Regla nº 27
Las madres tienen todas las respuestas Jack
Camille respira tranquilamente contra mi pecho y yo le aparto los suaves rizos de la cara. Durante un rato, me dejo llevar por la sensación de acariciarle suavemente la espalda, sintiendo cada vértebra de su columna bajo mis dedos.
Está profundamente dormida en mis brazos, y yo intento espantar la culpa y el arrepentimiento que me invaden. Cada momento con ella es como un sueño, y el sexo no ha sido diferente.
Después de la muerte de mi esposa, me refugié en el bondage .
Era una forma de control, una manera de mantener la mente ocupada para no sentir dolor.
Una distracción. Estaba convencido de que, si mi cuerpo aún podía sentir algo bueno, no estaba completamente destrozado y perdido en el mundo.
Y aunque siempre había sexo también, nunca se trataba de eso.
Siempre se trataba de intentar manipular y controlar lo que podía mientras mi vida estaba fuera de control.
Pero con Camille es diferente. Ella me da el control y la conexión emocional. Me deja dominarla, pero juro que al mismo tiempo me hace sentir muy seguro con ella.
Esta noche no ha sido solo placer físico. Ha sido una conexión que no sentía desde Em.
Incluso más fuerte.
Y eso solo me hace sentir peor. Solo han pasado dos años desde que Em murió. ¿No es demasiado pronto para sentir algo por otra persona?
¿Sería mejor si follara con Camille y no sintiera nada, como con todas las demás mujeres?
Sea como sea, soy un imbécil.
Le doy un beso suave en la frente, me aparto y la arropo con las mantas. Luego salgo de su cama y me visto rápidamente.
Mientras estoy ahí plantado, contemplándola mientras duerme, se me ocurre una idea. Me acerco al escritorio, cojo un trozo de papel de la pila y el bolígrafo que ella tiene junto a él. Rápidamente, escribo un mensaje.
«Pajarito: Anoche te dije que eras demasiado testaruda, y me equivoqué. Me gusta tu fuerza de voluntad. Me gusta lo terca que eres. Me gusta que discutas conmigo cuando me equivoco.
Hace que tu sumisión sea mucho más dulce.
Espero que sigas queriendo continuar con nuestras lecciones. Sé que anoche traspasamos una línea, pero no me importa. La vista desde este lado de la línea es exquisita y no estoy listo para dar un paso atrás.
Sé que ya lo hemos dicho antes, pero esta vez va en serio: podemos mantener nuestra relación profesional y divertirnos fuera del trabajo.
Seré bueno si tú puedes ser buena.
¿Qué te parece?
Si estás de acuerdo, nos vemos a medianoche.
Tu señor.
P. D.: Estás muy mona cuando te corres».
Con una sonrisa burlona, doblo la carta y la dejo en la mesilla de noche con su nombre escrito en la parte delantera.
De camino a mi habitación, me detengo frente a la puerta de Bea y la miro. Al verla dormir, me invade inmediatamente la culpa.
Cuando miro a Bea, veo a Em. Veo cómo la abrazaba cuando la llevamos a casa desde el hospital.
Veo cómo le cantaba canciones antes de acostarse.
Veo todos los vestidos bonitos que Em le ponía y por los que se obsesionaba, un rasgo que Bea ha heredado.
Y todo eso me hace sentir triste porque ya no está aquí con su hija.
Soy egoísta por seguir adelante tan rápido. Solo tengo que cumplir mi palabra con Camille: nada de relación. Solo sexo y trabajo, y eso es todo.
No puedo entregarle mi corazón, todavía no. Por mucho que quiera.
Todavía le pertenece a mi esposa.
Cuando me despierto, la pantalla de mi teléfono está llena de mensajes. El fiasco en el club ha causado una ruptura en el equipo, y he estado posponiendo enfrentarme a ello durante demasiado tiempo.
Sé que depende de mí unir al equipo para hacer un último intento de que esto funcione. Pero estoy atascado, me falta el impulso para tragarme mi orgullo y trabajar con la única persona con la que no quiero hacerlo.
