Regla nº 29
El sexo hace que todo sea más divertido Camille
No sé si debería arrodillarme o no. Una parte de mí quiere hacerlo, sabiendo que eso es lo que él puede querer. Pero otra parte quiere verlo entrar por esa puerta. Quiero estar de pie, observando su expresión cuando nos veamos por primera vez desde anoche.
Paseo por la habitación en bata mientras espero el sonido de la puerta, reviviendo cada momento de anoche en mi cabeza por milésima vez. He leído su carta tantas veces que me la sé de memoria.
Es desalentador que mi corazón se haya encariñado tanto con él, sabiendo que nunca podrá ser nada más que algo físico. Aún es muy pronto. Demasiado pronto para comprometerme y cambiar la dinámica de nuestra relación.
Si le digo a Jack lo que siento y él siente lo mismo, ¿qué le pasará a la pobre Bea si las cosas no salen bien?
Si le digo a Jack lo que siento y él no siente lo mismo, ¿podría seguir trabajando para él?
Ya estamos traspasando los límites y jugando con fuego. Pero si prometemos mantener las cosas así y divertirnos en nuestro tiempo libre, quizá podamos hacer que esto funcione.
De repente, se abre la puerta de abajo y me quedo paralizada. Plantada en el medio de la sala, espero a que abra la puerta y escucho cómo atraviesa el salón y sube las escaleras.
Cuando aparece un momento después nos miramos fijamente. Me muero por saber si todavía quiere que esté aquí. ¿Ha cambiado de opinión? Quizás el trabajo ha sido demasiado estresante y esta noche no le apetece estar conmigo.
Entra a toda prisa en la sala y me pega a él. Me besa con pasión, gime en mi boca y yo me derrito en sus brazos.
Lo abrazo por el cuello y él prácticamente me levanta del suelo. Su beso es voraz, y me chupa y me mordisquea los labios. Entierra una mano en mi pelo y con la otra me rodea la cintura.
Me inundan el calor y el deseo, y cuando su mano derecha se desliza más abajo, agarra la parte inferior de mi bata y recorre mi trasero desnudo, jadeo en su boca.
Sus dedos buscan la tela de mis bragas y, al no encontrarla, vuelve a gemir. Se aparta, me desata el cinturón y la bata se abre para dejar al descubierto mi cuerpo desnudo.
Con expresión agónica vuelve a besarme.
—¿Por qué eres tan perfecta? —murmura contra mis labios.
Quiero decirle que no soy perfecta. Ni mucho menos.
Pero me encanta que me vea así. Solo temo el día en que se dé cuenta de que tengo defectos como todo el mundo.
Restriega su dura longitud contra mí, y solo el recuerdo de lo que esconde detrás de esos pantalones hace que me humedezca entre los muslos—.
No sé si tendré fuerzas para ser paciente contigo esta noche —dice, y me empuja hacia el banco tapizado.
—Puedes comportarte como quieras —respondo.
Justo cuando creo que va a ceder y a saltarse el bondage para limitarse al sexo, me sujeta por las caderas y me empuja suavemente. Mis labios echan de menos los suyos inmediatamente.
—No, tengo que hacerlo bien. Has venido aquí para tener una sesión y te voy a dar una sesión.
Ladeo la cabeza y le sonrío con aire burlón.
—No he venido aquí solo para tener una sesión —le aclaro.
Él se ríe, y eso me hace darme cuenta de lo mucho que me gusta su sonrisa. No la veo tan a menudo como me gustaría.
—Pajarito, ahora hemos abierto las puertas a un mundo nuevo de posibilidades, y tengo intención de divertirme mucho contigo.
Me muerdo el labio y le sonrío.
—Me gusta cómo suena eso. —Me quito la bata y me quedo desnuda delante de él.
Él inspira hondo, intentando contenerse.
—Ven aquí. —Me agarra de la mano y me pega a él, pero antes de que pueda besarlo, hace que me dé la vuelta y me agarra el pelo para trenzármelo.
Cierro los ojos, anticipando cómo será que él me ate esta noche.
Una vez que termina, ata el extremo con una cinta negra que saca del armario.
Pero antes de apartarse, me echa la trenza sobre el hombro y se agacha para besarme suavemente en la nuca.
Me recorre un escalofrío por la espalda.
Todo con Jack me parece nuevo.
