Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 32
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Regla nº 32

Está bien fingir

Camille

Jack está sonriendo, sonriendo de verdad.

Lleva a Bea bajo un brazo, y la ayuda a coger un enorme globo de uno de los vendedores que hay entre la multitud.

Ella se ríe a carcajadas y Jack le da un beso en la mejilla con más amor en la mirada del que jamás le he visto.

Este no es el mismo hombre que conocí. Esto es mucho más que salir de su caparazón: Jack se está curando.

¿He tenido algo que ver en eso? ¿Mi presencia en la casa ha convencido de alguna manera a su corazón para sanar? Supongo que en realidad no importa. Está mejorando por ella y creo que Emmaline estaría encantada.

—¡Oh, las tazas de té! —grita Bea emocionada mientras vamos por el parque. Echo un vistazo a la vertiginosa atracción y se me revuelve el estómago solo con mirarla.

—No puedo —tartamudeo, y clavo los pies en la tierra para que ella no pueda llevarme a rastras hacia allí.

—Yo tampoco —apunta Jack mientras mira la atracción con una mueca de disgusto. Luego se vuelve hacia Elizabeth—. Puedes llevarla tú. ¿No te dedicas a dar vueltas?

Ella pone los ojos en blanco y coge a Bea de la mano.

—Es un poco más sofisticado, pero vale. Vamos, Bea. Ellos no pueden, pero nosotras sí. Vamos a enseñarles cómo se hace.

La niña se echa a reír. Elizabeth echa un vistazo a la cola y luego se vuelve hacia nosotros. Esta es un poco más larga. Un cartel indica que la espera puede durar hasta cuarenta y cinco minutos.

—¿Por qué no dais un paseo o algo así? Os enviaré un mensaje cuando hayamos terminado —sugiere Elizabeth.

Me encojo de hombros.

—Me gustaría ir de compras.

—De acuerdo —accede él—. No le quites los ojos de encima ni un segundo —le indica a su hermana.

Ella vuelve a poner los ojos en blanco, una expresión que utiliza a menudo.

—Estaremos bien. Vete —dice, y empuja a Jack.

—Espera, papá —lo llama Bea, corriendo hacia él—. Sujétame el globo, por favor.

Él se queda tieso, mirando el gigantesco globo rosa con forma de ratón.

—Yo lo cojo —me ofrezco para rescatarlo.

—Átalo a su muñeca, papá —ordena Bea—. Para que no lo pierda.

Resoplo ofendida, y Jack suelta una carcajada.

—Sí, cariño —responde él y coge la cinta de la mano de Bea, que sale corriendo para encontrarse con Elizabeth.

Jack me coge de la mano reprimiendo una sonrisa.

—Tengo experiencia atando cosas… —añade tan bajito que solo yo puedo oírlo. Lentamente, me ata la cinta alrededor de la muñeca con un doble lazo y me dedica una sonrisa traviesa.

—Muy gracioso —digo, apretando los labios. ¿Por qué tiene que ponerme tan difícil evitar enamorarme de él?

Me mantengo cerca de él mientras atravesamos el parque y su mano descansa protectora en mi espalda.

Permanecemos en silencio la mayor parte del tiempo, y está claro que ninguno de los dos sabe cómo llevar nuestra relación a plena luz del día.

Es diferente cuando Bea es el centro de nuestra atención, pero cuando estamos solos, no podemos ser los mismos que somos por la noche.

Lo miro con torpeza y él imita el gesto. Me encantaría cogerlo de la mano y pasear como si fuéramos una pareja de verdad. Como si de verdad significara algo para él.

Cuando nos encontramos con una tienda de regalos, entro y empiezo a curiosear. Él se queda a mi lado y, de pronto, una pequeña caja rosa me llama la atención. Es un joyero con una rosa roja en la tapa y, cuando lo abro, suena música y una pequeña bailarina gira lentamente.

Dejo escapar un pequeño grito ahogado.

—Tenía uno de estos cuando era pequeña —digo con lágrimas en los ojos—. Mi padre me lo regaló en un cumpleaños y desde entonces cada año me ponía un regalo dentro.

Jack se acerca tanto a mí que su pecho me roza la espalda. Con un suave suspiro, cierro los ojos y me echo hacia él.

—Es precioso —susurra—. Deberíamos comprárselo.

Parpadeo para secarme las lágrimas y lo miro por encima del hombro.

—¿Nosotros?

—Quiero decir… tú —se corrige—. Tú deberías comprárselo. —Pero mientras lo dice desliza la mano sobre la mía hasta que sostenemos juntos el joyero.

Lo miro a los ojos y lucho contra el impulso de besarlo ahí mismo. Solo haría falta un pequeño movimiento. Podría ponerme de puntillas y rozar mis labios con los suyos. No significaría nada, como todos nuestros besos.

Al menos para él no significaría nada.

Pero para mí lo significaría todo. Significaría que he encontrado a alguien que no cree que soy demasiado terca o demasiado entrometida. Alguien que apuesta por mí. Alguien que cree que soy perfecta tal y como soy.

En lugar de eso, me doy la vuelta y voy a la caja registradora. Después de pagar, salgo de la tienda con Jack. Sin ningún destino en mente, deambulamos por el parque en silencio.

