Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 24
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Regla nº 24

La verdad siempre sale a la luz Camille

Ha pasado una semana desde aquella noche en el club. Una semana desde la noche en que Jack y yo traspasamos los límites… dos veces.

Noto que Jack está volviendo a levantar un muro entre nosotros. Aunque seguimos con las sesiones de bondage todas las noches en el piso de arriba, ya no hay caricias ni indulgencias ni se rompen las reglas. Creo que está demostrándose a sí mismo que puede comportarse aunque no quiera.

Aún recuerdo aquella noche en el salón a todas horas. Siempre he sido yo quien ha dado el primer paso con los hombres, pero nunca con hombres como Jack St. Claire. Tocarlo fuera de las sesiones era un riesgo, pero quería demostrarle lo bueno que podía ser. Y lo hice.

Ahora él quiere demostrarme que aún podemos mantener nuestra relación laboral. Y así es.

Pero estoy volviendo a sentirme inquieta. Aquella noche no se trataba solo de lujuria. Se trataba de conexión, de darle lo que necesitaba. Se trataba de nosotros.

Esta mañana he vuelto a dejar a Bea con Elizabeth, que la ha llevado a su estudio para asistir a la segunda semana de clases. Bea no ha parado de hablar de ello desde que empezó la semana pasada. Por suerte, Jack nunca está cerca para oírlo.

Me atormenta la culpa por mentirle sobre las clases de Bea.

Si supiera que la negativa de Jack tiene alguna justificación, quizá me sentiría aún más culpable.

Pero Bea ha encontrado una forma de conectar con su tía y con su madre, y defenderé con uñas y dientes su derecho a hacerlo. Aunque me despidan por ello.

Ahora que estoy sola todo el día, me siento aún más nerviosa que antes. He tenido toda la semana para pensar en esa noche sexy y prohibida y no he podido aliviar mi necesidad. ¿Cuánto tiempo más espera Jack que aguante esto? Me estoy muriendo.

Quizás él lo haya olvidado y, en ese caso, estaría justificado que rompiera las reglas. A ver, esto es muy poco razonable.

Voy por la casa en silencio, hasta mi habitación, y me paro frente a mi mesilla de noche como si fuera un mal presagio al que me veo obligada a enfrentarme.

Podría meter la mano en el cajón y sacar un juguete. No me llevaría más de un segundo.

Seguiría siendo una buena chica. He aguantado todo este tiempo, y eso es algo loable.

Me muerdo el labio inferior, me agacho y abro el cajón.

—¿Qué estás haciendo?

Suelto un grito al darme la vuelta y encontrar a Jack en la puerta. El corazón me late tan rápido que puedo sentirlo en mis oídos. El calor me sube a las mejillas, me llevo una mano al pecho y lo miro fijamente.

—¡Me has dado un susto de muerte!

Él se echa a reír.

—Lo siento. —Señala la mesilla de noche—. ¿Qué estabas buscando?

—Nada —respondo, negando con la cabeza muy rápido.

Él sonríe con aire burlón, se cruza de brazos y se apoya en el marco de la puerta. No puede tener tan buen aspecto y esperar que yo me siga privando. No es justo en absoluto.

—¿De verdad? ¿Nada? —Entra en la habitación con aire altivo y tengo que morderme el labio con fuerza para no sonreír—. Porque parecía que ibas a sacar algo del cajón.

Doy un paso atrás, protegiendo mi mesilla de noche.

—No, no iba a hacerlo —discuto.

—Claro que no —dice; se acerca a mí y me acaricia los brazos—. Porque eres una buena chica y no rompes las reglas.

Tengo que rechinar los dientes.

—Pues claro que soy una buena chica. ¿Cómo te atreves a insinuar lo contrario?

Cuando viene hacia mí con una sonrisa diabólica, percibo el aroma de su colonia y me tiemblan las piernas.

—Supongo que quieres tu recompensa.

