Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 33
72%

Regla nº 33

Todo el mundo tiene fantasías que aún no ha descubierto Camille

El martes fue el cumpleaños de Bea y nos ha trastornado toda la semana.

Han pasado tres días desde que fuimos al parque temático y parece que no consigo ponerlo todo en orden.

Las tareas domésticas se han acumulado. Las cenas han sido un desastre.

Y Bea ha estado muy malhumorada, lo que ha contagiado al resto de la casa.

Sin embargo, ha merecido la pena. Poder pasear por el parque con ellos y sentirme parte de su familia ha sido un sueño. Ver a Bea abrir mi regalo más tarde ese día y sentir sus brazos rodeándome con fuerza ha sido la mejor sensación del mundo.

No sé nada sobre ser niñera, o al menos no sabía nada cuando conseguí este trabajo.

Pero no puedo imaginar nada mejor que esto.

La quiero como si fuera mi hija y temo el día en que ella y yo tengamos que decirnos adiós.

No sé si seguiré aquí cuando termine el colegio y se vaya a la universidad.

Pero no puedo evitar pensar en el futuro.

¿Cuánto tiempo podré seguir haciendo esto? ¿No querré casarme y tener mis propios hijos? ¿Y si Jack quiere volver a salir con alguien? ¿Qué será de mí?

La idea de vivir los diez próximos años en esa habitación mientras amo en secreto a Jack St. Claire con estos límites vagamente trazados me parece tortuosa. Pero no tanto como pelearme con él y perder a Bea para siempre.

Los dos escenarios me aterrorizan; de repente, el futuro me parece una enfermedad de la que no podemos escapar. Será una muerte larga y agonizante o una rápida y dolorosa. De cualquier manera, va a hacerme daño.

Al final, tendré que tomar una decisión. Quedarme aquí y dedicar mi vida a esta familia como niñera, o poner a salvo mi propio corazón y decirles adiós antes de que me encariñe demasiado.

¿A quién quiero engañar? Ya es demasiado tarde para eso.

Todas las noches, Jack y yo seguimos la misma rutina. Acuesto a Bea y espero a que él llegue a casa. Cuando lo hace, subo a escondidas las escaleras, donde nos perdemos en cuerdas y sexo. Ahora conocemos nuestros cuerpos como amantes devotos. Nos hemos visto en nuestros momentos más vulnerables.

Me he convertido en el pasatiempo de Jack.

Normalmente hablamos después del sexo, pero siempre es sobre el trabajo o sobre mi vida antes de venir aquí. Nunca es sobre el futuro o sobre nosotros, aunque no estoy segura de que haya un «nosotros».

Estos son los pensamientos que me atormentan mientras regreso de dejar a Bea en el colegio.

El clima empieza a empeorar a medida que se acerca el invierno.

Las hojas de París se han vuelto doradas y cobrizas, y con cada ráfaga de viento, los árboles pierden aún más, que caen por el suelo.

Es un cruel recordatorio de que todo cambia y de que el tiempo no se detiene ante nadie.

Cuando entro en casa, me aferro a la diminuta esperanza de que Jack siga allí. Quiero volver a besarlo a la luz del día, aunque no estemos en público. No puedo dejar de pensar en la importancia de ese beso y en todo lo que representaba.

Pero cuando la puerta del apartamento se cierra detrás de mí y su chaqueta no está colgada en el perchero, sé que ya se ha ido. La casa está vacía y en silencio, y todas las tareas que tengo que hacer me están esperando.

Con un suspiro, voy a la cocina para empezar a preparar la cena de esta noche, pero veo que la fiambrera que Jack suele llevarse al trabajo sigue sobre la encimera. Quizás todavía esté aquí.

—¿Jack? —llamo, pero solo me responde el silencio.

Me quedo mirando el almuerzo, pensativa. Podría llevárselo. Sé dónde trabaja; he estado ahí dos veces.

Seguro que eso no levantaría sospechas. Solo estoy haciendo mi trabajo.

Además, así podría volver a verlo.

No hace falta mucho más para convencerme. Me pongo los zapatos y la chaqueta y me llevo su almuerzo conmigo. El club está a solo veinte minutos a pie del apartamento. Creo que él también va andando la mayor parte de las veces.

Cuando llego al club, lo primero que noto es que han cambiado el letrero de la puerta.

Ahora es de un elegante color rosa sobre negro, y se encuentra sobre las majestuosas puertas dobles.

Hay obreros entrando y saliendo cuando me cuelo sin que nadie se dé cuenta.

Al llegar a la sala principal del club me maravillo ante los cambios.

Antes parecía una discoteca cualquiera: luces estroboscópicas intensas, accesorios plateados, muebles negros.

Pero ahora parece un escenario sacado de una película.

Irradia lujo dinámico y opulencia enérgica.

La lujosa tela magenta y los ornamentados accesorios de ónix llenan el espacio.

