mientras estoy fuera que regresar al apartamento sabiendo que Jack podría estar allí.

No puedo enfrentarme a él. No sé si alguna vez podré.

Es triste, la verdad, haber sentido un amor así y luego tener que vivir con él fuera de mi alcance.

Supongo que, con el tiempo, podré volver a ver su rostro sin tener que salir corriendo para llorar en silencio, acallando mis sollozos con una toalla o la manga de mi camisa.

Espero que, con el tiempo, el sonido de su voz deje de atravesarme el corazón como un cuchillo.

Y me niego a esperar que superemos esto sin más y volvamos a estar juntos. Jack tiene mucho trabajo por delante antes de que yo permita que eso suceda. Me niego a vivir a la sombra de su difunta esposa, aunque él diga que su amor por mí es más fuerte porque, para empezar, nunca debió compararnos.

Pero sé en el fondo de mi corazón que Jack nunca va a curar sus heridas porque eso requeriría enfrentarse a su pena y permitirse sentirla en lugar de escapar de ella. Irónicamente, ese hombre prefiere perder a los dos amores de su vida antes que esforzarse por sanar y hablar de sus emociones.

Cuando llego al apartamento, tengo la nariz tan fría que me arde, y siento los dedos congelados cuando estrecho la bolsa de la compra contra mi pecho.

Entro, dejo las cosas en la encimera y me soplo en las manos para intentar calentarlas.

—Necesitas un par de guantes.

Casi suelto grito cuando una voz de mujer aparece de la nada. Elizabeth entra en la cocina y yo tengo el corazón acelerado por el susto.

Me llevo la mano al pecho, asustada.

— Mon Dieu!

—Perdón —responde, con un tono que no es de todo una disculpa—. Todavía tengo la llave de cuando vivía aquí.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto.

Elizabeth tiene una expresión tan severa que recuerdo que Jack dijo una vez que era la persona más cruel que había conocido. En ese momento supuse que lo decía porque era su hermana. ¿No consideran la mayoría de los hermanos que el otro es el malo?

Pero en este caso, me lo creo. Elizabeth tiene garras y me da miedo.

Se cruza de brazos y me mira con expresión estoica.

—¿Qué ha pasado entre mi hermano y tú?

—Nada. —Suspiro.

—¿Me tomas por idiota? —pregunta.

—No, no creo que seas idiota —respondo, enfadada—. Y deja de hablar en francés. Me desconcierta. —Y es cierto. Su francés es fantástico y sé que lo usa para demostrar su inteligencia. Y tal vez incluso su dominio.

—Entonces, deja de mentir —responde secamente.

—Está bien —respondo, poniendo los brazos en jarras—. Tu hermano se pasó unas cuantas noches mostrándome de qué iba el bondage . Eso es todo.

—¿Eso es todo? —pregunta, enarcando una ceja.

—El resto no es asunto tuyo —argumento.

—Es asunto mío que Jack ya casi no vaya a trabajar. Ha pasado de ser feliz por fin a mostrarse desgraciado y esquivo otra vez.

—¿Por qué te importa? —replico, furiosa—. Creía que lo odiabas.

Ella reacciona como si le hubiera dado una bofetada. Se queda boquiabierta y me mira con ira.

—¿Crees que odio a mi propio hermano?

—No hablas con él. ¿Cómo puedes saber si es feliz o no? —espeto con brusquedad.

—¿Acaso entiendes por qué estaba tan enfadada con Jack?

Suspiro y me obligo a relajarme, y aunque sé que no debo meterme en la vida personal de Jack, siento curiosidad por escuchar esta historia.

Como no digo nada, se dirige a la cocina y saca dos copas de vino del armario y una botella de cabernet del botellero.

—Son las diez de la mañana —comento, pero ella me ignora y sirve el vino.

—Siéntate —ordena. Intento resistirme, pero al cabo de un momento cedo y me acomodo en un taburete junto a ella.

Doy un sorbo y me preparo para escuchar esa historia—.

Ya te he contado que vivía con Jack y Emmaline cuando ella falleció.

Era como una hermana para mí. La estaba cogiendo de la mano cuando murió.

—Lo siento —susurro. Las dos tomamos un trago y guardamos unos segundos de silencio.

—Solo tenía veinte años. Estaba en un país extranjero, lejos de mis padres y de toda mi familia salvo de mi hermano.

Y cuando Em falleció, lo necesitaba. El día que murió, él desapareció.

Durante una semana, nadie pudo encontrarlo.

