Regla nº 17
El cuidado posterior es esencial
Jack
—¿Te encuentras bien? —le pregunto. Camille está sentada en la encimera de la cocina, envuelta en una bata blanca corta y bebiendo un vaso de agua como si fuera medicina.
Sus pies se deslizan lentamente hacia delante y hacia atrás, y la trenza descansa sobre su hombro.
Ella asiente y me mira por encima del vaso—.
El cuidado posterior es importante. No dejes que nadie intente saltárselo, ¿entendido?
Soy un idiota por haberlo omitido antes, y si voy a enseñarle lo básico, los cuidados posteriores deben estar incluidos.
No soporto pensar que Camille encuentre otra pareja en el club o en cualquier otro sitio que no se tome el tiempo necesario para asegurarse de que ella está bien después de una sesión de ataduras o sumisión.
Aunque, si soy sincero conmigo mismo, cualquier imagen de ella en el club con otra persona me irrita.
Me cruzo de brazos y la contemplo. He llegado a adorar el silencio entre nosotros. Es tan natural como hablar con cualquier otra persona y no hay el más leve rastro de incomodidad en nuestro intenso contacto visual.
Pero, al mismo tiempo, me muero por saber qué le pasa por la cabeza a Camille.
Quiero escuchar sus pensamientos y opiniones sobre todo lo que hacemos.
Más aún, quiero escuchar sus pensamientos y opiniones sobre mí.
¿Me encuentra tan intrigante como yo a ella?
¿Piensa en mí por la noche mientras está acostada en la cama?
¿Me desea o solo le interesa el bondage ?
Esto es peligroso. Por mucho que me fascine Camille, no puedo permitir que surja nada romántico entre nosotros. Por el bien de mi hija, tengo que mantener la compostura.
—Antes de irte a dormir, quiero que me escribas una carta contándome qué te ha parecido esta noche. Si algo no te ha convencido, detállalo. ¿Está claro?
Mantengo un tono neutro y autoritario, pero es una fachada. Lo que de verdad me gustaría es sentarme entre sus piernas, acariciarle suavemente la mejilla y pedirle que me cuente todo lo que se le pasa por la cabeza.
Ella hace un gesto afirmativo y le da otro sorbo al agua. Mis ojos recorren su cuerpo y se posan en las marcas de cuerdas que atraviesan sus piernas. Son la hostia de bonitas. Es una pena que desaparezcan por la mañana.
Mis manos se crispan por el deseo de recorrer esas líneas en su piel.
Rápidamente, salgo de mi ensimismamiento y me concentro en su rostro en lugar de en sus piernas desnudas.
Cuando termina el agua le quito el vaso, lo dejo en el fregadero y regreso junto a ella. Me acerco, le levanto una pierna por el tobillo y le examino el pie para ver si los nudos le han hecho daño. Desde luego, no es una excusa para volver a tocarla.
Se muerde el labio inferior como suele hacer, lo que me vuelve completamente loco, mientras yo le acaricio suavemente el tobillo con la yema de los dedos. Es más íntimo de lo que debería ser, y el ambiente se carga de tensión.
En solo unas pocas semanas, esta mujer ha calado hondo en mí y se ha colado en mi cerebro. Se supone que debo mantener una actitud profesional, pero no puedo dejar de pensar en ella casi en todo momento. Pienso en mantenerla a salvo, en mantenerla aquí, en mantenerla feliz.
Pienso en su adorable nariz respingona y en las ligeras pecas que salpican su nariz.
Pienso en sus hermosos y enormes ojos azules y en la forma en que tiende a agachar la barbilla y a mirarme de soslayo.
Pienso en sus labios carnosos y sensuales, a menudo con pintalabios rosa o rojo, y en la forma en que se muerde el labio inferior cuando se concentra.
Me parece tan mal… Em solo lleva dos años muerta. ¿Qué me pasa?
He deseado a muchas mujeres desde que falleció mi esposa. De hecho, ese fue mi mecanismo de defensa durante mucho tiempo, pero esto es diferente porque hasta ahora nunca me habían importado.
Cualquier otra mujer habría obedecido las reglas básicas que establecí: no entrar en mis estancias privadas, no entrometerse en mi trabajo, no hacer preguntas.
Camille las ha roto todas, pero no estoy tan enfadado como debería, sino fascinado.
Si no fuera tan mona, joder, quizá tendría menos paciencia.
Cuando miro a Camille y veo la bondad en su expresión, especialmente su bondad hacia mí, que no me la merezco, me derrito.
Debería avergonzarme de cómo me he comportado.
Esas puñeteras reglas estaban pensadas para mantener a gente como ella fuera de mi vida, y ahora me encuentro disfrutando del tiempo que pasamos juntos y me alegro de que las haya roto.