—No me puedo creer que ya tenga seis años —dice de repente, y levanto la vista para ver su expresión. Parece pensativo; está mirando a una familia que pasa junto a nosotros—. El tiempo pasa tan rápido…

—Es increíble, Jack. Deberías estar orgulloso.

—Lo estoy. Su respuesta es inmediata y puedo oír el orgullo en su tono.

No tengo ninguna duda de que quiere a Bea más que a nada en el mundo.

Al principio, cuando llegué, era cuestionable, ya que apenas la miraba, pero con el paso del tiempo he visto que le muestra todo el amor que puede tras lo mucho que ha sufrido.

No tengo dudas sobre su adoración por su hija.

Él se ríe.

—Yo no me parecía en nada a ella cuando era niño. Le hacía la vida imposible a mi madre, pero Bea es muy inteligente y madura para su edad.

—Y divertida —respondo con una sonrisa.

—Eso lo ha heredado de su madre —comenta, pero no permite que la mención de Emmaline agrie el ambiente: seguimos sonriendo a pesar de la tristeza.

—¿Y las rabietas las ha heredado de ti? —le pregunto, mirándolo a los ojos.

No hay duda de que, por muy adorable que sea Bea, cuando no quiere algo se asegura de que todo el mundo lo sepa.

Es increíblemente frustrante para la persona que intenta disciplinarla y educarla.

Pero, como alguien que la quiere, espero que siga siendo tan testaruda para siempre.

—Sí, me temo que sí —dice, asintiendo.

El ambiente entre nosotros es ligero, ya no nos mantiene clavados al suelo.

—La quiero —musito con un suspiro.

Sus ojos afectuosos se posan en mí y responde en voz baja.

—Se nota que la quieres.

Entonces, para mi sorpresa, su mano roza mi muñeca. Y justo cuando creo que ha sido un error, desliza su palma contra la mía y entrelaza nuestros dedos. Casi me quedo paralizada.

No podemos hacer algo así. ¿Y si nos ven? ¿Y si la gente se hace una idea equivocada?

Pero no discuto. Permito que me coja de la mano y saboreo la sensación. Sé que parecemos una pareja de verdad paseando entre la gente y me pregunto si él está tan orgulloso como yo.

Solo son quince minutos, pero durante todo el paseo vamos de la mano como si fuera algo normal y pudiéramos hacerlo. Pero antes de llegar a la zona donde nos hemos separado de Elizabeth y Bea, Jack se detiene y me lleva bajo la sombra de un árbol.

—Espera —susurra. Estoy ridícula con el globo atado a la muñeca, pero esos hermosos ojos verdes suyos me hacen olvidarlo todo.

—¿Qué? —respondo en voz baja.

—Solo quiero besarte una vez, aquí al aire libre, a plena luz del día. —Me acaricia la mandíbula con la punta de los dedos y yo intento no caer rendida entre en sus brazos.

—¿Por qué? —pregunto, intentando averiguar qué le pasa por la mente.

—Porque… —Sus palabras se apagan y yo me muero por que me diga que significo algo para él, más que una simple mujer a la que atar y con la que acostarse. Más que una niñera o una empleada. Más que lo que hemos sido hasta ahora—. Quiero fingir por un momento que podemos hacerlo.

Baja la cabeza y nuestros labios se encuentran suavemente. Mi corazón se acelera ante ese delicado contacto. Le rodeo la cintura con las manos y me pego a él. No me importan las consecuencias ni las razones por las que no deberíamos hacerlo.

Su lengua saborea mis labios. Los separo y le dejo entrar. Es un beso inocente y dulce, y ninguno de los dos deja que vaya más allá. Es un beso que no tiene nada que ver con el sexo o con el deseo. Tiene que ver con mucho más.

A nuestro alrededor, hay gente riendo y música alegre. No es una sala para probar fetiches ni un club sexual, y no somos las mismas personas que cuando adoptamos esos roles.

Este beso no es entre un amo y su sumisa o entre alguien que ata y alguien que se deja atar. O entre un jefe y su empleada.

Es entre nosotros, Jack y Camille. Y mientras su lengua roza suavemente la mía, me doy cuenta de que eso es lo que quería decir con fingir que podemos.

Jack y Camille no pueden besarse a plena luz del día. En ningún sitio.

Él tiene una niña pequeña a la que proteger y yo tengo un trabajo que hacer. Pero solo por un momento, podemos fingir.

Su teléfono suena muy alto en su bolsillo, así que dejamos de besarnos y nos separamos lentamente. Mantengo los ojos cerrados mientras Jack saca el teléfono y contesta.

—Hola. ¿Dónde estáis? —pregunta. Oigo la voz de Elizabeth al otro lado, explicándole a Jack dónde reunirse con ellas y, así, sin más, nuestro momento de fingir ha terminado. Cuelga y me mira con un suspiro—. Están junto al castillo.

—Deberíamos ir con ellas —respondo.

Él mira brevemente mis labios antes de levantar la vista hacia mis ojos.

Por un momento me pregunto si todo esto está solo en mi cabeza.

¿Jack está interesado en mí como persona?

¿Quiere que esto vaya más allá de un simple momento?

Pero aunque pudiéramos arriesgarnos e intentar que funcionara, ¿es lo que quiere?

Yo sí.

Asiente con expresión vacilante.

—Sí, vamos.