Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 18
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Regla nº 18

Nunca rechaces un día en París con el hombre guapo para el que trabajas Camille

Lo último que quería encontrar esta mañana era una respuesta escrita de Jack bajo mi puerta. En el momento en que me desperté y vi que el humillante borrador de mi propia carta había desaparecido y en su lugar estaba la suya, me sentí mortificada.

Debió de colarse en mi habitación en mitad de la noche para cogerla, y eso debería molestarme mucho más de lo que lo hace, pero estoy demasiado distraída por el recuerdo de lo que escribí en esa carta.

Ahora, mientras estoy en la cocina, viendo cómo Bea colorea en la mesa, recuerdo todo lo que dije en esas líneas y me encantaría que me tragara la tierra.

Ya es bastante malo que compartiera con él algo tan personal como la muerte de mi padre, pero luego tuve que empeorar las cosas diciéndole lo mucho que quiero ser…

—¿Podemos hacer algo divertido hoy? —pregunta Bea, interrumpiendo mis pensamientos.

—Por supuesto —respondo—. ¿Qué te gustaría hacer?

Ella se encoge de hombros.

—No lo sé.

Es sábado y, desde que estoy aquí, la rutina de Bea ha sido casi la misma todos los días. No hemos hecho nada fuera de lo común.

—¿Y si cogemos el metro para ir a la ciudad? —sugiero—. Podemos ir a comer y visitar el parque.

—¿El que tiene los barcos en la fuente? —responde, emocionada.

—Sí. Podemos ver los barcos.

París es precioso en otoño, sobre todo ahora que las hojas han empezado a cambiar de color. Y como hoy, a finales de septiembre, la lluvia nos ha dado un descanso, lo sensato es aprovecharlo antes de que haga demasiado frío para disfrutar de un día soleado en el parque.

Bea se mueve entusiasmada en su asiento y, al instante, mis pensamientos vuelven a Jack. En realidad, él debería ser quien pasara tiempo con ella hoy. Ojalá viniera con nosotras. A ella le encantaría.

Saco la carta del bolsillo trasero y la leo de nuevo.

«Mi buena chica:

Creo que esta es mi carta favorita de las que me has escrito. Y parece que se te había olvidado dármela, así que menos mal que la encontré en tu escritorio.

Siento mucho lo de tu padre. Debe de haber sido muy difícil. Y entiendo el resentimiento que sientes hacia quien te abandonó. Ser la superviviente es increíblemente injusto».

He leído esta carta casi cien veces desde que la he cogido hace solo una hora. Y esa frase me conmueve cada vez que la leo. Este es un hombre tan destrozado por su dolor que apenas puede mirar a su propia hija y, sin embargo, de repente me abre su corazón en una carta.

¿Cómo ha sucedido esto? ¿Y cómo puedo saber más de él?

«Tus reacciones y razonamientos sobre el vínculo son perfectos. Me alegro de que te guste.

Y me alegro de que confíes en mí. Eso es lo más importante.

No le ofrezcas algo así a cualquiera. Haz que se lo ganen.

En cuanto a la última parte de tu carta…».

Hago una mueca, mordiéndome el labio, cuando recuerdo lo que escribí. Esas palabras obscenas y lascivas que se suponía que nadie iba a leer.

«Ojalá esa persona pudiera ser yo, pero tenemos que ser cautelosos. Hay unas reglas que seguir y unos límites que no podemos traspasar.

A mi hija pareces gustarle mucho, y eso es más importante para mí que mis deseos egoístas.

Además, deberías hablar así más a menudo, decirme lo que quieres.

Siempre debes ser sincera conmigo».

Me gustaría escribirle una respuesta antes de irnos, pero Bea ya está dando saltitos, impaciente por salir de casa, así que mi carta tendrá que esperar.

Nos detenemos en la puerta principal; le estoy atando los cordones de los zapatos cuando oímos pasos bajando las escaleras.

Bea y yo miramos al mismo tiempo y vemos a Jack.

Hoy va vestido de manera informal, con unos vaqueros oscuros y una camiseta tipo Henley que se ajusta perfectamente a sus hombros y sus pectorales.

Me obligo a apartar la vista.

—¡Hola, papá! —saluda Bea con una sonrisa—. ¡Vamos a ir en metro!

Jack se detiene con una expresión escéptica en su rostro. Dudo en darle más explicaciones, pero entonces recuerdo que esto no es una situación de sumisión en la que respondo con gestos silenciosos de asentimiento o negación: debo decirle adónde voy a llevar a su hija.

