Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 36
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Regla nº 36

Podría funcionar

Jack

Vuelvo a casa desde el club alrededor de las seis y media, sintiéndome más ligero que cuando he ido a trabajar esta mañana. Es como si la conversación de hoy con Camille me hubiera quitado un peso de encima que llevaba demasiado tiempo cargando.

¿Cuándo fue la última vez que hablé de Em con alguien? ¿A qué le tenía tanto miedo? Hablar de ella me ha dado una paz que no esperaba.

Hablar sobre el futuro con Camille me ha dado aún más.

El futuro ha sido durante mucho tiempo un presagio esquivo de tristeza. Es tan malo como el pasado, en realidad y los dos me hacen daño. El recuerdo de lo que he perdido y la idea de vivir más tiempo sin ello me provocan una pena inexplicable.

Pero, por primera vez, hablar del futuro con Camille no me ha hecho daño ni me ha asustado. Camille y yo podríamos ser felices juntos. Lo creo de verdad. Podríamos hacer que esto funcionara.

Pero ¿me estoy precipitando? ¿Estoy huyendo de la muerte de Em para acabar en los brazos de otra mujer? ¿Eso es justo para cualquiera de las dos?

Al llegar al apartamento oigo música. Con una sonrisa, abro la puerta y entro para encontrarme a Camille y Bea bailando y cantando en la cocina otra vez.

Hay algo haciéndose en el horno, sin quemarse, gracias a Dios, y mi hija está dando vueltas por la estancia mientras Camille le sujeta la mano para estabilizarla.

Cuando me ven no se quedan paralizadas por el miedo como antes: Bea sonríe ampliamente, corre hacia mí y me coge de las manos.

—¡Baila, papá! —exclama.

Es una canción pop francesa de ritmo rápido. Agarro las pequeñas manos de Bea y le hago dar vueltas.

—Sube el volumen —le pido a Camille, que nos contempla mordiéndose el labio inferior.

Bea se ríe a carcajadas mientras la hago girar; su alegría es contagiosa y se filtra en mis poros como una medicina para curar dolencias que ni siquiera sabía que tenía. Solo sé que me siento mejor cuando la oigo.

Cuando termina la canción, levanto a mi hija del suelo, la abrazo y la beso en la mejilla y ella me rodea el cuello con sus brazos.

Suena un temporizador y Camille se da la vuelta para sacar del horno una fuente que huele a lasaña. Cuando la coloca sobre el salvamanteles, en medio de la isla de la cocina, nuestras miradas se cruzan.

Todo lo que hemos hecho y todo de lo que hemos hablado hoy flota entre nosotros. Me da un vuelco el corazón en el pecho y me estoy abrumado por mis sentimientos hacia ella. Son más poderosos que lo que recuerdo haber sentido al enamorarme antes.

Quiero estar con ella todo el tiempo. Quiero poseerla y que ella me posea a mí. Quiero que ella esté presente en cada momento de mi vida futura.

La idea de que sufra o tenga miedo me atormenta de tal manera que me siento como un cavernícola, y la necesidad de protegerla se apodera de mí.

Estoy seguro de que esto es amor.

Y si dudo de mí mismo, es solo porque no siento lo mismo que sentía con Em. Pero si no es amor, entonces, ¿qué es?

Cuando veo un papel con una letra familiar en la encimera, dejo a Bea y lo cojo.

—¿Es la receta de mi madre? ¿De dónde la has sacado? —le pregunto.

Camille sonríe tímidamente.

—La he encontrado por ahí. Espero que no te importe. Bea me ha dicho que era tu plato favorito.

—Lo es —respondo en voz baja. El aroma de la lasaña de Jade de repente me hace sentir nostalgia, y eso me encanta, pero también un cruel recordatorio de que se supone que debo irme pronto. Pero ¿cómo podría hacerlo?

No le he contado a Camille mis planes de regresar a California, y en el fondo de mi corazón creo que he dejado apartados esos planes desde que la conozco.

Este nostálgico recuerdo que llena mi cocina me hace reconsiderar ese plan. Sigo queriendo marcharme a Estados Unidos. Quiero llevarme a mi hija para que crezca rodeada de mi familia.

¿Camille querrá venir con nosotros? ¿O estoy poniéndole fin a lo nuestro antes incluso de que haya empezado?

