Regla nº 31
No puedes estar de mal humor en el lugar más alegre del mundo Jack
—¿Cuántas solicitudes de membresía tenemos actualmente? —pregunto, mirando a Phoenix, que está al otro lado de la mesa.
Ella echa un vistazo a su ordenador antes de responder —Un poco más de doscientas.
—Es muy poco —refunfuño.
—Estoy de acuerdo —acepta.
—Tenemos que dejarles claro que hemos cambiado. La clientela que necesitamos no quiere que la asocien con un club nocturno de mala muerte.
—Se lo comentaré a Amelia —dice; se levanta y se va.
Estoy sentado solo a la mesa de reuniones cuando veo a mi hermana pasar por la puerta abierta. Tras tamborilear brevemente con los dedos sobre la mesa, me levanto y la sigo por el pasillo.
—Elizabeth —la llamo. Se detiene, se da cuenta de que soy yo y sigue andando.
—¿Qué, Jack? —responde fríamente.
Cuando entra en su despacho, la sigo. Ni me mira; se queda de pie detrás de su escritorio, revisando los papeles que tiene en la mano.
—El nuevo diseño del escenario es estupendo. —Es mejor empezar con un cumplido.
—Gracias —contesta, seca—, pero ha sido sobre todo trabajo de Amelia.
—Lo sé, pero sé que tú también has colaborado en él, y tiene muy buena pinta.
Ella suspira antes de levantar la vista hacia mí.
—¿Algo más?
Dios, me odia. Mi hermana tiene carácter.
Lo ha heredado de nuestra madre. Su capacidad para guardar rencor es asombrosa.
Por supuesto, me alegro de que sea así porque no se anda con tonterías, no da segundas oportunidades cuando no se merecen y no tiene ningún problema en largarse cuando alguien le hace daño.
Todas estas cualidades, creo, son fundamentales para una mujer en su posición, pero como su hermano, como alguien que le ha hecho daño, preferiría un poco de indulgencia.
—En realidad, sí —comento con cierta inquietud—. Camille y yo vamos a llevar a Bea a Disneylandia la semana que viene por su cumpleaños. He pensado que a lo mejor te apetece ir con nosotros.
Todo el desprecio en el rostro de Elizabeth se disuelve en compasión.
—¿En serio? —pregunta—. ¿Y tú vas a ir?
Asiento con un suspiro. Me hace daño esa pregunta, y con razón.
—Sí, voy a ir.
Me observa, estudiándome como si fuera una criatura alienígena.
—¿Esa nueva niñera te ha hechizado o algo así? —ironiza.
Arrastrando los pies y aclarando la garganta, me meto las manos en los bolsillos y levanto la barbilla.
—Quizá. ¿Es algo malo?
—No. Me gusta bastante. Voy a comprobar mi agenda —añade—, pero me gustaría ir.
Por dentro, estoy prácticamente gritando. Un día entero en compañía de mi hermana después de dos años de silencio parece un milagro. Decidí dirigir el club con ella con la esperanza de conseguir algo como esto, y todo lo que tenía que hacer era ofrecerle llevarla a Disneylandia.
—Excelente. Beatrice estará encantada —apruebo, tratando de mantener la calma—. Te conseguiré una entrada.
—De acuerdo —acepta ella, y yo salgo de su oficina un poco más esperanzado que cuando he entrado.
Bea lleva un vestido de pana granate de manga larga, un abrigo de tweed, un lazo negro en el pelo y la sonrisa más grande que le he visto nunca.
En el vestido lleva una enorme chapa redonda que proclama que es su cumpleaños.
Emmaline siempre fue muy meticulosa con el estilo de Bea, incluso cuando era bebé.
Debía de tener cientos de vestidos para ella antes de que cumpliera un año, muchos más de los que iba a poder ponerse.
De alguna manera, esa afinidad por la moda se le quedó grabada a nuestra hija después de que Em falleciera.
Con solo cinco años, Bea elige su propia ropa y se viste sola todos los días.
No estoy seguro de si sabe que es algo que ha heredado de su madre.
En cualquier caso, me llena el corazón de alegría.
Va cogida de mi mano y de la de Camille mientras paseamos por el parque y se balancea como un monito. Elizabeth no nos quita ojo y sé lo que está viendo. Yo miro a mi hija y ella corresponde con una sonrisa radiante. ¿Quién soy yo para alejarla? Y más después de dos años de hacerlo todos los días.
Es cierto que los parques temáticos y las atracciones de Disney no son mi estilo, pero esto es algo que Em nos habría animado a hacer y, probablemente, yo habría aceptado a regañadientes.
Pero tengo que decir que hay algo en ello que me recuerda a mi infancia, al tiempo que pasaba con mi familia, aunque solo estuviéramos mi madre y yo. Una época en la que las cosas eran más sencillas y ni siquiera los días más felices se veían ensombrecidos por nubes grises.
Bea parece muy feliz, y envidio su capacidad para dejar a un lado la tristeza y dejarle sitio a la alegría. Para mí, cada pizca de alegría tiene un sabor amargo y me parece inmerecida. ¿Por qué yo puedo disfrutar de estos momentos y Em no? ¿Cómo puedo sonreír si ella no está aquí?
