Regla nº 23
A veces está bien dejarlo correr Jack
No llamo al coche para que me lleve a casa después de cerrar. Soy el último en irme y prefiero regresar andando. Solo faltan unas horas para el amanecer y las calles están tranquilas.
Cuando llego a mi apartamento, entro y lo encuentro oscuro y silencioso. La cocina huele a productos químicos de limpieza y el fregadero brilla por la ausencia de los platos sucios que he dejado ahí esta tarde.
En lugar de subir a mi dormitorio me quedo mirando la sala de estar, recordando una época en la que yo también vivía aquí. Pero ahora me he convertido en un fantasma en mi propia casa.
Me desabrocho los primeros botones de la camisa, voy a la cocina y me sirvo una copa de vino tinto.
No puedo dejar de mirar lo limpios que están el fregadero y las encimeras.
Y aunque sé que es algo por lo que le pago a Camille, no puedo evitar sentirme como una mierda por ello.
No puedo cuidar de mi propia casa. No puedo cuidar de mi propia hija.
¿Y por qué? ¿Por mi trabajo? ¿Ese en el que estoy fracasando?
Estoy fracasando en todo.
Hay un dibujo pegado en la nevera y lo desprendo, sonriendo al ver el gato negro que lleva una boina roja, como una recreación de Le Chat Noir.
Es obvio que se trata de una obra de arte de mi hija, pero me recuerda a los pequeños dibujos que han ido apareciendo por toda la casa en blocs de notas, folletos de comida para llevar e incluso en la parte inferior de algunas de las cartas que ha escrito Camille.
Me estoy encariñando demasiado con esa mujer y soy consciente de ello. Es adorable y sexy a la vez, y no me había sentido tan atraído por una mujer desde Em. Aceptarla como sumisa ha sido un error. Pensar que podría mantenerlo en un plano profesional es un mal chiste.
Le daría todo, tiraría la precaución por la ventana si no me preocupara que mi apego por ella no fuera solo un efecto secundario de mi pena. ¿Y si la busco porque echo de menos a mi esposa? Qué cruel soy. Qué descuidado.
Lo que he hecho esta noche —hacerla gemir y llorar de placer bajo mis caricias— ha sido imprudente. Pero no puedo dejar de pensar en lo que me ha sugerido: que podríamos marcar un límite. Que podríamos seguir teniendo todo lo que queremos y dejarlo ahí.
Quiero creer que puedo tocarla y sumergirme en su cuerpo manteniendo una distancia profesional. Este deseo se ha convertido en algo mucho más grande. Se ha convertido en una necesidad.
Y cuanto más me lo niego a mí mismo, más tenso y desgraciado me siento. Por su bien, lo soportaré. Por el bien de las dos, de ella y de Bea. ¿Qué clase de hombre sería si echara a perder lo que tienen?
Después de apurar mi primera copa, considero irme a la cama, pero en lugar de eso, alcanzo la botella para servirme otra.
Luego la llevo a la sala, donde hay una cesta con los juguetes de mi hija en una esquina.
Me dejo caer en el sofá y el silencio me envuelve.
La única luz es el resplandor de la luna que brilla a través de los ventanales.
Y en este espacio oscuro, silencioso y a medianoche, me siento como un extraño en mi propia casa.
El año ha sido largo y sé que algo tiene que cambiar. No puedo seguir así. La única pregunta ahora es si dejo el club, lo doy por perdido y regreso a casa.
Esa es la opción más inteligente. Pondría la distancia necesaria entre Camille y yo, pero mi deseo de irme de París se ha disipado recientemente. Después de la muerte de Em estaba deseando salir de aquí. No soportaba estar en esta casa, y mucho menos en esta ciudad.
Pero creo que fue la visita al parque el otro día lo que cambió las cosas: ver a Bea feliz, oírla hablar de nuevo el idioma de su madre, viviendo tan contenta en la ciudad que Em amaba, me hizo darme cuenta de que alejarnos de aquí significa dejar también algo bueno.