Mientras ponemos la mesa juntos, es como si me estuvieran partiendo en dos.

Bea charla emocionada, sin dejar ni un momento para que Camille o yo hablemos.

Me cuenta cómo le ha ido el día en el colegio y lo que ha aprendido.

Cuando por fin nos sentamos y empezamos a comer, miro a Camille, que está al otro lado de la mesa.

Los dos estamos sonriendo, y me pregunto si ella estará pensando lo mismo que yo: «Esto podría funcionar» .

—Has dicho que tus padres siguen casados —comenta cuando Bea por fin deja de hablar lo suficiente como para comer.

Me limpio la boca con una servilleta mientras considero mi respuesta. Estoy acostumbrado a hablar de mi peculiar familia, pero aun así hay que pensarlo bien.

—Mis padres siguen casados —confirmo con un gesto de asentimiento. Ella espera a que dé más detalles—. Mi madre y mi padre… y mi otra madre.

Bea da una patada con los pies debajo de la mesa y me sonríe. Eso no es nada fuera de lo normal para ella.

En cuanto a Camille, se queda paralizada con el tenedor a medio camino de la boca.

—Papá tiene dos mamás y un papá —explica Bea con dulzura.

—Ah —responde Camille. Se lleva el cubierto a la boca y mastica con expresión pensativa.

Probablemente, lo que más le sorprende es que un chico que creció en un hogar que era un ejemplo de amor y aceptación tenga tantas dificultades con esas cosas.

Estoy seguro de que, en su imaginación, no me crie en un hogar con seis personas que se querían incondicionalmente, sino que me moldearon en una fábrica sin emociones donde me enseñaron tres expresiones: melancólico, gruñón y molesto.

No puedo culparla si es así.

Mientras comemos, le cuento a Camille la historia de cómo mi madre soltera se enamoró de dos personas. Cómo lo hicieron funcionar porque se amaban, incluso cuando las cosas se ponían difíciles o mis hermanas y yo nos enfrentábamos a las burlas en el colegio porque nuestra familia era diferente.

—Es muy hermoso —musita.

—Lo es.

Su aceptación inmediata hace que el corazón me lata con fuerza en el pecho, como si reclamara mi atención. Quiere que reconozca lo perfecta que es, como si aún no me hubiera dado cuenta.

Los tres lavamos los platos juntos después de cenar. La música vuelve a sonar, pero no tan fuerte. Bea seca los cubiertos con sus pequeñas manos y yo me encargo de los platos más grandes.

Es un momento impagable, congelado en el tiempo, y todo me parece perfecto, demasiado perfecto. Recuerdo la última vez que todo iba tan bien: en el primer año de matrimonio con Em. Ella había descubierto que estaba embarazada y nos sentíamos en las nubes; todo era perfecto y nada podía deprimirnos.

Hasta que los resultados de un análisis de sangre dieron un veredicto espeluznante y lo que era un embarazo feliz se convirtió en uno aterrador.

Incluso después de que Bea naciera y nuestro mundo se volviera mucho más grande y hermoso, mi esposa tuvo que someterse a duros tratamientos de quimioterapia que no consiguieron frenar el cáncer.

Nada volvió a parecerme perfecto.

—Papá, ¿vienes a arroparme? —pregunta Bea, aferrada a mi pierna, alejándome de los recuerdos dolorosos.

Miro a Camille, que sigue fregando una cazuela. Se queda paralizada, observándome, y sé que para sus adentros está rezando en silencio para que diga lo correcto.

Me encanta que mi hija sea su principal prioridad.

—Por supuesto que sí —digo, acariciando suavemente la cabeza de mi hija—.

Me encantaría. —Dejo el trapo sobre la encimera, miro a Camille y luego cojo a Bea de la mano y dejo que me guíe hacia su dormitorio.

Bea va de un salto hasta la cómoda que hay junto a la pared, abre el cajón superior y se pone de puntillas para coger su pijama de satén rosa—.

Déjame ayudarte —le pido, y se lo cojo de las manos.

—Gracias, papá —sonríe. Me arrodillo en el suelo y la ayudo a ponerse el pijama, maravillándome de las lindas pecas en sus mejillas mientras le abrocho la parte de arriba.

Esta noche está siendo muy cariñosa conmigo porque tenerme en su habitación y que la ayude como un padre de verdad es algo nuevo para ella.