Es irritantemente curiosa y testaruda. Nunca he conocido a nadie con tanta fuerza de voluntad en mi vida. Mi hija la adora, y es obvio que el sentimiento es mutuo. No le encuentro ni un solo defecto a esta chica, e incluso cuando me cabrea, es tan entrañable que no puedo enfadarme.
Lo que empiezo a sentir por Camille me asusta. Tengo que mantenerla a distancia o alguien va a sufrir.
Rápidamente, carraspeo y le suelto el pie.
—Está bien. Ahora vete a la cama y duerme un poco. Pero antes escríbeme esa carta, ¿entendido?
Ella asiente, se baja de un salto de su asiento y se pone frente a mí.
—Sí, señor —dice, y mi determinación se desmorona.
Al estar tan cerca me preocupa que pueda ver todo lo que estoy ocultando.
Por muy frío y cerrado que sea con ella, temo que pueda ver más allá de todo eso y descubra mi secreto: que la adoro.
Aunque sé que no debería—. Buenas noches —susurra; me rodea y se dirige a su habitación.
El sonido de su voz me saca de mi ensimismamiento.
Entro en mi habitación y cierro la puerta. Intentando mantenerme ocupado, reviso mis correos y me aseo en el baño. Cada pocos minutos, mis ojos se desvían hacia la puerta, esperando que aparezca el trozo de papel blanco doblado, pero no llega.
Los minutos se convierten en horas y empiezo a irritarme.
¿Dónde está?
Sé que debería irme a la cama y olvidarlo. Sacarla de mi cabeza. Volver a vivir mi propia vida.
Pero no puedo. Me he vuelto adicto a sus garabatos escritos a mano en papel rayado. Quiero leer sus pensamientos y saber lo que siente.
Le he dado una orden y no me ha obedecido.
Me rindo tras otra hora de intentar dormir y olvidarlo, cuando me queda claro que no tendré paz hasta que me enfrente a ella.
Son alrededor de las tres de la madrugada cuando salgo de mi dormitorio y bajo las escaleras. Recorro lentamente el pasillo, con cuidado de no despertar a mi hija y, cuando llego a la puerta de Camille, la encuentro entreabierta.
¿Qué me pasa? Es la segunda vez que acecho fuera de su puerta en mitad de la noche, como un pervertido. Es cierto que la última vez estaba borracho, pero aun así. Esto no está bien.
Y la culpa la tiene ella por meterse en mi cabeza por ser demasiado hermosa, demasiado cautivadora, demasiado perfecta.
Abro la puerta de su habitación y me encuentro con una estancia oscura y silenciosa. Bajo la luz que entra por la ventana, veo los rizos rubios de Camille esparcidos sobre la almohada. Me acerco de puntillas, me agacho y contemplo cómo duerme, abrazando una de las almohadas contra su cuerpo.
Está casi desnuda y tiene una pierna desnuda sobre la almohada. La forma en que se acurruca hace que mi pene se despierte dentro de mis pantalones.
Una parte de mí se pregunta si podría follar con Camille y sacármela de la cabeza. Podría perder el interés por ella, igual que hago con todas las demás mujeres con las que me acuesto. Pero ¿y si no es así? ¿Y si uno de los dos se encariña?
Me cuesta mucho esfuerzo no meterme en su cama ahora mismo.
Ella lo agradecería, lo sé. Aunque si no me deseara, todo esto sería mucho más fácil.
Pero por la forma en que se mueve cuando estoy cerca, por la forma en que se somete maravillosamente, por el modo en que ha abierto las piernas para mí en esa foto, sé que ella quiere esto tanto como yo.
Vete, Jack.
Por fin escucho la voz de la razón en mi cabeza, le doy la espalda a la hermosa mujer que duerme en su cama y me dirijo hacia la puerta. Al salir, veo el papel y el bolígrafo sobre su escritorio.
Ha escrito la carta, o al menos la ha empezado.
Está demasiado oscuro para leerla aquí, así que la cojo del escritorio y me la llevo conmigo; salgo de su habitación y entorno la puerta hasta dejarla en la misma posición en la que estaba cuando he llegado.
Luego bajo a la habitación de mi hija y veo cómo duerme desde la puerta.
Es como si mi corazón ya no estuviera en mi cuerpo, sino al otro lado de la habitación, en esa cama.
Mientras la contemplo, no dejo de recordarme a mí mismo que está a salvo, que está viva, que es feliz.
Eso es lo único que importa. Ella no me necesita.
No puedo quedarme mirándola mucho tiempo antes de que la vergüenza y el arrepentimiento empiecen a apoderarse de mí, así que me trago el orgullo, cierro la puerta y regreso a mi habitación. Cuando llego, me meto solo en mi cama y leo lo que ella ha escrito.
«Querido Jack:
Me parece mal llamarte Jack ahora. ¿Debería llamarte señor? Me ha gustado llamarte así».