No puedo arrancar a mi hija del único hogar que ha conocido y esperar que eso lo arregle todo. Es demasiado joven para sentir los recuerdos angustiosos de este lugar de la misma manera que yo.
Se abre una puerta al final del pasillo y espero con gran expectación a ver quién aparece. Cuando Camille entra silenciosamente en la sala de estar, suspiro aliviado. Solo con verla ahí, cruzada de brazos, siento una paz que no esperaba.
No dice ni una palabra mientras se acerca. Solo lleva una camiseta larga y la ropa interior, e intento tragarme la oleada de excitación que me recorre las venas al verla así. Lleva el largo y ondulado cabello rubio sobre un hombro, y está tan hermosa a la luz de la luna que debería estar prohibida.
Solo soy humano. ¿Cómo demonios se supone que voy a resistirme cuando me mira así?
Estoy hecho un desastre en el sofá, y ella lo ve al acercarse. Se agacha, me pone una mano en la rodilla y me aparta un mechón de pelo de la frente. Luego me acaricia la mejilla y se queda mirándome a los ojos en silencio.
Nunca en mi vida había conocido a alguien que pareciera ser y hacer todo lo que necesito. Yo no puedo hacer lo mismo por ella, que me ofrece tanto de sí misma, tanto que no merezco…
—¿Qué estoy haciendo? —murmuro en la oscuridad. No sé por qué, pero siento la necesidad de contárselo todo—. Mi trabajo es un desastre. Soy un padre terrible. Mi vida se está desmoronando.
Ella me tapa la boca con los dedos para que me calle.
—Shhh… —Se arrodilla lentamente entre mis piernas y apoya la mejilla sobre mi muslo.
Ni siquiera respiro, impresionado al verla arrodillada ante mí. Ni siquiera he tenido que pedírselo: sabía muy bien lo que hacer, lo que necesitaba.
—¿Cómo puedes ser tan perfecta? —le susurro. Una tierna sonrisa se dibuja en sus labios mientras le acaricio el pelo—. Di algo, pajarito.
—No quiero hablar —responde—. Solo quiero ser lo que necesitas.
—Lo eres —digo sin dudar—. Eres justo lo que necesito.
Sus manos se deslizan por mis muslos y siento una tensión en mi pene.
—Entonces, déjame ser lo que deseas.
—Camille… —le advierto. Esto es peligroso. Estamos a punto de traspasar otra línea; lo siento. Todo va demasiado rápido, y ya no me importa.
Quiero creer que en este espacio tranquilo, en medio de la noche, a solas los dos, las reglas y los límites no importan.
—Déjame hacer que te sientas bien —susurra, y se incorpora. Sus manos se dirigen al botón de mis pantalones y, cuando oigo bajar la cremallera, no se me ocurre ninguna razón en el mundo lo bastante buena como para detenerla.
Echo la cabeza hacia atrás sobre el sofá y toda la sangre de mi cuerpo se dirige directamente a mi pene. Acalorado y excitado, me desconecto del mundo cuando Camille mete la mano en mis pantalones y me rodea con ella.
Dejo escapar un gemido cuando ella me acaricia suavemente hasta que mi erección cobra vida.
—Qué bien… —murmuro entre dientes. En un segundo, estoy duro como una roca y palpitante.
Presa del pánico, le agarro la mano para detenerla—.
No deberíamos hacer esto —susurro con voz ronca—.
Lo que hemos hecho hoy ha sido en circunstancias muy diferentes.
Cuando estamos en una escena es una cosa, pero esto…
—Eh, no pasa nada —responde, y me aparta la mano. Miro hacia abajo, tenso y dolorido. Ella me acaricia el muslo, como si pudiera leerme el pensamiento—. Solo estamos nosotros.
Esas tres palabras son como agua que apaga el fuego de la ansiedad que arde en mi interior.
«Solo estamos nosotros» .
Somos las dos únicas personas en este lugar. Podríamos ser las dos únicas personas en el mundo.
Me rodea con la mano, se echa hacia delante y pasa la lengua por la punta. Dejo escapar un gruñido grave mientras la veo cubrir mi miembro con saliva.