—Pensaba…

—¿Qué pensabas, pajarito? ¿Que la noche en el club era tu recompensa? —Acerca los labios a mi oreja y añade—: Descubrirás que hay muchas más recompensas cuando te portas bien.

—Me porto bien —respondo, levantando la barbilla cuando él acerca sus labios a mi cuello. No sé si tiene intención de recompensarme de verdad o si solo está jugando conmigo, pero cuando estamos solos él y yo, esos límites y reglas no se aplican. Y a mí me parece bien.

—De hecho, creo que tengo una idea —dice; se aparta y me mira fijamente. Tenso la mandíbula, esperando que su idea no sea otra forma de torturarme. Pero, a juzgar por su expresión, no está de humor para atormentarme.

No, por la ligereza de su actitud, puedo decir que Jack no está aquí por obligación o por algún propósito, sino porque quiere estarlo. Está en mi habitación por mí.

—Quizás me quede mirando cómo te recompensas —susurra, juguetón—. Eso no rompería las reglas.

Dejo escapar un gemido ante la idea de que Jack me mire. Y, por vergonzoso que parezca, lo haría. Sobre todo para correrme, pero también porque sé que a él le gusta mirar.

—No hablas en serio —respondo.

—¿Por qué no? —pregunta—. A menos que no quieras.

Frunzo los labios y entrecierro los ojos.

—¿En serio?

En lugar de responderme, se acerca a mí y abre el cajón de mi mesilla de noche. Cierro los ojos con horror y vergüenza mientras él rebusca entre los objetos al azar hasta encontrar lo que busca.

—Aquí está —dice, divertido. Cuando levanta el elegante vibrador negro, entrecierro los ojos para ver la satisfacción en su rostro—. Adelante —dice, con su aliento suave en mi cuello mientras me pone el juguete en la mano—. Si de verdad quieres, no voy a impedírtelo.

Cojo el vibrador con las manos temblorosas y me dejo caer en la cama que está a mi espalda, mordiéndome el labio inferior.

Quiero hacerlo, y me siento tan cómoda con Jack, que no me preocupa la idea de masturbarme mientras él mira.

Si acaso, creo que la verdadera razón por la que me estoy conteniendo es porque él no me está obligando a hacerlo como mi amo o mi jefe.

Está aquí con esa expresión tierna, más viva que nunca, porque quiere estarlo.

Y el problema con eso es que eso difumina los límites.

No es tan fácil separar el trabajo del placer cuando el trabajo se convierte en placer.

Pero soy imprudente y terca, así que me apoyo en una mano y pulso el botón del juguete para que cobre vida entre mis dedos. Su rostro se ilumina, emocionado, cuando contempla cómo lo deslizo por la cintura de mis pantalones holgados. Cierro los ojos en el momento en que toca mi clítoris.

No voy a durar mucho…

Al principio, la vibración es demasiado intensa y me retuerzo sobre la cama. Cuando vuelvo a abrir los ojos, Jack ya no está junto a mis piernas, sino echado sobre mí, mirándome a la cara mientras me llevo a mí misma al borde del éxtasis.

No dice ni una palabra mientras me contempla, más fascinado por la expresión de mi rostro que por lo que está sucediendo entre mis piernas. Y tenía razón: no tardo nada en llegar. En cuestión de minutos, estoy temblando y el clímax me invade.

Sus labios se ciernen a un suspiro de los míos mientras me corro, gimiendo y buscando su boca, pero él no me besa. Al contrario: se aparta lo justo para quedar justo fuera de mi alcance.

Su boca se curva en una sonrisa burlona cuando el orgasmo comienza a desvanecerse y mis músculos se relajan. Cuando termino, apago el vibrador y me desplomo sobre mi espalda.

Aún sobre mí, me mira como si fuera lo más intrigante que ha visto en su vida.

—Nunca he conocido a nadie como tú.

—¡Tú me lo has pedido! —espeto, y me incorporo para acercarme a su cara.

Él se ríe de mi arrebato.

—Lo sé, pero a la mayoría de las chicas les habría dado vergüenza. Tú eres… excepcional.

