Regla nº 14
No tengas miedo de demostrar lo buena que eres Camille
Cuando regreso de llevar a Bea al colegio, me pierdo en mis pensamientos y medito sobre la noche anterior. Lo que descubrí me llena de energía renovada, sobre todo porque sé que aún me queda mucho por experimentar.
Jack St. Claire es guapo, rico y mayor, y la única persona con la que no puedo involucrarme.
En primer lugar, está muy por encima de mi nivel. En segundo lugar, todavía está de duelo por su difunta esposa.
Y en tercer lugar, soy la niñera de su hija. Pero lo que le he dicho en esa carta iba en serio: puedo separar el trabajo del placer. Pero ¿el placer del amor? Eso suena más difícil.
Si surgiera algo romántico entre nosotros y no funcionara, me vería obligada a marcharme, y eso destrozaría a esa niña. Y después de todo lo que ha pasado, eso me perseguiría para siempre. Por no hablar de que echaría a perder mis grandes planes de salir de Giverny y empezar una nueva vida.
Así que debo mantener mi corazón al margen, algo que no debería ser difícil con un hombre tan emocionalmente inaccesible. De todos modos, él nunca va a dejarme entrar.
En solo unas pocas semanas, he visto una nueva faceta de Jack. Al principio era esquivo y gruñón, y ahora capto cierta dulzura. Veo el deseo y la humildad que cree ocultar tan bien.
Jack es solo un hombre. Y puede que nunca llegue a conocer la magnitud de la pena que soporta, pero sí soy capaz de ver quién es en el fondo.
Imagino cómo debe ser verlo tal y como es. Tener a Jack St. Claire sin restricciones. Aunque se cierre al mundo, me encanta la idea de que me deje entrar. Y para alguien que se supone que no debe involucrarse sentimentalmente no es la mejor de las ideas.
El apartamento, está tranquilo y vacío. Jack nos ha dicho en el desayuno que hoy tenía varias reuniones, así que tengo la casa para mí sola.
Y aunque tengo que hacer la compra para la cena, también necesito desesperadamente una siesta para recuperar el sueño que perdí anoche.
Limpio rápidamente la cocina y dejo la lista en la encimera para cogerla más tarde y me voy a mi habitación.
Distraída por la promesa de una siesta, casi me olvido de la carta que le dejé a Jack anoche. Así que cuando entro en la habitación y encuentro un papel doblado sobre mi almohada, suelto un grito ahogado.
Por supuesto que ha respondido… Estas cartas parecen ser la única forma en que podemos comunicarnos de verdad.
La abro rápidamente y empiezo a leer.
«Camille:
No le tengo miedo a nada, y me ha quedado claro que tú tampoco.
Pero como estás tan empeñada en demostrar tu capacidad para separar tu papel como mi empleada de tu papel como mi sumisa, te daré una oportunidad, aunque habrá ciertas reglas.
-Regla nº 1: No puedes contarle a nadie nada sobre nuestras sesiones.
-Regla nº 2: Nos reuniremos a medianoche durante una hora en el piso de arriba.
-Regla nº 3: Nada de sexo.
Puedo demostrar moderación si tú también lo haces. Anoche perdí el control, pero no volverá a ocurrir.
Si incumples alguna de estas reglas, el trato se cancela. Sin rencores, pero sin segundas oportunidades.
Veamos si puedes demostrar lo buena que eres.
Jack».
Sonrío al mirar la carta, mordiéndome el labio. La promesa de más sesiones me llena de emoción y ahora no sé si podré dormir.
Me dejo caer sobre el colchón y estrecho la nota manuscrita contra mi pecho mientras cierro los ojos. Con los pensamientos acerca de cuerdas y vendas en los ojos y el aroma de su colonia, me quedo dormida.
—¿Qué quieres ser cuando seas mayor? —me pregunta Bea mientras paseamos de la mano de regreso a casa, desde el colegio. Ella brinca por la acera, intentando saltar por encima de las grietas del pavimento.
Me echo a reír.
—Ya soy mayor.
Ella me mira con desdén, confundida.