—¿Podemos montarnos en el tiovivo? —suplica Bea, yendo hacia la atracción.
—Por supuesto —responde Camille, sonriéndole.
—¿Te montarás conmigo? —pregunta Bea.
—Sí —acepta Camille.
Le suelto la mano a Bea y las dos se ponen a toda prisa a la cola y nos dejan a Elizabeth y a mí solos. Nos quedamos cerca de la valla exterior de la atracción, en un tenso silencio.
Cuando Camille ayuda a Bea a subirse a uno de los caballitos, las dos nos saludan con la mano y yo correspondo al gesto con una sonrisa. De repente, Elizabeth me mira y me doy cuenta de que estoy sonriendo demasiado, así que carraspeo y aprieto los labios.
—Me cae bien —dice Elizabeth con tono seco, y se vuelve hacia ellas cuando el carrusel comienza a girar lentamente.
—Es buena para Bea —respondo sin demostrar emoción alguna.
Elizabeth asiente.
—Creo que es buena para todos.
¿Debería sentirme mal por ocultarle que Camille y yo también follamos como animales todas las noches después de que ella acueste a mi hija? Solo es sexo. No interfiere en absoluto en su trabajo.
Así que no es asunto de nadie más que de nosotros.
Por supuesto, también estoy ocultándole que esa mujer me gusta de verdad.
Me encanta cómo me desafía, que no tenga miedo de plantarme cara cuando necesito a alguien con quien discutir.
Me gusta que anteponga a mi hija en cualquier situación.
Incluso me encantan esos puñeteros dibujitos que me encuentro por toda la casa.
Me gusta la sensación de mirar sus profundos ojos azules y saber que puedo estar tranquilo con ella y poder hablar con ella sin el peso del juicio o la condena.
El sexo no complica las cosas. Son estos sentimientos los que las complican.
—¿Qué quieres decir con eso? —le pregunto.
—Creo que sabes lo que significa —responde ella—. Quiero decir… Claro, sí, contrataste a la niñera para Bea, pero creo que los dos la necesitáis.
—No es eso, Elizabeth —respondo, tensando la mandíbula—. Y no es fácil ver cómo otra persona cuida de mi hija.
—No hay por qué ponerse a la defensiva —argumenta ella—.
No digo que sea fácil. Digo que ha sido una buena decisión.
—Aunque no respondo, mi expresión se vuelve cada vez más tensa.
De repente, una mano se posa con delicadeza en mi brazo—.
Oye —murmura suavemente—. No pasa nada. No quería decir nada, Jack.
—Lo sé —acepto con voz ronca, y me paso la mano por la cara para suavizar mi expresión.
Ella sigue mirándome, pero yo mantengo la vista clavada en la atracción, obligándome a no irritarme demasiado. No quiero echar a perder el día a Bea con mi mal humor.
—Y para que conste —añade Elizabeth en voz baja—, si hubiera algo más entre vosotros dos…
Vuelvo la cabeza bruscamente hacia ella.
—Déjalo.
—Solo digo…
—He dicho que lo dejes —la interrumpo entre dientes. Solo quiero que deje de hablar. Que no diga lo que sé que está intentando decir. Es demasiado, demasiado duro, demasiado doloroso.
—Eso también estaría bien —termina la frase.
Abro la boca para discutir cuando oigo a mi hija reírse.
—¡Papá! —llama.
Rápidamente, vuelvo a centrar mi atención en el tiovivo, justo a tiempo para ver a Bea y Camille dar otra vuelta. Esbozo una sonrisa falsa y las saludo con la mano.
Elizabeth no dice nada más; la atracción se detiene y las niñas se bajan y corren hacia nosotros.
—¡Quiero montarme en otra atracción, papá! —exclama.
—De acuerdo —respondo con una sonrisa torcida—. Lo que tú quieras. Al fin y al cabo, es tu cumpleaños.
Los cuatro nos dirigimos hacia otra atracción y es difícil no sentirse en paz.
Por ahora, puedo dejar de lado todo lo que Elizabeth ha dicho.
Sé que lo que ha insinuado es cierto, pero eso no lo hace más fácil de aceptar.
Sé que puedo seguir adelante tras la muerte de Em.
Sé que puedo volver a encontrar el amor, pero ¿a qué precio?
Sobre todo cuando lo único que deseaba era dejar París y llevar a Bea a casa, al lugar que nos corresponde.
Y eso es lo que sigo queriendo, ¿no? Ahora todo parece demasiado complicado, con el club y con Camille.
Ya no es blanco y negro como antes. Quizás cuando estemos en California y el recuerdo de lo que hemos perdimos no se cierna sobre nosotros como una nube negra, las cosas vuelvan a estar claras.
Mientras paseamos, miro a Camille y me doy cuenta de lo apegado que ya estoy a ella.
Lo que significa que, si vuelvo a casa e intento seguir adelante, no será solo de Em de quien intente alejarme.