Carraspeo.

—Bea quiere ir a la ciudad. La voy a llevar al Jardín de Luxemburgo. Si te parece bien.

—Por supuesto —responde en voz baja.

—¡Ven con nosotros, papá! —interviene Bea; corre hacia él y lo coge de la mano.

Él la mira como si acabara de conocerla, con un destello de calidez.

Está debatiéndose consigo mismo, y me gustaría saber qué se le pasa por la cabeza, cuál es el motivo —¿miedo?

— que le impide querer estar con ella. ¿Teme que estar con Bea le haga daño, como si volviera a perder a su esposa?

¿Está tan apenado que ya ni siquiera sabe cómo amar a su propia hija?

Sea como sea, sé que la respuesta no es evitarla y alejarla.

—Si tu niñera está de acuerdo… —dice, y me mira de reojo.

Me quedo sorprendida, abro la boca y tardo unos segundos en responder.

—Eeeh…, claro —digo por fin—. ¿Quieres llevarla tú? ¿Solo vosotros dos?

—No —espeta él—. Tú también deberías venir.

—Sí, tienes que venir, Camille —dice Bea con dulzura.

— D’accord —respondo en voz baja.

Bea muestra su alegría dando saltitos mientras su padre y yo nos calzamos y nos preparamos para salir. Hago todo lo posible por evitar su mirada. Normalmente, puedo mirarlo a los ojos y sentirme muy cómoda, pero ahora mismo, en esta situación, me resulta imposible.

Paseamos en silencio por la calle. Bea sigue con su charla habitual, cogida de mi mano, mientras que Jack va detrás de nosotras. Y cuando subimos al metro, él se sienta al otro lado de Bea, que se acurruca junto a mí.

Verlo en este entorno me hace bastante gracia.

No creo que Jack sea de los que viajan en metro muy a menudo.

Probablemente tenga un chófer o tome taxis si necesita desplazarse, pero a mí siempre me ha encantado el transporte público de la ciudad.

Para eso se creó, así que me parece un privilegio poder utilizarlo.

Sus ojos se encuentran con los míos por un breve instante durante el trayecto y yo aparto rápidamente la vista.

Me sonrojo cuando noto que él no lo hace y recuerdo lo que le dije en aquella carta.

Tampoco es como si él no me hubiera escrito cosas sexys en sus cartas.

La primera que recibí fue la más obscena que he leído nunca.

Pero eso fue antes de que encontráramos esta nueva dinámica juntos.

Antes de que yo me convirtiera en su sumisa y él en mi maestro.

Le echo una ojeada de reojo y me deleito con su encantadora sonrisa.

En estas últimas semanas he visto cómo el auténtico Jack salía a la luz.

Poco a poco, está emergiendo de las profundidades de dondequiera que se haya estado escondiendo.

Mi abrumador interés por él comenzó como curiosidad y se ha convertido en algo más.

No es en absoluto quien esperaba, e incluso ahora, el hielo se está desprendiendo poco a poco de ese hombre frío y brutal con el que me encontré al principio.

Cuando llegamos al parque, Bea va delante de nosotros con su abrigo de tweed color arena y sus medias rosas, ansiosa por disfrutar del espacio libre y de los extensos senderos que atraviesan el inmenso jardín.

Los gansos corretean y ella los persigue alrededor de una isla de césped verde y una estatua de piedra.

Este jardín siempre ha sido mi favorito.

Mi padre me traía aquí cuando era niña, y recuerdo claramente cómo me quedaba boquiabierta al ver las enormes palmeras, plantadas de forma poco habitual justo enfrente del antiguo palacio.

Una explosión de color recorre los senderos, con flores rosas y moradas que brotan en un paisaje perfectamente diseñado.

Bea parece estar igual de encantada que yo.

—¡Beatrice! —grita Jack, alarmado, cuando ella se desliza entre un seto y desaparece de nuestra vista. En cuanto lo oye, da la vuelta y regresa a donde podemos verla. Me acerco a ella; el sonido de su voz, con ese tono tan paternal y protector, se me ha quedado grabado.

Cojo a Bea de la mano y serpenteamos por el parque hasta llegar a la fuente donde flotan un montón de veleros blancos. Jack se va y regresa un momento después con uno de los barcos para que Bea lo haga navegar. Ella lo deja en el agua con una risita entusiasta y una sonrisa radiante.

