Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 34
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Regla nº 34

Cuanto más obstinada es la voluntad, más dulce es la sumisión Jack

He conocido la ira antes. Estoy familiarizado con la indignación, la impaciencia y la posesividad.

Pero nunca había sentido esto. Ver a Camille, a mi Camille, atada a esa pared con las manos egoístas, indignas y presumidas de Julian sobre ella, ha provocado un estallido en mi interior.

Mi cerebro no procesa la razón ni la lógica. No hace preguntas ni se esfuerza por formular excusas. Solo la he visto y algo primitivo se ha apoderado de mí.

Julian se queda a un lado, cruzado de brazos y riéndose entre dientes. Intento torpemente quitarle a Camille las correas que le atan las muñecas, pero me tiemblan demasiado las manos.

Oigo a Camille balbucir algo con ansiedad, pero no la escucho. Son disculpas y excusas, lo sé, pero no me interesan.

Una vez que sus brazos están libres, le arrebato la seda roja de la mano y la sacudo frente a su cara con las fosas nasales dilatadas y el ceño fruncido. Cuando ve la ira en mis ojos, su pecho se expande y crece unos centímetros.

Eso es, cariño. Peléate conmigo.

—¡Quítame eso de la cara! —grita, arrebatándome la tela—. Puedo hacer lo que me dé la gana.

—Piénsalo bien, pajarito —le respondo, acercándome aún más a ella.

—No te pertenezco.

La agarro del brazo y termino echándomela sobre el hombro: ella protesta a gritos, enfadada.

—¡Jack St. Claire, suéltame! —exclama; la aparto de la pared y de Julian, que sigue mirándonos con entusiasmo. Apuesto a que está orgulloso de sí mismo por esto, pero ahora mismo no me preocupa.

Tengo la intención de sacar a Camille del club como hice la primera vez que la encontré aquí inesperadamente.

Eso es lo que debería hacer, pero pasamos por el largo pasillo de las salas privadas y sé que nunca llegaré a la salida.

¿Qué esperaba? ¿Poder dejarla en la calle y volver al trabajo arriba como si nada hubiera pasado?

No. O vamos a pelear por esto, o vamos a follar por esto. O las dos cosas.

Las salas aún no están cerradas con llave, así que abro la puerta de la primera y la meto dentro mientras ella me golpea la espalda con los puños. Cuando la dejo en el suelo, no descansa ni un segundo y se abalanza sobre mí con rabia.

—¡¿Qué te pasa?! —grita.

—¿Qué me pasa a mí? —respondo—. ¿Qué te pasa a ti? ¿Qué haces aquí? Con él.

—Te traía el almuerzo —dice, dándome un puñetazo en el pecho—. ¡Pero eso da igual! ¡No te pertenezco!

Le tapo la boca con la mano y la empujo contra la pared. Tiene los ojos muy abiertos y puedo sentir su respiración entrecortada contra mi palma. Me acerco a su cara hasta que nuestros cuerpos quedan pegados.

—Los dos sabemos que eso no es cierto, pajarito —susurro, enfadado.

Me araña el pecho al intentar apartarme, y rasga la tela de mi camisa como si quisiera hacerme daño. Intenta discutir, pero bajo mi mano sus palabras son inaudibles e incoherentes.

Me pego a ella y la miro a los ojos. Hay fuego en ellos, una pasión ardiente en sus iris. Ninguno de los dos alcanza a comprender dónde termina la furia y dónde comienza la excitación.

—Nadie más puede tocarte —espeto, desabrochándole el botón superior de la blusa—.

Nadie más puede ni siquiera mirarte, joder.

—Continúo desabrochando un botón tras otro hasta que ella deja de arañarme el pecho y empieza a imitarme.

De pronto nos estamos desnudando furiosamente el uno al otro, pero mi mano sigue sobre sus labios para evitar que hable—.

¿Lo has entendido? —le pregunto, y deslizo la mano alrededor de su cintura por debajo de su camisa, con mi palma fría contra su piel cálida—. Eres mía, pajarito. De nadie más.

Ella no responde; me quita la camisa de los hombros, obviamente más ansiosa por tocarme que por responder a mi pregunta.

En algún lugar recóndito de mi mente se enciende una señal de advertencia que intenta recordarme que no debemos decirnos cosas así. No puedo comprometerme ni hacerle promesas a esta mujer. Pero esos avisos son demasiado lejanos y débiles como para reconocerlos y los ahoga la necesidad de tenerla.

