Regla nº 38
Nunca ha sido solo sexo
Camille
El club no se parece en nada al de antes. Suena una música con un ritmo pesado, lento y sensual, que le da al lugar una sensación de rica opulencia.
Mientras Jack va por el club conmigo del brazo, echo un vistazo a mi alrededor, tratando de asimilarlo todo. Es extraño pensar que este no es mi sitio y, al mismo tiempo, que el club me parezca acogedor.
El personal es amable; uno de ellos me sonríe al darme la bienvenida y me ofrece una copa de champán.
El aroma de la sala es floral, como sábanas frescas cubiertas de rosas.
Y no hay rincones oscuros y siniestros que hagan sentir vulnerable a nadie.
Todo es abierto, lo que hace que el ambiente de esta planta sea muy agradable.
—¿Qué te parece? —me susurra al oído.
Me vuelvo hacia él y esbozo una sonrisa.
—Jack, es perfecto.
Un hombre canoso se acerca a nosotros con una sonrisa radiante.
—¡Jack! —exclama, tendiéndole la mano.
Jack me suelta el brazo y le da la mano al hombre con aprensión.
—Matis —responde, nervioso.
—Lo has conseguido —celebra el hombre—. ¡Mira este lugar!
—Es demasiado pronto para considerarlo un éxito. Veamos cómo quedan las cifras del primer trimestre —responde Jack con el ceño fruncido.
El hombre se ríe a carcajadas y le pasa a Jack un brazo por los hombros.
—Deja de preocuparte por las cifras y mira a tu alrededor.
La gente está aquí. Parecen felices y cómodos.
Eso es todo lo que tiene que preocuparte.
Que les den a los datos, Jack. Así es como se sabe que tu club es un éxito.
—Jack no parece convencido, pero al menos intenta asentir.
Matis se fija en mí, que estoy junto a Jack.
Con una sonrisa encantadora, lo suelta rápidamente y me tiende la mano—.
Dios mío. ¿Quién es este ángel? —pregunta, llevándose mi mano a los labios.
Escucho el gruñido grave de Jack cuando me pega a él.
—Matis, esta es Camille Aubert, mi cita.
Matis se da cuenta inmediatamente, suelta mi mano con una sonrisa lobuna y me guiña un ojo antes de apartarse.
—Mensaje recibido.
No puedo evitar sonreír porque es un hombre muy apuesto. Diría que tiene unos cincuenta y cinco años, pero desde luego no lo echaría de mi cama. Es increíblemente guapo, con el pelo salpimentado de canas y esas arrugas alrededor de la sonrisa que se dibuja en su piel bronceada.
—Camille, este es Matis Moreau. Fue el dueño de este club durante treinta años, antes de cedérnoslo —dice Jack; sigue agarrándome por la cintura de forma posesiva.
—Conozco a Jack desde que era un niño —dice Matis, jovialmente, y le da una palmada en el hombro a Jack, que se sonroja.
—¿Cómo van las cosas abajo? —pregunta para cambiar de tema.
—Ve a verlo por ti mismo —responde Matis, señalando hacia el ascensor—. Quizás reconozcas a algunos invitados especiales.
Jack lo mira con los ojos entrecerrados y por fin me lleva hacia los ascensores. Dejamos atrás a Matis y nos dirigimos a la planta baja. Noto que Jack está nervioso cuando se cierran las puertas y nos quedamos solos dentro. Me vuelvo hacia él y le acaricio la mejilla.
Cuando nuestras miradas se cruzan, sus rasgos se suavizan y se relaja visiblemente.
—Estoy orgullosa de ti —le susurro, y apenas esas palabras han salido de mi boca cuando él me envuelve entre sus brazos.
—Para —dice, y me besa, estrechándome con fuerza contra su cuerpo.
—¿Que pare qué? —pregunto.
—De ser tan…
Las puertas del ascensor se abren para dejarnos ver el club sexual. El ambiente aquí abajo es mucho más erótico. Las suaves luces de neón son más tenues, la música está más alta.
También hay más gente aquí abajo, pero el volumen de la conversación es tranquilo.
Jack me coge de la mano y entrelazo mis dedos con los suyos mientras atravesamos el club.
La primera cara familiar que veo es la de Elizabeth.
Está junto a la barra y es la viva imagen de la elegancia y la belleza.
Su cabello castaño oscuro se derrama como una cascada por la espalda y lleva un vestido negro ceñido a sus curvas, con una abertura en el muslo que casi le llega a los huesos de las caderas.
Es la persona más sexy que he visto nunca, y me resulta inquietante verla así.
Cuando nos ve a Jack y a mí juntos y se fija en nuestras manos entrelazadas y luego en nuestros rostros, no dice nada de inmediato: espera a que su hermano sea el primero en hablar.
Frente a ella hay una hermosa mujer rubia a la que aún no conozco, pero me sonríe alegremente con unos hoyuelos en las mejillas y unos deslumbrantes ojos azules.
—Hola, soy Amelia —saluda, tendiéndome la mano.
—Encantada de conocerte —respondo, estrechándosela—. Soy Camille.
—Qué agradable sorpresa —comenta Elizabeth, y le da un sorbo a su copa de champán con una sonrisa torcida en los labios—. Ya era hora de que me hicieras caso, Jack.
