Regla nº 15
Los legados no tienen nada que ver con los beneficios Jack
Julian está sentado con aire de suficiencia frente a mí en la mesa, y yo lo miro con ira; Phoenix se encuentra al frente de la sala, repasando las pésimas cifras del último trimestre.
Todo lo relacionado con el club se está yendo al garete. Es culpa suya, y él lo sabe.
—Tenemos que limitar el aforo y aumentar la seguridad —digo cuando Phoenix termina.
—¿Cómo va a mejorar estas cifras limitar la asistencia? —pregunta Julian.
—El fin de semana pasado estuvimos abarrotados y eso creó problemas de seguridad —explica Phoenix, poniéndose de mi parte.
—Pues aumentemos la seguridad y ya —argumenta Julian.
—Aumentar la seguridad no cambia el hecho de que el edificio solo tiene capacidad para un número limitado de personas —respondo, tenso y enfadado.
—Nadie quiere ir a un club sexual abarrotado —interviene Elizabeth bruscamente, sin apartar la vista de su teléfono.
—Exacto —apruebo; le echo una ojeada, esperando que me mire aunque sea por un segundo, pero no lo hace—.
Debería ser más exclusivo. —Yergo los hombros y me aflojo la corbata—.
Ya ni siquiera estamos seleccionando a los socios.
No podemos tener un club sexual lleno de fiesteros borrachos sin control.
Así no es como Ronan y Matis dirigían L’Amour, y así no es como deberíamos dirigir el Legado.
Julian niega con la cabeza sin mirarme. Veo cómo tensa la mandíbula y suelta un suspiro.
Me odia, y me da igual. No estoy haciendo esto para ganarme su favor: lo hago para prolongar el legado de mi padrino y preparar a mi hermana para el éxito después de que yo me vaya. No puedo irme sabiendo que ella tendrá que arreglar el desastre que haya dejado Julian.
—Entonces, ¿qué sugieres? —pregunta—. ¿Cerramos el club y solo abrimos para unos pocos elegidos?
—Sí —respondo con confianza.
Por fin se vuelve hacia mí.
—Para ti es fácil decirlo, Jack —replica—. No estás aquí la mayor parte del tiempo y, cuando estás, haces el tonto en la sala bdsm . Y todos sabemos que ya tienes un pie fuera, ¿no?
Me molesta mucho oírle hablar de mis planes y mi vida como si supiera algo sobre mí.
—¿Y tú qué, Julian? —respondo—. Tú tampoco estás aquí por la bondad de tu alma. Todos sabemos que solo quieres tener un lugar donde divertirte y acostarte con alguien.
—Ya basta, los dos —espeta Phoenix desde el frente de la sala.
Elizabeth suelta un bufido.
Ahora solo somos nosotros cuatro. Amelia y Weston ni siquiera se molestan en aparecer en la mayoría de las reuniones.
Lo que empezamos hace casi un año se está desmoronando. Es vergonzoso. Nuestros padres nos dejaron las claves del éxito y nosotros las estamos tirando por la borda.
Sigo diciéndome a mí mismo que no importa. Pronto me iré y regresaré a mi hogar en California con la tranquilidad de que al menos he intentado trabajar con el equipo para mejorar las cosas, de que al menos me he quedado todo este tiempo. Pero nadie puede esperar que siga aguantando esto.
—¿Por qué no aceptamos todos la derrota? —propone Julian de forma dramática.
—¿Acaso te importa este club? —pregunta Phoenix, sacudiendo la cabeza.
—No, obviamente no —responde él con sarcasmo—. No me importa nada, ¿verdad?
—Terminemos esta reunión —digo, rascándome la frente con un suspiro.
—Sí, creo que la reunión ha terminado —murmura; se levanta de la mesa y sale por la puerta.
Qué capullo.
Elizabeth no nos dice nada a ninguno de los dos antes de marcharse también. Phoenix y yo nos quedamos solos en la sala de conferencias que está en la planta superior del club.
Ella me mira con expresión hastiada.
—Qué desastre.
—¿Por qué es tan gilipollas y tan egocéntrico? —mascullo, irritado.
—Vosotros dos seríais incapaces de mantener una conversación civilizada ni aunque vuestra vida dependiera de ello —responde ella, agachando la cabeza.
—¿Yo? —me sorprendo, incrédulo—. ¿Crees que yo soy parte del problema?
—Lo que yo piense no importa. Pero no podemos dirigir este club si vosotros dos no hacéis más que pelearos en todas las reuniones.
Quizás tenga razón. Pero él es el que quiere llevar a la ruina este lugar. Toma todas las decisiones equivocadas y hace lo que quiere en lugar de lo que es correcto. No le importa nadie más que él mismo.
En cuanto a mí, últimamente he estado bajo mucha presión.
Estoy fracasando como padre y ahora como empresario.
Nada de lo que hago parece salir bien. Quizás por eso estoy considerando convertir a la niñera de mi hija en mi sumisa.
Porque al menos sé que eso no lo puedo estropear. Es algo en lo que destaco.
Suelto un suspiro.
—Solo nos quedan seis semanas más de sufrir todo esto —comento.
