Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 39
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Regla nº 39

La confianza es fundamental

Jack

Puedo sentir el escepticismo de Camille mientras termino de ajustarle el arnés con los brazos hacia delante.

Con los puños juntos bajo la barbilla, ha adoptado esa expresión tranquila y serena que siempre tiene cuando la ato, pero aun así, sé que quiere decirme algo.

Lo más probable es que solo quiera preguntarme cómo me siento.

Quizás todavía parezco tenso. Joder, sigo tenso.

Esta noche no se trataba solo del club. Estoy orgulloso de cómo ha ido la gran reapertura e incluso después de que todos nuestros conocidos se marcharan y los clientes empezaran a jugar, todavía me sentía orgulloso de lo que hemos creado.

Pero se trata de mucho más que eso. Se trata de atar cabos sueltos en París.

Irónicamente, eso es justo lo que estoy haciendo ahora con Camille. Encuentro el centro de fricción del arnés, enrollo la larga cuerda sintética y la deslizo a través del aro que hay sobre su cabeza.

—¿Estás lista? —pregunto, mirándola a los ojos, y ella asiente con confianza.

Tiro suavemente de la cuerda hasta que tiene que ponerse de puntillas.

Todavía no la voy a suspender; mi intención es colgarla boca abajo en una inversión, pero primero tengo que terminar el arnés de las piernas—.

¿Te encuentras bien? —le pregunto, apartándole un mechón de pelo de la cara.

—Sí —responde ella—. ¿Y tú?

Le dedico una mirada que es en parte de reproche.

—Esto no se trata de mí —susurro.

Un pequeño grupo se ha congregado alrededor de nosotros y miran lo que hacemos, pero ninguno de los dos les presta atención.

Hemos conservado la sala trasera prácticamente igual, con algunas mejoras en la decoración, el mobiliario y la seguridad.

Pero el objetivo principal de esta sala es hacer exhibiciones y, bueno, presumir.

Y ahora mismo, estoy presumiendo de esta belleza.

—Se trata de los dos —me susurra ella a su vez—. Y esta noche se trata sobre todo de ti.

Me agacho para trabajar en el arnés de la cadera, enrollando la cuerda doble alrededor de la suave carne de su muslo, con cuidado de no pellizcarle la delicada piel.

—Esta noche no se trata de mí —la contradigo mientras trabajo.

Emerson Grant no ha volado desde Briar Point, California, solo para verme a mí. Esta gente no ha venido esta noche para verme a mí. Han venido a ver el club.

Y cuando me vaya, lo que algún día tendré que hacer, el club seguirá funcionando sin mí.

Mis manos se detienen cuando ese pensamiento me paraliza. Dejar a Camille me parece imposible, pero no puede serlo. Lo que ocurre es que me he entregado a esta… relación… demasiado rápido. Al igual que con Em, me he enamorado con demasiada facilidad.

«Esto no es como lo de Em», me recuerda mi mente implacable.

Camille es capaz de asomarse a mi alma. Es la única forma de describirlo. Puede levantar el velo de mi mente y adentrarse en ella, pero en lugar de huir de la oscuridad que encuentra allí, me envuelve con sus amorosos brazos y derrite todo lo que se congeló el día que Em murió.

En las últimas semanas, me ha cambiado, me ha devuelto a la vida. ¿Cómo podría dejarla después de eso?

Me pierdo en mi propia mente mientras termino de ajustarle el arnés alrededor de la cadera. En lugar de levantarme, me echo hacia delante y apoyo la frente en su hueso ilíaco, disfrutando de su cercanía.

—Jack —susurra.

Salgo de mi ensimismamiento, me levanto y me aparto.

Cojo otra cuerda del estante y le hago un rápido arnés alrededor del otro muslo, pero noto que me mira con preocupación.

Haciéndole caso omiso, paso la segunda cuerda por el lazo de suspensión.

Al tirar suavemente de ella, su pierna izquierda se eleva, de modo que queda apoyada sobre su pie derecho.

No está preocupada por su seguridad; eso lo puedo ver en su expresión.

Está preocupada por mí, lo que es absurdo.

—He visto cómo te miraba ese hombre —dice—. Estaba muy orgulloso de ti, y creo que tú también deberías estarlo.

La ignoro y ato la cuerda a su pierna izquierda para que esté segura. Luego reviso todo dos veces para asegurarme.

—Jack —insiste—. Mírame.

Cuando mis ojos encuentran los suyos, sé que ella lee en mi interior y lo ve todo. Si pudiera moverse, sé lo que haría: me tocaría la cara y me besaría en los labios. Se acurrucaría entre mis brazos y yo notaría la calidez en mi pecho como un fuego resplandeciente.

—¿Estás nervioso por el club? —pregunta—.

¿O estás nervioso por mí? —Qué momento para tener esta conversación.

Hay gente mirándonos a solo unos metros de distancia.

Está a punto de quedar colgada boca abajo; ahora no es el momento de hablar de relaciones—.

¿Te arrepientes de haberme traído? —pregunta.

Ante eso, frunzo el ceño. Le tomo el rostro entre las manos y la beso con suavidad en la frente.

—Ni un poquito.

—Entonces, ¿qué pasa? —suplica.