Quito la mano que tengo sobre su boca y la reemplazo por mis labios. Ella corresponde al beso mordiéndome sin piedad el labio inferior. Siento su obstinación en el beso, y me hace querer dominarla aún más, pero sé que necesito ganarme su sumisión para conseguirlo. No puedo forzarla.

Mientras nos besamos, intercambiando mordiscos y gemidos, nos quitamos los pantalones el uno al otro. Ella sigue sin responder a mi pregunta, negándose a cumplir mis injustas peticiones.

Antes de ir más lejos, la detengo agarrándola por el cuello. La empujo contra la pared y la obligo a mirarme. Sigue enfadada, y eso es lo que quiero.

—Dime lo que quiero oír —le gruño.

—No —discute ella, levantando la barbilla.

La cubro de besos antes de apartarme e intentar obligarla de nuevo a hablar.

—Dilo, pajarito. —Cuando intenta empujarme, veo que se le llenan los ojos de lágrimas.

Está molesta, y entiendo por qué. Estoy siendo irracional al pedirle más de lo que le he ofrecido, al exigirle algo sin ganármelo primero.

Y mientras la veo luchar, conmigo y contra mí, me doy cuenta de que tengo que hacer algo que nunca pensé que sería capaz de repetir.

Porque si no lo hago, la perderé para siempre.

Me pego a su cuerpo y acerco mi rostro al suyo hasta que no puede apartar la mirada.

Sus ojos me traspasan mientras susurro unas palabras con un hilo de voz, como si intentara esconderme de ellas—.

Quieres que te diga que yo también te pertenezco, ¿verdad?

—Ella asiente, jadeando. Pongo la frente sobre la suya, inhalo su aliento y siento los latidos de su corazón—.

No quieres eso, pajarito. ¿No ves el desastre en el que me he convertido? Te mereces algo mucho mejor.

Le tiemblan los labios.

—No digas eso —susurra; levanta la cabeza y espera a que le diga lo que quiere oír—. Sí lo quiero, Jack.

El cansado órgano que late en mi pecho se acelera al oírla decir eso. Tenía que saber que era cierto, pero oír esas palabras de sus labios me sana tanto como me destroza.

—Quieres que te diga que soy tuyo tanto como tú eres mía, pero ya sabes que es así. ¿No ves lo que me has hecho?

Su expresión se suaviza, pero el fuego sigue ahí.

—Entonces, dilo —murmura.

No lo dudo un segundo.

—Soy tuyo. —Hay incredulidad en su expresión cuando me rodea el cuello y prácticamente salta a mis brazos, besándome con tanto fervor como antes—. Entonces, tómame, Jack. Hazme tuya y nunca volveré a tocar a otro hombre —me suplica, murmurando contra mi boca.

Un gruñido grave se escapa de mis labios ante esa respuesta.

La levanto del suelo, la llevo hasta la cómoda que hay junto a la pared y la siento sobre ella.

Me rodea con las piernas mientras le beso el cuello, mordisqueándolo y lamiéndolo como si intentara devorarla.

Quiero marcarla y dejarla cubierta de mordiscos y moratones para demostrar a cualquiera que se atreva a mirarla que ya está pillada.

Soy brusco con su cuerpo cuando muevo mis labios hacia sus pechos, y hundo los dedos en su carne con la fuerza suficiente como para hacerle sentir lo mucho que significa para mí. Y cuando muerdo el turgente capullo de su pezón, ella echa la cabeza hacia atrás y gime.

—Más fuerte.

Me estoy desmoronando, me estoy rompiendo en mil pedazos hasta que solo queda una versión básica y carnal de mí mismo con una única motivación: ella.

Le desgarro las bragas, arrancándolas o quizá partiéndolas por la mitad.

No lo sé y me da igual. Solo necesito llegar a su sexo y saborearla.

Me arrodillo, y hago que ponga las piernas sobre mis hombros y que se deslice hacia el borde de la cómoda, y devoro ruidosamente el divino paraíso entre sus piernas.

Cada centímetro de su cuerpo me pertenece. Ella es mi mujer. Su sexo es mío. Hasta los gritos de placer que salen de sus labios me pertenecen.

Jadea sonoramente y se retuerce mientras le chupo ferozmente el clítoris. Me doy cuenta de que es la primera vez que tengo el placer de oír sus gemidos durante el sexo. Normalmente tenemos que estar muy callados, pero ahora ella me lo está dando todo. Y me encanta, joder.

