Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 37
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Regla nº 37

No eres una don nadie

Camille

Me tiemblan las manos mientras me aplico el corrector.

A mis espaldas, mi vestido verde oscuro cuelga de la puerta.

La niñera que hemos contratado para cuidar de Bea esta noche debería llegar dentro de una hora, más o menos.

Es una amiga de Elizabeth que conoce a Bea desde que nació, pero sigue poniéndome muy nerviosa dejarla sola.

No me parece bien.

Jack me va a llevar a la gran reapertura de su club esta noche. No voy como niñera ni como empleada, sino como su acompañante. O su sumisa. ¿O su… novia? No estoy muy segura.

Las últimas semanas han sido un sueño: duermo en su cama todas las noches, he practicado más sexo en estos quince días que en toda mi vida, la conexión entre nosotros parece más grande que la vida misma y sé en lo más profundo de mi corazón que esto es amor.

Lo amo.

Me sorprendí mucho al descubrir que ese hombre que antes era frío y sin emociones esconde a alguien tan cálido y cariñoso, pero ahora que he podido vislumbrar su lado más humano, no creo que pueda dejarlo marchar.

Pero hay algo que me inquieta: soy incapaz de dejarme llevar por la felicidad y no sé si solo estoy siendo cautelosa o paranoica.

¿Es la carta que se esconde en el cajón de mi escritorio?

¿Es el miedo a que Bea pueda verse envuelta en el fuego cruzado?

¿Es el temor a ser solo una sustituta de Emmaline?

¿O son todas esas cosas?

Oigo sus pasos en el pasillo mientras intento ponerme el rímel. Mis manos temblorosas hacen que se me corra por toda la línea de las cejas. Con un suspiro de frustración, lo tiro sobre el lavabo y busco unos pañuelos para limpiarlo.

Jack entra en el baño, guapísimo con esos pantalones negros y la camisa ceñida, también negra. Me encanta cómo la camisa se ajusta a sus anchos hombros; y los colores oscuros de la ropa hacen que el verde de sus ojos resalte más.

—¿Qué pasa? —me pregunta suavemente, empujándome contra el lavabo.

—Nada —murmuro, frustrada—. Solo estoy nerviosa, eso es todo.

—¿Nerviosa por qué? —pregunta, y pone una mano sobre mi hombro.

Lo miro a través del espejo, molesta, ladeando la cabeza.

—No tienes ni idea de lo estresante que es esto para mí. Sé que es la inauguración de tu club, pero tú eres el dueño y todas las miradas van a estar puestas en ti. Y vas a ir conmigo, con una don nadie. Una mujer corriente que trabaja para ti. Una extraña.

Me coge por los hombros y hace que me vuelva hacia él.

—Basta.

—Lo digo en serio, Jack.

—Ya sé que lo dices en serio —responde, quitándome el pañuelo de la mano—.

Inspira hondo, pajarito. —Lleno mis pulmones de aire, pero siento el pecho oprimido y mi cuerpo no se relaja.

En silencio, utiliza el pañuelo para limpiarme cuidadosamente la frente.

Lo miro a los ojos mientras lo hace. Hay algo tan delicado e hipnótico en ellos que mis hombros se relajan un poco—. No eres una don nadie —murmura.

—Sí, lo soy, Jack —respondo.

Arruga el pañuelo y lo tira a la basura. Ignorando mi respuesta, coge el rímel y le quita el tapón.

—Quédate quieta —me pide. Luego, con manos firmes y expresión relajada, me aplica el rímel en el ojo derecho.

Apenas puedo moverme. Hay seguridad en la forma en que lo hace, como si fuera suya, como si yo fuera solo una muñeca con la que jugar y a la que vestir.

Y, curiosamente, me tranquiliza—. Mira hacia arriba —ordena, y yo obedezco.

Se acerca tanto a mí que puedo sentir su aliento en mi cara mientras me pasa el aplicador por las pestañas. Su expresión es severa, casi como si estuviera enfadado conmigo.

—No eres una don nadie —repite, esta vez con más convicción—.

Eres Camille Aubert. Eres la mujer testaruda, brillante y compasiva que he elegido.

Eres mía. ¿Entiendes por qué? —Apenas muevo la cabeza de un lado a otro para negar.

Antes de responder, se agacha hacia la encimera y coge un pintalabios de color rosa oscuro.

Le quita el tapón y lo gira. Luego me agarra de la mandíbula con firmeza, lo que interpreto como una señal de que habla en serio.

Lo miro fijamente a los ojos, muy atenta, cuando me pinta los labios—.

Te he elegido porque eres perfecta en todos los sentidos.