—Dios mío, Camille —gimo.
Le hundo la mano en su cabello y clavo la vista en ella mientras me toma en su boca. Casi no me puedo creer lo que está pasando. Y no es solo la sensación de ese paraíso cálido y húmedo lo que me vuelve loco, sino la mirada de ávido deseo en su rostro.
Camille me desea tanto como yo la deseo a ella. Quiere esto, no porque lo considere un deber o un regalo, sino porque también le produce placer.
—¿Te gusta, pajarito? —logro articular mientras mueve la cabeza arriba y abajo sobre mi miembro.
—Ella murmura algo inteligible sin apartar la boca y asiente—.
¿Te gusta tener mi erección en tu boquita?
—Eso parece excitarla: se incorpora un poco más, se mueve más rápido y me ciñe con sus labios.
Su lengua da vueltas alrededor de la corona, lo que hace que se me levanten las caderas y que mi corazón lata más fuerte en mi pecho—.
Joder —gimo; echo la cabeza hacia atrás y me dejo llevar por las sensaciones—. No pares, pajarito.
Estoy perdido en la euforia. Ella es tan perfecta, tan hermosa, tan mía…
Con su pequeña mano envuelta alrededor de la base, sigue moviéndose, chupando sin parar.
Voy a explotar en cualquier momento, aunque no quiero que esto termine, porque sé que entonces ella volverá a su papel de persona prohibida para mí.
Y daremos un paso atrás hacia el lado seguro de esta línea que nunca debimos cruzar.
Ella retira su boca de mi pene y me da un beso suave en el tallo.
—No te contengas —murmura—. Dámelo todo.
Me aferro a su cabello, luchando contra el impulso de correrme.
—¿Dónde lo quieres? ¿En la cara o en la boca? —le pregunto.
Ella me sonríe con picardía.
—Donde tú quieras.
—No —digo, moviendo mi mano de su cabello a su mandíbula—.
No seas tan perfecta. No puedo soportarlo, joder.
—Mis elogios prácticamente la hacen brillar.
Vuelve a poner su boca pecaminosa en mi pene, chupando y acariciando, y solo tengo que imaginar mi semen manchando su cara perfecta para llegar al orgasmo—.
Me corro, pajarito —digo con voz tensa. Le pongo la mano en la mandíbula, le aparto la boca y me acaricio rápidamente.
Me invade el placer y los chorros blancos de mi semilla le salpican la cara.
La primera gota cae en su mejilla y la siguiente en sus labios.
Debería sentir repugnancia por la forma en que la estoy tratando: usándola, manchándola, tratándola como si no fuera más que un juguete para mi placer, pero cuando ella saca la lengua para saborear el desastre que he dejado sobre su labio, sé que estoy jodido.
Ella gimotea al sentir mi sabor en la boca justo cuando mi clímax se desvanece. Abrumado por el deseo, hago que se siente en mi regazo. Quiero besarla y follar con ella y hacerla mía para siempre. Quiero hacer cosas imprudentes y estúpidas con esta mujer.
Nunca fue así con Em. Nunca me sentí tan depravado y abrumado por la lujuria como lo estoy con Camille. Nunca me sentí tan cerca de Em. Camille no se merece esta versión de mí. Es demasiado pura y hermosa.
Me arranco la camisa y la uso para limpiarle la cara.
—Lo siento.
—¿Lo sientes? —murmura ella—. ¿Por qué?
¿Cómo puedo explicárselo? Es imposible.
Así que mantengo la boca cerrada y la pego a mí, acariciándole la espalda y diciéndome a mí mismo que no es demasiado tarde para dar marcha atrás y volver a como eran las cosas. Aún puedo arreglarlo.
—No es nada —susurro—. Eres una chica muy buena, ¿lo sabes, pajarito?
Ella apoya la mejilla en mi pecho, suspirando alegremente.
Ojalá pudiera decirle que es mucho más que eso, porque no es solo buena: también es perfecta. Es maravillosa. Lo es todo.