Sus dedos se aferran con fuerza a mi cabello y tiran hasta que se me llenan los ojos de lágrimas. Recibo ese dolor con agrado. Lo necesito. Gimo ruidosamente contra ella.

Mientras mi boca está ocupada entre sus piernas, lamiendo su excitación, empapándome con ella, mis dedos se afanan en desabrocharme los pantalones. Una excitación intensa y abrumadora me recorre la columna cuando me envuelvo el pene con la mano y me acaricio, deleitándome a la vez con su sexo.

—¡Por favor! —gime, necesitada—. Quiero correrme. —Su voz es tensa y tiene la cabeza echada hacia atrás. Sus palabras alargan como si estuviera poseída.

—Córrete en mi lengua, pajarito. Déjame saborearte.

—Deslizo dos dedos en su estrecho calor, los curvo y presiono con fuerza.

Ella prácticamente levita sobre la cómoda con las piernas envueltas firmemente alrededor de mi cabeza.

Suelta un grito, su sexo palpita y se contrae con el orgasmo, y es lo más delicioso que he probado nunca—.

Buena chica —la elogio, dejándola disfrutar de la ola de placer en mi boca y mi mano, pero tan pronto como el clímax ha alcanzado su punto álgido, me levanto y la beso ferozmente en la boca.

A ella no le importa saborearse a sí misma y corresponde al beso mientras me acomodo entre sus muslos.

Cuando el calor de su sexo me da la bienvenida, la sujeto por la nuca para que se vea obligada a mirarme a los ojos. Entonces la penetro tan hondo como puedo.

Esta es la prueba de que soy suyo. La forma en que me recibe es toda la prueba que necesito de que su cuerpo es mi hogar.

Miro hacia abajo para ver cómo me deslizo dentro de ella. Es una sensación que nunca he tenido con ninguna de las mujeres con las que he estado antes, y sé que Camille siempre será la excepción. Si, Dios no lo quiera, la pierdo, nadie se acercará jamás a su perfección.

Entiendo la importancia de esa realidad, pero es demasiado peso con el que cargar en este momento, así que ignoro ese pensamiento y me concentro en la pura felicidad de estar dentro de ella, encontrando el ritmo de su cuerpo, saboreando sus labios mientras me muevo.

—Más fuerte, Jack. No voy a romperme.

Me aferro a sus caderas y aumento la velocidad e intensidad de mis embestidas. Ella me toma en sus brazos y yo entierro mi cara en su cuello, excitando con el aroma de su piel y el recordatorio de que es mía.

—Mira lo que me haces —susurro contra su piel—. Eres mía, pajarito. Nadie más puede tenerte. Nadie más puede tocarte.

—¡Sí! —grita ella, estrechándome con sus piernas con más fuerza.

Normalmente, estoy ansioso por hacer que dure, pero hoy no. Hoy necesito llenarla. Esto no es sexo por placer. Es sexo por control. Estoy marcando mi territorio y reclamando lo que es mío.

—Necesito correrme dentro de ti —murmuro con un gemido, sintiendo el pulso de su cuello contra mi mejilla.

Ella me abraza con más fuerza y yo sigo penetrándola sin descanso, escuchando sus gemidos con cada embestida violenta.

—Lo quiero todo. Dámelo. —Gruño más fuerte a medida que se acerca el clímax.

La cómoda cruje y tiembla bajo nuestro peso, pero lo único en lo que puedo pensar ahora mismo es en llenarla.

Mi mente se inunda de imágenes de su vientre hinchado, de mi hijo creciendo en su interior, de la semilla plantada para demostrar que ella me pertenece.

En cuestión de segundos, me corro con fuerza y, en lugar de retirarme como siempre hago, espero en su interior hasta exprimir la última gota de mi semen.

Me estrecha la cintura con las piernas para mantenerme allí.

Me acerco a su boca y la beso de nuevo, esta vez con más intensidad—.

Jack… —susurra, así que aparto la cara y la miro a los ojos.

Mientras me acaricia la mejilla, sé que quiere pronunciar las palabras y sé cuáles son, porque yo también quiero proclamarlas. Pero incluso después de reconocer nuestros sentimientos hoy, no podemos decírnoslas sin el inevitable desamor que iba a llegar a continuación.

No importa que yo la quiera o que ella me quiera. No cambia nada, en realidad.

Solo hace que haya mucho más en juego.