Para mí, eres perfecta. Eres todo lo que siempre he deseado y lo que siempre voy a desear, y quiero que seas mi cita de esta noche porque, cuando estás a mi lado, no veo a nadie más.

¿Lo entiendes? —Apenas puedo moverme. Las lágrimas me escuecen en los ojos, y tengo que obligarme a no llorar.

No es la primera vez que me dice algo así, en nuestras sesiones, pero ahora sé que también lo siente de forma romántica.

La idea de que signifique tanto para alguien es abrumadora.

Quiero significarlo todo para Jack. Quiero significar lo que Emmaline significaba para él, y sé que está mal por mi parte, pero es lo que deseo.

Me agarra con más fuerza—. Dime que lo entiendes.

Me obligo a tragar saliva.

—Lo entiendo —susurro.

—Buena chica —dice, y la calidez de esa frase se desliza por mi columna como miel.

Termina de pintarme los labios y me mira la boca con expresión pícara—. Me gustaría ver este color en mi pene.

Mi vientre estalla en llamas al oír esas palabras y me esfuerzo por no sonreír.

—Creo que eso se puede arreglar.

Con una sonrisa encantadora, me besa en el cuello e inhala mi aroma. Espero que se aparte, pero no lo hace.

—Esta noche, quiero presumir de ti —dice contra mi piel.

—Bueno pues menos mal que me has maquillado —respondo con una risa.

Se aparta.

—No, me refiero a presumir de ti en el escenario.

Pongo los ojos como platos y me tenso de la cabeza a los pies.

—¿Qué?

—Solo será una simple suspensión. Lo has hecho más veces.

—Trago saliva. Claro, he hecho una sesión en el club, pero nunca una suspensión.

Hay una diferencia. Las suspensiones requieren más concentración y fuerza—.

Si no quieres, lo entiendo. —Se agacha y me susurra al oído—: Pero creo que te debes a ti misma demostrar que no eres una don nadie.

Cuando se separa de mí lo miro con los ojos entrecerrados.

—Eso no es justo.

Él se ríe y sale del baño. Yo reprimo una sonrisa al oírlo mientras recojo todos los productos de maquillaje y los guardo en el neceser.

Sé que tiene razón. Ese club es mi sitio tanto como el de cualquiera, y con todas las posiciones de suspensión que hemos estado probando últimamente, sé que podríamos hacerlo. Así que… ¿por qué no?

—Estoy deseando que lo veas —comenta Jack cuando nos acomodamos en el asiento trasero del coche. Me aprieta la pierna suavemente, me coge de la mano y se acerca para darme un beso.

—Ya lo he visto —respondo.

—No, me refiero a… verlo bien. Ya funcionando —se corrige. Esta noche parece un hombre que está en la cima del mundo. Con ese traje negro sobre la camisa del mismo color, el reloj con correa dorada en la muñeca y unos gemelos caros parece celestial.

Y es mío.

No te precipites, Camille.

Hay muchos obstáculos que superar antes de decir algo así.

Al doblar la esquina hacia la calle del club, veo la fila de limusinas y coches negros aparcados a lo largo de la acera. Los aparcacoches, con sus uniformes blancos, abren las puertas y hombres y mujeres bien vestidos salen y se dirigen a la entrada del club.

No se parece en nada al caos de gente que me encontré aquí la primera vez que vine, con esos fiesteros borrachos en la calle.

Jack observa el edificio con aire evaluador mientras nos detenemos. Alguien le abre la puerta a Jack primero, y él sale para llegar a mi lado y abrirme la mía. Lo cojo de la mano y me guía hacia la acera, como si yo fuera una celebridad.

No hay cámaras ni multitudes. Todo es muy discreto y elegante.

— Bonsoir, monsieur St. Claire —dice el hombre, abriendo la puerta del club.

— Bonsoir —responde educadamente.

Jack me coge del brazo y, antes de entrar, me recorre con la mirada de arriba abajo. Espero a que él tome la iniciativa y cruce la puerta, pero duda y se queda mirándome.

—Se me ha olvidado decirte lo guapa que estás con ese vestido —comenta, con tanta amabilidad que me deja sin aliento.

—Gracias —susurro, incapaz de moverme mientras la calidez de su cumplido me envuelve como una manta acogedora. No es solo que piense que soy guapa o que quiera que sepa lo mucho que me admira, también es que Jack me ve de verdad. Me valora. Con él no me siento sola.

¿Qué le ha pasado al hombre que conocí? ¿Soy una ingenua al pensar que de alguna manera lo he cambiado? ¿Es una tontería por mi parte esperar que siga así para siempre?

—¿Vamos? —pregunta, y yo asiento en silencio.

Luego me conduce dentro.