«Señor». Sonrío para mis adentros. Me han llamado «Señor» antes, pero viniendo de ella es diferente, y me gusta.
«Me has pedido que escriba todo lo que he sentido esta noche, así que aquí lo tienes.
Por razones que no entiendo del todo, me encanta lo que hacemos en esa sala. No tiene ningún sentido. Estar atada debería ser horrible. Debería hacerme sentir miedo y pánico, pero es todo lo contrario. Estoy relajada y tranquila, y durante ese breve tiempo, mi mente está en silencio.
Si estuviera con cualquier otra persona, creo que tendría miedo. Podrían hacerme daño o aprovecharse de mí, y me sentiría como una tonta por ponerme en esa situación. Pero sé que tú no me harás daño. ¿Cómo lo sé? No estoy segura. Pero lo sé.
Supongo que lo que quiero decir es que confío en ti.
Y el único otro hombre en quien confiaba era mi padre. Todas las niñas pequeñas deberían poder confiar en sus padres. Pero el mío murió. Y eso fue lo más traicionero que hizo jamás. Me dejó sola en este mundo y ahora no tengo a nadie.
Así que ahora estoy dejando que un estadounidense gruñón me ate en su sala secreta.
Esta carta se ha desviado del tema. Así que definitivamente la voy a tirar y la reescribiré por la mañana.
Y como nunca vas a leerla, te diré que me muero por saber qué se siente al follar mientras estoy atada, y me entristece que no vayas a permitir que la persona con la que esté seas tú.
Dios, espero que nunca leas esto».
Leo esa última parte una y otra vez, incapaz de borrar la sonrisa de mi rostro. Aunque esto solo hace que desee aún más lo que no puedo tener.
Hay muchas cosas que me encantan en esta carta. Por un lado, que Camille disfrute de estar atada. Todo lo que describe aquí es justo lo que debería sentir cuando está atada.
En segundo lugar, poder echar un vistazo a su vida y a la muerte de su padre es como recibir un regalo que no merezco. Camille no es solo una figura mecánica que cumple una función: es una persona real, viva, que respira y tiene una historia real y que sabe lo que es la pena.
Y, como ya me ha contado en sus cartas, tiene deseos y sueños como cualquier otra mujer.
Estamos demasiado cerca de traspasar los límites, pero no puedo evitarlo. Hay algo en ella que me atrae. Me hace querer tirar por la borda todas mis reglas, mis barreras y mis objetivos solo para tener un momento para sentirla, tocarla, saborearla.
Me recuesto en la cama y cierro los ojos, sosteniendo su carta contra mi pecho; deslizo mi mano dentro de mis calzoncillos y agarro mi miembro, que ya está grueso y palpitante de deseo.
Vuelvo a leer la última línea de su carta mientras me acaricio. Oigo su voz en mi cabeza, diciendo lo mucho que quiere follar —justo esa es la palabra que ha usado—, y no solo follar con cualquiera, sino conmigo.
Acerco la carta a mi nariz, buscando su olor como un perro, mientras me acaricio más rápido.
En mi cabeza, la tengo atada de pies y manos en esa sala al otro lado del pasillo.
Imagino su cuerpo tendido ante mí, y que puedo tocarla todo lo que quiera.
Me imagino jugando con su sexo, deslizándome dentro de ella, escuchando sus gemidos.
Me imagino lamiendo y mordisqueando cada centímetro de su cuerpo.
Mi pene se tensa, pero me contengo; quiero dejar que esta fantasía se prolongue un poco más.
Entonces recuerdo la foto que le he sacado con mi teléfono. Rápidamente, dejo caer la carta sobre la cama y cojo el móvil de la mesilla de noche. Tardo un momento en abrir la aplicación y encontrar la imagen, y es suficiente para que mi pene empiece a gotear por la punta.
Sus piernas flexionadas están abiertas y puedo atisbar la forma de su sexo a través de la fina tela de sus bragas blancas. Puedo ver el vello en su pubis y las líneas de sus pliegues, con un indicio de humedad que oscurece la tela.
Dejo escapar un gemido mientras contemplo la imagen y me siento como un pervertido por todas las cosas depravadas que me gustaría hacerle.
Cuando imagino que es su precioso sexo y no mi puño lo que me acaricia, mi cuerpo comienza a tensarse y me dejo llevar por el clímax. Echo la cabeza hacia atrás y mi respiración se vuelve superficial mientras rocío mi pecho con los chorros blancos y pegajosos de mi propio semen.
Esto es lo que ella me provoca. Este es el desastre en el que me he convertido por culpa de esa mujer.
Pero aunque sepa que despedirla y sacarla de mi vida iba a resolver todos mis problemas, no pienso hacerlo.
Al fin y al cabo, solo soy un hombre.