Después de trenzarme el pelo, empieza a sacar del armario las cuerdas y la venda de los ojos. Me sorprende lo emocionada que me siento al volver a ver la venda. Echo de menos cómo aguzaba mis sentidos y hacía que todo fuera mucho más intenso.
—Siéntate en el banco —ordena, y yo obedezco.
Espero sentada en el medio, más emocionada que nunca por estar en esta sala, incluso más que la primera vez.
Primero, me pone la venda sobre los ojos y me encanta la sensación que me invade al sentir la anticipación y la relajación.
—Ya conoces las reglas —susurra antes de apartarse—. Avísame si te hago daño. Y si necesitas un descanso, solo tienes que decir «para».
Asiento sin responder, como solía hacer.
Un momento después me besa, me hace dar la vuelta sobre el banco y subir los pies a él.
Lo oigo arrodillarse delante de mí y disfruto del silencio, que es cómodo, como siempre.
Cuando empieza a atarme los tobillos, intento discernir qué técnica está utilizando.
Supongo que una doble columna básica. Intento adivinar qué va a hacer con cada nudo que termina, decidir si será un nudo de rana o un futomomo; eso es todo lo que he aprendido en mi tiempo libre, investigando, además de lo que hacemos aquí.
No me interesa practicar bondage yo misma.
Soy una sumisa de cuerdas, de pies a cabeza.
Pero me encanta saber más sobre ello; es mi nueva obsesión.
Jack no me ata el tobillo al muslo esta noche. En vez de eso, empieza con mis muñecas, haciendo otra doble columna sencilla.
Esa familiar sensación de paz se apodera de mí y me pregunto si él sabe lo mucho que me gusta confiar tanto en él, querer que tenga control total sobre mí, saber que siempre estoy a salvo con él.
Después de atarme las muñecas, Jack me lleva las rodillas al pecho. Vulnerable y expectante, siento un pulso en mi interior porque sé muy bien lo que me espera una vez que me tenga completamente atada.
Pasa mis brazos atados alrededor de mis piernas para que quede atada en forma de bola.
—¿Cómo te sientes? —pregunta.
—Bien —respondo, aunque me tiembla un poco la voz.
Él sigue atándome, haciendo lo que supongo que es un nudo de liberación rápida alrededor de mis piernas y brazos, restringiendo aún más mis movimientos.
—Inspira hondo —me pide, y yo inhalo aire lentamente hacia mis pulmones. Lo hace para comprobar que no está demasiado apretado y que aún puedo respirar libremente.
Una vez que termina, se aparta y yo me quedo inmóvil en el banco. La estancia me parece fresca, sobre todo en la parte expuesta entre mis piernas.
—Mírate —murmura con voz profunda—. Ahora estás completamente a mi merced, ¿verdad? —Siento cómo la excitación florece en mi vientre cuando oigo que se quita la ropa—. ¿Te gusta, pajarito? ¿Estar atada así para mí?
Asiento. Escucho cómo caen sus pantalones al suelo al otro lado de la estancia y dejo escapar un pequeño grito ahogado.
Cuando me toca, intento echarme hacia él, pero no puedo moverme.
Empieza por mi hombro, pasa suavemente los dedos por mi brazo y luego baja por mis piernas dobladas.
Siento su mirada sobre mí, como cálidos rayos de sol.
Luego, sus dedos se deslizan entre mis pliegues y encuentran la humedad en ellos, y yo gimo de deseo.
—Ya estás tan húmeda para mí… —susurra, y yo me retuerzo contra las cuerdas. Lo necesito: su contacto, su cuerpo, su pene.
—Por favor —gimo.
Por supuesto, no me da lo que quiero. Pero desliza un dedo dentro de mí y tengo que ahogar mis propios gemidos mordiéndome el labio.
—¿Es esto lo que quieres? —pregunta. Niego con la cabeza—. ¿Qué quieres, pajarito? —Me está provocando, y me da miedo que, si le digo lo que quiero, no me lo conceda. Tiene que ser lo que él quiera—. Adelante —dice, empujando con más fuerza. Es genial y excitante, pero necesito más.
—Por favor, quiero follar —musito.
—¿Crees que te lo has ganado? —responde él.
Asiento con entusiasmo. Cuando saca el dedo, le oigo escupir.
La saliva caliente gotea por mis pliegues y llega hasta mi trasero.
Nunca me había sentido tan perversa y tan sexy al mismo tiempo.