—No, no lo eres.
—¿Cuántos años crees que tengo?
—No lo sé —responde, encogiéndose de hombros—. ¿Así? —Levanta las dos manos para enseñarme los diez dedos, y vuelvo a reírme.
—Casi, pequeña Bea. Tengo veinticuatro años.
Parece sorprendida por un momento, pero enseguida vuelve a saltar a mi lado.
—Pero aún puedes crecer más.
—Supongo que sí —acepto.
—Entonces, ¿qué quieres ser cuando seas mayor? —insiste.
—Mmm… —Aprieto los labios—. No lo sé. Antes trabajaba en una librería. Y antes de eso, en el restaurante de mi padre. Ahora soy niñera de una niña muy curiosa. No sé qué haré después.
—Yo quiero ser bailarina como mi tía Elizabeth —dice, y levanta los brazos por encima de la cabeza en un descoordinado movimiento de ballet.
—¿Por qué no tomas clases? —pregunto.
—Porque a papá no le gusta.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué no?
Ella se encoge de hombros.
—Tomaba clases cuando mamá estaba enferma, pero cuando ella se fue a dormir, dejé de hacerlo.
Me tenso de la cabeza a los pies. ¿Por qué parece que todas las conversaciones inocentes acaban girando en torno a su madre? Esto se me da fatal.
¿Y por qué demonios cree que su madre se fue a dormir? ¿Eso fue lo que le dijo Jack? Quizás es demasiado pequeña para entender el concepto de la muerte. Yo qué leches sé.
Ojalá pudiera quitarle la pena a Bea y darle la infancia normal y feliz que se merece. No puedo imaginar lo que debe de haber sido perder a su madre con solo tres años.
—Si quieres ir a clases de baile, yo puedo llevarte.
—¿Lo harás? —pregunta, emocionada.
Suelto un suspiro. Quizá no haya sido prudente por mi parte hacerle esa promesa. ¿Y si Jack no cambia de opinión? Ella no es mi hija. Pero, por otra parte, él no se daría cuenta: apenas conoce a su propia hija.
No puedo evitar sentir la necesidad imperiosa de hacer que la vida de Bea sea lo mejor posible. Y si lo que quiere son clases de ballet, entonces, de alguna manera, conseguiré que asista a ellas.
Ya en el apartamento, apunto las clases de ballet en la lista de tareas pendientes que tengo en mi dormitorio.
Pienso informarme más tarde, cuando tenga algo de tiempo libre.
Seguro que tengo el número de contacto de la hermana de Jack en alguna parte.
La llamaré más tarde y le preguntaré si puede recomendarme algo para Bea.
Debería preguntarle primero a Jack. Pero ¿y si dice que no? No me apetece nada correr ese riesgo.
Mientras Bea juega con sus muñecas en su habitación, miro la lista de tareas pendientes y, sin pensar, dibujo una osa polar bailarina en la parte inferior.
Por alguna razón, siento la necesidad de volver a ver la foto de Jack con su esposa, así que compruebo que estoy sola antes de abrir el cajón y sacar la carta original y la foto.
Es la primera vez que las miro en mucho tiempo.
Y ahora me resulta extraño ver a Jack con ella, cuando siento que una pequeña parte de él me pertenece.
Aunque él y yo nunca tendremos una relación romántica como la que ellos tuvieron, Jack se está abriendo a mí.
Me está dando una parte de sí mismo, sin importar lo grande o lo pequeña que sea.
Pero mientras contemplo a la mujer de la foto, Emmaline, me doy cuenta de que también me siento cercana a ella, y es raro, la verdad, porque no la conozco y jamás voy a conocerla. Pero me preocupo por ella de una manera que no puedo describir. Ya siento un instinto protector hacia su hija.
Vivo en su casa y estoy construyendo una relación con su familia. ¿Yo le gustaría? ¿O me odiaría? Sé que nunca llenaré el vacío que dejó ni estaré a su altura, pero, de alguna manera extraña, quiero que se sienta orgullosa de mí.
Quiero demostrar que soy lo bastante buena.