—Genial, ahora piensas que soy rara —respondo, enfadada.

—Creo que eres increíble.

Pongo los ojos en blanco aunque me es imposible ocultar la sonrisa.

Me vuelve loca. Pero cuanto más veo al verdadero Jack, más me gusta.

A veces es grosero y maleducado, pero solo cuando es necesario, como aquella noche en la discoteca cuando se armó una pelea.

Pero también es juguetón y amable, y tengo la sensación de que se comportaba así mucho más a menudo antes de que muriera su mujer.

Por muy triste que sea, me enorgullece saber que he contribuido a que vuelva a sacar esa parte de él.

—¿Hay alguna posibilidad de que lo hagas otra vez? —bromea; se echa encima de mí, y me da la sensación de que voy a pasar mi día libre con mi jefe cuando el teléfono vibra en mi bolsillo. Hago una mueca. Ahora mismo no creo que nada sea más importante que esto.

Jack se incorpora cuando cojo el teléfono del bolsillo y veo el nombre de Elizabeth en la pantalla. Nunca me ha llamado antes. Seguro que no es nada.

Pero ¿y si no es así?

—¿Pasa algo? —pregunta.

No quiero preocuparlo, y menos cuando estoy tan cerca de conseguir lo que quiero. Así que silencio la llamada y dejo el móvil. Me mira expectante, y espero que esté listo para continuar donde lo dejamos.

Solo pasan unos segundos antes de que vuelva a sonar.

Preocupada, deslizo el dedo para contestar.

—¿Hola?

—¿Por qué has tardado tanto? —me espeta Elizabeth al otro lado de la línea.

—Lo siento. ¿Qué pasa? —pregunto.

—Bea se ha caído en la clase de ballet y se ha partido el labio.

—¿Qué? —respondo, sorprendida, y me incorporo—. ¿Está bien?

—Está bien. Solo llora porque quiere que vengas —responde Elizabeth, con tono molesto.

—¿Yo? —pregunto.

—¿Qué pasa? —pregunta Jack, presa del pánico.

Lo miro y de repente me doy cuenta de que tendré que mentirle si no quiero que se entere de cómo se ha hecho daño Bea. No puedo hacerlo. No puedo seguir mintiéndole, sobre todo sobre su propia hija.

—Bea se ha caído. Está bien, pero quiere… —Dejo la frase en el aire. Esto no está bien… No termino la frase y vuelvo a centrar mi atención en la llamada con Elizabeth—. Iré a recogerla ahora mismo.

—De acuerdo. Estamos en el estudio. Te enviaré la ubicación.

Mierda.

—Voy para allá. —Cuando Elizabeth cuelga, me siento mal. Me levanto de la cama y guardo el vibrador en el cajón—. Tengo que ir a buscarla —le digo, dirigiéndome hacia la puerta.

—No, debería ir yo —responde, siguiéndome—. Es mi hija.

—Iremos los dos —ofrezco, sin mirarlo a los ojos; me pongo el abrigo y me calzo las botas.

—¿Cómo se ha hecho daño? —pregunta cuando salimos por la puerta principal. Hay algo diferente en su voz, una sutil preocupación en su tono.

—Eeeh… —Mi voz se apaga mientras miro las indicaciones en mi teléfono—. Están en el estudio de baile —digo, echando a andar por la calle.

—Sé dónde está. Llamaré a un coche.

Coje el teléfono y se aparta para llamar, mientras yo doy vueltas de un lado a otro, nerviosa y temiendo lo que hará cuando descubra la verdad.

No es nada, me digo a mí misma. Solo estaba bailando. ¿Por qué iba a enfadarse por eso?

No lo sé, quizá porque la apunté a clases en contra de sus deseos.

—Estará aquí en cinco minutos —anuncia. Cuando se da cuenta de que me muerdo el labio inferior, se acerca a mí y me pone las manos en los brazos—. Relájate.

