Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 22
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Regla nº 22

Incluso los dominantes tienen que aprender a aceptar órdenes Jack

—Quédate aquí —le ordeno a Camille, haciendo que se ponga detrás de mí.

Se ha desatado una pelea en algún lugar del club y la pista es un caos absoluto. Si la gente no está huyendo de la pelea, está corriendo hacia ella, con los teléfonos en la mano, listos para grabarlo todo.

Qué puto desastre.

Me abro paso entre la multitud hasta encontrar a dos hombres lanzándose puñetazos en el suelo. Todos a su alrededor los animan o los graban como si se tratara de un deporte enfermizo.

Al levantar la cabeza de donde están los dos hombres, cruzo la vista con Julian. Rechino los dientes y se me dilatan las fosas nasales mientras lo miro con ira; él tiene la misma expresión.

—¡Separaos! —grito, agachándome para apartar al hombre que está encima del otro.

—¡Atrás todos! —ordena Julian. Empieza a empujar a la gente fuera del círculo mientras yo mantengo a los hombres separados.

Finalmente, aparece el personal de seguridad para controlar a la multitud. Una vez que detienen a los dos hombres, me acerco al bar y doy un puñetazo en la barra.

—Cerrad el local.

Weston levanta las manos en señal de rendición.

—No pensaba servir más.

—¿Qué estás haciendo? —protesta Julian—. No podemos cerrar. ¡Solo son las once!

Me vuelvo hacia él y le clavo un dedo en el pecho.

—Te dije que estábamos por encima del aforo. Te dije que teníamos que limitar el alcohol y prohibir los teléfonos, pero no me hiciste caso, joder.

—Y tú lo sabes todo, Jack. ¡Lo siento, se me ha olvidado! —responde, enfadado.

Ignorando la discusión inmadura de Julian, me vuelvo hacia Weston.

—Cierra el local —repito.

—Sí, jefe —responde, lo que me molesta, pero no tengo tiempo para ocuparme de eso. Tengo que despejar este lugar antes de que ocurra algo verdaderamente malo.

—Ayúdame a sacar a todo el mundo de aquí —le digo a Julian—. Es nuestra responsabilidad.

—No voy a cerrarlo solo porque haya habido una pequeña pelea —responde, cruzándose de brazos.

—¿Una pequeña pelea? —No me puedo creer lo que estoy oyendo—. Julian, casi tenemos un motín.

—Estás exagerando.

—Y tú estás siendo infantil —le espeto, arrepintiéndome nada más salir las palabras de mi boca.

Ojalá entendiera por qué Julian es como es: arrogante, desconsiderado, egoísta.

No culpo a su padre por ello; creo que solo es el mundo en el que se crio. Sus padres son buenas personas, su madre es una puñetera santa, pero, sin quererlo, educaron a un niño mimado.

Me aparto de la barra y me dedico a acompañar a los invitados fuera del club.

Me dirijo a la cabina del dj y le hago un gesto con la mano sobre mi cuello para indicarle que apague la música.

Un momento después, la sala se sumerge en el silencio, y el único sonido que se oye es el abucheo colectivo del público.

Cuando me doy la vuelta, veo a Julian ayudando con expresión de descontento.

Me abro paso entre la multitud, andando a lo largo de la pared y atravieso la puerta que da al backstage . Mi hermana está dando pisotones, furiosa, y con una expresión rabiosa en su rostro.

Estoy seguro de que no hay nadie más malvado en este planeta que Elizabeth, y no lo digo solo por ser su hermano mayor. A juzgar por su expresión, quienquiera que sea el encargado de la seguridad esta noche acaba de ser objeto de una enorme dosis de su ardiente ira.

Se detiene frente a mí con los brazos en jarras.

—¡Tienes que controlar este lugar! —espeta—. Los bailarines no tienen por qué aguantar esto, Jack.

—Me estoy ocupando de ello —le respondo.

—¿De verdad? —responde ella ladeando la cabeza—.

¿O solo te estás peleando con Julian? —Hablando del rey de Roma, de repente aparece detrás de mí y mira a Elizabeth con expresión impasible.

Ella nos señala con el dedo, con severidad, como si yo no fuera casi diez años mayor que ella—.

¡Los dos tenéis que dejar de lado vuestras tonterías y aprender a trabajar juntos antes de que alguien salga herido!

Con eso, nos da un empujón y se aleja con paso firme, decidida a cumplir su misión.

La única razón por la que me uní a este club el año pasado fue para trabajar junto a mi hermana y, con suerte, reparar la relación rota entre nosotros. Y casi todo ese año ha pasado con muy pocas palabras y sin ningún progreso. Pero no es algo en lo que pueda centrarme ahora mismo.

Tiene razón.

Me vuelvo hacia el hombre que está a mi lado y suspiro.

—Ayúdame a vaciar este lugar.

—Tú no me das órdenes —responde con frialdad.

Harto de sus tonterías, lo agarro por el cuello y lo empujo con fuerza contra la pared. No parece sorprendido en absoluto. Me mira con los ojos entrecerrados y dedica un gesto furioso cuando me acerco a su cara.

—¡No sé qué coño te pasa! —exclamo—. Pero aquí hay gente que me importa, joder, y no voy a descansar hasta que este agujero esté vacío y ellos estén a salvo, ¿entendido?