Él se agacha y le enseña cómo usar el palo grande para empujar el barco sobre el agua.

Me quedo rezagada y los contemplo, disfrutando de cómo le habla, de cómo le explica cómo el viento empuja las velas.

Ella le toca la mano y me pregunto si es el primer momento que pasan juntos desde que murió su esposa.

Mientras ella juega, él y yo encontramos un banco para sentarnos juntos y vigilarla. Parece tranquilo y, cuando lo miro, veo el amor en sus ojos al ver cómo se divierte su hija. Me gustaría hacerle tantas preguntas… ¿Por qué es tan distante con ella? ¿Por qué no es el padre que sé que quiere ser?

Pero mantengo la boca cerrada y dejo que disfrute del momento. Pondré en mi próxima carta lo que sea que quiera decirle.

Después del parque, almorzamos en una cafetería cercana.

Los tres compartimos una pizza margarita y bebemos Coca-Cola.

Jack está sentado frente a mí y no puedo dejar de admirar lo sexy que está cuando se recuesta en la pequeña silla de la cafetería, con su abrigo de lana abierto, dejando al descubierto la camiseta ceñida que cubre sus musculosos pectorales.

Lleva unas gafas de sol negras, mirándolo todo a su alrededor, y me doy cuenta de que le encanta París.

Encaja perfectamente, como si estuviera hecho para esta ciudad.

— L’addition, s’il vous plaît —le dice al camarero al pasar, y me pilla por sorpresa. Abro los ojos de par en par mientras Jack le tiende la tarjeta de crédito al hombre.

¿Jack habla francés? Es una frase sencilla que seguro que la mayoría de los turistas aprenden para pedir la cuenta, pero me provoca una extraña sensación oírle hablar mi lengua materna. ¿Lo ha hecho a propósito para que me pille aún más de él? Pero si me ha dejado muy claro que eso no debe pasar…

Después de recoger nuestras cosas y levantarnos de la mesa, Jack se cuelga la chaqueta en el antebrazo, ya que el día se ha vuelto más cálido y el cielo está despejado.

Seguimos paseando por la ciudad, parándonos en las tiendas que Bea quiere ver.

Todo resulta muy cómodo e íntimo. Para cualquiera que pase por allí, somos una familia normal. Un hombre, su mujer y su hija pequeña.

Y no me avergüenza reconocer que me encanta esa idea.

Si supieran que solo soy la niñera de un hombre afligido y de la hija a la que apenas conoce…

Todo se ve mejor desde fuera…

Cuando por fin subimos al metro para regresar a casa, está mucho más lleno que cuando lo hemos tomado antes. No hay sitio para sentarse, y Jack y yo tenemos que ir de pie con Bea entre nosotros para mantenerla en equilibrio.

Ella me coge de la mano; nos apretujamos aún más en una de las paradas para dejar subir a más gente.

Cuando sube un grupo de jóvenes ruidosos, siento una mano en mi espalda y me doy cuenta de que es la de Jack.

Me está estrechando contra su cuerpo, con aire protector, mientras vigila a los hombres, y eso me hace sentir un escalofrío.

Cuando el tren vuelve a ponerse en marcha, me tambaleo un poco hacia él y él me agarra con más fuerza. Levanto la vista hacia su rostro y, cuando él también me mira, siento la conexión entre nosotros.

Al igual que esa noche en el pasillo y en el momento en la cocina, cuando me dio su carta, es como si Jack y yo estuviéramos solos, al margen del resto del mundo, deleitándonos con la visión del otro. Es una sensación tan palpable que no quiero que termine nunca.

Huelo su colonia y veo las motas verdes y marrones de sus ojos. Sus dedos siguen en mi espalda y, por primera vez desde que los ha puesto ahí, los mueve un poco hacia delante y hacia atrás y para mí es algo monumental: un sutil recordatorio de su contacto, una señal de afecto.

¿Qué está haciendo? ¿No se da cuenta de lo que me provocan momentos como este? Borran las fronteras, las líneas y las reglas. Este anhelo es mucho más fuerte que todas las razones por las que no deberíamos involucrarnos el uno con el otro.

Incapaz de soportarlo más, aparto la cabeza de él y miro a Bea, que está acurrucada a mi lado.

Entonces, la nariz de Jack roza mi cabeza y le oigo inhalar el aroma de mi cabello. Me encuentro deseando habérmelo atado, porque así no tendría que saber lo que se siente al notar su afecto.