Regla nº 19
La única persona a la que tienes que demostrar tu lealtad es a ti misma Camille
«Señor:
Yo tampoco quiero traspasar esa línea. Ser la niñera de Bea es el mejor trabajo que he tenido nunca. De hecho, es más que un trabajo. La quiero mucho y estoy de acuerdo contigo: si las cosas se complicaran entre nosotros, esto podría acabar mal y Bea sería la que pagaría las consecuencias.
Puedo mostrar cautela.
Gracias por tus condolencias por mi padre. Murió hace tres años. Un día estaba abriendo el restaurante y sufrió un aneurisma. Los médicos dijeron que fue instantáneo. Me alegro de que no sufriera, pero no puedo explicar lo extraño que fue hablar con él un segundo y que al siguiente ya no estuviera.
Te habría caído bien. También era un gruñón, pero siempre fue amable conmigo.
Solía llamarme “mi pequeño colibrí”, porque siempre estaba moviéndome de un sitio a otro. Supongo que tú has encontrado la manera de hacer que me quede quieta, y me gusta.
Me alegro de que hayas venido hoy al parque. A Bea le ha encantado tenerte ahí.
Y a mí también.
Tu buena chica».
Hundo los dedos de los pies en la lujosa alfombra roja mientras Jack trabaja. Esta noche está haciendo un arnés para el pecho, como me ha explicado al entrar. Este no es tan restrictivo… todavía.
Está enrollando dos cuerdas alrededor de mi cuerpo, anudándolas a mi espalda y mi vientre en varios lugares. Eso hace que se acerque mucho a mí, y puedo inhalar su aroma y sentir su tacto sin que sea como hoy en el metro.
Ese momento me ha asustado. Lo último que quiero sentir es lo maravilloso que es experimentar brevemente algo que no puedo tener.
Cuando estamos aquí arriba, las líneas están bien trazadas y asumimos roles con parámetros definidos.
Es fácil. Aunque hoy ha sido diferente. No ha usado la venda; la ha tocado brevemente al sacar las cuerdas, y yo me he emocionado al pensar que tal vez consideraba que ya había bastante confianza entre nosotros, pero no ha sido así, de modo que he cerrado los ojos y he dejado que la oscuridad me envuelva mientras él trabaja.
Su ágil contacto me sumerge en un estado de relajación, y, por la forma en que se mueve, puedo decir que está disfrutando tanto como yo.
Me siento como su muñeca, algo con lo que puede jugar. Enrolla la cuerda alrededor de mi cuerpo como si fuera su pasatiempo favorito.
Tengo los brazos por encima de la cabeza, lo que le da acceso a mi torso; mis dedos rozan el lazo de latón que cuelga del techo y, sin decir una palabra, vuelvo la cabeza hacia él.
—Son ganchos de suspensión —dice él al percibir mi curiosidad—.
Pero por ahora no vamos a usarlos. Aún no estás preparada para eso.
—Echo los hombros hacia atrás y me enderezo, y él se ríe entre dientes mientras hace un nudo con la cuerda alrededor de mi caja torácica—.
No te gusta que te digan que no puedes hacer algo, ¿verdad?
—Niego con la cabeza—. Bueno, no he dicho que no puedas hacerlo.
He dicho que aún no puedes hacerlo. —Suelto un bufido y aprieto los labios—.
Algún día podrás; te prepararé para ello.
—Asiento suavemente, satisfecha con esa respuesta—.
A veces, obedecerme significa ser paciente.
Significa hacer lo que digo, pero también no hacer lo que prohíbo. ¿Lo entiendes?
Dudo. Eso es lo único que no quiero oír.
No se trata de que quiera desobedecerlo, sino que para mí no es natural aceptar que me digan que no puedo hacer algo.
Llámalo orgullo obstinado o independencia feroz, pero seguir órdenes es mucho más fácil que aceptar restricciones.
¿No es suficiente con que me quede callada?
