Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 40
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Regla nº 40

La verdad siempre sale a la luz Jack

Camille está durmiendo plácidamente sobre mi pecho cuando me despierta el sonido de unos piececitos que corretean por el suelo de la planta baja.

—Mierda. —Salgo corriendo de la cama y me pongo unos pantalones de chándal y una camiseta. Me peino el pelo con los dedos hacia un lado mientras bajo las escaleras a toda prisa y me encuentro a mi hija al pie, con un pijama rosa de lunares y una expresión de sorpresa en el rostro.

—¡Camille ha desaparecido! —grita. Tiene el pelo revuelto por el sueño, como si se hubiera levantado de la cama y hubiera ido primero a la habitación de la niñera.

Me río para mis adentros y llego al piso de abajo.

—No ha desaparecido

—¡No está en su habitación!

—Ya lo sé —respondo, y llevo a mi hija hacia la cocina para prepararle el desayuno y hacerme un café—. Está… eeeh… arriba.

—¿En tu habitación? —pregunta Bea, con cara de perplejidad.

—Sí. Me estaba… ayudando con algo. Bajará en un momento.

—¿Con qué te estaba ayudando? —pregunta Bea, sentándose en uno de los taburetes que están junto a la isla.

Me esfuerzo por no sonreír y sigo preparando la cafetera tras enjugar la jarra en el fregadero.

—Eeeh… —Me parece mal mentirle, pero no puedo contarle la verdad a mi hija de seis años, sobre todo sin hablar primero con Camille—. Me estaba enseñando a planchar un traje —respondo.

—¿A estas horas de la mañana? —pregunta Bea.

Mientras pongo los granos de café en la máquina, cambio de tema para que mi hija deje de hacer tantas preguntas.

—¿Te lo pasaste bien con Monique anoche?

—Sí —responde, emocionada—. ¡Vimos La princesita, hicimos galletas y nos quedamos despiertas hasta las diez!

Sonrío, me vuelvo hacia ella y me cruzo de brazos para contemplarla en silencio.

Hoy es el primer día en el que por fin puedo aceptar que mi vida es perfecta tal y como es.

Camille y yo nos queremos. ¿A quién le importa que fuera la niñera de mi hija?

No lo será por mucho tiempo. A partir de ahora, será mi novia.

¿Soy un crédulo por pensar que puedo tenerlo todo? Sé que Bea estaría encantada de que Camille fuera más que una niñera. Y sé que Camille está preocupada por los riesgos, pero siempre que salga con alguien habrá un riesgo. ¿Y no lo compensan los beneficios?

Puedo ver nuestro futuro tan claramente que me parece irreal. Despertarme cada mañana a su lado. Pasar los fines de semana juntos como una familia. Criar a Bea… y quizá tener más hijos. Ir al club por la noche, como si viviéramos una doble vida.

Todo está al alcance de nuestra mano.

Mientras le preparo el desayuno a Bea, es en lo único en lo que puedo pensar. Camille duerme plácidamente arriba mientras yo me tomo el café, ansioso por decirle lo que siento, que es más que un simple «Te quiero». Es un «Te quiero para siempre».

Mientras Bea ve los dibujos animados y desayuna, salgo de la cocina para buscar un papel y un bolígrafo. Hace tiempo que Camille y yo no nos escribimos cartas, y estoy desesperado por expresar lo que siento ahora mismo.

En lugar de despertar a Camille, entro sigilosamente en su habitación. Quiero hacerlo mientras aún duerme. La última vez encontré el bolígrafo y el papel en el cajón de su escritorio, así que supongo que es ahí donde los guarda.

Cuando abro el cajón, sonrío al ver la colección de cartas que le he escrito durante las últimas semanas. Las cojo y recuerdo lo lejos que hemos llegado en tan poco tiempo. O más bien lo lejos que he llegado yo.

Las cartas empezaron siendo obscenas, luego disciplinadas, luego esperanzadoras y, por fin, indudablemente románticas. Me cuesta creer mi propia transformación.

Pero entonces encuentro una nota al final que me sorprende.

No es una carta mía para Camille. Es una carta que le escribí a… Emmaline.

