Regla nº 21
El deseo es la mejor parte
Camille
El club está más oscuro y es más ruidoso de lo que recuerdo. Hay una fila de gente fuera, a lo largo de la calle, y me resulta extraño lo bullicioso que es una vez dentro.
No parece el tipo de lugar del que Jack fuera propietario.
Una vez que el portero me deja entrar, me abro paso inmediatamente entre la densa multitud hacia el ascensor que lleva al sótano. Le doy mi nombre al guardia de seguridad que está junto a las puertas y me deja entrar al instante.
Cuando llego al sótano del club, tengo que abrirme paso entre más gente para alcanzar la parte de atrás, donde lo vi la última vez. La gran sala donde se encuentran los expositores está igual que la última vez, solo que un poco más llena.
Veo a Jack cerca del último puesto y me sonríe antes de darse cuenta de lo que hace y vuelve a poner esa expresión estoica en su rostro.
Atravieso la sala hacia él. Cuando me señala con una mano hacia el lugar donde me va a atar, se me pone la carne de gallina por los nervios.
Hay un gran banco acolchado en el centro, así como cuerdas colocadas en ganchos a lo largo de la pared trasera.
Al igual que en el apartamento de Jack, hay vigas y ganchos de suspensión. Estoy deseando que los usemos.
Me quedo frente a él, que me mira fijamente.
—Inspira hondo —sugiere, y se desabrocha la camisa.
Me da la impresión de que nos están mirando desde todos los rincones de la sala, y me inquieta que eso lo distraiga—.
No te preocupes por ellos. Pronto te estarán mirando a ti.
—Contengo una sonrisa al disfrutar de su atención—.
Quítate la ropa —murmura—. Como si fuera algo normal.
Normal…, pienso mientras me quito el vestido en una estancia llena de gente. En todo esto no hay nada normal. Me siento ansiosa, pero Jack parece estar tranquilo y sereno. Es mi ancla en este mar de incertidumbre.
Cuando hace que me dé la vuelta para trenzarme el pelo, cierro los ojos e intento absorber parte de su serenidad.
Pero cuando abro los ojos veo que una mujer me está observando con interés.
Tiene una copa en la mano y está hablando con un hombre, pero no aparta la vista de mí.
Sonríe como si todo esto le pareciera muy divertido, y no me gusta cómo me hace sentir, así que vuelvo a cerrar los ojos.
Él quiere presumir de mí.
Sigo recordándomelo a mí misma, con la esperanza de que me calme los nervios.
Una vez que me ha trenzado el pelo, coge la cinta negra que cuelga de un gancho cercano. Nuestras miradas se cruzan rápidamente mientras pasa la cinta entre sus dedos.
—¿Lista?
Suspiro profundamente y asiento.
Cuando Jack me coloca la venda sobre los ojos, todo se vuelve más intenso: su aliento, su contacto, su calor.
Me concentro solo en él, depositando toda mi confianza en él, tal y como le prometí.
Pero al privarme de uno de mis sentidos, los demás se aguzan, lo que significa que siento más los ruidos y el calor, y esto no se parece en nada a lo que hacemos en casa.
Me arrodillo en el banco acolchado, esperando a que Jack me ate las cuerdas alrededor de los brazos o el torso. En cambio, me abraza y me relajo en el calor de sus músculos firmes.
—Estás temblando —susurra—. No tenemos por qué hacerlo.
Niego con la cabeza.
—Quiero hacerlo.
Me arranca la venda de los ojos y me obliga a levantar la barbilla.
—Abre los ojos, pajarito. —Al oír ese nombre, se me escapa un grito ahogado y abro los ojos de par en par, sorprendida.
Pajarito, como solía llamarme mi padre. Algo que le conté a Jack en mi carta—.
Estoy aquí —susurra. Frunzo el ceño, porque nada de esto tiene sentido.
Jack me trajo aquí para exhibirme. Para atarme.
No para hacerme sentir tan observada que se me llenan los ojos de lágrimas—.