Hay una intrincada lámpara de araña de cristal negro colgando en el centro de la sala. Este ya no es el club de sus padres.

Estoy mirándolo todo con la boca abierta cuando un hombre guapo y delgado, con el pelo rubio hasta la barbilla y unos llamativos ojos almendrados, pasa a mi lado. Se detiene cuando me ve.

—Hola —dice con expresión traviesa. Cuando sonríe, su rostro prácticamente brilla con picardía.

— Bonjour —respondo en francés por la fuerza de la costumbre—. ¿Está Jack? —Levanto la fiambrera y el hombre rubio la mira con escepticismo.

—Sí —dice con cautela antes de cogerme la fiambrera de la mano—. Jack no me ha dicho que estuviera saliendo con nadie.

Abro mucho los ojos.

—Oh, yo no… Quiero decir, solo soy la niñera.

El hombre muestra un gran interés y se acerca a mí.

—¿Solo la niñera? —Cuando sonríe está tan guapo que me da miedo que pueda utilizar su atractivo como arma contra víctimas desprevenidas que de repente se enamoran y le entregan su corazón.

Arrastro los pies y le echo un vistazo al club vacío para ver si puedo localizar a Jack en lugar de quedarme mirando los ojos maliciosos de este hombre.

—Soy Julian —se presenta. Tiene un acento interesante. Estadounidense, pero con un toque francés.

—Soy Camille. —Le tiendo la mano para estrechársela, pero con una sonrisa tímida, él se la lleva a la boca y le da un beso en el dorso, guiñándome un ojo.

— Enchantée, Camille.

—¿Eres francés? —le pregunto, demasiado curiosa para resistirme.

—Me temo que no —responde—. J’ai grandi à Paris.

— Creció en París. Por un momento me pregunto si es el hombre del que Jack ha hablado durante nuestras charlas nocturnas, cuando se queja del hijo de su padrino, que a menudo lo mete en líos.

Este hombre parece capaz de meter en líos a un montón de gente—.

Bueno… —Extiende el brazo hacia mí—. ¿Te gustaría hacer un recorrido por el club?

—¿Un recorrido? —pregunto.

—Sí. Podemos darle el almuerzo a Jack y tú puedes almorzar conmigo. —Cuando sonríe, se le forman unos hoyuelos pronunciados en las mejillas, tan encantadores que es como si me estuviera hechizando.

¿Por qué no voy a dejar que este hombre tan guapo me enseñe el lugar? Lo mío con Jack no es real. Él lo ha dejado muy claro: sexo sin compromiso. Y eso no significa que no pueda hablar con otros hombres.

—Me parece bien, pero me temo que tengo que volver al trabajo antes del almuerzo.

Su sonrisa se amplía. Entonces mira hacia arriba, al segundo piso, donde hay una fila de ventanas, y eso me hace preguntarme si Jack está ahí.

Pero antes de que pueda preguntárselo, Julian me coge del brazo.

Huele divinamente y su colonia es intensa.

De repente, me imagino casándome con un hombre rico, sin tener que preocuparme nunca más por nada, sin tener que trabajar.

Un apartamento de lujo en la ciudad, gente que me sirva a mí en lugar de que sea al revés.

¿Es eso lo que quiero? ¿Más que trabajar para Jack y Bea? Mi cabeza dice que sí, pero mi corazón dice que no.

Julian me hace un recorrido completo por la planta superior y me muestra la nueva pista de baile, el bar y la sección vip.

Luego me enseña la puerta que imita la de un antiguo club ilegal a través de la que los miembros acceden al sótano, al auténtico club, mediante un ascensor.

Cuando entramos, pulsa el botón y se apoya contra la pared del fondo.

—Seguro que ya sabes que nuestros padres tenían un club, pero el nuestro será mejor —dice con tono presumido.

—¿En qué sentido? —pregunto con una sonrisa coqueta. Jack ya me lo ha contado todo, pero quiero seguirle la corriente a Julian. Quiero conocer al hombre que saca a Jack de sus casillas.

—Bueno, en primer lugar, no solo admitiremos a los ricos. —Se aparta un mechón de pelo rubio de la frente—. También tenemos pensado establecer un sistema de cuotas variables y llevar a cabo un proceso de selección para que sea más inclusivo y accesible. Fue idea mía.

—¿En serio? —respondo, esbozando una sonrisa.

Fue idea de Jack.

—Y mayor seguridad, por supuesto. Queremos que el club sea seguro y acogedor para todos.

—Eso está bien —respondo. No le digo que ya he encontrado la manera de entrar sin siquiera intentarlo.

Las puertas del ascensor se abren y Julian me conduce por el oscuro pasillo hacia el club en el que ya he estado antes. Pero esta vez, cuando atravieso la cortina, se me escapa un grito ahogado.

—Esto es mi orgullo y mi alegría. —Señala con la mano el club recién renovado.