—¿Y luego qué, Jack? —pregunta, derrumbándose en su asiento—.
No puedo llevar este lugar yo sola y Julian no va a cambiar su forma de ser.
A los demás ya ni siquiera les importa. ¿Y si…
? —Su voz se apaga y clava la vista en la mesa, tamborileando suavemente en la madera con el dedo.
Se muerde el interior de la mejilla y deja que la frase muera.
—¿Y si qué? —pregunto.
—¿Y si Ronan se ha equivocado con respecto a nosotros? —dice, mirándome por fin.
—¿Qué quieres decir?
—Nuestros padres crearon algo grandioso, pero eran grandes amigos antes de fundar Juegos Prohibidos.
La mitad de nosotros ni siquiera nos llevamos bien, y mucho menos podemos dirigir un negocio juntos.
Él quiere que encontremos a nuestra familia, pero seamos realistas: tu hermana no te habla.
La mía está con Liam, y solo Dios sabe dónde están.
Mi hermano es un desastre. Tu padrino te odia.
No somos una familia. Y quizá nunca lo seamos.
Apoyo los codos en la mesa y miro fijamente a mi mejor amiga mientras asimilo esas palabras. Tiene razón. No somos una familia.
—Nix… —digo con cautela—. ¿Por eso has aceptado? ¿Por la familia?
Ella siempre ha sido la inteligente, la única verdadera empresaria aquí, aparte de mí. Siempre había dado por sentado que sus motivos eran económicos, así que esto es nuevo para mí.
Se recuesta en su asiento.
—No lo sé —confiesa—. Quizás. Esa carta que nos envió fue inspiradora.
—Escudriño su rostro. No es lo que esperaba oír, y saberlo cambia las cosas.
Todo este tiempo había dado por sentado que mi mejor amiga iba a estar bien sola una vez que me fuera, pero ahora estoy un poco preocupado—.
Escucha —dice, incorporándose—. Puedo encontrar otro trabajo.
Puedo hacer que un negocio funcione en casi cualquier lugar.
Pero esto, la idea de que pudiéramos reunir a nuestros amigos más antiguos y, de alguna manera, superar lo que crearon nuestros padres…
Esta fue la primera vez que una aventura empresarial me pareció algo más. Y eso me emocionaba.
Suelto un bufido.
—¿Superar a Juegos Prohibidos? Nix, a duras penas conseguimos beneficios.
En los casi treinta años transcurridos desde que Emerson Grant y el resto de su equipo abrieron las puertas del club en Briar Point, California, revolucionaron la industria de los clubes sexuales.
Solo los padres de Phoenix ayudaron a expandir la marca a seis clubes más en todo Estados Unidos y sentaron un precedente que fue venerado por su integridad e inclusividad.
Crearon mucho más que un legado, y la mera idea de que pensemos que podíamos seguir sus pasos es vergonzosa.
—Pero quizá no se trate de obtener beneficios, Jack —argumenta ella—.
Quizá se trate de crear algo especial. —Por alguna razón, cuando lo dice, inmediatamente pienso en Camille.
Me encantaría traerla a este lugar. Es una idea que se me ha pasado por la cabeza más de una vez.
Si de verdad quiere aprender más sobre este estilo de vida, se merece un lugar seguro e inspirador para hacerlo.
Pero se merece algo mejor. Todos lo merecemos—.
¿En qué piensas? —pregunta Phoenix, al darse cuenta de que estoy absorto en mis meditaciones.
—Creo que tienes razón. Pero solo nos quedan seis semanas. ¿Qué hacemos?
—Cerramos y empezamos de nuevo. Y esta vez lo hacemos bien —responde ella.
—Julian nunca aceptará eso.
—Que le den a Julian —argumenta ella. Enarco las cejas ante su exabrupto.
Normalmente soy yo quien maldice su nombre.
Antes de que pueda responder, Phoenix continúa—: Esta vez podemos seleccionar a los miembros con cautela, ofrecer exclusividad y unos estándares de calidad.
Limitar al mínimo el consumo de alcohol y organizar talleres para aquellos que quieran aprender.
Sé que tiene razón. Joder, Phoenix siempre la tiene. Pero sigo sintiendo que me falta la motivación necesaria para llevar esto a cabo.
—¿Quieres que los vuelva a llamar a todos? —pregunto.
Ella se resopla.
—Ahora mismo no van a escucharnos. Démosles el resto del fin de semana y luego los convencemos.
—Si dejamos a Julian a su aire, conseguirá que cierren el club. ¿Y si nos apartamos y dejamos que eso ocurra?
—Eso es una locura, Jack —responde con una risita nerviosa.
—No me importa. Si quiere atraer a una multitud, que lo haga. Llenará este lugar, lo pondrá todo patas arriba y Matis no tendrá más remedio que intervenir y cerrarlo.
Phoenix se muerde el labio de nuevo. Se nota que no le gusta la idea.
Pero a mí me encanta. Creo que llevo mucho tiempo deseando esto, dejar que Julian se hunda de verdad.
Y cuando lo haga, Phoenix y yo tendremos vía libre para tomar las decisiones necesarias.
Que ese mocoso malcriado vea lo que pasa cuando por fin se sale con la suya.