Regla nº 16
A veces ser buena es difícil
Camille
Cuando me encuentro con Jack esta noche, solo estoy un poco menos nerviosa que la anterior.
Me he puesto una bata sobre la ropa interior para que sea más fácil desvestirme y también me he trenzado el pelo para ahorrar tiempo.
Aunque, si soy sincera, había algo inexplicablemente excitante en que él lo hiciera.
Está sacando unas cuerdas del armario cuando entro. De nuevo, lleva una camisa remangada y unos pantalones oscuros. Sin decir palabra, cierro la puerta con llave, me quito la bata y la cuelgo en una silla que está en un rincón.
—Ponte de rodillas —ordena, dándome la espalda—. Esa va a ser tu postura por defecto, ¿entendido?
Esta noche parece tenso, aunque supongo que siempre lo está. Asiento y me arrodillo en el centro de la alfombra. Inspiro hondo y me preparo mentalmente.
Si me hubieran dicho hace un año que disfrutaría estando callada y sumisa ante un hombre, habría dicho que era una locura, pero me consuela saber que esto no se trata de lo que él quiere. Se trata de lo que yo quiero. Se trata de conexión, de seguridad, de comodidad.
Me gusta la sensación de renunciar al control, y no voy a disculparme por ello.
Cuando se da la vuelta con una cinta negra, veo cierta vacilación en su rostro, y rezo en silencio para que considere que esta noche es un buen momento para empezar a usarla.
Incluso cierro los ojos y espero a que me los vende.
En cambio, le oigo sacar cuerdas y los abro para encontrar la venda colgada de nuevo en el pomo de la puerta. Me invade la decepción.
Quiero preguntarle por qué usa una venda.
He investigado y sé que no es una práctica habitual.
Es solo algo que le gusta a Jack, y quisiera entender por qué.
¿Es otra forma de control? Como siento que la mayor parte de mi conexión con Jack brilla a través de nuestro contacto visual, me muero por saber cómo sería estar con él sin eso. ¿Me sentiría tan cerca de él?
—Igual que la última vez —dice, volviéndose hacia mí con las cuerdas en la mano—. Asiente para decir que sí. Niega con la cabeza para decir que no. Dime algo si te hace daño, te arde o empiezas a sentir entumecimiento. ¿Entendido?
Asiento.
El estrés se refleja en su rostro. Se nota en su ceño fruncido y la tensión de sus hombros. Me invade el orgullo de poder formar parte de lo que le tranquiliza.
Y, para ser sincera, a mí también me calma. Mientras espero en silencio en el suelo, él se mueve a mi alrededor, recogiendo cosas, y esa abrumadora soledad que sentía al mudarme aquí desaparece. El silencio es reconfortante y, en cierto modo, eso es mejor que el sexo. Es más íntimo.
Cuando Jack se arrodilla en el suelo delante de mí, me pilla por sorpresa.
—Hoy vamos a probar a atarte las piernas.
Siéntate y estíralas frente a ti. —Hago lo que me dice, y estiro las piernas desnudas sobre la alfombra, apuntando hacia él.
Cuando sus dedos me tocan el muslo derecho me estremezco, y él me mira con cautela.
No sé por qué, pero la sensación de sus dedos ha sido electrizante—.
¿Estás lista? —me pregunta, y yo asiento con confianza.
Esta vez, cuando me agarra la pierna por debajo de la rodilla, se mueve más despacio.
Saboreo la sensación de sus dedos contra mi piel mientras me levanta la pierna derecha hasta que queda doblada con el pie en el suelo.
Luego enrolla la cuerda alrededor de mi tobillo, moviéndose como lo hizo anoche, con destreza y seguridad.
Contemplo su rostro mientras se deja llevar por la rutina.
Poco a poco, sus tensos músculos se relajan y el estrés se desvanece.
Por mucho que me guste el silencio, preferiría que me hablara mientras trabaja, pero Jack St. Claire es un libro cerrado.
Me muero por saber cosas como dónde aprendió esto y qué le hace amarlo.
¿Alguna vez lo han atado? ¿Normalmente tiene relaciones sexuales con las mujeres a las que ata?