Y por mucho que me guste esto, también debería estar aquí en los berrinches y las lágrimas.

Debería estar aquí para todo—. ¿Podemos leer el libro de maman esta noche?

—susurra una vez que se ha puesto el pijama.

—Por supuesto —respondo sin dudarlo, aunque no sé a qué libro se refiere—. Podemos leer lo que tú quieras.

Se va corriendo al cuarto de baño, emocionada, y la observo mientras se lava los dientes, meneando sus pequeñas caderas al ritmo del cepillo que tiene en la boca. Una vez que termina, regresa corriendo y elige la vieja copia francesa de Madeline que era de Em cuando era niña.

Trago saliva para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta y esbozo una sonrisa.

—A papá no se le da bien el francés —digo con mirada de disculpa.

—¡Claro que sí! —exclama, inocente.

Estos pequeños momentos se me antojan enormes. Es trágico que me haya perdido estas cosas durante dos años, pero mientras le quito el libro de las manos a mi hija y me acomodo en la pequeña cama a su lado, me recuerdo a mí mismo que ya no tiene por qué seguir siendo así.

Bea se acurruca a mi lado y yo le paso un brazo por encima de la almohada.

El corazón está a punto de escapárseme del pecho cuando le doy un beso en la cabeza.

Luego me enfrento al libro con mi pésimo francés.

Cuando pronuncio mal una palabra, ella me corrige rápidamente y se ríe cuando lo hago francamente mal, pero nunca me regaña.

Es adorablemente sano y me recuerda mucho a su madre. Es pura bondad; lo lleva en su adn.

Sin dejar de leerle, me pongo a recordar el día en que nació, lo que sentí la primera vez que la vi. Estaba en los brazos de su madre y miraba a Emmaline con los ojos entrecerrados. Ese día, mi corazón se convirtió en un extraño para mí, ya que saltó de mi pecho y se unió a ella.

Bea era un faro de luz en una tormenta oscura. Cuando estábamos abrumados por la fatalidad y el miedo, ella trajo esperanza y amor a nuestras vidas.

Y tal vez por eso mantuve las distancias cuando Em murió. No quería apagar la luz de Bea.

Cuando el libro llega a su fin, apoyo la barbilla en su cabeza y la abrazo con fuerza. Ella me hace sentir más vivo y, por primera vez en dos años, me permito disfrutar de lo mucho que la quiero.

Soy su padre y ya es hora de que empiece a comportarme como tal. Antes de que pase su niñez y sus recuerdos de la infancia solo incluyan una versión más triste de mí mismo.

Bea ya está dormida, roncando suavemente, acurrucada a mi lado y me quedo un rato junto a ella, hasta que me doy cuenta de que Camille se asoma por la puerta.

Nos contempla con cariño mientras me deslizo silenciosamente fuera de la cama de Bea.

La arropo para que esté cómoda y calentita, y luego salgo de puntillas de su habitación.

Cuando llego junto a Camille, en el pasillo, no sé qué roles se supone que debemos desempeñar. ¿Es mi niñera? ¿Mi sumisa? ¿Mi novia? ¿Acaso importa?

Le rodeo la cara con las manos, acerco mis labios a los suyos y la beso suavemente. Ella se echa hacia mí y se apoya en mis brazos.

—Podría ser así —le susurro antes de volver a besarla—. Esto podría funcionar. —Ella duda—. ¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada —miente—. Es solo que… quiero esto tanto como tú, pero tengo miedo.

—¿De qué tienes miedo? —Ladeo la cabeza sin soltarle las manos y la guío escaleras arriba, aunque esta noche no la llevo a la sala de bondage . Prefiero tenerla en mi cama.

Ella no protesta cuando le quito la camiseta y la beso en la mandíbula y en el cuello. Sé lo que quería decir, pero ignoro las señales de advertencia: vamos demasiado rápido, todavía estoy lidiando con el duelo, mi hija y el trabajo de Camille están en juego.

En lugar de enfrentarme a eso, la llevo hasta mi cama, me tumbo y ella se pone a horcajadas sobre mí. La miro a los ojos mientras me cabalga, y el placer que sentimos cuando estamos juntos apaga el ruido de mis pensamientos.

Porque sigo creyendo que esto podría funcionar, y, por ahora, me aferraré a esa posibilidad. El resto… ya lo pensaré mañana.