Podemos parar —ofrece, sin dejar de abrazarme con fuerza.
—No quiero parar —musito.
—¿Estás segura? —Asiento—. Si te sientes incómoda, quiero que me lo digas. —Me acaricia suavemente la mejilla con los nudillos.
—Lo haré —respondo en voz baja.
Esta vez, cuando me vuelve a vendar los ojos, me siento mucho más tranquila. Se me relajan los hombros y dejo de temblar.
Entonces empieza a enrollar las cuerdas dobles alrededor de mi cuerpo, empezando por el torso y subiendo hasta crear una X entre mis pechos.
Esta cuerda es un poco más áspera de lo normal, lo que me produce un ligero picor en la piel, pero me concentro en el ardor y no permito que me moleste.
Los nudos están más apretados que de costumbre, lo que me da más seguridad.
Cuando termina el arnés del pecho la multitud que nos rodea está en silencio, y, aunque no puedo verlos, sé que me miran.
Me está exhibiendo.
Pierdo la noción del tiempo mientras me ata las muñecas a la espalda y las sujeta al arnés.
Me dejo llevar por la ágil destreza de sus dedos, que me tocan por todas partes.
Siento un dolor en el hombro, pero cuanto más tiempo estoy así, más se acomoda mi cuerpo a la postura y más se disipa la incomodidad.
Cuando ata algo al final de mi trenza, sé lo que viene a continuación.
—Quédate muy quieta —me dice. Entonces me echa la cabeza hacia atrás y me ata el pelo a las muñecas, dejando mi cuello al descubierto—. ¿Cómo te sientes? —me pregunta, pasando suavemente una mano por mis hombros.
—Bien —respondo.
Luego se agacha hasta acercar su boca a mi oído.
—Deberías ver cómo te miran —murmura suavemente.
Su mano se cierra alrededor de mi cuello y yo dejo escapar un suave gemido.
Se echa sobre mi espalda, tocándome porque puede.
Porque he dejado que me ate y le he entregado mi cuerpo.
Ojalá hiciera algo más. Aunque el sexo esté descartado, quiero saborear sus caricias; cada momento que paso junto a Jack me resulta tan placentero como el sexo.
Sin apartar una mano de mi cuello, me recorre el cuerpo con la otra, pasando sobre mi pecho y mi vientre.
Cuando llega a mis bragas, mi cuerpo se tensa y mi respiración se acelera—.
Ahora te tengo toda para mí, ¿verdad? —murmura—. Podría hacer lo que quisiera contigo.
Me esfuerzo por no sonreír y me recuesto contra él. Lo que antes me parecía una tortura ahora es el paraíso.
Tócame, provócame, haz que lo desee. El deseo es la mejor parte.
Un gemido se escapa de mis labios cuando desliza la mano dentro de mis bragas, y casi olvido que tenemos público.
—¿Esto rompe las reglas? —pregunta; su dedo apenas besa el sensible capullo entre mis piernas—.
No sabría decirlo. —Mi piel se cubre de una ligera pátina de sudor mientras él sigue provocándome con sus caricias.
Entonces sus dedos se adentran más en mis bragas y yo me estremezco de anticipación, pero mi cuerpo está atrapado en esta postura y no puedo moverme.
Y cuando desliza su dedo por mis pliegues y los encuentra empapados, gruñe ruidosamente en mi oído—. Dios, estás tan húmeda, pajarito…
No sé si la sala se ha quedado en silencio, contemplándonos, o si la sangre que ruge en mis oídos es tan ensordecedora que ya no puedo oírlos, pero es como si Jack y yo fuéramos las dos únicas personas que hay en este lugar; no me importa nada más que esa mano que tiene entre mis piernas, tocando la parte más íntima de mí.
Él sigue provocándome, pasando su dedo por la humedad, deslizándose entre los labios de mi centro sin penetrarme, y eso me está volviendo loca de deseo. Lo que daría por tenerlo dentro de mí…
El deseo se ha convertido en necesidad, y la necesidad me hace daño.
