Regla nº 25
Saca a relucir su lado luchador Camille
Jack sube directamente a su habitación cuando llegamos a casa. Me molesta mucho, pero no puedo decirle nada delante de Bea.
Aunque técnicamente es mi día libre, lo paso con ella. Jugamos en su habitación y preparamos la cena juntas, y durante todo ese tiempo no dejo de pensar en el hombre taciturno que está arriba.
Cuando acuesto a Bea al acabar el día, me pide que me quede con ella, así que lo hago. Me siento en una silla junto a su cama y le acaricio suavemente el pelo hasta que cierra los ojos.
—Ojalá fueras mi mamá —susurra con un bostezo.
Me agarra de la mano y se me hace un nudo en la garganta. Me echo hacia ella para hablarle en susurros.
—Nadie podría sustituir a tu mamá.
—Tú sí —replica ella, y yo sacudo rápidamente la cabeza.
Ojalá supiera qué decir, pero es muy probable que lo estropee todo. Nadie te prepara para momentos como este. Y tal vez no haya nada adecuado que decir.
Me acerco a ella, me siento en el borde de la cama y la miro, luchando por contener las lágrimas.
—Siento mucho que tu mamá enfermara. Sé que ella querría estar aquí contigo más que nada en el mundo. Y nadie podría sustituirla, pero tienes a mucha gente que te quiere tanto como ella. Tienes a tu tía Elizabeth. Y a tu papá. Y a mí.
—Y mi abuela —dice dulcemente, y sigue enumerando a sus abuelos, tías y tíos, lo que me hace sonreír.
—Exacto. —Me agacho y le doy un beso en la frente—. Bonne nuit. Fais de beaux rêves.
—Bonne nuit —murmura, somnolienta después de que le haya deseado dulces sueños.
Al salir de la habitación, apago la luz y cierro la puerta. Una vez sola en la planta baja del apartamento la planta superior capta mi atención. Ya sé que Jack es de los que reprimen sus emociones y las ocultan porque no quiere discusiones ni hacerles frente a sus sentimientos.
Pero yo no soy así. No puedo enterrar este sentimiento de culpa y fingir que no existe.
Intento mantenerme ocupada durante un rato, limpiando la cocina, fregando los platos, preparando las comidas para la semana. Pero nada de eso me distrae porque él sigue estando en mi mente. Es como si estuviera esperando a que bajara y me dijera lo que piensa, pero es inútil. No va a hacerlo.
Casi dos horas después de acostar a Bea, decido que no puedo aguantar ni un segundo más y subo las escaleras. Me niego a dejar que vuelva a esconderse en las sombras y sea un fantasma malhumorado como cuando llegué.
No está en su despacho ni en su dormitorio, así que irrumpo en la sala de bondage y lo encuentro enrollando cuerdas y guardándolas en el armario. Mis ojos se clavan en la alianza de oro que lleva en el dedo, lo que me provoca un anhelo insoportable.
—Esta noche no va a haber sesión, Camille —dice, dándome la espalda.
—No he venido para tener una sesión —respondo.
Me mira por encima del hombro.
—Entonces, deberías irte a la cama.
Me acerco a él con paso firme, lo agarro del brazo y lo obligo a mirarme. Hay tristeza y pena en sus ojos, y eso me mata y me enfurece a la vez. ¿Por qué este hombre está tan empeñado en soportar esta agonía solo? ¿Por qué se castiga?
—Estás enfadado conmigo —mascullo entre dientes—. Pues dímelo. Grítame. Regáñame o castígame o algo.
—Vete a la cama.
—No —discuto—. ¿Cómo puedes vivir así? Esta ira y esta pena te consumen como un cáncer.
En cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento. Ha sido un lapsus.
—Lo siento —balbuceo, cerrando los ojos—. Ha sido una estupidez decir eso.
—Buenas noches, Camille.
Abro los ojos de par en par y lo veo alejarse, así que rápidamente lo agarro del brazo para retenerlo.
—¿Qué? ¡Para! —Cuando se vuelve hacia mí, veo la lucha en su expresión. Un conflicto insoportable—. ¿Crees que quiero estar enfadado contigo? —espeta—. Eres la última persona con la que quiero estar enfadado.
—No importa si quieres. Lo estás. Así que habla conmigo.