Me empuja y se endereza la corbata.

—Siempre se trata de ti, Jack. Todo se trata de ti.

—Que te jodan, Julian.

—Que te jodan a ti, Jack.

Da media vuelta y se marcha, y yo me quedo ahí, resoplando de rabia.

Cuando salgo del pasillo entre bastidores, me encuentro a Camille donde la he dejado. Tiene las cejas enarcadas y está cruzada de brazos, y me mata verla asustada. Corro hacia ella y le pongo las manos en los brazos.

—Vete a casa. Tengo que arreglar este desastre.

—Puedo ayudarte —murmura.

Al oírla hago una mueca. Hace solo unos minutos, quería escucharla hablar. Pero ahora, con todo desmoronándose, me irrita su voz.

—No —digo con severidad—. Tienes que irte a casa.

Es tarde. —Se muerde el labio inferior y me doy cuenta de que no quiere dejarme.

A decir verdad, yo tampoco quiero que se vaya.

En solo unas semanas, me he acostumbrado a su cercanía de una forma que me sorprende.

No quiero que haya distancia entre nosotros.

Estar en su presencia es como una droga para mí, y no me canso de ello.

Pero ahora mismo tengo trabajo que hacer—.

Vete —repito, y finalmente asiente y obedece.

Julian y yo tardamos casi tres horas y media en limpiar el club. Al final de la larga y agotadora noche, no soporto mirarlo a los ojos; ni a él ni a nadie más, por cierto.

Me siento un fracasado. Todo lo que han dicho Camille y Elizabeth me hace daño porque era la verdad. Se suponía que debía infundirles a todos fe y orientación, y a mi hermana más que a nadie, pero ella me soporta a duras penas.

Cuando Julian y yo llegamos a la última planta del club, ahora vacío, nos quedamos paralizados al encontrarnos cara a cara con Matis.

Matis era el propietario original de L’Amour, que abrió hace casi treinta años, cuando él tenía poco más de veinte. Y aunque nos regaló el club hace solo un año, se ha quedado como una especie de mentor para el resto de nosotros.

Y, a juzgar por la expresión enormemente decepcionada de su rostro, no está contento. Y no lo culpo.

—¿Qué ha pasado? —pregunta con su marcado acento francés—.

El aforo es de trescientas cincuenta personas, y me han dicho que habíais superado las quinientas.

—Por el rabillo del ojo, veo cómo Julian tensa la mandíbula.

No va a admitir que ha sido culpa suya y, a estas alturas, tampoco iba a servir de nada echarle la culpa a nadie—.

Tú lo sabes mejor que nadie —dice Matis, mirándome con ira.

—Ha sido una noche larga, Matis. Hablemos de ello mañana. —Intento pasar junto a él, pero me pone una mano en el pecho y me echa hacia atrás.

—No, lo hablaremos ahora.

Agotados, Julian y yo nos dejamos caer en las sillas de una mesa cercana. Matis se sirve una copa y se acerca sin prisa. Cuando se sienta frente a nosotros, es como si fuera a regañarme como a un niño, y eso me molesta.

—¿No deberíamos llamar a los demás? —pregunta Julian.

Matis le da un sorbo a su copa y niega con la cabeza.

—Vosotros dos sois el problema —replica con tono seco.

—¿Nosotros? —repite Julian.

No me molesto en responder porque sé que tiene razón.

—Se suponía que vosotros dos ibais a ser los líderes. Que ibais a ser compañeros, ¿recordáis? Pero sois unos compañeros terribles.

—No nos llevamos bien —respondo con frialdad.

—No tenéis por qué llevaros bien. Ni siquiera tenéis por qué caeros bien. Porque no se trata de vosotros, se trata del club. Pero lo habéis saboteado para vengaros el uno del otro. Y eso no es justo para nadie.

Me acodo sobre la mesa y me paso la mano por la frente.

—He intentado decirle que necesitamos medidas más estrictas y más control sobre el aforo, pero él no quiere…

—Ya basta —ladra Matis, así que dejo de hablar. Él también parece agotado cuando se recuesta en su silla. Todo esto es un desastre, y odio la decepción que veo en su rostro. De repente, me alegro mucho de que Ronan no esté aquí. Puedo soportar la decepción de Matis. Pero la de mi padrino…

De repente, recuerdo las palabras de Phoenix en la oficina aquel día: «¿Y si Ronan se equivocaba con respecto a nosotros?» .

Me molesta que ella pueda pensar que esto es culpa suya. O de Weston, o de Amelia, o de Elizabeth. Porque no ha sido culpa de ninguno de ellos, sino mía.

—Si no supiera que no es así —añade Matis, mirando esta vez a Julian, que está enfurruñado en silencio en su asiento, a mi lado—, diría que estás intentando sabotear este club a propósito.

—¿Por qué iba a hacer eso? —responde él.

—No lo sé —dice Matis con tono tranquilo—. Para destruir algo que tu padre amaba. Para hacer quedar mal a Jack.

Julian resopla, pero no responde. Lo miro con el ceño fruncido, preguntándome de repente si eso podría ser cierto. No sé si Julian tiene una relación tensa con su padre, así que lo primero me parece extraño, pero lo de hacerme quedar mal… Eso sí tiene sentido.

Pero ¿quién soy yo para juzgar? ¿No he hecho yo lo mismo?