Regla nº 26
Abre la puerta
Camille
He debido de llorar hasta quedarme dormida, porque me despierto en mitad de la noche sintiéndome agotada, física y emocionalmente.
Mientras estoy tumbada en la habitación silenciosa y completamente a oscuras, me doy cuenta de que me estoy enamorando de Jack St. Claire.
No sé cuándo ha sucedido ni qué se supone que debo hacer ahora con esta información, pero sí sé que estoy en camino de enamorarme de él.
Y no tenía ni idea de que el amor tuviera que hacer tanto daño.
Me incorporo, miro el reloj y veo que son casi las tres de la madrugada. Me levanto de la cama, con la intención de ir al escritorio a buscar un papel y un bolígrafo, cuando oigo un crujido en el pasillo.
Me quedo paralizada, con la mano a medio camino del escritorio.
Me siento demasiado vulnerable como para gestionar todo esto. Si él está ahí fuera, ¿por qué es? ¿Ha venido para verme? ¿Para hablar conmigo?
Si no podemos seguir con las sesiones, entonces deberíamos seguir con esto, ¿verdad? Sea lo que sea.
Doy un paso hacia la puerta. Está cerrada, así que apoyo la mano en ella, consciente de que él está al otro lado. ¿Puede sentir que estoy aquí? ¿Sabe lo mucho que deseo tocarlo?
Yo no he pedido esto. Solo acepté un trabajo, sin pretender que la química entre nosotros fuera tan visceral. Pero ¿quiénes somos nosotros para luchar contra ello?
Oigo otro crujido, esta vez aún más cerca. Luego, algo suave araña la puerta, y sé que él está ahí, probablemente sufriendo la misma tortura que yo.
Durante un rato esperamos. Y con cada segundo que pasa, me convenzo más y más de que debo tomar una decisión: abrir esta puerta o mantenerla cerrada.
Si la abro, daré la bienvenida a más confusión, pero también a la indulgencia y tal vez…
al amor. Si la mantengo cerrada, entonces podría —y probablemente debería— permanecer cerrada para siempre.
Cuando llevo la mano al pomo soy consciente de que no había elección; en realidad no, cuando él está involucrado.
Lo giro, abro y miro al hombre que acecha en el oscuro pasillo. Clava sus ojos en los míos con intensidad y, de alguna manera, sé que siente lo mismo que yo.
—No te odio —dice con un hilo de voz. Luego da un paso hacia mí, hasta que puedo sentir el calor de su cuerpo.
—Me gustaría creerlo. —Estamos al borde del precipicio de algo grandioso, listos para saltar.
Levanta la mano para tocar mi rostro, igual que lo hizo la primera noche en que lo encontré aquí.
—No deberíamos hacer esto —susurra, tan bajito que las palabras se pierden en la oscuridad.
—Me da igual —respondo.
—A mí también.
Me rodea el cuello con un brazo y me pega a él con fuerza. No pronunciamos ni una palabra más antes de que nuestros labios se encuentren.
Su beso me resulta familiar, aunque sea el primero. Nuestras lenguas se entrelazan en armonía, como si lleváramos cien años haciéndolo. Lo estrecho con más fuerza contra mí, lo beso más profundamente, embebiéndome de cada pedacito de él, de su cercanía, de su contacto.
Cuando me levanta en brazos le rodeo la cintura con las piernas y él me devora con los labios y las manos.
Entramos a trompicones en mi habitación, y él cierra la puerta a sus espaldas.
Cuando gime contra mi boca, le estrecho más las piernas alrededor de la cintura y una ola de calor florece en mi interior.
Tiene una mano en mi trasero, apretándolo con avidez, mientras que la otra se desliza por mi columna vertebral para sujetarme la nuca y besarme aún con más ganas.
Somos una tormenta, una fuerza violenta e imparable de la naturaleza.
Solo unos segundos después de dejarme caer sobre la cama y echarse sobre mí nos arrancamos la ropa el uno al otro.
Solo interrumpe el beso el tiempo suficiente para quitarme la camiseta y yo hago lo mismo con la suya; deslizo las manos por su pecho, sobre sus pectorales y abdominales, y luego vuelvo a su cara para llevar su boca de nuevo a la mía.
Mientras me desabrocha el cierre del sujetador, a la espalda, se restriega contra mí y yo dejo escapar un ronroneo. Ya está duro por mí, solo por mí.