—Está bien —gruñe, angustiado, y su expresión se vuelve despectiva—.
¿Quieres saber lo enfadado que estoy? —Me acorrala contra la pared con una sonrisa burlona—.
No solo me desobedeciste: me traicionaste.
Y no de una forma cualquiera, sino con algo que tenía que ver con mi hija.
Sabías que no quería que asistiera a esas clases, pero lo hiciste de todos modos.
Aunque me hace daño sentir su ira, también me encanta. Quiero más. Ver esa rabia en su rostro solo alimenta más la mía.
—Bueno, entonces quizá deberías bajar de esta sala de vez en cuando y hablar con nosotras. Así podría habértelo comentado. ¡Demuéstrale que te importa! —le espeto, poniéndome de puntillas para estar a la altura de su cara.
—¿Crees que no me importa? ¡No tienes ni idea de lo mucho que me importa! —exclama, angustiado.
—¡Pues déjala que vaya a clases de ballet!
Suelta un gruñido y se aparta.
—Te estás pasando. No eres su madre.
—¿Crees que no lo sé?
—No tienes ni voz ni voto en lo que ella hace o deja de hacer —ladra.
Es extraño, pero oírle pelear por Bea me produce una extraña satisfacción, aunque sea yo con quien está peleando. Y aunque sé que tengo razón.
—Me da igual no ser su madre —digo, erguida—. Voy a hacer lo mejor para ella, pase lo que pase.
Cuando se vuelve hacia mí, mirándome con furia, mantengo la barbilla alta. Resopla, espira con fuerza por la nariz y aprieta los labios—. Eres demasiado terca —refunfuña—. Demasiado obstinada. Y no sabes cuál es tu lugar.
—No me importa —declaro.
—Debería despedirte por esto.
Tengo que recordarme a mí misma que debo respirar y no llorar. No quiero que vea esa reacción.
—¿Lo harás? —respondo, sintiendo que las lágrimas amenazan con brotar. No sé qué haré si es así.
Con un suspiro, se da la vuelta y me da la espalda.
—No.
—¿Por qué no? —pregunto tras un largo y tenso momento.
Quizás sea una tontería por mi parte, pero quiero saber por qué va a mantenerme en el puesto después de haber desobedecido claramente sus órdenes. Ya no me merezco este trabajo, pero en mi corazón espero que me mantenga aquí por razones más personales.
Es una tontería desearlo, sobre todo cuando todos nuestros límites se están difuminando. Si no puedo hacer bien mi trabajo, ¿para qué estoy aquí? ¿Qué soy para esta familia?
—Porque hoy ella te ha llamado a ti —murmura entre dientes.
Las lágrimas que he estado tratando de contener de repente me anegan los ojos y solo hace falta un parpadeo para que se derramen por mis mejillas.
—¿Eso es todo? —pregunto, con un tono apenas más alto que un susurro.
Él no responde. Se vuelve hacia mí y, al ver la humedad en mi rostro, reacciona con un gesto de ansiedad.
—No creo que debamos seguir con el bondage —dice con un profundo suspiro.
Tengo que apretar los dientes con fuerza para no sollozar.
Aunque sé que tiene razón: no podemos cruzar más líneas.
Ya no hay líneas. Las hemos borrado. Todo esto me hace demasiado daño y, por mucho que intente contener mis emociones, siguen desbordándose.
No soy lo bastante fuerte para reprimirlas.
—Está bien, Jack —respondo con voz temblorosa—. Volvamos a como eran las cosas antes, cuando aborrecías el sonido de mi voz, nunca salías de tu habitación y vivías como una sombra en tu propia casa. Cuando me odiabas. Era mucho más fácil así.
Sin nada más que decir, doy media vuelta y salgo corriendo de la sala. No consigo llegar a mi habitación antes de perder el control. Sollozando, con el rostro entre las manos, cierro la puerta detrás de mí, me tiro en la cama y hundo la cabeza en la almohada.
Hoy ha sido la demostración práctica de que Jack y yo no podemos tener una relación física y mantener el resto del tiempo una profesional. No podemos separar nuestro trabajo de nuestros sentimientos. No podemos tener las dos cosas.
Porque al fin y al cabo, sé que, si tuviera que elegir entre tenerlo a él o tenerla a ella, tendría que elegirla a ella. Siempre. Y sé que él siente lo mismo.