Me quedo paralizado, mirando el sobre, recordando el momento en que le puse la dirección, lo sellé y lo eché al buzón hace más de siete años.

Se me calienta la piel y el corazón me late con fuerza en el pecho cuando meto la mano en el sobre y saco la carta. Entre las páginas dobladas hay una foto.

Casi me quedo sin aliento al verla. Em y yo acurrucados frente al Sacré-Cœur, un día antes de que ella se marchara de París. Se la envié solo una semana después, rogándole que regresara, profesándole mi amor, pidiéndole que se casara conmigo. Y ella dijo que sí.

El amor de mi vida.

Miro la foto y de repente me siento mal. ¿Qué estoy haciendo?

¿Cómo pude seguir adelante tan pronto y con tanta facilidad? ¿Cómo he podido hacerle esto?

Me escuecen los ojos mientras miro la foto, y abro la carta como si las respuestas a mis preguntas se escondieran en su interior.

Pero ni siquiera puedo echarle un vistazo a las palabras que escribí porque un dibujo en la parte inferior, hecho con bolígrafo negro, capta mi atención. Es un estilo que he visto más de cien veces en mi casa durante los dos últimos meses.

Me tiemblan las manos y no entiendo nada.

—¿Jack? —susurra Camille a mi espalda.

Me doy la vuelta, sosteniendo la carta, la foto y el sobre. Ella los ve y el miedo se refleja en su expresión.

—¿De dónde has sacado esto? —le pregunto.

Jadea sin apartar la vista de las cosas que tengo en las manos. No me mira a los ojos. ¿Por qué no me mira a los ojos?

—Lo encontré —susurra.

—¿Dónde? ¿Cuándo? —pregunto, sintiendo cómo una ira familiar crece dentro de mí.

Por fin levanta la vista hacia mi rostro y me mira a los ojos, pero no es lo mismo. No puede ver dentro de mi alma como suele hacerlo. Y se echa a llorar.

—En una librería de Giverny. Iba a traértelos, a devolvértelos para que tuvieras este recuerdo de ella, pero…

Frunzo el ceño. Esto no tiene sentido.

—¿Pero qué?

—Pero… Phoenix pensó que estaba aquí para solicitar el puesto de niñera.

Hay remordimiento en su tono, pero me resulta extraño. No consigo captarlo bien mientras arrugo el papel en mi mano. Ella se estremece y extiende la mano hacia la carta como si fuera más preciada para ella que para mí.

—Quieres decir que mentiste. Aceptaste el puesto, cuidaste de mi hija, y todo este tiempo…

Da un paso hacia mí y me coge las manos, pero estoy demasiado desconcertado como para concentrarme en ella. ¿Cómo he podido permitir que haya ocurrido algo así? Contraté a una desconocida para que fuera la niñera de mi hija, a alguien que no estaba cualificada en absoluto, ¿y todo para qué?

—¿Nos estabas acosando? —le pregunto. Ahora, al mirar a Camille, es como si de repente no la conociera.

Baja las manos y endereza la espalda.

—Por supuesto que no —argumenta—. No es culpa mía que contrataras a alguien sin experiencia. Es cierto que no vine a pedir un trabajo, pero lo hice de todos modos —espeta—. ¡No es culpa mía que me contrataras!

—¡Eres una farsante! —le grito.

—¡Nunca te he mentido! —exclama ella.

Mi hija aparece detrás de Camille y se agarra a ella con fuerza.

—Dejad de gritar —murmura Bea entre lágrimas.

Camille la protege, y yo quiero llegar junto a mi hija, pero ¿para qué? ¿Para protegerla de Camille? ¿De la mujer que la ha cuidado y la ha querido como si fuera suya todo este tiempo. No me parece bien. Nada de esto me parece bien.

—Tu papá y yo lo sentimos —murmura Camille, arrodillándose frente a Bea—. No volveremos a gritar, pero debemos tener una conversación de adultos. —Camille me mira por encima del hombro y yo suspiro con enfado, me doy la vuelta y me paso las manos por el pelo—. Ahora vete a ver los dibujos animados.

—Vale —murmura Bea con tristeza antes de salir arrastrando los pies hacia el salón.

