Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 20
49%

Regla nº 20

Te mereces que presuman de ti Camille

«Mi buena chica: Estoy seguro de que tu padre me habría gustado. Crio a una mujer testaruda, y sospecho que no fue fácil, y menos tratándose de ti.

Puedo decir por tu reacción a mis órdenes de esta noche que no te han gustado. Pero las reglas son fáciles de seguir cuando tratan de algo que quieres hacer. Cuanto más dura es la instrucción, más fuerte eres por cumplirla. Más buena.

La buena noticia es que, si obedeces, te recompensaré con algo más que con un simple elogio. Aún no sé cuál será tu recompensa, pero me aseguraré de que sea algo que te guste. Me aseguraré de que lo disfrutes.

Gracias por dejarme acompañarte hoy. Últimamente he estado muy ocupado con el trabajo. La madre de Bea era la que solía organizar salidas como esa.

Me alegro de que estés aquí.

¿Qué te parece ir al club mañana por la noche? Es tu noche libre, ¿no? Puedo arreglarlo para que Phoenix se quede con Bea. Te mereces que presuma un poco de ti.

Dime qué te parece.

Tu señor».

La noche pasada fue agotadora. Me desperté en medio de un sueño erótico cubierta de sudor y prácticamente fuera de mí, pero conseguí obedecer.

Y esta carta de Jack es recompensa suficiente, así que la idea de ir con él al club me tiene prácticamente saltando de la cama.

Es mi día libre y su hermana, Elizabeth, ha aceptado cuidar de Bea durante todo el día, lo que significa que tendré la oportunidad de hablar con ella sobre las clases de ballet.

Por la mañana visto a Bea y le preparo una bolsa con todo lo que puede necesitar. Jack sigue arriba, probablemente durmiendo, cuando suena el timbre.

—Vamos, Bea —le digo, acompañándola a la puerta principal. Cuando ella y yo llegamos a los escalones de la entrada del edificio, Elizabeth parece sorprendida.

—Esperaba que pudiéramos hablar un momento. ¿Puedo acompañaros? —le pregunto.

Elizabeth parece confundida, pero asiente con vacilación.

—Claro.

Bea va delante de nosotras mientras hablo con Elizabeth. A diferencia de la última vez que la vi, lleva el largo cabello negro suelto y viste un abrigo rojo de lana y unas botas altas negras. Está impresionante, y eso hace que me sienta mal por llevar unos pantalones de chándal y una camiseta.

—¿Sabes? —digo mientras avanzamos—. Beatrice ha mencionado que quiere tomar clases de ballet.

Elizabeth se vuelve hacia mí, sorprendida.

—¿Y Jack está de acuerdo?

Hago una mueca.

—No he hablado con él sobre eso.

Ella suspira.

—No va a cambiar de opinión.

—¿Y qué hay de lo que quiere Bea? —argumento, tratando de mantener la voz baja.

—No depende de nosotras —responde Elizabeth.

—Es que no entiendo por qué —insisto.

Cuando llegamos junto a una tiendita, Elizabeth se detiene. Busca unas monedas en su bolsillo y se las da a su sobrina.

—Bea, ¿por qué no escoges algo para comer? No tengo nada bueno en casa.

—¿Puedo comprar caramelos? —pregunta, emocionada.

—No —respondo.

—Sí —dice Elizabeth al mismo tiempo que yo. Cuando la miro, se encoge de hombros—. Privilegios de tía.

—Está bien —acepto, y Bea, contenta, entra corriendo en la tienda.

Una vez que nos quedamos solas, Elizabeth se vuelve hacia mí.

—Cuando tenía dieciséis años, vine a París para inscribirme en un programa de ballet, y me quedé a vivir con mi hermano. Emmaline era una de las profesoras de ese programa.

—Así fue como se conocieron… —digo con un leve gritito ahogado.

—Sí. Al cabo de un año, tuvo que regresar a su casa en Giverny, pero Jack ya estaba enamorado de ella.

Le rogó que volviera a París, y así lo hizo.

En menos de un año, se casaron y nació Bea.

Fue entonces cuando descubrió que estaba enferma.

Yo estuve con ellos durante todo ese tiempo.

Luchó durante tres años, pero no pudo vencer el cáncer.