Intento retorcerme de nuevo, pero apenas puedo moverme con estas ataduras.
Me rindo por fin, y sé que si no confiara tanto en Jack, sería angustioso y aterrador.
En cambio, estoy muy excitada porque quiero que use mi cuerpo sin mi control.
Disfruto tanto de su placer como él. Cuando siento su miembro sobre mi centro, contengo la respiración.
Me penetra lentamente y dejo escapar un gemido largo y necesitado—.
¿Es eso lo que querías, pajarito? —Su tono es tenso, como si estuviera tan abrumado por la sensación que apenas pudiera hablar.
—¡Sí! —exclamo.
—Dios, y yo —dice; se retira hasta la punta y vuelve a empujar—. He pensado en estar dentro de ti todo el día. Estaba deseando llegar a casa y follar contigo otra vez.
Empieza a acelerar el ritmo, pero la postura es incómoda y noto que no llega tan profundo como él quisiera. Tira de unas cuerdas y estas se aflojan, lo que me permite estirar las piernas. Con los tobillos aún atados, me levanta las piernas y me las pone sobre sus hombros.
Me lleva hasta el borde del banco y me penetra con tanta fuerza que casi grito. Arqueo la espalda y mi cabeza choca contra la tapicería mientras lucho por moverme. Es intenso y exquisito, y las ataduras solo hacen que todo sea mejor.
Aunque ya no estoy atada en posición fetal, mis muñecas y tobillos siguen atados, lo que restringe mis movimientos, por lo que no podría escapar aunque lo intentara.
Tampoco es que quiera hacerlo.
Pero el hecho de que él me quite esa posibilidad aumenta mi excitación de una manera increíble.
—Más te vale estar callada o te amordazaré —amenaza, moviendo las caderas.
Alcanza un punto dentro de mí que me provoca un placer salvaje, y me vuelvo loca.
Tengo las muñecas atadas sobre la cara mientras follamos; está usando mi cuerpo como si fuera un juguete, y no puedo creer lo mucho que me gusta—.
Mira lo que me haces —gruñe—. En esto me has convertido.
Sale de mí e inspira hondo varias veces, como para evitar correrse. Luego me hace tumbarme de lado y vuelve a penetrarme.
La nueva posición es menos intensa, pero igual de buena. Creo que podría follar siempre con él, todo el tiempo, en todas las posiciones, en todos los ángulos. Jamás me cansaré de esto. Estar con él es más natural que estar sin él.
Aguanta en esa postura un momento y luego hace que me quede a cuatro patas, con la cara contra la tapicería y las manos debajo de mi cuerpo, y vuelve a penetrarme.
Esta postura le permite penetrarme más fuerte y más rápido. Nunca me había gustado el sexo duro, pero nunca había sido así. El cojín amortigua mis gritos mientras él me lleva al borde del éxtasis y, antes de darme cuenta, estoy temblando y gimiendo con un orgasmo intenso y desconocido.
Nunca había llegado así sin siquiera tocarme el clítoris. Pero es el ángulo de sus embestidas, son las ataduras y los sonidos que emite, que crean la combinación perfecta para volverme del revés.
Arqueo la columna con todos los músculos en tensión. Cuando el placer me invade, cierro los ojos y veo estrellas flotando ante mí. Y estoy tan abrumada por mi propio orgasmo que ni siquiera siento que Jack se retira y se corre sobre mi espalda otra vez.
Cuando vuelvo en mí, él está desplomado sobre mi cuerpo, tratando de recuperar el aliento también.
—Joder —gime.
Muevo la cabeza para llenar mis pulmones de aire y espero a que la sensación de hormigueo en todo mi cuerpo desaparezca.
Antes de que me dé cuenta, me está limpiando la espalda y luego me acuna en sus brazos, me quita la venda de los ojos y yo lo miro, parpadeando, aturdida por el placer.
La sala en penumbra se difumina mientras le acaricio el cuello con la nariz y siento sus cálidos labios en mi sien.
Después hace que me siente en el banco y se pone a trabajar con las cuerdas.
Estoy empapada en sudor y agotada, y mi pelo es un desastre; él está arrodillado frente a mí, desatándome los tobillos. Cuando termina, besa las marcas que han dejado las cuerdas y mi corazón se estremece de amor.
Esto va a ser una odisea: si no quiere que me enamore de él, debería intentar no ser tan perfecto todo el tiempo.