Me quedé sola con Beatrice, que entonces solo tenía tres años.

Estaba afligida y sola, pero él se quedó con toda la pena y no me dejó espacio para la mía.

—Siento un peso en el corazón cuando veo cómo se le humedecen los ojos—.

Mis padres cogieron un avión al momento para ayudar con el funeral y con Bea, y Jack regresó, pero en realidad fue como si no lo hubiera hecho.

Su cuerpo estaba con nosotros, pero él no estaba aquí de verdad.

Durante casi un año después de la muerte de Emmaline, no podía mirar a nadie a los ojos.

Ni a mí ni a Phoenix… Ni siquiera a su Bea.

Y sé que Jack estaba pasando el duelo por la pérdida de su esposa, pero yo lo estaba pasando por la pérdida de mi mejor amiga… y de mi hermano.

—Debió de ser muy duro —murmuro.

—Lo fue. Me mudé —dice, haciendo girar la copa de vino, con la vista clavada en ella—.

Bea se quedó con Phoenix durante un tiempo y poco después me enteré de que planeaba regresar a casa.

Iba a dejarme aquí sola. Como si nada de lo que vivimos aquí importara.

Cuando Ronan Kade nos ofreció el club por un año, solo acepté porque pensé que eso haría cambiar de opinión a mi hermano.

Pensé que lo convencería para quedarse. Pero me equivoqué.

Fuiste tú quien lo convenció para quedarse.

Mi rostro se llena de pesar, extiendo una mano y se la pongo sobre el brazo.

—Sabes que, si decide irse, la vida que has construido aquí seguirá siendo importante. Puedes hacerlo sin él.

—Lo sé —responde ella, agachando la cabeza—. Pero no quiero que mi hermano se vaya. Ni mi sobrina. Solo quiero que sean felices, y durante los dos últimos meses lo han sido. —Sus ojos se clavan en los míos y sé lo que me va a preguntar—. Cuéntame, ¿qué ha pasado entre vosotros dos?

Suspiro y le doy un largo sorbo a la copa de vino. Y luego se lo cuento todo. Desde la noche en que me sacó a rastras de aquel club hasta la noche en que me dijo que me quería en ese mismo lugar. Incluso le hablo de la carta y de la pelea que tuvimos la mañana en que la encontró, hace dos semanas.

Nos acabamos toda la botella de vino antes del mediodía, y probablemente debería sentirme culpable por estar tan borracha a mitad del día, pero con el mes que he tenido me lo he ganado.

—Vale —anuncia ella, que no parece tan borracha como yo—. Esto es lo que vamos a hacer…

—Nada —la interrumpo, dejando mi copa de vino sobre la isla con un torpe golpe—. Eso es lo que vamos a hacer: nada.

—Escucha… —dice, extendiendo las manos. No parece borracha en absoluto, pero sí más relajada, como si no fuera a arañarme la cara o apuñalarme en el cuello—. Mi hermano tiene que arrepentirse.

—Arrepentirse no. Sanar sí —digo, vertiendo las últimas gotas de la botella en mi copa—. Elizabeth, la verdad es que yo le oculté un secreto. Claro, solo era una carta, pero esa carta me servía como recordatorio de que Jack y Emmaline tenían algo que yo quería.

—Vale, pues pídele perdón —dice con severidad.

—No es tan fácil. Tiene que quererme independientemente de su esposa o de la carta. Ni más ni menos que a ella. Y para eso debe aceptar que ella se ha ido.

Elizabeth se recuesta en su silla, con aire derrotado.

—Tienes razón —murmura para sí misma.

—Yo también quiero que sea feliz —musito.

—Bueno, por si sirve de algo —responde ella, levantándose del taburete—, esto ha sido divertido.

—Ah, ¿sí? —respondo, enderezándome un poco. No es lo que esperaba que dijera, así que me pilla por sorpresa. No he tenido muchas amistades femeninas en mi vida, así que saber que podría estar forjando una con la hermana de Jack me llena de esperanza.

—Sí. Me caes bien.

Va hacia la puerta y yo la sigo.

—Bueno, la próxima vez que quieras darme un susto de muerte y compartir una botella de vino, aquí estaré.

—Genial —responde con sinceridad—. Y no renuncies a Jack todavía. Puede que le lleve algún tiempo cambiar de opinión.

—De acuerdo —digo sin comprometerme. No creo que vaya a intentarlo otra vez, y tampoco tengo el valor de esperarlo.

—Adiós, Camille —dice antes de abrir la puerta principal. Un momento después, desaparece tras ella.