Regla nº 39 #2
Echo un vistazo rápido a Bea, que duerme plácidamente en su cama, antes de cerrar la puerta y subir las escaleras.
Camille está tumbada de lado, completamente desnuda, sobre mi cama. Me quedo en la puerta y la contemplo mientras me desato la corbata.
—Tenía ganas de desvestirte —le digo, arrancándome la corbata.
La comisura de sus labios se eleva en una sonrisa burlona.
—He pensado que podía ahorrarte el trabajo.
En lugar de ir a la cama, me dejo caer en la silla que hay en una esquina de la habitación.
Me recuesto, separo las piernas y me quedo mirando su cuerpo desnudo, tendido sobre mi cama.
Deslizo la corbata entre mis dedos y mi pene se endurece dentro de los pantalones.
Mi excitación va en aumento y mi mente se llena de ideas obscenas.
Solo con verla, ya estoy prácticamente jadeando, y sé muy bien lo que quiero ahora.
—Déjame ver cómo te tocas, pajarito.
Separa los labios al escuchar mi orden. La confianza de Camille en mí es muy fuerte, pero en cuanto se trata de sexo, se vuelve tímida, y eso me parece la hostia de adorable.
Me dan ganas de pervertirla aún más. Su vacilación es breve, y lo tomo como una prueba de la confianza que hemos construido.
Se siente segura y cómoda conmigo. Mordiéndose el labio inferior, abre las piernas y desliza la mano entre sus muslos.
Con los ojos entrecerrados la veo deslizar el dedo entre sus pliegues y hundir el medio dentro de ella, dejando escapar un suave gemido mientras lo hace.
Es tan impresionante como imaginaba. Se mueve con delicada gracia, perdiendo lentamente la compostura a medida que el placer se apodera de ella.
Sus dedos se aceleran y su pecho se estremece con cada respiración temblorosa.
—Sigue —le digo, apretando con fuerza la corbata de seda negra entre mis dedos.
Miro cómo juega con su sexo como si ella y yo tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Y tal vez lo tengamos, aunque me resulte un concepto extraño tener tanto tiempo con alguien y sin nubes oscuras esperando en el horizonte.
Arquea la espalda y dobla las piernas, sin dejar de meter y sacar sus dedos resbaladizos.
Me remuevo inquieto en mi asiento al imaginar que soy yo quien se hunde dentro de ella, y se humedece en la punta con solo pensarlo.
—Estoy listo para ti, pajarito —le ordeno con voz ronca—. Ven a mí. —Cuando saca la mano de entre sus piernas, veo la humedad en sus dedos—. Pero primero —le ordeno, estudiándola desde el otro lado de la habitación—, lámelos hasta dejarlos limpios.
Excitada, se lleva la mano a la boca y saca la lengua. Se chupa el dedo medio con un gemido, y me cuesta mucho no ir a su lado ahora mismo y follar con ella como el animal que soy, como el que ella consigue que sea. Me vuelve loco.
—Ven aquí, ahora.
Me aferro a la silla cuando ella se baja de la cama, se pone a cuatro patas y gatea hacia mí, mirándome a los ojos. Me está torturando porque puede.
Cuando por fin llega a mis pies, me agacho y le hundo la mano en el pelo. Hago que levante la cara y la beso con fuerza. Me apodero de su boca, mi lengua invade y lame cada centímetro de ella antes de morderle el labio inferior para oírla gritar.
—Mía —gruño, y ella sonríe contra mis labios.
—Mío —responde, y me agarra la rígida longitud de mi erección por encima de los pantalones.
—Es tuyo —digo con una sonrisa burlona—. Así que sácalo y muéstrame cómo lo adoras.
Mi mano permanece en su cabello mientras ella desabrocha mi hebilla y me baja la cremallera. Sus movimientos no son apresurados, pero puedo sentir su excitación cuando mete la mano y rodea con sus dedos mi miembro duro.
Sin perder un segundo, envuelve con sus labios suaves y húmedos la cabeza de mi pene, con un suave beso. Luego desliza la punta de su lengua por la hendidura del extremo y mis caderas se levantan de la silla.
—Joder, cariño —jadeo sin aliento—. Hazlo otra vez.
Sonríe, baja la cabeza y vuelve a besar la punta, deslizando la lengua en la hendidura. Echo la cabeza hacia atrás cuando se arrodilla ante el altar de mi pene para mostrarme su obscena devoción.
—Buena chica —murmuro—. Buena chica, joder.
Mis palabras se vuelven incoherentes cuando ella desliza los labios hasta la base de mi miembro, o al menos hasta donde puede llegar antes de empezar a tener arcadas.
Cuando me lleva al fondo de su garganta, me agarro con fuerza a la silla para no correrme.
Mi erección está resbaladiza por su saliva, que se acumula en la base, pero ella no se detiene y baja cada vez más.
Y cuando empieza a acariciarme el escroto, casi pierdo la cabeza.
Con un sonido ahogado, la aparto y veo cómo una gota de semen se escapa de la punta.
—Ha estado cerca —digo, jadeando.
La cojo del brazo y hago que se siente a horcajadas sobre mí.
Tengo sus perfectos pechos frente a mi cara y me tomo mi tiempo para besarlos.
Cuando le muerdo un pezón, ella jadea y ronronea, así que sigo provocándola un rato más.
Y cuando por fin entro en ella, está empapada.
Me deslizo lentamente, tan profundo como puedo, y me quedo inmóvil, en tensión, cuando ella me da un beso en los labios.
Con la frente pegada a la de ella, la ayudo a moverse arriba y abajo.
Con cada embestida, murmuro incoherencias.
—Qué estrecha eres, pajarito. Qué perfecta.
—Ella se muerde los labios para evitar gritar y acelera el ritmo para perseguir su propio placer—.
Estamos hechos el uno para el otro, Camille.
—Me abraza con más fuerza y me cabalga cada vez más fuerte y más rápido, hasta que su expresión se deshace en puro éxtasis.
Me echo hacia delante y le acaricio el clítoris con el pulgar.
Cierra los ojos y abre los labios y, tras unos instantes, me ciñe en su interior—.
Eso es —murmuro—. Buena chica. Córrete para mí.
Arquea la columna y me rodea con las piernas al alcanzar el orgasmo, y juro que es lo más hermoso que he visto en mi vida.
Me encanta ver cómo se corre.
Y como la buena chica que es, sigue moviéndose sobre mí para que yo pueda alcanzar mi propio clímax después de ella. Haber visto cómo acaba, haberlo sentido, me lleva al límite. Me aferro a sus caderas y la ayudo a moverse hasta que mi propio clímax se apodera de mí.
Echo la cabeza hacia atrás y derramo mi semen dentro de ella. El placer se extiende por mi columna vertebral y, durante un largo rato, apenas puedo respirar. Solo la siento, la huelo, la saboreo.
Ella hace que todo sea mejor, hasta mis putos orgasmos.
Los dos estamos agotados, y nos derrumbamos juntos en la silla. Ella descansa contra mi pecho, sin duda escuchando los latidos de mi corazón dentro de mi caja torácica.
Por un momento, todo es perfecto.