Mi sujetador se suelta con un chasquido y él me lo quita rápidamente y sus labios voraces llegan hasta mis pechos. Son pequeños, caben en una mano, pero no me preocupa sentirme cohibida porque él gime y gruñe, con los dientes alrededor de mi pezón, como si le encantaran.
El frío metal de su anillo se desliza por la sensible piel de mi pecho, y me avergüenza la forma en que hace que el calor de mi vientre se convierta en un fuego ardiente.
La humedad se acumula en mis bragas y me encuentro moviéndome contra él, necesitando más.
Pero él está decidido a provocarme, a prolongar mi excitación para torturarme con ella.
Mueve la boca hacia el otro pecho y chupa y mordisquea el sensible pezón. Sus caderas siguen moviéndose para que los dos nos retorzamos de deseo.
Cuando sus labios bajan por mi vientre, me besa tiernamente hasta llegar a la cinturilla de mis pantalones. Me quedo sin aliento y se me pone la carne de gallina.
Esto no puede estar pasando. Pero está pasando. Y está pasando muy rápido.
Engancha los dedos y me arranca los pantalones con pasión, llevándose también la ropa interior. Estoy expuesta y desnuda, algo que me parece correcto e incorrecto al mismo tiempo.
Apenas me ha quitado los pantalones cuando gruñe con ansia contra mi centro. No hay un momento para respirar o pensar, ya que su boca cálida y húmeda me lleva al borde del placer.
—Dios, no tienes ni idea de cuánto tiempo he deseado hacer esto —murmura contra mi sensible piel. Luego me chupa con avidez el clítoris y pierdo la cabeza.
Me tapo la boca con la mano para contener un grito, aunque lo único que quiero es gritar.
Mueve la mandíbula áspera contra mi sexo y me quema.
Pero es un quemazón tan agradable… Es como si intentara cubrirse la cara con la humedad entre mis muslos.
La sensación me hace sentir vulnerable y cohibida, pero él se deleita con mi excitación.
Me mantiene las piernas abiertas y lame y chupa la parte más íntima de mí como si le perteneciera. Y en este momento, así es. Todo mi ser le pertenece. Mi cuerpo, mi corazón, todo.
Y él lo demuestra al llevarme a un clímax rápido y violento, por mucho que yo me resista. Me tiemblan las piernas y me abruma la intensidad del momento. Nunca había sentido mi corazón latir tan rápido.
En cuanto mi clímax remite, busco su cuerpo. Él vuelve sobre sus pasos con la boca hasta llegar a mis labios.
Me afano con la cremallera de sus pantalones, y él me ayuda a desabrochárselos. Cuando por fin lo consigo, él se los quita y luego se echa encima de mí, un cuerpo desnudo contra otro.
Sus labios saben a mí, y eso solo aumenta mi excitación.
—Tomo anticonceptivos —le susurro al oído.
—Me retiraré por si acaso —responde—. Ahora solo necesito follar contigo.
Oír esas palabras de su boca me pone la carne de gallina. Necesita follar conmigo, como si no pudiera soportar vivir un momento más sin hacerlo. Quiero creer que es más que algo físico. Quiero creer que me necesita de más formas.
Pone sus brazos junto a mi cabeza y me besa mientras busca mi centro. Estoy muy húmeda por él, sobre todo gracias a su boca, y se desliza sin problemas. Luego se mueve más despacio, dejando que mi cuerpo se estire y lo acoja.
Nuestras respiraciones se entremezclan mientras él se hunde en mí, centímetro a centímetro. Le rodeo las caderas con las piernas y le clavo los talones en la espalda para hacer que llegue más profundamente. Necesito más.
Cuando llega hasta el fondo, todo lo que puede, se queda quieto. Levanta la cabeza unos centímetros y me mira a los ojos.
—Lo hemos hecho —murmura—. Hemos cruzado la línea.
Sé que deberíamos sentirnos mal por ello, pero en este momento es un alivio. El daño ya está hecho.
—Ya no hay vuelta atrás —respondo con una sonrisa.
Retrocede y echa las caderas hacia delante, moviéndose lentamente dentro de mí.
—Me gusta romper las reglas —responde.
Un gemido se escapa de mis labios cuando lo hace de nuevo, moviendo las caderas con fluidez, y saboreo cada segundo de tenerlo dentro de mí.
—A mí también —jadeo.