Me levanto de la cama, ignoro los mensajes mientras me ducho y me preparo para un día ajetreado. Sin embargo, no pienso en el trabajo en ningún momento, sino en lo que pasó anoche.
Lo bien que me sentí cuando se lanzó a mis brazos.
Qué delicioso era su sabor.
Cómo tuvo que taparse la boca para no gritar.
Ojalá pudiera revivir la noche anterior una y otra vez en lugar de ir a trabajar hoy, pero la vida es injusta.
Después de vestirme, me dirijo hacia la puerta, listo para salir, cuando veo la carta tirada en el suelo, esperándome. Con una sonrisa y demasiada esperanza tonta, la recojo y la leo.
«Señor:
Ya sabes lo buena que puedo ser.
Nos vemos esta noche.
Tu buena chica».
Me muerdo el labio inferior, con las mejillas tensas por la sonrisa, y dejo escapar un gemido. ¿Podré aguantar hasta medianoche? Ya estoy contando los segundos.
Dejo la carta doblada sobre la cómoda; desearía tener tiempo para responderle, pero no lo tengo. Ya llego tarde. Además, no hay mucho que decir, y si alguien me diera ahora mismo papel y lápiz, lo único que haría sería describir con todo detalle lo que me gustaría hacer con ella.
Prefiero demostrárselo esta noche.
Bea y Camille no están en el apartamento cuando paso por la planta baja hacia la puerta principal.
Cuando llego a la calle y me dispongo a recorrer el corto paseo hacia el club, cojo el teléfono y compruebo mis notificaciones.
Hay mensajes de Phoenix, Matis y Julian, pero lo más importante es que hay un mensaje de mi madre.
No dice nada más que «Llámame».
Con un suspiro tenso, pulso el botón y espero a que suene.
—Hola, mi amor —dice al contestar la llamada.
—Me preguntaba cuándo ibas a enterarte —le digo sin saludarla.
—¿Enterarme de qué?
—De lo que ocurrió la semana pasada en el club.
Ella suspira y yo espero su respuesta. Quizás intente negar que sabe algo. A mi madre le gusta fingir que yo no puedo hacer nada malo, así que no me sorprendería que evitara la conversación por completo.
—Ronan me lo contó la semana pasada.
—Lo sabía.
—¿Qué clase de madre sería si llamara a mi hijo, que vive en otro continente, para darle un sermón sobre su trabajo?
—Entonces, ¿sí quieres sermonearme? —respondo con una sonrisa.
—No, no quiero. Quiero asegurarme de que estás bien.
Mi madre es una de las personas más fuertes, sabias y ferozmente independientes que conozco, pero nunca deja de enfrentarse a los conflictos con elegancia y, para ser sincero, eso me molesta muchísimo. Especialmente cuando siento que estoy perdiendo la cabeza todo el tiempo.
Cuando Em murió solo quería descargar mi ira contra el mundo. Estaba tan desconsolado que apenas podía controlarme, y envidiaba a mi madre hasta el punto de sentir amargura por ello. ¿Por qué no podía ser más como ella? Soy su hijo. Debería haber sido más fuerte, como ella.
—Estoy bien —digo secamente, esperando que eso la convenza.
—¿Puedo decirte algo? —pregunta.
—Por supuesto —respondo; llego a un cruce y espero para cruzar.
—Emerson y yo no siempre estábamos de acuerdo. Yo tenía una forma determinada de hacer las cosas y él discutía mucho conmigo por eso. Éramos dos socios muy testarudos y, a veces, chocábamos tanto que pensaba que el club habría funcionado mejor si lo hubiera dirigido yo sola.
—¿Este es el momento en el que me impartes alguna gran sabiduría sobre cómo superar esta disputa con Julian? —le pregunto mientras cruzo la calle hacia el club.
—No —responde ella—. Porque no tengo las respuestas y, algunos días, dirigir ese club era muy difícil.
Emerson y yo éramos buenos amigos, pero aun así nos costaba trabajar juntos.
Sin embargo, el club siempre era lo primero.
Al menos teníamos eso en común —explica.
Oigo el ruido de platos de fondo y me pregunto si alguno de mis otros padres está en la cocina con ella.
