Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 30
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Regla nº 30

No intentes hacerlo todo solo Camille

Jack abre el grifo de la ducha y comprueba la temperatura del agua, esperando a que se caliente lo suficiente.

Los dos estamos en su cuarto de baño, en silencio.

Yo estoy apoyada en el lavabo envuelta en la bata; las marcas de las cuerdas en las muñecas y en los tobillos aún me escuecen un poco, pero nada terrible. Sin duda, el dolor ha merecido la pena.

—Ya está lista —dice, acercándose a mí. Me quita la bata y me guía hasta la ducha. Se desnuda y me sigue. Cuando estamos los dos juntos bajo el chorro, me mira con una suave sonrisa, se agacha y me besa en los labios. Durante unos instantes, nos besamos y dejamos que el agua nos empape.

Antes de que las cosas se calienten demasiado, se aparta y coge el jabón. Enjabona una toalla y la utiliza para limpiarme la espalda, luego los hombros y los brazos, y va bajando hasta las piernas. Es suave y atento, y me encanta que me cuide así.

Después de enjuagarme, cojo la toalla e intento hacer lo mismo con él.

—Puedo hacerlo yo —dice, apartándose.

—Déjame —respondo. Él duda y finalmente asiente y se pone de espaldas a mí para que le enjabone los anchos hombros. Cuando ejerzo un poco de presión en la hendidura entre el cuello y los hombros, me horroriza descubrir que los músculos están duros como una roca—. Dios mío, Jack —susurro.

Utilizando el jabón como lubricante, le masajeo los hombros, masajeando con los dedos los músculos tensos. Él hace una mueca de dolor, pero no se aparta.

—Estoy muy estresado en el trabajo —explica.

—Esto es más que estrés —replico—. ¿Cómo puedes vivir así?

Él baja la cabeza y yo sigo masajeándole, pasando mis dedos por su columna vertebral y subiendo hasta su cuello. Poco a poco, empieza a relajarse. Sus hombros se destensan y su cuerpo se afloja.

—Es culpa mía —murmura con tristeza.

—¿Qué es culpa tuya?

—He dejado que el club se fuera a la mierda. Debería haberlo sabido. No me he esforzado lo suficiente porque, en el fondo, quería que fracasara. Por no hablar de que estoy tanto tiempo fuera que ni siquiera puedo ser padre de Bea…

—Para —le suplico. Le suelto los hombros y me pongo frente a él.

Le enmarco esa cara triste entre las manos y lo obligo a mirarme—.

Es demasiada presión para una sola persona.

Tu primer año al frente del club no ha salido perfecto.

Era tu primer año, Jack. Y tener que enfrentarte a todo esto solo después de perder a tu mujer…

—Me doy cuenta de que es la primera vez que Jack y yo hablamos de verdad sobre su esposa.

Joder, es la primera vez que hablamos de verdad sobre cualquier cosa.

Y como él no me detiene, continúo—. No intentes hacerlo todo solo. Y Bea está bien, pero te echa de menos.

Al oír esto, frunce el ceño.

—No debería haberme puesto tan cabezota con las clases de ballet.

—Es tu hija, Jack. —Ladeo la cabeza y lo miro a los ojos—. No tienes por qué darme explicaciones.

Me abraza y me besa en la frente. Mientras me estrecha contra su pecho, yo le rodeo la cintura con los brazos. Para ser algo que se supone que es solo sexo, esto me parece tan adecuado…

—¿Sabes?, su cumpleaños es la semana que viene.

Me aparto de inmediato.

—¿El de quién?

—El de Beatrice.

Me quedo boquiabierta.

—Deberíamos hacer algo especial.

—Estaba pensando lo mismo. Pero no sé qué…

—¿Ha estado alguna vez en Disneyland París? —le pregunto, emocionada.

Él responde con el ceño fruncido y esa expresión pensativa que conozco tan bien.

—No. ¿Crees que le gustaría?

—¿Quién no querría ir a Disneylandia?