Busca mi mano, entrelaza nuestros dedos y los hunde en el colchón por encima de mi cabeza. Entonces empieza a acelerar el movimiento de sus caderas y encuentra un ritmo concreto que mi cuerpo parece conocer bien y lo sigue por el camino del placer.
Hablamos y gemimos en bajo, pero me resulta cada vez más difícil cuanto más rápido y más fuerte se mueve. Cuando la cama empieza a chirriar por el movimiento, se detiene.
Lo siguiente que sé es que se retira y se levanta de la cama.
Me alcanza en un segundo y luego me pega de nuevo a su cuerpo.
Me levanta como si no pesara nada. Lo rodeo con las piernas de nuevo y él me empota contra la superficie fría y dura de la pared.
Su pene vuelve a encontrar su hogar y me empala con su longitud, penetrándome con fuerza.
Me aferro a su cuello mientras empuja, encontrando lugares dentro de mí que no sabía que estuvieran ahí. Me he acostado con otros hombres, pero nunca había sido como esto. Nunca ha habido tanta pasión y lujuria, tanta conexión y química. Nunca había sentido tanta necesidad y amor.
No quiero que esto termine. Quiero que Jack St. Claire reclame mi cuerpo, se hunda dentro de mí y no se vaya nunca. Quiero que mi cuerpo sea su hogar.
Tengo la espalda pegada a la pared cuando sus ojos se encuentran con los míos.
En la habitación casi en silencio, oigo su respiración pesada y sus gruñidos silenciosos, y lo beso en los labios.
Nuestras bocas se entrelazan mientras él sigue penetrándome con fuerza, y la fricción de su cuerpo me sumerge en otro espasmo de calor y deseo.
— N’arrête pas —susurro contra su boca—. N’arrête jamais.
Ni siquiera me doy cuenta de que estoy murmurando en francés, rogándole que no pare en un idioma que él ni siquiera habla.
—No lo haré —susurra él a su vez, y abro mucho los ojos, mirándolo con incredulidad.
Obviamente, ahora no es el momento de preguntarle si habla francés, pero estoy tan sorprendida por esta revelación que casi no noto la carne de gallina que me recorre el cuerpo y la avalancha de sensaciones que lo invaden.
Arqueo la espalda y me aferro a él con fuerza, y todo se vuelve casi demasiado excesivo.
Él gruñe mientras se retira, mirándome y jadeando. Yo sigo jadeando cuando hace que ponga los pies en el suelo y me besa con fuerza en la boca. Tengo las piernas y los brazos débiles y el cuerpo como hielo derretido.
Pero él aún no ha terminado conmigo. Me hace dar la vuelta, me echa las caderas hacia atrás y vuelve a penetrarme.
Tengo que apoyar las manos en la pared para mantenerme erguida mientras él empuja con rapidez, alcanzando nuevos puntos y haciendo que mi cuerpo cante una melodía completamente nueva.
Solo puedo aguantar mientras Jack me hace sentir emociones desconocidas.
Me llevo la mano a la boca para taparla porque todo es demasiado intenso.
Cuando siento que su cuerpo comienza a tensarse y a contraerse, se retira rápidamente.
Un momento después, los cálidos chorros de su semen aterrizan en mi espalda.
Cuando termina, me rodea el cuello con una mano y hace que me levante para pegar mi espalda contra su pecho y me besa en un lado del cuello.
—Eres tan perfecta… —susurra, acercando su boca a mi oído y luego a mis labios—. Tan perfecta…
Vuelvo la cabeza y me echo hacia él, mirándolo a los ojos. Nuestros cuerpos están calientes y brillantes por el sudor, apretados uno contra el otro mientras jadeamos juntos en busca de aire.
Nunca había experimentado un sexo tan apasionado. Y no quiero pensar en nada más que en este momento: ni en mañana ni en pasado mañana. No me importan las consecuencias. Solo quiero saborear la sensación de estar tan cerca de él que parece que somos uno.
Jack desaparece detrás de mí y entra en el baño. Cuando regresa un momento después, lleva una toalla húmeda y caliente con la que me limpia la espalda.
Cuando termina, me guía hacia la cama. Los dos sabemos que no podemos dormir juntos, pero podemos tumbarnos juntos un rato.
Así que, mientras me acurruca contra su pecho y me abraza sin decir nada, sé que eso es lo que estamos haciendo: saboreando un buen momento. Porque eso es lo que es: un momento.