¿Era algo que hacía con su esposa? ¿Ella lo disfrutaba tanto como yo?
Eso despierta los celos en mi interior. Deseo desesperadamente que esto sea algo que solo él y yo compartamos, pero esos son pensamientos peligrosos y temerarios.
Mientras tanto, él enrolla la cuerda alrededor de mi tobillo, haciendo bucles y atándola con dedos hábiles, y en lugar de esperar su voz, me dejo llevar por su aroma y su presencia.
Una vez que tiene un nudo seguro alrededor de mi tobillo, me toca la parte superior del muslo y yo suelto un chillido cuando me presiona el tobillo hacia atrás y se me dobla la rodilla hasta que mi muslo queda alineado con la pantorrilla.
—¿Te duele la rodilla? —pregunta.
Niego con la cabeza.
Me echo hacia atrás y pongo las manos en el suelo detrás de mí; él envuelve la cuerda alrededor de mi muslo y mi pantorrilla y los ata juntos.
Cada vez que sus dedos rozan la parte superior de mi pierna, cerca de mis bragas, siento una descarga de excitación que recorre mis venas y se me pone la piel de gallina.
Cuanto más tiempo trabaja, más me relajo bajo sus cuidados. No puedo mover la pierna derecha en absoluto, y es una sensación totalmente nueva.
Y por mucho que hayamos hablado de límites y de las líneas que separan el trabajo del placer, estar tan cerca y ceder tanto control crea una energía sensual entre nosotros que él no puede negar.
Parece leerme el pensamiento cuando se echa hacia delante para atar la cuerda en la parte superior de mi muslo.
—Quiero que sientas lo que es renunciar al control. Hay algo en atar las piernas que es más intenso que atar los brazos. Quizás porque no puedes escapar. O porque te hace depender de mí. ¿Notas lo diferente que es? —pregunta, y sigue enrollando la cuerda en círculos hasta mi rodilla doblada.
Asiento y ruego en silencio para que me mire. Estar atada en esta posición me hace sentir aún más vulnerable. Ojalá pudiera expresarle lo mucho que me gusta; es como ponerme un vestido que me queda perfecto.
Tengo la sensación de que mi próxima carta para él será más detallada que las dos anteriores.
Se mantiene en silencio mientras pasa la cuerda de nuevo sobre el cabo que ya está alrededor de mis muslos. Está claro que es un movimiento para asegurar los ataduras; pruebo los nudos intentando extender la pierna, pero no puedo moverla.
Un escalofrío me recorre la espalda ante esa sensación.
Trabaja en silencio, y por la lentitud y la firmeza de sus movimientos es evidente que disfruta con ello. Yo tengo mis tontos garabatos y él tiene esto. Los signos de tensión del trabajo han desaparecido por completo.
Cuando mete lo que queda de la cuerda en el pliegue entre mi muslo y la pantorrilla, espero su siguiente movimiento.
Sus manos se deslizan suavemente por las ataduras, como si estuviera admirando su propia obra. Las palabras que salen de su boca a continuación hacen que el corazón se me suba a la garganta.
—Estás preciosa así —susurra.
Siento un cosquilleo entre las piernas mientras saboreo su cumplido y soy incapaz de permanecer callada ni un segundo más.
—Gracias —musito.
—Ojalá pudiera presumir de ti —añade.
—¿Presumir de mí? ¿Dónde? ¿Cómo?
Se sienta sobre los talones y deja escapar un suspiro. Esboza una sonrisa torcida.
—Tan curiosa como siempre. Te gustaría, ¿verdad?
Asiento enérgicamente.
—Sí.
La idea de que él me exhiba me produce una emoción que me recorre todo el cuerpo. Y no es solo por sentirme admirada y valorada, sino también para que la gente supiera que le pertenezco… Suena increíble.
Sus dedos encuentran mi rostro y bailan suavemente por mi mandíbula.
—Te cubriría con cuerdas y te exhibiría como si fueras mi pequeña obra maestra.
—Asiento de nuevo, aunque él no me ha hecho ninguna pregunta—.