La miro a los ojos y me queda muy claro de qué va todo esto: de confianza. Camille confía en que no le haré daño ni permitiré que le hagan daño. Y no se trata solo de cuerdas, nudos y amarres.

—Tengo que decirte algo —reconozco en voz baja.

Su expresión se suaviza, como si se preparara para lo peor.

Y sé que debería soltarlo sin más. Le debo la verdad.

Después de toda la confianza que ha depositado en mí, lo menos que puedo hacer por ella es darle todo lo que ella me ha dado: lealtad y fe.

Pero cuando abro la boca se me escapa lo más auténtico y sincero que tengo—. Te amo.

Me siento como un cobarde cuando sus ojos se llenan de lágrimas y me mira fijamente, como si estuviera esperando la verdad.

Pero esa es la verdad. La amo, con todo mi corazón y probablemente desde hace más tiempo del que he sido capaz de admitir, por sus defectos, sus peculiaridades y su personalidad; la adoro con tanta intensidad que me roba el aliento y me paraliza el corazón.

Entró en mi vida cuando estaba en mi peor momento y me dio todo lo que no me merecía: paciencia y perdón.

Pero no solo la amo por lo que me ha dado; la amo por lo que es. Obstinada, terca, divertida y curiosa. Desde el primer momento en que mis cuerdas tocaron su piel, supe que estaba metido en un lío.

—Yo también te quiero —susurra. Nuestros rostros están tan cerca que estoy seguro de que nadie a nuestro alrededor puede ver la escena monumental que se está desarrollando entre nosotros, pero me da igual.

La beso en la boca mientras ella está medio suspendida, con solo un pie en el suelo y los brazos atados al pecho.

Cuando me separo, sigo sosteniendo la cuerda de su pierna derecha en mis manos.

—¿Confías en mí? —le pregunto con una sonrisa.

Ella corresponde a ese gesto con su propia sonrisa.

—Por supuesto.

Lanzo la cuerda a través del lazo de suspensión un par de veces para darle fuerza y estabilidad. Luego, utilizando el aro como palanca, tiro de la cuerda hasta que el pie derecho de Camille se despega del suelo.

Echa la cabeza hacia atrás mientras cuelga en posición horizontal. Fijo la cuerda en su sitio para que sus piernas dobladas no toquen el suelo y le sostengo la nuca con una mano para ayudarla.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Ella me sonríe.

—Sí.

—¿Lista para ponerte boca abajo?

Ella asiente.

Alargo la mano y aflojo la cuerda que sujeta su arnés pectoral y, al hacerlo, su parte superior desciende hasta quedar invertida. Las personas que nos rodean aplauden en silencio, contemplando a Camille con interés.

Compruebo dos veces cada nudo de bloqueo para asegurarme de que es seguro. Solo puede permanecer en esta posición durante un minuto, así que, tras comprobarlo con ella un par de veces más, hago que gire un poco.

Luego doy un paso atrás y la admiro desde este ángulo.

Está impresionante así. Es la confianza que me transmite y la forma en que su cuerpo se relaja entre las cuerdas lo que la hace parecer casi angelical.

Cierra los ojos mientras flota, girando lentamente en el aire como la obra de arte que es, y la trenza cuelga de su cabeza siguiendo el movimiento.

Sus mejillas se vuelven de color rojo oscuro a medida que la sangre le tiñe la piel.

Miro a mi alrededor a las personas que la admiran, como yo. Una pareja cercana susurra emocionada.

—¿Enseñas a la gente a hacer esto? —pregunta la mujer, y yo asiento.

—Ofreceremos talleres —respondo, y ella sonríe, emocionada, aferrándose al brazo de su pareja.

—Es como una obra de arte —añade el hombre ladeando la cabeza para captar mejor lo impresionante que está Camille.

Asiento y miro cómo Camille gira lentamente, suspendida del techo.

Y me doy cuenta de que de eso se trata. Estábamos equivocados todo este tiempo.

Antes de esta noche, el club carecía de alma.

No tenía ni idea de lo que se necesitaba para darle vida a este lugar, aunque trabajé aquí durante años antes de ser su propietario.

Quizás Matis y Ronan intentaron explicármelo, pero yo no los escuchaba.

Pensaba que, si lo manteníamos abierto y ganábamos dinero, eso era suficiente.

Suponía que se trataba de sexo, dinero y placer. Incluso yo exploté este club porque estaba sufriendo, pero al hacerlo, me perdí lo único importante: un lugar al que pertenecer, un lugar donde encontrarse a uno mismo.

Como ha dicho Emerson, nunca se ha tratado solo de sexo, sino de las personas.

Camille descansa sobre mi pecho durante el viaje de regreso a casa y, por primera vez en mucho tiempo, me siento tranquilo.

No puedo evitar preguntarme si no le he contado a Camille la verdad sobre mi regreso a casa porque tal vez esa ya no sea mi verdad. Podría quedarme por ella. Y por el club. La necesidad de salir de París ya no existe y, ahora mismo, esto es lo único que quiero.

Cuando llegamos al apartamento, le pago a la niñera y la acompaño al coche para que llegue bien a casa. Camille ya está en mi habitación cuando vuelvo a entrar.