Veo que intenta formular un argumento, pero las palabras no llegan a salir de sus labios. Suspira.

—Está bien. Creo que le encantaría. Pero tú también tienes que venir —añade.

Me muerdo el labio inferior, tratando de no sentirme demasiado enamorada. Solo me ha pedido que vaya para que lo ayude a cuidar de Bea. No se trata en absoluto de que quiera que esté allí por motivos más personales. O al menos eso es lo que me digo a mí misma.

—De acuerdo, monsieur St. Claire. Yo también iré.

Le acaricio las arrugas de la frente con el pulgar hasta que finalmente las relaja. Esboza una sonrisa, se agacha y me besa de nuevo.

Mientras Bea juega con sus muñecas en el salón y yo espero a que se hornee el pollo, dibujo sin pensar en una carta que estoy escribiendo para Jack. Es una rana con orejas de ratón en la esquina inferior del papel.

Se abre la puerta principal y levanto la vista cuando Jack entra en el apartamento. No nos hemos visto desde anoche. Hoy ha pasado un rato en el trabajo mientras Bea estaba en el colegio.

Nuestras miradas se cruzan inmediatamente.

— Bonsoir, papá! —exclama Bea desde el suelo.

Él se detiene y la mira, y yo recuerdo nuestra conversación en la ducha anoche. Se me pone la carne de gallina cuando él se acerca a ella y se agacha para darle un beso en la cabeza.

— Bonsoir, Bea —le susurra suavemente.

La emoción me estrangula la garganta y me obligo a apartar la mirada. Puede que a los demás no les parezca gran cosa, pero ese pequeño gesto ha sido monumental para los dos. Me voy a la cocina a preparar la cena y él entra detrás de mí.

—Huele bien —dice.

—Gracias —respondo, mirándolo brevemente—. Solo es pollo asado con patatas y zanahorias.

Cuando por fin me doy la vuelta me recorre una sensación intensa y extraña.

Después de anoche, cuando los dos nos sentimos tan cómodos tocándonos y besándonos, me resulta difícil abstenerme de hacerlo.

Y no fue solo el sexo: fue esa charla posterior, tan íntima; eso fue mucho más significativo.

Son esos momentos los que hacen difícil mantener esta relación en el plano laboral.

—¿Quieres cenar con nosotras? —le pregunto, vacilante. No quiero que se sienta presionado, pero me encantaría que lo hiciera.

—He salido temprano del trabajo por algo —responde, aflojándose la corbata—. Les he dicho que quiero estar en casa para cenar todas las noches.

Esto me pilla por sorpresa y lo miro a los ojos. Una pequeña sonrisa se dibuja en mi rostro, pero intento no exagerar.

—Creo que es una idea maravillosa.

Atrapados en ese frágil instante nos quedamos ahí, bailando delicadamente alrededor de la incomodidad de nuestra ahora confusa relación. Luego él sale de la cocina y se dirige a las escaleras.

—Voy a asearme.

—La cena estará lista en quince minutos —respondo.

Cuando suena el temporizador, saco el plato del horno y termino de preparar las guarniciones. Llamo a Bea para que ponga la mesa y, como suelo hacer cuando estamos solas, lo hago en francés.

— D’accord —responde ella; se levanta del suelo y va corriendo a la cocina.

— Lave-toi les mains —añado, mirándola por encima del hombro mientras trincho el pollo.

Por el rabillo del ojo, veo a Jack cerca de la mesa del comedor y me detengo, esperando a que nos diga que hablemos en inglés cuando él está presente, como suele hacer.

Pero esta vez se queda callado mirando a Bea mientras se estira de puntillas para alcanzar el fregadero y cubrir sus diminutos dedos de burbujas de jabón.

Vuelvo a mirarlo y, esta vez, él levanta la vista hacia mí.

Me pregunto si se da cuenta de lo mucho que está cambiando.

Debería estar muy contenta por ello, pero, por alguna razón, me inquieta.