¿Que asienta y niegue en silencio y haga lo que me dice?
¿Que me quede quieta como una estatua mientras me ata?
De repente, Jack tira con fuerza del arnés que me rodea el torso y suelto un grito ahogado al chocar contra él. Su cara está cerca de la mía, tanto como aquella primera noche en esta misma sala.
—Te he preguntado si lo entiendes —insiste, con la boca cerca de la mía.
—Tenso la mandíbula y dilato las fosas nasales, y por mucho que desee discutir y rebelarme, prefiero escuchar sus elogios antes que sus reproches.
Así que, a regañadientes, asiento—. Buena chica —dice con voz ronca y una sonrisa maliciosa.
Esa frase sirve para derretir un poco el hielo que hay dentro de mí—.
Creo que deberíamos hacer algunos ejercicios para practicar las restricciones —dice, y eso despierta mi interés—.
Dime, ¿alguna vez te tocas después de estas sesiones?
—pregunta. Noto que mis mejillas se enrojecen y trago saliva nerviosamente—.
Responde a la pregunta. ¿Sí o no? —Suspiro temblorosamente con los labios entreabiertos y asiento—.
No te avergüences. —Se echa hacia mí y acerca los labios a mi oído—. Yo también.
La excitación inunda el espacio entre mis muslos, así que los aprieto con fuerza.
La idea de que Jack se excite tanto conmigo que tenga que darse placer después es suficiente para hacerme querer llegar al clímax aquí mismo.
Chispas de excitación bailan en mi vientre.
¿Por qué me cuenta esto? ¿Esto es mostrar cautela?
—A partir de ahora, no quiero que te toques.
¿Entendido? —Frunzo el ceño e incluso vuelvo la cabeza hacia él, aunque no puedo verlo.
Esta regla no tiene ningún sentido. Si lo hago, ¿cómo va a enterarse?
¿Va a revisar mis bragas en busca de signos de placer?
¿Va a instalar cámaras en mi habitación para vigilarme?
—. Confío en que seguirás esta reglas, Camille.
¿Crees que podrás hacerlo? —Asiento muy despacio—.
¿Entiendes por qué te lo he pedido? —pregunta, colocando el extremo suelto de la cuerda contra mi espalda.
Niego con la cabeza—. Porque quiero que estés entregada a esto.
Quiero tu plena confianza, y si rompes esa confianza, puede que yo nunca lo sepa, pero tú sí.
Sabrás que no se puede confiar en ti. Que no puedes seguir las reglas.
Que en realidad no eres una buena chica.
—Suelto un grito ahogado y me vuelvo hacia él para demostrarle lo ofendida que estoy solo por que haya sugerido algo así.
Esa frase por sí sola me llega al corazón.
Tiene razón. Yo lo sabría. Así que en realidad no es una regla para él, es una regla para mí.
Suelta una risilla—. Entonces, confío en que seguirás las reglas.
Después de desenredar las cuerdas de mi pecho y terminar la sesión, su nueva regla es como un peso sobre mis hombros. Aunque estoy decidida a cumplirla, también siento cierto temor, porque significa que no tendré alivio.
Me envuelvo en la bata y me la ato a la cintura, y saco la carta del bolsillo.
Él está enrollando las cuerdas en forma de ocho para guardarlas, así que me da la espalda.
Considero darle la carta ahora mismo, pero me resulta raro, así que salgo de la sala y la deslizo bajo su puerta, como siempre hago. Luego bajo las escaleras.
Tengo el cuerpo tenso, ávido de algo que no puede tener. Siempre espero con ansiedad los breves momentos de placer que obtengo después de una de nuestras sesiones, y ahora me los ha quitado.
Estoy tumbada en la cama, dando patadas inquietas a las mantas cada pocos minutos, solo para volver a taparme al momento siguiente.
Seguir sus instrucciones es terrible.