Justo cuando por fin Jack se ha abierto a mí y me ha mostrado amabilidad, le miento y provoco que su hija que haga daño. Como mínimo, le debo la verdad.

—Tengo que decirte algo —susurro.

Frunce el ceño, preocupado.

—¿Qué? ¿Te preocupa que Bea haya preguntado por ti y no por mí? —Se encoge de hombros—. No me importa. Supongo que…

—No es eso.

Él ladea la cabeza con curiosidad.

Me trago la culpabilidad y me dispongo a contárselo.

—Le pedí a Elizabeth que le diera clases de ballet a Bea en su estudio.

—¿En serio? —inquiere con cara de desconcierto—. ¿Pero por qué no me lo has contado?

—Bea me dijo que ya te habías negado —contesto, nerviosa—. Así que lo hemos hecho a tus espaldas. Lo siento mucho.

Al principio, no parece enfadado, solo confundido. Cuando me suelta los brazos y se aparta, veo cómo la ira comienza a formarse en su rostro como una expresión que evoluciona lentamente. Tensas la mandíbula y aprieta los molares con la mirada perdida en cualquier punto que no sea yo.

Cuando llega el coche, me acompaña al interior. Durante todo el trayecto hasta el estudio, permanece en silencio, y sinceramente es peor que si me hubiera gritado o si hubiera discutido conmigo. Odio que se quede ahí sentado, callado y furioso a mi lado.

Cuando llegamos al estudio de danza, estoy tan ansiosa que podría saltar del vehículo en marcha solo para escapar de ese ambiente tenso.

Entramos corriendo y encontramos a Bea sentada en un banco, junto a la puerta de la sala de danza, con una bolsa llena de hielo contra el labio.

Lleva un maillot rosa, medias y unas zapatillas de ballet.

—¡Camille! —exclama cuando me ve llegar.

Hago una mueca para mis adentros, pero me esfuerzo por no demostrarlo. Abro los brazos con una sonrisa y ella corretea por el pasillo y se lanza a mis brazos.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Ella gime contra mi costado.

—¡Me sangraba el labio! —se lamenta. Tiene las mejillas manchadas, señal de que ha estado llorando. Se me parte el corazón.

—Déjame ver —le respondo, apartándola para comprobar si se ha hecho mucho daño. Ella saca el labio inferior en un puchero, y veo un corte evidente, azul e hinchado—. ¿Te duele?

Ella asiente con lágrimas en los ojos.

Jack está a un par de metros de distancia, y prácticamente puedo sentir lo estresado e incómodo que está. Ojalá se acercara a ella y le prestara un poco de atención.

En ese momento, Elizabeth sale de la sala de baile. Me doy cuenta inmediatamente de que no mira a su hermano.

—¿Te sientes mejor, pequeña Bea? —le pregunta.

Bea asiente y apoya la cabeza en mi brazo.

—¿Lista para irnos a casa? —le digo. Ella asiente de nuevo—. Pues recoge tus cosas.

Va por el pasillo hacia una sala donde debe tener la ropa. Me quedo sola con Elizabeth y Jack, y el ambiente es tan tenso que me asfixia. Ya me había dado cuenta de que la relación entre los hermanos era tensa, pero no tenía ni idea de que fuera tan mala.

Un momento después, Bea viene corriendo por el pasillo hacia nosotros. Prácticamente se arroja sobre mí y, aunque ya tiene cinco años, me encuentro cogiéndola en brazos para que pueda apoyar la cabeza en mi hombro.

En ese momento, no me importa que parezca buscar consuelo en mí en lugar de en su propia familia.

No me importa no ser su madre ni su tía.

Soy su cuidadora y voy a hacer precisamente eso: cuidarla.

Voy a consolarla, a quererla y a hacer todo lo que necesite, independientemente de lo que pase con estos adultos.

Cuando regresamos al coche, siento a Bea entre Jack y yo. Él sigue enfadado durante todo el camino a casa, y sé que es conmigo. Solo espero que me lo diga, porque lo último que quiero es que las cosas vuelvan a ser como antes.