—Bueno, esa es la diferencia —suspiro. Al llegar al club, me quedo delante para terminar mi conversación con mi madre antes de entrar—.
A Julian le importa un comino el club. Nunca le ha importado.
¿Sabes lo que dijo Matis el otro día? Que Julian lo está saboteando a propósito para hacerme quedar mal ante Ronan. ¿Te lo puedes creer? —le pregunto.
—¿Crees que es eso lo que está haciendo?
—No me sorprendería —respondo.
—Pero ¿por qué iba a hacerlo? —pregunta ella—. Julian tiene una buena relación con su padre. Ronan le dio todo lo que quería a ese chico mientras crecía. ¿Por qué iba a necesitar sabotearte?
—Ni idea. Me odia y ya está.
—Julian nunca te ha odiado —replica ella, y yo me quedo paralizado, frunciendo el ceño.
—¿De qué estás hablando? Sí que me odia. Desde que éramos niños.
—Te adoraba, Jack. Eras mucho mayor que él y te admiraba. Pero, por alguna razón, cuando crecisteis, lo despreciabas. Quizá fuera porque Ronan lo adoraba y, hasta que llegó Julian, tú tenías a Ronan para ti solo. De hecho, tendría más sentido que fueras tú quien quisiera sabotearlo.
Estoy en la acera, frente al club, mirando los árboles que se mecen con la brisa y dejo que las palabras de mi madre calen en mi mente, buscando la verdad que hay tras ellas.
—Yo no haría algo así —digo, sin estar convencido de que sea cierto.
—Sé que no lo harías —responde dulcemente—. Estoy segura de que Julian y tú lo resolveréis. Sé lo mucho que quieres regresar, pero también sé que no quieres dejarlo así. Así que lo resolverás. Siempre lo haces.
—Gracias —murmuro, rascándome la frente. Esta conversación me ha dejado aún más inquieto de lo que ya estaba.
Oigo una voz suave preguntando algo al fondo.
—Jade quiere saber si te han llegado los vestidos para Bea —dice, cambiando de tema.
—Eeeh… sí —respondo, aunque, para ser sincero, no estoy del todo seguro. No he estado lo bastante presente en mi propia casa como para saber si los regalos de mi familia han llegado o no—. Dale las gracias —añado.
—Lo haré —responde mi madre.
Otra oleada de culpa me asalta al pensar en lo distante que he estado de todos ellos, tanto de mis padres como de mi hermana pequeña, Scarlett. No solo me he convertido en un fantasma en mi propia casa, sino también en todas partes.
Crecí en un hogar feliz y animado, y soy un idiota por privar a Bea de eso. Hasta los siete años, solo estábamos mi madre y yo. Ella trabajaba a tiempo completo y, aun así, estaba muy presente. Aquellos años fueron felices.
Luego se casó con Jade y con Clay, y me dio no solo otra madre, sino también un padre. Yo tenía tres padres, y ahora no puedo darle ni uno a mi hija.
Camille está intentando convencerme para que vuelva a la vida de Bea, y tengo que dejar de resistirme. Así quizá Bea me llame cuando se haga daño. Seré yo quien la arrope por la noche. Estaré allí por la mañana cuando se despierte.
Incluso yo sé que no necesito regresar a mi antiguo hogar para tener eso. Ni siquiera necesito dejar de llorar la pérdida de mi esposa.
—¿Sigues ahí, cariño? —pregunta mi madre al otro lado del teléfono.
—Sí, pero estoy a punto de irme al trabajo. Tengo una reunión con Julian.
—Bien —responde ella, con tono complacido—. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero.
Después de colgar me quedo paralizado. Quizás sea por esta nueva revelación sobre Julian, o quizás sea por cómo me sentí anoche con Camille, pero me siento como si tuviera fuerzas renovadas.
Llevo años ahogándome, hundiéndome demasiado como para intentar salir a flote. Por primera vez en mi vida, me doy cuenta de que puedo darle la vuelta a todo. Ya no tengo por qué ahogarme más.
Tras eso, inspiro hondo y entro en el club.