En cuanto se marcha, Camille cierra la puerta para que nos quedemos solos.

—No soy una farsante —afirma en voz baja.

—Estás despedida —mascullo entre dientes, y se me rompe el corazón al ver su cara.

Sin mostrar ni una pizca de debilidad, mantiene la barbilla alta, aunque le tiembla un poco.

Ojalá pudiera hacer algo parecido: en cuanto he pronunciado esas palabras me han temblado las piernas y me ha dado un vuelco el corazón.

—Está bien, pero no soy una farsante. No te he mentido.

—¿Por qué no me lo dijiste? —imploro.

—¿Cuándo podría habértelo dicho, Jack? ¡No me dejabas hablar! Me hacías callar siempre que podías. ¿Y tú qué? —suelta con un susurro ansioso.

—¿Y yo qué? —pregunto.

—¿Cuándo ibas a decirme que te vas a Estados Unidos? ¿Te he importado en algún momento, o solo fui alguien que pudiera llenar el vacío que dejó tu esposa?

Doy un paso hacia ella, furioso.

—He cambiado de opinión.

—¿Qué quieres decir con que has cambiado de opinión?

—No voy a volver a Estados Unidos. Al menos, no iba a hacerlo. ¿Y cómo te atreves a decirme eso? Nunca fuiste un sustituta.

—Entonces, ¿te vas a mudar?

—Sí, tal vez —gruño.

—¿Por qué? —discute ella—. ¿Porque has descubierto que no soy perfecta? ¿Has descubierto que no me parezco en nada a ella? No voy a vivir a su sombra, Jack. Me niego.

—No —respondo, nervioso. Pelear con Camille me hace olvidar por qué estaba enfadado. De hecho, solo hace que la desee más—. Joder, no lo sé. —Le doy la espalda y cruzo la habitación a toda prisa, buscando aire. Me tiro del pelo, tratando de dar sentido a mis emociones.

—¿Sabes lo que pienso? —pregunta a mis espaldas—. Creo que ver esa carta te recordó lo que tenías con ella. Ver esa carta te recordó que yo no soy ella.

—No eres ella —murmuro para mí mismo.

—Y estás enfadado conmigo por eso —espeta, y por su voz sé que está llorando. Hay emoción y tristeza en sus palabras, y eso me destroza—. Estás enfadado conmigo porque no soy Emmaline.

Me vuelvo hacia ella, y sé que estoy desmoronándome.

—¡No! —exclamo, y le enmarco la cara con las manos, acercándola tanto a mí que su proximidad me hace daño.—. No estoy enfadado contigo porque no seas ella —susurro entre lágrimas. Ella me mira a los ojos con nostalgia y agonía—. Estoy enfadado contigo porque me has hecho quererte más.

Cuando parpadea, las lágrimas se derraman por sus mejillas, y siento tantas ganas de besarla que me asusta. Mi cuerpo se siente atraído por el suyo como si ella fuera mi dueña y me pidiera que regresara al hogar.

Pero no lo hago: la suelto y me aparto.

El amor ha eliminado todas las opciones y solo nos ha dejado consecuencias.

Se seca la cara, sorbiendo para no llorar más.

—Camille —llama Bea desde el otro lado de la puerta.

Ninguno de los dos se mueve.

—Voy a decirle que me has despedido —dice en voz baja—. Le diré adiós y recogeré mis cosas.

Su voz tiembla con cada palabra, como si la idea de dejar a esa niña fuera su castigo. Sería un monstruo si les hiciera eso a cualquiera de las dos.

—No —gruño, rendido—. No estás despedida.

Ella suelta un suspiro de alivio y se seca los ojos. Luego me da la espalda y se apresura a abrir la puerta; esboza una sonrisa falsa y coge a mi hija de la mano.

—¿Qué pasa? —pregunta Bea.

—Nada —miente Camille—. ¿Quieres ir al parque hoy?

—Vale —responde Bea, vacilante.

Las dos desaparecen en la habitación de Bea y yo me dejo caer sobre la cama de Camille. Me llevo las manos al pelo e intento entender lo que acaba de pasar y por qué todos mis sueños de futuro se han hecho añicos.