Regla nº 28
Está bien volver a sonreír
Jack
El club está vacío y tranquilo durante el día.
Al pasar hacia las escaleras del segundo piso, oigo a Weston haciendo inventario detrás de la barra; Amelia está revolviendo por ahí con una especie de tela rosa brillante sobre los brazos.
Sé que mi hermana y Phoenix también están trabajando en algún lugar del edificio.
Me detengo y admiro lo dedicados que están todos a este lugar.
Se tomaron muy en serio el mensaje de Ronan. No solo están tratando de sobrevivir el año, sino que también están esforzándose para que el Legado sea aún mejor que el Juegos Prohibidos.
Y ya es hora de que yo haga lo mismo.
El club tiene tres niveles. El nivel a pie de calle, que Matis y Ronan compraron hace unos diez años, solía ser un restaurante.
Desde entonces, lo hemos transformado en una discoteca que oculta la que hay debajo.
El sótano del club es donde comenzó el antiguo L’Amour.
Para ser un lugar escondido bajo tierra, tiene unos techos sorprendentemente altos y un ambiente abierto y aireado.
Un piso por encima del club a pie de calle es donde tenemos las salas de reuniones y los despachos, así como otras estancias ideales para eventos privados y fiestas.
Al llegar al segundo piso, recorro el pasillo y paso por los distintos despachos hasta llegar al de Julian.
Está sentado detrás del escritorio, con los pies apoyados sobre él.
Está concentrado en el ordenador hasta que se da cuenta de que he invadido su espacio.
Entonces se queda paralizado y me mira, expectante.
—¿Podemos hablar? —pregunto.
Veo cómo se le apagan los ojos y se le tensan los hombros.
—Claro.
Cierro la puerta detrás de mí, entro y me siento en la silla que está frente a él.
De repente, no puedo dejar de pensar en lo que ha dicho mi madre: que yo era quien tenía más motivos para sabotear a Julian y no al revés.
¿He estado haciendo eso sin darme cuenta?
¿Alguna vez he pasado un momento de verdadera dedicación a este club?
¿O lo condené al fracaso desde el principio?
Julian y yo nos miramos fijamente mientras él espera a que yo hable. Aún no estoy preparado para tener una conversación sincera con él, y sigo sin soportar a ese mocoso insolente, pero es hora de que empecemos a definir cuáles son nuestras prioridades.
Suspiro profundamente.
—Tú, yo y todas las personas de este equipo queremos que el club vaya bien. El problema somos nosotros —digo. Él no se mueve. Como una estatua, me estudia con ira, así que continúo—. Podemos odiarnos todo lo que queramos, pero no podemos seguir haciendo que los demás paguen por ello.
—¿Así que en cuanto vuelva a salir algo mal, me vas a echar a los leones? —responde secamente.
Tengo que apretar los puños bajo la mesa para calmarme.
—Los dos le hemos fallado al club y asumiremos juntos las consecuencias.
—Está bien —admite, poniendo los pies en el suelo—. ¿Qué sugieres?
—No vamos a abrir esta noche —digo, y veo cómo enarca las cejas, sorprendido—. De hecho, no vamos a abrir durante las cuatro próximas semanas.
—¡¿Cuatro semanas?! —exclama—. Estás loco.
—Tenemos que empezar de cero. Reinvertir las pocas ganancias que tenemos y darle una última oportunidad.
—¿Después de casi un año quieres empezar de cero? —pregunta.
—Es nuestra última oportunidad, ¿no?
—¿Acaso te importa? —responde él—. Te vas a marchar en cuanto se cumpla el plazo.
—Sí que me importa —contesto con brusquedad—. Por eso estoy aquí, sentado en tu despacho, tratando de idear un plan para salvar este lugar antes de que sea demasiado tarde. ¿Te apuntas o no?
Mi tono es impaciente y molesto. Pero por su expresión puedo deducir que al menos me está escuchando.
—De acuerdo, cerramos durante cuatro semanas. ¿Y luego qué? —pregunta.
—Lo rediseñamos todo. Reuniremos al equipo y lo haremos bien. Tenemos que dejar de tratarlo como un lugar para ir de fiesta y convertirlo en algo de lo que podamos estar orgullosos. Un club con clase e integridad.
Él pone los ojos en blanco.
—Si solo quieres recrear Juegos Prohibidos, deja que lo compren y lo hagan ellos mismos.
Niego con la cabeza.
—No, quiero algo mejor.
Me lanza una mirada poco impresionada.
—¿Y cómo coño piensas conseguirlo?