—Se me llenan los ojos de lágrimas; me doy la vuelta y veo a Bea, que todavía está mirando la sección de dulces de la tienda.

Pobre Emmaline. Pobre Jack. Pobre Bea. Pobre Elizabeth.

Esa cruel enfermedad dejó tanta desesperación a su paso…

—. Em no volvió a bailar después de regresar a París, y mi hermano se culpa por ello.

—¿Así que ni siquiera deja que Bea tome clases? —pregunto.

—Jack no hace nada que le recuerde a Emmaline. Todavía estoy en shock por que te haya contratado.

—¿Por qué? —susurro.

—Porque eres francesa. —Me quedo mirando a Elizabeth, boquiabierta, y de repente todo cobra sentido.

Por eso no me deja hablar: no soporta oír mi acento.

Se me rompe el corazón al pensar que mi presencia le hace daño a Jack.

¿Cuándo empecé a preocuparme tanto por él que la idea de hacerle daño me lo hace a mí?

Bea sale corriendo de la tienda un momento después, y yo sigo aturdida por la revelación—.

Escucha —dice Elizabeth con un suspiro—.

Puedo llevar a Bea al estudio conmigo los días que la tengo a mi cargo.

Le daré clases. Pero no se lo puedes decir a Jack.

—De acuerdo —acepto emocionada—. Muchas gracias.

Ella mira a su sobrina con una expresión cargada de amor.

—Solo quiero que sea feliz.

—Yo también —respondo.

Bea se despide haciendo un gesto con la mano y Elizabeth y ella se van juntas. En mi paseo hasta el apartamento no puedo dejar de pensar en Jack.

Durante todo este tiempo, he visto cómo el verdadero Jack salía de su caparazón, y mis sospechas eran correctas.

No es tan cruel y frío como me ha hecho creer.

Solo se estaba protegiendo. Se cerró al resto del mundo para no tener que volver a sentir ese dolor nunca más.

Y la distancia que pone entre él y su hija no es negligencia: también la está protegiendo.

Cuando entro por la puerta del apartamento, espero que esté vacío. Pero cuando doblo la esquina y veo a Jack en la cocina, me quedo paralizada.

Ninguno de los dos dice nada, solo nos miramos fijamente. Por primera vez, estamos solos, verdaderamente solos. Y me siento como si fuera una prueba.

Prometí que mantendría la profesionalidad. Esas eran las reglas.

De repente, la idea de que Jack y yo podamos hacer lo que queramos, y sé lo mucho que los dos lo deseamos, me parece tan tentadora que me hace daño. Pero tengo la intención de demostrarle a Jack que mi voluntad es fuerte.

Así que, con la cabeza alta, entro en la cocina sin decir palabra. Sus ojos me siguen cuando paso junto a él y me dirijo a la nevera, saco una jarra de zumo y la dejo sobre la encimera. Cuando abro el armario y me estiro para coger un vaso, siento que se acerca a mi espalda.

Su cuerpo roza el mío y, por un momento, pienso que está tratando de burlarse de mí o que incluso está a punto de romper las reglas. Pero se limita a coger uno de los vasos que yo no puedo alcanzar y a dejarlo sobre la encimera.

— Merci —susurro; y hago una mueca al recordar lo que he descubierto hoy.

—De nada —responde, y se aparta.

Me sirvo un vaso de zumo y me apoyo en la encimera para beberlo. Él se toma su café y nos quedamos ahí, en un cómodo silencio que él es el primero en romper.

—Phoenix estará aquí a las nueve. No quiero que nos vean salir juntos, así que te esperaré en el club, ¿entendido?

Asiento, sosteniendo el vaso contra mi pecho. Me muerdo el labio inferior, pensando en ello, en regresar ahí, esta vez con él.

Cuando usó la expresión «presumir de ti», hubo algo en eso que me resulta a la vez emocionante y aterrador.

No sé si se trata de lo bien que me quedan las cuerdas o de lo bien que me porto, pero cualquiera de las dos cosas me hace sentir lo mismo que cuando me dice que soy una buena chica.

Como si, por primera vez en mi vida, supiera exactamente lo que tengo que hacer.

Tengo a alguien que me valora y no estoy sola.

Es una tontería, pero no puedo evitarlo. Me encanta la idea de pertenecer a Jack de alguna manera.

