Regla nº 35
Alguien pensará que eres perfecta con todos tus defectos Camille
Jack está tumbado boca arriba, con mi cuerpo recostado sobre su pecho como si fuera una manta. Nunca nos acurrucamos juntos en la cama después de hacer el amor. Pero palabras como «nunca» y «siempre» no duran mucho con nosotros. Resulta que se nos da muy mal seguir las reglas.
Quería decirle a Jack que lo amo. Las palabras estaban en la punta de mi lengua, pero me he contenido.
¿Por qué? Ahora casi he olvidado por qué no podemos estar juntos.
Si nos amamos como creo que lo hacemos, ¿qué podría interponerse entre nosotros?
Puede que nos preocupe la seguridad de Bea, pero ¿de verdad esperamos mantenerla a salvo de cualquier daño para siempre? ¿Eso no es irracional?
E incluso si las cosas no funcionan con Jack, eso no significa que no pueda formar parte de su vida de alguna manera.
Jack está preocupado por ella porque ya ha perdido mucho. Lo entiendo, pero lo que ella necesita no es que la protejan contra la pérdida: lo que de verdad necesita es saber que los adultos de su vida la quieren y que estarán ahí para ella pase lo que pase.
Pero si esa es la única razón por la que no podemos estar juntos, ¿por qué hay una molesta sensación de culpa que me corroe por dentro? ¿La carta que encontré de él para Emmaline es un secreto tan oscuro que podría llegar a separarnos?
No. Pero el hecho de que le haya ocultado algo durante tanto tiempo sí podría serlo.
Estamos tumbados en silencio, sumidos en nuestros pensamientos, cuando él finalmente vuelve a hablar.
—En dos semanas será la gran reapertura. Me gustaría que vinieras conmigo.
Levanto la cabeza.
—¿En serio? —Él asiente y me siento a salvo y protegida bajo el calor de sus ojos verde oscuro—. Pero nos verán juntos. Elizabeth, Julian y Phoenix…
—No me importa —murmura; levanta una mano y me pasa un rizo de pelo por detrás de la oreja.
—Pero… —empiezo a decir, pero él me pone los dedos con suavidad sobre los labios para callarme.
—Deja que yo me preocupe por ellos.
La idea de que quiera llevarme como su pareja es aterradora y emocionante a la vez.
Es todo lo que quiero y todo lo que me da miedo al mismo tiempo.
¿Estoy preparada para ser la novia de Jack de verdad?
Porque si aparecemos juntos, lo seré. Nadie lleva a la niñera de su hija a un club sexual por una cuestión profesional.
No respondo; me acerco más a él y lo beso en los labios.
De alguna manera, hemos pasado de tener una relación sexual ocasional y unas cuantas sesiones fetichistas a ser una pareja, pero ¿por cuánto tiempo?
¿Y qué pasa con Bea? Todas esas preguntas no dejan de acosarme, pero tampoco hace falta que encuentre las respuestas ahora mismo.
Separo mis labios de los suyos, apoyo la cabeza en su almohada y lo miro a los ojos.
Cuando estamos así, es como si yo estuviera en su mente tanto como en la mía.
Pero durante mucho tiempo, nunca pudimos hablar de verdad.
Gran parte de nuestra relación hasta ahora ha sido a través de cartas y sexo.
Hay tantas cosas que quiero expresar y comprender sobre él, tantas capas de Jack St. Claire que me gustaría desvelar para llegar al hombre que hay debajo…
Ya conozco su corazón, pero también quiero conocer su mente.
Me acaricia la mejilla mientras yo reúno el valor para hablar. Si le pido demasiado, ¿me rechazará? Ya lo ha hecho antes. Cuando nos conocimos, era un témpano de hielo, pero ahora que se está descongelando; ¿me dejará verlo tal y como es?
—¿Puedo preguntarte algo? —susurro.
Él frunce el ceño.
—Por supuesto.
—¿Por qué me contrataste?
Se vuelve hacia mí y desliza un brazo bajo mi cabeza. Estamos tan cerca que respiramos el mismo aire. Nuestros cuerpos desnudos están entrelazados, como si no hubiera ni un centímetro entre nosotros.
—Fue lo que dijiste sobre quererla como si fuera tuya —murmura—.
No pretendía sustituir a la madre de Beatrice, pero deseaba que mi hija tuviera a alguien que la quisiera como si lo fuera.
Después de la muerte de Em, yo no podía cuidar de Beatrice.
Se quedó con Phoenix durante seis meses enteros, y fueron los peores de mi vida.
Quiero a mi hija, pero no podía ser el padre que ella necesitaba.
Estaba fallando como padre, así que era como si Bea fuera huérfana.
No quería que tuviera solo a una niñera a la que pagaran por cuidar de ella.
Quería encontrar a alguien que la quisiera de verdad.
—No estás fallando como padre —le digo, sobre todo porque odio verlo sufrir.
—Claro que sí —responde sin dudar—. Y creo que sigo fallando.
Le acaricio la mejilla. Es increíble cómo enamorarse de alguien significa sentir su pena como si fuera tu propio corazón el que se rompiera.