—Has sido una chica muy buena conmigo, ¿verdad?
—pregunta mientras su dedo se desliza un poco más adentro.
Gimo y siento una punzada de dolor en el cuello por echarme demasiado hacia atrás.
Ese dolor, el ardor y la excitación se mezclan hasta que los siento por todas partes y no puedo distinguir una cosa de otra—.
¿Es hora de tu recompensa, pajarito? —pregunta, hundiendo su dedo medio hasta la primera falange.
Me muevo, inquieta, y un sonido gutural y ronco se escapa de mis labios.
—Sí, por favor —suplico.
—¿Les enseñamos lo que consiguen las chicas buenas?
—masculla en mi oído, hundiendo su dedo en mi interior.
Gimo ruidosamente, intentando moverme aunque estoy completamente atada.
Él me mantiene erguida, y lo único que oigo es su respiración en mi oído mientras desliza su dedo dentro y fuera, acelerando el ritmo y utilizando la palma de su mano para acariciarme el clítoris—.
Me estás empapando la mano —dice, y eso hace que me excite más.
Siento calor en los músculos de mis muslos e intento mantenerlos separados cuando lo único que quiero es apretarlos y alcanzar un clímax muy merecido. Mi cuerpo se rinde a él, le permite exprimir mi placer como si fuera una muñeca con la que jugar.
—¡Estoy a punto! —exclamo, retorciéndome.
—Ya lo noto —susurra, besándome en el cuello.
Acelera el ritmo de su mano, y esa cadencia capta toda mi atención; hasta la última gota de sangre de mi cuerpo se dirige hacia ese punto tan sensible.
Aprieta la palma de su mano contra mi clítoris, dibujando círculos con rapidez, hasta que las estrellas aparecen tras mis párpados y mis músculos se contraen con un placer ardiente—.
Eso es, pajarito. Déjate llevar. Córrete para mí.
Dejo escapar un grito ahogado y me corro con fuerza contra su mano.
Contoneo las caderas y él no deja de moverse, dejándome flotar a través del clímax durante lo que parece una eternidad.
Mi cabeza está atrapada en las nubes, centrada solo en la sensación y la necesidad.
Pero cuando desciendo de ellas me invade la humillación: acabo de tener un orgasmo en toda regla en público.
La gente me está mirando. Estoy casi desnuda, con los ojos vendados y atada, y acabo de dejar que Jack St. Claire haga que me corra como una gata en celo.
—Dios mío —murmuro mientras intento girar la cabeza hacia él. La cuerda atada al final de mi trenza me impide moverme mucho.
—Ha sido precioso. No te avergüences.
—Nunca había… —balbuceo.
Ni siquiera he sentido cómo sacaba la mano de mis bragas, pero la ausencia de su roce es fría y triste.
No puedo llenar mis pulmones de aire lo bastante rápido. Estoy tan impactada que empiezo a temblar de nuevo.
Una vez que el zumbido en mis oídos se calma, oigo a la gente hablar, pero mi mente no comprende las palabras, solo su presencia.
—Concéntrate en mí, Camille —ordena Jack, dedicándose con destreza a deshacer los nudos—. Lo estás haciendo muy bien.
De alguna manera, Jack me parece más cercano ahora, como si lo que compartimos fuera más significativo que la lujuria.
Mantener estos límites entre lo físico y lo emocional nos ha hecho más fuertes de alguna manera.
Entonces me doy cuenta: me ha tocado. Ha cruzado esa línea y ha escuchado lo que le he contado en la carta.
Podemos tener relaciones sexuales e intimidad y seguir cumpliendo nuestras reglas de no dejar que eso afecte a mi trabajo o a su hija.
—¿Cómo te sientes? —me pregunta, quitándome la venda de los ojos. Para mi sorpresa siento los ojos húmedos cuando parpadeo. Le hago un gesto solemne con la cabeza. Se echa hacia mí hasta rozar mi frente con la suya—. Con palabras, pajarito. Quiero oírte.