Me pregunto si él siente lo mismo. ¿Le gusta la idea de pertenecerme?

Quizás no lo expresemos de la misma manera, pero esto es recíproco.

Si yo soy suya, él es mío. Y no de forma romántica ni con ningún tipo de compromiso, sino compartiendo algo que nos une.

Está en la forma en que nos miramos a los ojos, en que sabe lo que estoy pensando sin que yo tenga que decir ni una palabra, en cómo confiamos el uno en el otro.

Parece darse cuenta de mi actitud contemplativa, porque deja la taza y se acerca a mí. Me mira a los ojos y me tira suavemente del labio con el pulgar.

—No te pongas nerviosa —musita—. Eres perfecta.

—De repente, todo el aire de la estancia se esfuma y me siento como si me hubiera olvidado de cómo respirar.

Él levanta la mano y me pasa un mechón de pelo rebelde por detrás de la oreja—.

¿Confías en mí? —pregunta. Me cuesta mucho no lanzarme a sus brazos y estrecharlo contra mí con fuerza.

Después de lo que he descubierto hoy me gustaría enterrar mi rostro en su pecho o en el hueco de su cuello y hacer que desapareciera su pena.

Asiento, pero él entrecierra los ojos, y me preocupa haber hecho algo mal.

Entonces pronuncia una sola palabra que me deja impactada—: Dímelo.

¿Quiere que hable? ¿Por qué ahora? Ahora que sé que mi voz y mi acento le traen recuerdos dolorosos, no soy capaz de hacerle daño. Y, sin embargo, él me lo está pidiendo.

Clavo la vista en sus cálidos ojos verdes y le respondo con suavidad.

—Confío en ti.

Los músculos de su rostro se relajan y hace un gesto de asentimiento.

—Bien. Entonces, esta noche me gustaría vendarte los ojos. Si te parece bien.

¿Cómo puede algo tan simple e inocuo parecer tan trascendental? La idea de poner un poco más de control en sus manos me excita más de lo que habría esperado.

—Sí —respondo sin dudar—. Quiero que lo hagas.

—Espero que sepas que quiero más —añade con una mueca—.

No tienes ni idea de cuánto lo deseo. Pero no confío en mí mismo.

Porque una vez que vaya más allá, será una pendiente resbaladiza.

Primero te tocaré. Luego te saborearé. Después follaremos.

Y todas las reglas que hemos establecido no servirán para nada. Hay demasiado en juego. Lo siento.

—Podemos tenerlo todo, Jack —suplico—. Si lo mantenemos solo en el terreno físico, las cosas seguirán como están. Durante el día seré la niñera de tu hija, pero por la noche puedo ser más. Puedo ser mucho más, Jack.

Entrecierra los ojos, meditándolo. Me toca la mejilla y la acaricia suavemente con la yema del pulgar.

—Nunca te haría daño. Espero que lo sepas —responde, sin contestar a mi petición.

—Lo sé.

Cuando me mira así, como si significara mucho para él, me pregunto si todavía la ve a ella. ¿Solo le recuerdo a su difunta esposa, o Jack ha empezado a verme como soy?

—Lo de esa carta iba en serio —dice—. Me alegro de que estés aquí.

El momento es delicado y frágil. Una pequeña ráfaga de viento podría romperlo en mil pedazos. Así que ninguno de los dos se mueve.

—Yo también me alegro de estar aquí —respondo en voz baja.

Escudriño su rostro en busca de una reacción, un signo de ansiedad o pena, pero no hay ninguno: solo intimidad y calidez.

No tengo experiencia como niñera, pero estoy bastante segura de que no se supone que deba ser así.

Esto es más que cruzar los límites de lo que hacemos arriba.

Esto es diferente. Y yo también he hablado en serio: me alegro de estar aquí.

Esta es mi casa ahora mismo, y a lo mejor no debería sentirlo así, pero no puedo evitarlo.

—Perfecta —susurra de nuevo. —Lo contemplo cuando se aparta, dejándome sin aliento y acalorada. Y un poco confundida—. A las nueve en punto. —Se dirige hacia la puerta principal. Antes de desaparecer por ella, se vuelve hacia mí y añade—: No llegues tarde.

Y entonces, sin más, se marcha.