—Estamos en París, Julian. La puta ciudad del amor. La ciudad más romántica del planeta. Nuestro club debería reflejar eso. Podemos atraer a gente de todo el mundo y dejar de tratar este lugar como un sitio al que la gente local va a emborracharse y a ligar. Pero tenemos que hacerlo juntos.
Me mira fijamente y, aunque su rostro es inexpresivo, puedo ver que está reflexionando sobre la idea. El hecho de que no la descarte ni responda con algún comentario sarcástico y mordaz significa que le entusiasma.
Sin responder, se agacha hacia un cajón y yo espero mientras saca un bloc de papel, un par de bolígrafos y una botella de whisky.
—Es un poco pronto para empezar a beber —comento, mirando los dos vasos que ha dejado sobre la mesa.
Vierte una cantidad considerable en cada uno de ellos.
—Vamos a necesitar algo para relajarnos. De lo contrario, me temo que podríamos matarnos el uno al otro antes de que termine la reunión.
Niego con la cabeza, cojo el vaso y doy un sorbo. La verdad es que no le falta razón.
Durante las cuatro o cinco horas siguientes, Julian y yo trazamos un plan completamente nuevo para el club. No salimos del despacho ni una sola vez y nos terminamos la botella de whisky.
Para mi sorpresa, no discutimos tanto como esperaba. Seguimos sin estar de acuerdo y nos insultamos, pero conseguimos terminar el trabajo. De hecho, es un alivio poder decirle lo que pienso y comprenderlo mejor.
Cuando salimos ya es primera hora de la tarde y les damos la noticia al resto del equipo. No vamos a abrir esta noche. Le ofrecemos una indemnización al personal y lo mandamos a casa, y luego reunimos al resto de los propietarios para discutir el plan.
Nos lleva horas, y el día se convierte en noche. Mientras veo cómo el reloj avanza inexorablemente hacia la medianoche, sé que es hora de dar por terminado el asunto.
Cuando todos se marchan, hay una nueva energía en el grupo.
Incluso Elizabeth parece feliz y me sonríe por primera vez en lo que parecen años.
Es una sensación increíble, pero no puedo disfrutarla sin sentir la dura y punzante culpa de que debería haber ocurrido antes.
Es culpa mía no haber podido hacer esto por ellos hace meses.
Fui el aprendiz de Matis y de Ronan durante años. Sabía cómo hacerlo. Tenía las claves para que este lugar tuviera éxito desde el principio, pero era demasiado terco para hacerlo realidad.
Pero ahora estoy haciendo todo lo posible por dejar de lado esos sentimientos. Hemos cerrado el club y hemos dejado en la calle a un montón de fiesteros enfadados que suelen ir a esas horas.
Paseo solo por la calle hacia mi apartamento con la chaqueta colgada del brazo. Oigo el taconeo de unos zapatos sobre el pavimento y veo que Phoenix se apresura a alcanzarme.
—¿Debería preguntar? —dice cuando llega a mi lado.
—¿Preguntar qué? —respondo.
—Qué te ha hecho cambiar de opinión.
—¿No puedo estar de buen humor sin más? —digo, mirándola de reojo con una sonrisa burlona.
—¿Tú? —pregunta ella, horrorizada—. No.
—Pues lo estoy —respondo con indiferencia mientras sigo caminando.
—West me ha contado que te vio con una chica nueva en el club la semana pasada. ¿Tiene eso algo que ver con tu buen humor? —pregunta, dándome un codazo en el costado.
—Quizás —respondo sin mirarla a los ojos.
Phoenix no estaba allí esa noche porque estaba con Bea, y Phoenix es la única persona, aparte de mi hermana, que habría reconocido a Camille como mi niñera.
Y mi hermana no pasa por el club, afortunadamente.
No es la clase de lugar en el que quieres encontrarte con tu hermana.
Si está allí durante el horario de apertura, se queda entre bastidores con los artistas.
Cuando Phoenix no responde, la miro y la veo sonriendo suavemente a mi lado. De repente, me rodea con el brazo y apoya la cabeza en mi hombro.
—¿Qué te pasa? —le pregunto.
—Me alegra verte sonreír de nuevo, eso es todo.
Al oírle decir eso, siento una calidez en el pecho. No siempre he sido un capullo taciturno. Antes de que Em enfermara, no llenaba de tristeza y melancolía cada estancia en la que entraba. Era más alegre y feliz.
—Es bueno volver a sonreír —murmuro, y la abrazo con más fuerza.