Tengo que tragar para deshacer el nudo que tengo en la garganta. Mi pecho sigue agitado y tengo la carne de gallina por todo el cuerpo.
—Bien —digo, aunque no me parece suficiente. Mirándolo a los ojos, esbozo una sonrisa y añado—: Me siento genial.
Entonces Jack me dedica esa brillante y radiante sonrisa torcida tan suya, y me derrito.
—Bien —responde—. Ahora siéntate. Quiero darte un masaje en los hombros porque sé que te duelen.
No puedo evitar morderme el labio inferior mientras me siento en el banco, de espaldas a él.
Se echa aceite caliente en las manos y me aparta los tirantes del sujetador para masajearme los hombros con suavidad.
Echo la cabeza hacia delante y disfruto de su masaje y de lo bien que me siento con sus dedos aflojándome los músculos tensos.
—El club no era así —dice mientras trabaja—. Vamos a hacer algunos cambios, y quería traerte antes de que cerremos.
Pongo los ojos como platos.
—¿Cerrar?
—Temporalmente —puntualiza con voz ronca.
Jack sigue masajeándome los hombros y la espalda, y la tentación de traspasar los límites de nuestra relación es evidente. Sin duda, si él puede hacerme llegar al clímax delante de un público, yo puedo preguntarle más cosas sobre su trabajo.
—¿Cómo acabaste siendo dueño de un club sexual?
No muestra ninguna vacilación y deja escapar un bufido.
—Pertenecía a mi padrino, que me lo dejó en herencia. De hecho, mi madre tiene otro en mi ciudad natal.
Me río para mis adentros.
—¿Es el negocio familiar?
—Supongo que sí —responde con una risita—. Sé que a los demás les parece extraño, pero para nosotros no lo es.
—No creo que sea extraño —respondo—. Supongo que llevas mucho tiempo aprendiendo estas cosas.
—¿El bondage ? Sí, pero no fue hasta hace unos años que empecé a practicarlo. Es… un mecanismo de defensa. —Cuando añade esa última parte sé que le cuesta mucho mostrarse tan vulnerable y hablar de la muerte de su esposa.
Para que no vuelva a cerrarse en banda, cambio de tema.
—¿Y por qué vas a cerrar el club?
—Bueno, mi padrino no me lo dejó solo a mí. Se lo dejó a seis de nosotros para ver si podíamos dirigirlo juntos, los seis hijos de los propietarios originales de otro club en California. Un club que funcionaba mucho mejor que este.
—¿No va bien? —pregunto.
—En absoluto. Todos tienen ideas diferentes sobre lo que debería ser este lugar.
Y lo peor de todo es el hijo autoindulgente de mi padrino.
Así que voy a dejar que lo arruine para que podamos empezar de cero.
—Frunzo el ceño. Cuando no respondo, se detiene, con las manos en mi espalda—. Crees que me equivoco con eso, ¿verdad?
—No sé nada sobre cómo llevar un negocio, pero a mí me parece que esa decisión está motivada por el rencor. Si tu padrino te dio este club para que lo llevaras con él, no creo que le gustara saber que vas a permitir que fracase solo para demostrar tu punto de vista.
Me muerdo el labio, esperando que mi primera conversación con Jack sobre su trabajo no haya terminado también en fracaso por ser franca y arrogante.
Él no dice nada, pero sus dedos siguen recorriéndome la piel con suavidad. Ya no me duelen los hombros, pero sí el corazón.
—Tienes razón —murmura con un hilo de voz.
—Lo siento —digo, volviéndome hacia él—. No debería haber dicho nada. Cerraré la boca.
Esboza una leve sonrisa.
—No, me gusta oír tu voz.
—¿De verdad?
Estamos perdidos uno en los ojos del otro cuando alguien empieza a gritar al otro lado de la sala y se desata una pelea. Todo se convierte instantáneamente en un caos y Jack me abraza con rapidez.