Me quedo boquiabierta al echar un vistazo a la sala.

Es impresionante. Con el mismo ambiente elegante y atemporal que la planta superior, esta sección del club rebosa juventud y estilo.

No es lujoso de una forma intimidante. Las paredes están pintadas de negro con logotipos en rosa brillante.

La decoración es minimalista y en tonos vibrantes.

La pista de baile está rodeada de espejos y las cabinas tienen un aspecto cómodo.

Sin duda, hay espacio para… todo tipo de actividades.

Si tuviera que ir a un club sexual, esta es la clase de lugar que me gustaría visitar.

Es como un parque multisensorial del placer.

Julian se recuesta contra un murete bajo y se cruza de brazos, mirándome de arriba abajo.

—Tendrás que venir a verlo cuando esté abierto —dice, coqueteando.

—No creo que mi jefe me lo permita —respondo con una sonrisa burlona.

—Entonces vendrás como mi cita. No podrá negarse. No eres de su propiedad.

Mi expresión vacila, me muerdo el labio y bajo la mirada. No, no es mi dueño.

—Ni siquiera me conoces —respondo ladeando la cabeza—. Solo quieres que venga contigo para picar a Jack.

Él se ríe como respuesta, pero no se molesta en discutírmelo.

—Vamos. Quiero enseñarte algo —ofrece.

Estaría más alarmada si estuviéramos solos aquí abajo, pero hay mucha gente yendo y viniendo, trabajadores y personas vestidas como Julian. Por un momento me preocupa que Elizabeth me encuentre aquí.

Julian me coge de la mano y me guía hacia la parte trasera del club, pero cuando clava la vista en las marcas de las cuerdas que aún tengo en las muñecas, retiro la mano rápidamente me las tapo con la manga. Aunque sé que las ha visto, finge que no es así.

Normalmente las señales de las cuerdas no duran tanto, pero anoche me quemaron la piel porque Jack y yo fuimos un poco rudos. Después me regañó por no decirle que estaban demasiado apretadas, pero no pude hacerle entender que me encantaba esa quemazón. Aun así, se enfadó conmigo.

—Esta es mi parte favorita —murmura Julian.

Contengo la respiración, expectante. No me lleva al bar ni a la pista de baile ni a ninguna de las salas privadas, sino hacia una pared en blanco al fondo del club.

La miro, desconcertada. Está cubierta por una rejilla de finas barras negras que van del suelo al techo y están fijadas al yeso.

Hay algo que parecen esposas colgando de varios puntos de la estructura.

Cuando se da cuenta de mi confusión, coge algo de un cuenco cercano y me lo pone en la mano. Y eso solo me desconcierta aún más. Es un gran pañuelo de seda rojo.

—¿Qué es esto? —le pregunto, y Julian sonríe.

Pone los labios cerca de mi oído y su mano alrededor de la mía, y un escalofrío me recorre la espalda.

—Cógelo y ve hacia la pared. —Él guía mis movimientos y yo me obligo a tragar saliva cuando me acorrala contra la rejilla metálica.

Me quedo sin aliento cuando me levanta la mano derecha y la sujeta con una de las esposas de cuero negro—.

Las reglas son que, mientras sostengas esa seda roja —dice seductoramente—, cualquiera que se acerque podrá hacer contigo lo que quiera.

—Luego me ciñe otra esposa de cuero a la mano izquierda.

De repente, estoy atada a la pared y puedo sentir el pulso latiéndome con fuerza en los oídos.

Me desliza una mano por la pierna y yo suelto un grito. Debería sentirme fatal por la excitación que está creciendo en mi interior, pero no puedo evitarlo. No es él lo que me atrae, sino la idea de lo que me está proponiendo.

—¿Quieres decir…? —jadeo. Está tan cerca que nuestras bocas casi se tocan.

Ahora tiene las manos en mis caderas; se pega a mi trasero y me arranca un gemido. Me siento absolutamente avergonzada por lo excitada que estoy en este momento. No debería estar aquí con él. Debería estar con Jack.

—Imagina que follas con completos desconocidos —murmura cerca de mi oído—. Que te utilizan libremente para su placer. ¿Has tenido esa fantasía?

¿La he tenido? No lo había pensado antes, pero lo que siento me hace pensar que tengo fantasías que ni siquiera yo he descubierto todavía, y la idea me cautiva tanto que me encuentro gimiendo.

—Sí.

De repente, la siguiente voz que oigo no es la de Julian, y no es ni mucho menos tan agradable ni tan tranquila.

—Pero ¡¿qué coño…?! —exclama Jack con tono airado.

Jadeo ruidosamente mientras lucho por darme la vuelta.

—Ah, hola, Jack —saluda Julian, y a juzgar su tono, no parece sorprendido ni horrorizado por la repentina presencia de mi jefe, que nos ha encontrado así.

De hecho, empiezo a pensar que me ha tendido una trampa.