—Tienes derecho a derrumbarte, Jack. Has perdido al amor de tu vida. Está bien caerse de vez en cuando.
Él hace una mueca al tocarme la mano.
—Lo sé, pero nunca quise volver a levantarme.
—¿Ni siquiera ahora? —le pregunto.
Me mira a los ojos, me pega a él y roza mis labios con los suyos.
—No. Ya no.
Lo abrazo con fuerza por la cintura. En un par de horas tendré que irme a recoger a Bea del colegio, pero hasta entonces voy a saborear este momento. Es de día y él me está abrazando. Me está confesando cosas que hacen que esta relación parezca real.
¿Y qué podría ser mejor que esto, que estar enamorada, que sentirse tan cerca de alguien y casi olvidar lo que es la soledad?
Ahora que me siento atrevida y cómoda con Jack, sigo preguntando.
—¿Me hablarás de ella alguna vez?
Se pone tenso. Quizás le resulte extraño que quiera que me hable de su esposa, alguien a quien probablemente amó más de lo que jamás me amará a mí. Pero yo quiero saber cosas sobre ella. Puede parecer oscuro, pero conocer a alguien a quien él amó significa conocerlo un poco más a él.
—Era la persona más dulce y amable que había conocido nunca —musita—.
Cuando me mudé a París, quería una vida como la de mis padres: amor, hijos, mi propio final feliz.
Y cuando conocí a Em, me enamoré de ella inmediatamente.
Era la profesora de ballet de mi hermana y la mujer más hermosa que había conocido nunca.
—Apoyo la mejilla en su hombro y sonrío.
Curiosamente, me reconforta oírle decir eso, saber que Jack tiene un lado cálido y cariñoso.
Yo lo he visto brevemente, pero Em lo tenía todo el tiempo—.
Me hizo aprender francés antes de casarnos —sonríe.
Me incorporo y lo miro boquiabierta.
—Entonces, ¡sí que lo hablas!
Cuando sonríe, se le forman unas suaves arrugas alrededor de la boca, y es tan impresionante que el corazón casi se me detiene en el pecho.
—Sí, pero se me da muy mal.
—¿Y por qué no me dejabas hablarlo? —pregunto—. Incluso cuando hablaba inglés, me hacías callar.
Su sonrisa se desvanece y en su lugar aparece una expresión de vergüenza.
—Porque tu acento me recordaba a ella —dice, acariciándome la mandíbula—. Oír tu voz en mi casa me traía demasiados recuerdos. Era como si ella siguiera aquí…, pero no estaba.
Frunzo el ceño.
—¿Todavía sientes lo mismo?
—No —responde, sacudiendo suavemente la cabeza—. Tú no me recuerdas a ella, Camille, si es eso lo que te preocupa.
¿Es eso? No quiero ser una sustituta, pero ¿de verdad temía que Jack me considerara algo así?
—Bueno —digo, apoyando la barbilla en su pecho—. Si dices que ella era dulce y tierna, estoy segura de que no te recuerdo a ella. Parece que somos muy diferentes.
Él me sonríe con aire burlón, pasando sus dedos por mi cabello.
—Tú también eres dulce y tierna, pero sí, también eres muy diferente.
—Durante lo que parece una eternidad, nos miramos a los ojos.
Mi corazón está increíblemente henchido y aterrorizado al mismo tiempo.
¿Me estoy precipitando? Entregárselo a alguien es aterrador.
¿Y si él me lo rompe o estoy interpretando mal la situación?
¿O si tenemos una pelea tan grande que no podamos recuperarnos?
La vida me parecía mucho más segura antes de saber lo que era amar a Jack St. Claire.
De repente, él murmura suavemente—: Eres perfecta.
Es un cumplido destinado a hacerme sentir mejor, pero solo consigue que me sienta peor. No puedo ser perfecta, y desde luego no puedo estar a la altura de ese estándar. Pronto descubrirá que todo lo que hago y digo no es perfecto, y dejará de quererme.
—No lo soy —replico—. No soy perfecta en absoluto.
Cuando murió mi padre, mi mundo se vino abajo.
Tenía planeado dejar el pueblo en el que crecí.
Se suponía que debía ver mundo y vivir una vida plena, pero me cerré, exactamente igual que tú.
—Al crecer, la mayoría de la gente decía que era demasiado ruidosa, que hacía demasiadas preguntas o que era…
excesiva. Y es cierto que soy demasiado ruidosa.
Hago demasiadas preguntas. A veces no sé cuándo parar, y todas las personas que entraron en mi vida se marcharon porque no podían soportarme.
Incluso mi propia madre. Me tiembla la voz por la emoción—.
Mi padre fue la única persona que se quedó a mi lado.
El único que me quería tal y como era. Y luego murió, y me quedé sin nadie.
Así que no soy perfecta. No quiero que pienses que soy alguien que no soy, Jack. Tengo muchos defectos.
Ladea la cabeza y su expresión se vuelve seria.
—Dios mío, Camille, ¿eso es lo que piensas?