—Elizabeth —dice Jack en tono de advertencia.
Los miro a los dos, confundida, sin saber a qué se refieren.
Su hermana responde con un suspiro.
—Tengo que ir a ver cómo están los bailarines —explica antes de marcharse.
No decimos palabra; nos quedamos en un silencio incómodo.
Miro hacia el escenario para evitar el contacto visual con cualquiera.
Hay una sola bailarina actuando en un aro que cuelga del techo.
Solo lleva puesto un tanga negro brillante, y sus movimientos son elegantes y sensuales mientras se desliza al ritmo de la música.
—Está todo precioso, Amelia —le dice Jack a la mujer—. Deberías estar muy orgullosa.
Ella se encoge de hombros con una sonrisa tímida.
—Gracias, Jack.
Cuando le pone la mano en el hombro, lo hace con afecto fraternal, y puedo ver en su expresión que esa mujer le importa.
De hecho, ahora me doy cuenta de lo mucho que Jack se preocupa por todos ellos, excepto por Julian, claro está.
Los saluda a todos como si fueran parte de su familia y no puedo evitar preguntarme si sabe lo afortunado que es por tenerlos.
Diviso un par de ojos traviesos al otro lado del club, mirándome fijamente: son los de Julian.
Me aferro con más fuerza a Jack y correspondo a su mirada, dándole un sorbo al champán.
Eso le hace son reír, pero está en medio de una conversación con una pareja, así que no se molesta en acercarse a nosotros.
—¿Son quienes creo que son? —pregunta Jack, señalando con la cabeza a la pareja con la que Julian está hablando.
Amelia se da la vuelta y asiente.
—Sí. Te han estado buscando. —Esto hace que Jack se ponga tenso. Endereza la espalda y se ajusta la corbata—. Lo creas o no, Julian se ha portado muy bien toda la noche —añade Amelia.
—Prefiero no creerlo —responde Jack antes de terminarse su copa—. ¿Dónde está Phoenix?
—Corriendo de un lado a otro y estresándose por algo, estoy segura —replica Amelia—. Quiere que los seis demos un pequeño discurso dentro de unos veinte minutos.
—Entonces, supongo que debería acabar con esto ya —masculla Jack, mirando en dirección a la pareja.
—¿De qué tienes tanto miedo? Ve a hablar con ellos. Se alegrarán de verte —responde ella, lo que me hace sentir curiosidad por saber quién es la misteriosa pareja que está hablando con Julian.
La mano de Jack se desliza hasta parte baja de mi espalda cuando atravieso el club a su lado.
Hay gente mezclándose en parejas y pequeños grupos a nuestro alrededor, y entiendo que, como es la noche de inauguración, la gente no se comporta como lo haría normalmente; por ejemplo, nadie está practicando sexo en la pista de baile.
Cuando nos acercamos a Julian y a la pareja, él me guiña el ojo rápidamente antes de volverse con rabia hacia Jack, que me tiene pegada a él.
—Bueno, ahí está el hombre que estábamos buscando. —Un hombre mayor, con el pelo cano y una sonrisa atractiva, le pone una mano en el hombro a Jack.
—Emerson —lo saluda Jack—. Es un honor que hayas venido.
La mujer extiende los brazos para estrechar a Jack entre ellos.
—No nos lo perderíamos por nada del mundo. Es una mujer impresionante, diría que de unos cuarenta y muchos años, con el pelo largo y espeso de color castaño y una sonrisa amable. Hay algo en ella que la hace parecer sencilla y cercana, como si se sintiera tan fuera de lugar aquí como yo.
Después del abrazo, Jack se vuelve hacia mí.
—Camille, estos son Emerson y Charlotte Grant. Son los propietarios del mejor club fetichista de Estados Unidos.
Me quedo boquiabierta. Llevo semanas escuchando a Jack hablar de ellos y de su famoso club. Aunque no sé mucho sobre lo que han hecho, sí sé el impacto que han tenido en él. Este es el hombre al que Jack admira tanto, al que ha intentado emular.
—Encantada de conoceros —les digo.
No puedo apartar los ojos del hombre. Tiene un aire de seguridad en sí mismo que hace difícil apartar la vista. Y la mujer que está con él lo mira con adoración.
Inmediatamente, me pregunto si Jack y yo nos veremos así algún día. ¿Es una tontería desearlo ya? Probablemente, pero no puedo evitarlo. Quiero verlo envejecer, quiero ver cómo se hace más guapo con el tiempo, como supongo que le ha pasado a este hombre.
—Tu madre te manda recuerdos —le dice Emerson a Jack.
—No quería entrometerse en tu gran día —añade Charlotte con una suave sonrisa.
—Nadie quiere a su madre en su club sexual —bromea Julian, y le da un sorbo al vino.
Yo me echo a reír, pero Jack no. Solo mira de reojo a su socio.
—Me alegro de que estéis aquí —le dice a la pareja—. De verdad, es un honor. Significa mucho para mí que hayáis venido.
Puedo ver lo mucho que los admira y lo nervioso que está. Ojalá pudiera hacerle ver lo perfecto que es este lugar y lo orgulloso que debería estar.