Si pudiéramos tener una sesión en el club, ¿vendrías?
— Sí, sí, sí, pienso, y se lo transmito asintiendo una vez más.
Él se ríe—. No le temes a nada, ¿verdad? Nunca he conocido a nadie como tú.
Una sensación de calor inunda mi cuerpo desde la coronilla hasta lo más profundo de mi ser.
Cuando me mira como si me viera de verdad, es emocionante.
Cada momento con Jack es como romper otra más de sus murallas.
Todavía estoy muy lejos de la persona real que se esconde debajo, pero cada día me acerco un poco más.
Pero ojalá pudiera decirle que sí tengo miedo. Miedo de acabar sola. De volver a sentirme atrapada. De enamorarme perdidamente de él y que me rompa el corazón. Siempre tengo miedo, pero soy demasiado imprudente como para demostrarlo.
—Me gustaría atarte también la otra pierna —dice, acariciándome con el dorso de la mano el muslo izquierdo.
Hago un gesto para darle mi consentimiento.
Mientras trabaja en la otra pierna, sé que ha pasado más de una hora, pero él no parece apresurado ni molesto por estar aquí. Se ha acomodado cerca de mí mientras envuelve, enrolla y ata hasta que mis dos piernas quedan inmovilizadas.
Soy muy consciente de que cuanto más me ata, más excitada estoy. Sé que no lo hará, pero Dios, ojalá se aprovechara de mí en esta posición. Que me tumbara de espaldas y utilizara mi cuerpo para su propio placer mientras yo no puedo moverme.
Empiezo a retorcerme en el suelo solo de pensarlo, y ni siquiera me doy cuenta hasta que él habla otra vez.
—Quédate quieta.
Me sujeta la pierna por la rodilla para inmovilizarme. Sé por mis investigaciones que el bondage es más que sexo, pero mi experiencia hasta ahora es que las dos cosas van de la mano. O tal vez sea solo el efecto que Jack tiene sobre mí.
Un hombre que ansía el control, que lo tiene sin duda sobre mí.
Y, sin embargo, cuanto más control tiene, más lo veo perderlo.
Es evidente en todo lo que hace, incluso cuando no se da cuenta: su expresión llena de lujuria al contemplar mi pecho y mis piernas.
La evidencia de su excitación anoche, cuando pegó su dura longitud a mí.
Mi excitación no se debe a las cuerdas, sino a él.
Se levanta del suelo y me recorre con la mirada. Apoyándome en las manos, separo las rodillas lo suficiente como para que tenga una vista obscena de mí atada así. Cuando mete la mano en el bolsillo, sé exactamente lo que está buscando.
Saca el elegante teléfono negro y lo sostiene en alto.
—¿Puedo hacer una foto? Solo para mí. Quiero decir…
, de los nudos, claro. —Me muerdo el labio inferior con fuerza para no sonreír.
Levanto la mirada y hago un gesto afirmativo.
Y mientras la cámara apunta hacia mí, mis pezones se endurecen y mis bragas se humedecen.
La idea de que él disfrute más tarde de estas fotos o de que quiera capturar este momento para siempre enciende un fuego en mi interior.
Saco pecho y dejo caer la cabeza. Si quiere una foto sexy, le daré una foto sexy.
Él deja escapar un gruñido grave cuando separo las rodillas—.
Para —ladra, y yo sonrío maliciosamente—.
Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
—Se agacha hasta que su boca está cerca de mi oído y añade—: Lo prometiste, ¿recuerdas?
—De repente, me invade la decepción. Sí, lo prometí.
Con un puchero, cierro las piernas. Por supuesto, se refiere a la promesa que le hice en esa carta de mantener las cosas estrictamente profesionales y mostrar moderación.
Tentarlo con fotos sensuales con las piernas abiertas no es mostrar moderación—.
No juegas limpio —dice, y empieza a desatarme la pierna derecha.
Hay una parte de mí que adora la idea de ser una tentación para él, pero hay otra parte que detesta decepcionarlo. Quiero ser una buena chica, como le dije.
Pero si ser buena significa no conseguir lo que quiero, ¿merece la pena?