Quizás no sea una buena chica. Quizás pensaba que lo era cuando me ordenaba cosas sencillas, susurradas al oído de forma seductora. Eso engañaría a cualquiera haciéndole creer que es sumiso y obediente.
Pero yo no lo soy. Soy desafiante, terca y rebelde.
Y desde luego no soy la clase de mujer que permite que un hombre le dicte lo que puede o no puede hacer cuando está sola.
El crujido del suelo frente a mi puerta capta mi atención, así que me quedo quieta en la cama y escucho.
Aparto lentamente las sábanas y me levanto de la cama. De puntillas, me acerco a la puerta y miro a través de la estrecha rendija. Apenas puedo distinguir su silueta en el pasillo a través de la oscuridad, pero es suficiente para que mi corazón comience a latir con fuerza.
Abro la puerta y lo miro fijamente en la oscuridad. Se queda paralizado, con un papel doblado en la mano, pero yo no me fijo en la carta, sino en su rostro.
Da un paso adelante, pero no cruza la puerta de mi habitación. Yo doy un paso hacia él, hasta que nuestros cuerpos están casi pegados.
Al igual que la última vez que lo sorprendí en el pasillo, nos quedamos ahí quietos sin otra razón que disfrutar juntos de este silencio tranquilo y apacible.
Levanta la mano y, en lugar de volver a tocarme la cara, desliza los dedos por el costado de mi brazo. Cuando llega a mi muñeca, flexiono los dedos, esperando sentir su tacto.
—¿Te estás portando bien? —susurra, echándose hacia delante. Sus ojos se desvían hacia mi cama y regresan a mi rostro.
—Por supuesto —respondo, levantando la barbilla.
—Bien —susurra, y le tiemblan los labios al intentar reprimir una sonrisa.
Luego, como es cruel, me empuja hasta que mi espalda choca contra el marco de la puerta.
Pega su cuerpo al mío y me invade una idea repentina: está a punto de romper las reglas y de traspasar los límites.
Desliza los dedos por mi vientre y baja.
Dejo de respirar por completo cuando su toque ligero como una pluma roza el centro de mis bragas.
No me toca el clítoris, pero juraría que puedo sentirlo flotando sobre él—. ¿Te gusta? —susurra.
Asiento, inquieta.
—Sí.
—Lo siento —dice, y yo lo miro con confusión—. No debería torturarte así, pero quiero ver lo fuerte que eres.
—No juegas limpio —murmuro, indignada. Solo está excitándome más para que mi reto sea aún más difícil.
Es cruel y despiadado. Y la hostia de sexy.
¿Cuándo le di a este hombre tanto poder sobre mí?
¿Y por qué me gusta tanto? Sus labios traviesos me rozan el cuello, y lo chupa delicadamente, provocándome un escalofrío—. Jack, por favor —le suplico.
Oigo el crujir del papel y miro hacia abajo para ver cómo desliza la carta suavemente sobre mi piel y luego por el centro de cada pecho. Es insoportable.
Cuando aparta la mano y el cuerpo de mí, dejo escapar un gemido por su ausencia.
Entonces me tiende la carta y yo la cojo a regañadientes. Frunzo el ceño cuando lo oigo reírse entre dientes.
—Como he dicho —susurra—. Lo siento.
Suelto una retahíla de maldiciones en francés cuando se pierde en la oscuridad. Dejo caer la carta sobre la mesilla de noche, demasiado enfadada como para leerla ahora mismo. Me da igual lo que quiera decirme.
— Espèce d’enfoiré cruel —refunfuño para mí misma, golpeando la almohada—. Salopard malfaisant! («Maldito hombre cruel. ¡Bastardo del demonio!»).
No consigo conciliar el sueño. Mi cuerpo está tenso por la necesidad y estoy demasiado enfadada para quedarme dormida.
Sin embargo, no me toco para aliviar el dolor antes de que el sueño me venza. Así que supongo que, después de todo, soy una buena chica.