Ya no es el hombre melancólico y deprimido que conocía, y debería estar emocionada por ello.

Entonces, ¿por qué me pone tan nerviosa la idea de que todo esté cambiando?

Lo siguiente que sé es que algo afilado me corta el borde de la palma de la mano y yo hago una mueca de dolor y dejo caer el cuchillo sobre la encimera, agarrándome la mano.

—¡¿Qué ha pasado?! —grita Bea.

Me aprieto la mano y corro hacia el fregadero para ponerla bajo el agua fría. A medida que el dolor comienza a latir y pulsar, mantengo los ojos cerrados para que Bea no pueda ver mi reacción de pánico.

—Déjame ver.

Abro los ojos y veo a Jack a mi lado. Me saca las manos de debajo del grifo y me aparta la mano del corte. Como me da miedo mirarla, levanto la vista al techo mientras él inspecciona la herida.

—No parece muy profundo. No creo que necesites puntos. Bea, ve al armario y trae el botiquín de primeros auxilios.

—Vale, papá —responde ella, y sale corriendo por el pasillo.

—¿Te duele? —me susurra con los labios cerca de mi oído. Asiento y, como estamos solos, agacha la cabeza y me besa la mano, sin que le moleste la sangre. La ternura me inunda el pecho, y entonces Bea regresa corriendo con el botiquín de plástico rojo.

—La cena se va a enfriar —me quejo mientras él se afana en secarme y vendarme la mano meticulosamente.

—Seguirá estando deliciosa —responde plácidamente.

—¿Estás bien, Camille? —pregunta Bea; se acurruca a mi lado y observa lo que hace su padre.

—Estoy bien —respondo, sonriéndole—. Debería tener más cuidado.

—Ya está —dice Jack, sellando el vendaje alrededor de mi mano—. Ahora ve a sentarte a la mesa y deja que Bea y yo sirvamos la cena.

Compongo una expresión derrotada.

—Puedo hacerlo yo sola.

—Siéntate —me ordena, con ese tono dominante que hace que se me tensen los muslos y se me curven los dedos de los pies.

Apretando los labios, obedezco en silencio y me dirijo a mi silla mientras Bea y Jack se encargan de poner la mesa y de servir la comida.

Es bonito verlos trabajar juntos. Él le indica qué cubiertos debe usar y ella le pide que le baje los platos.

Es el período de tiempo más largo que los he visto interactuar.

Una vez más, pienso que debería alegrarme por ello. Así es como debería ser todo. Como probablemente serían las cosas si Emmaline no hubiera muerto.

Por supuesto, esto me hace pensar de nuevo en la foto. La mujer sonriente que pensaba que tenía toda la vida por delante. Ella debería ser la que estuviera sentada aquí ahora, contemplando a su marido y a su hija en la cocina.

Pero si ella siguiera aquí… yo no estaría.

Qué pensamiento tan terrible.

Pero no puedo evitarlo porque este momento es precioso.

Y esa es una idea peligrosa. Si esto es lo que va a pasar ahora que Jack va a venir a cenar a casa todas las noches, me temo que va a ser mucho más difícil mantener los límites de lo que esperaba.

Porque ahora mismo, esta no parece la escena de una niñera, su jefe y su hijita. Parece la de una familia.

Entran juntos en el comedor, Bea con tres platos y Jack con la cazuela de pollo entre las manos; aparto los pensamientos tristes y les sonrío por el buen trabajo que han hecho.

—Papá se ha asegurado de que no mancharas el pollo con sangre —dice Bea mientras coloca los tres platos sobre la mesa.

Me río a carcajadas.

— Bonne idée.

—Papá, siéntate a mi lado —le pide, y se acomoda de rodillas sobre una de las sillas para llegar más alto.

Me doy cuenta de que Jack está tratando de no sonreír demasiado cuando se sienta a su lado.

Luego coge el tenedor y me mira.

— Bon appétit.

Por un momento, todo parece ir bien.

Y hay algo en todo eso que me parece muy mal.