No eres demasiado, en absoluto. Para mí no.
Sé que tienes defectos, pero me malinterpretas.
Adoro tus imperfecciones. Me encanta que seas impulsiva y testaruda y que hables sin pensar.
Y me encanta que seas tan curiosa, tanto que a veces te mete en líos.
Lo supe en el momento en que entré en la cocina y te encontré quemando el arroz por bailar con mi hija.
Esos defectos son los que adoro. Cuando digo que eres perfecta, no quiero decir que la perfección te defina.
Quiero decir que tú defines la perfección.
No puedo hablar. Apenas puedo moverme. En un instante, ha acallado todos mis miedos. No hay un solo pensamiento coherente en mi cabeza cuando lo beso en la boca y sus brazos me estrechan con fuerza, como si fuera un pájaro que podría escapar volando si no lo sujetara.
—Vamos a follar otra vez, Jack —le susurro, necesitada, contra sus labios. Me aparto y lo miro a los ojos, llenos de lágrimas—. Vamos a fingir que no hemos sufrido pérdidas, que no sentimos pena ni tristeza. Solo por unos minutos, finjamos que podemos estar juntos.
Él no responde: gime contra mis labios y se echa sobre mí, besándome apasionadamente. Su peso me tranquiliza y me hace sentir conectada a la tierra. Lo rodeo con las piernas, ansiosa por sentir su dura longitud dentro de mí.
Se sienta sobre sus rodillas y mira mi cuerpo desnudo sobre la cama. Se acaricia el pene mordiéndose el labio inferior, deleitándose con la vista.
—Mírate —dice con un gruñido grave—. ¿Cómo puedes decir que no eres perfecta?
—Jack… —suspiro, extendiendo la mano hacia él.
Se echa sobre mí, se guía entre mis piernas y me penetra lentamente. Nos miramos a los ojos mientras lo hace, y me consume la sensación de estar llena de él. Saber lo mucho que me valora mientras usa mi cuerpo es algo que nunca había sentido.
Él baja la mirada hacia el lugar donde estamos unidos, excitado.
—Mira lo bien que me recibes, pajarito.
Dejo escapar un fuerte gemido y me pellizco los pezones mientras él se mueve con languidez, entrando y saliendo. Hay algo en la forma en que me habla durante el sexo que me lleva al límite.
—Date la vuelta —ordena.
Se retira lo suficiente como para que yo pueda ponerme de rodillas y vuelve a penetrarme, esta vez con tanta fuerza que me hace gritar.
Ahora se mueve con determinación, embistiéndome tan fuerte que tengo que agarrarme a las sábanas.
Soy un desastre que gime y lloriquea con la mejilla contra el colchón.
El semen del encuentro anterior me lubrica, hace que me moje para él, y todo es lascivo y hermoso al mismo tiempo.
Todo lo que Jack y yo compartimos está hecho de placer.
La forma en que me habla, me toca, me mira.
No se parece en nada al hombre cruel que conocí una vez.
—Quiero llenarte, pajarito —proclama entre gruñidos—. Quiero llenarte con mi semilla. ¿Puedo hacerlo?
Estoy tan cerca del límite que, para mi sorpresa, sus palabras me hacen gritar de excitación y casi me corro ya. Sé que solo son palabras, tienen que serlo, pero la idea de que él me fecunde de repente me parece tan sexy que no quiero que pare.
—¡Sí! —grito contra el colchón mientras follamos con más fuerza—. ¡Sigue! ¡Más!
—Te gusta eso, ¿verdad? —pregunta, aferrándose a mis caderas—. Te gusta la idea de que follemos hasta que te quedes embarazada.
—¡Sí! —grito.
—La idea de tu vientre hinchado me vuelve loco. —Vuelve a embestirme y llega a un punto dentro de mí que me hace curvar los dedos de los pies y tener espasmos por todo el cuerpo—. ¿Lo sientes, pajarito? ¿Sientes lo duro que me pone?
—¡Me corro! —exclamo, echando las caderas hacia él; llevo una mano entre mis piernas y me pellizco el clítoris para alcanzar el placer.
—Me estrechas tanto en tu interior cuando te corres… —gime. Mis piernas tiemblan y apenas puedo respirar—. Yo también estoy a punto, cariño. —Lo siguiente que sé es que él está temblando y gimiendo, y la estancia se inunda con nuestros gritos de placer.
Y luego todo queda en silencio salvo por nuestros jadeos.
La fantasía acaba demasiado pronto y sé que él quiere volver a la realidad, donde Jack no puede hablar de nosotros, de nuestro futuro y de la posibilidad de tener un hijo.
Cuando finalmente se retira, el exceso de semen se desliza cálidamente por mis muslos y no me muevo para limpiarlo: me derrumbo sobre el colchón y él aterriza a mi lado.
Cuando me pega de nuevo a su pecho, escucho el ritmo de sus latidos y trato de saborear la perfección de este momento. Entonces abro los ojos y miro fijamente su mano izquierda, que sujeta la mía.
El corazón se me acelera al darme cuenta de que ya no lleva el anillo.