Regla nº 13
Ten cuidado con lo que pides Camille
Nunca me he sentido tan tensa en mi vida. Bajo corriendo las escaleras desde la habitación de Jack, me meto en la mía y cierro la puerta, obligándome a respirar profunda y lentamente.
Hay un pulso cálido y resonante que late entre mis piernas, suplicándome que lo alivie. Con la espalda contra la puerta y una necesidad febril vibrando en mis venas, deslizo los dedos por la parte delantera de mis bragas.
Llevo mi ropa amontonada sobre el brazo; levanto la cabeza hacia el techo y la dejo caer. Debería avergonzarme de esto, pero no puedo evitarlo. Con los dedos de los pies curvados contra el suelo de madera me acaricio el clítoris excitado.
No es suficiente. Alivia lo peor del momento, pero no me da lo que quiero.
Me imagino que lo que está contra mi espalda es su cuerpo y no esta puerta, muevo la cabeza para intentar encontrar el rastro de su colonia en mi cabello trenzado y meto dos dedos profundamente en mi interior.
Sigue sin ser lo que quiero, pero es suficiente para alimentar mis fantasías, para imaginar que es él quien se mueve dentro de mí; que es él quien me toca mientras estoy atada y colgada del techo; que es él quien encuentra placer en mi cuerpo.
Sé que él lo quería. Podía sentir la evidencia de su deseo. Así que busco en mi memoria la sensación de su erección restregándose contra mi cuerpo.
Me muerdo el labio inferior y me penetro con rápidas embestidas, persiguiendo el placer.
Me pellizco un pezón por encima del sujetador con la mano libre, imaginándome que es la suya.
Suelto un gemido ahogado cuando empiezo a temblar, a sentir espasmos en los músculos por esta sensación casi tortuosa.
Nunca había llegado tan rápido en mi vida.
Apenas puedo respirar mientras las oleadas de placer me golpean una y otra vez.
La vergüenza se apodera de mí después de que el orgasmo alcance su punto álgido y se desvanezca. ¿Qué me pasa? ¿Ha sido solo porque lo que hemos hecho arriba era muy erótico y sensual? ¿O es porque hay algo en Jack St. Claire que enciende un fuego dentro de mí?
Siempre lo he encontrado atractivo, pero ahora está claro que la química entre nosotros es mucho más que eso.
Cuando mi cuerpo vuelve un poco a la normalidad, me aparto de la puerta y me escabullo al baño.
Ni siquiera puedo mirarme en el espejo mientras me lavo y me preparo para irme a la cama y, mientras lo hago, redacto una carta en mi mente para él, expresando todo lo que quiero decirle sobre esta noche y lo que quiero después de esta noche.
Jack se ha asustado por su propio deseo y temía perder el control, y yo pretendo convencerlo de que no hay nada que temer.
Cuando regreso a mi habitación, me siento ante el escritorio y escribo la carta.
«Querido Jack: ¿A qué le tienes tanto miedo?
Si crees que por ser tu empleada y la cuidadora de tu hija no soy también una mujer que siente, desea y anhela lo mismo que cualquier otra, estás equivocado.
Sé que piensas que es inapropiado que continuemos con lo que hemos hecho esta noche, pero no estoy de acuerdo.
Si me dejas demostrártelo, te probaré lo buena que puedo ser. Puedo seguir órdenes. Puedo ser sumisa. Puedo trazar una línea entre lo que hacemos durante el día y lo que hacemos por la noche.
Como tu empleada, puedo mantener la profesionalidad. Haré mi trabajo y lo haré bien.
Pero cuando caiga la noche, no quiero ser tu empleada. Quiero ser la que se somete a ti, la que se arrodilla, la que obedece. Si no quieres que haya sexo, puedo mostrar moderación, igual que tú has hecho esta noche.
Porque sé que tienes mucho más que mostrarme y estoy ansiosa por experimentarlo todo. No hay nadie más con quien me sienta cómoda.
Así que te lo ruego, por favor, muéstrame más».
Miro la carta y me muerdo el labio mientras pienso en cómo firmarla. Ya no me parece bien firmar solo con mi nombre. Después de esta noche, después de sentir lo que supone ser elogiada por él, me doy cuenta de que quiero firmarla de otra manera.
Inspiro hondo y sostengo el bolígrafo mientras garabateo la última línea.
«Tu buena chica».
Doblo la carta y la llevo arriba. Ya sin miedo a decirle a Jack lo que pienso, deslizo la carta por debajo de la puerta.
Estoy jugando con fuego, lo sé, pero por primera vez en mi vida, quiero saber lo que se siente al quemarse.
Le sirvo una tortilla en el plato a Bea, le echo sal y queso y se la llevo a la mesa, donde está sentada, vestida con su uniforme escolar. Sus piernecitas se balancean bajo la silla y me parece adorable. Le acaricio la cabeza con cariño cuando le pongo el plato delante.
—Bon appétit.
—Merci, Camille —responde ella.
Bea habla francés con fluidez y noto que le encanta usarlo conmigo cuando estamos en casa. Cuando sale de paseo y en el colegio, lo habla sin restricciones, pero por alguna razón, Jack se lo tiene prohibido en casa, y ojalá entendiera por qué.
Hoy tiene colegio y, como me quedé hasta muy tarde con Jack en la sala de bondage —como la llamo ahora—, esta mañana estoy un poco falta de sueño; y tampoco ha ayudado que apenas pudiera dormir después de que terminara nuestra sesión porque estaba demasiado nerviosa y emocionada por esta nueva dinámica entre nosotros.
Me siento junto a Bea con mi café expreso e intento desperezarme.
Mientras ella come, oigo pasos en las escaleras y me quedo paralizada. Bea también.
Las dos nos volvemos al mismo tiempo y vemos a Jack en la puerta de la cocina, con un bonito traje azul oscuro, recién duchado, con el pelo mojado y el aroma de la loción para después de afeitar que inunda la estancia.
Nunca baja a la cocina por la mañana.
—Buenos días, papá —dice Bea con expresión cautelosa.
—Buenos días, Bea —responde él. Entonces sus ojos se encuentran con los míos.
Después de lo de anoche, verlo a la luz del día es como mirar fijamente al sol. Me quema con intensidad y un toque de incomodidad, y sé que debería apartar la mirada.
Sin embargo, le prometí que iba a mantener la profesionalidad. Le juré en esa carta que podía trazar una frontera entre las actividades diurnas y las nocturnas. Y tengo que demostrárselo.
Así que me levanto rápidamente de la mesa.
—Siéntate. Te prepararé el desayuno.
—Tengo una reunión.
—¿Un café? —Le clavo la vista y me vuelvo con disimulo hacia Bea, con la esperanza de que ese gesto le transmita que tiene que hacerlo por su hija.
Creo que capta el mensaje, porque inspira hondo, se acerca a la mesa y se sienta en la silla que está junto a la de ella—.
¿Cómo te gusta? — ¿En serio? «¿Cómo te gusta?
»— . Me refiero al café —balbuceo, pasándome una mano por los ojos cansados.
Bea suelta una risita al ver que tartamudeo, y Jack esboza una sonrisa amenazante.
—Un americano, por favor —responde entre dientes.
Solo oírle pedir algo me llena de determinación y emoción. Corro hacia la máquina y preparo rápidamente su café mientras él y Bea, a mi espalda, permanecen en un incómodo silencio, pero, cuando miro por encima de mi hombro, me doy cuenta de que él la contempla con adoración mientras ella desayuna.
Ama a su hija, estoy convencida, pero le cuesta demostrarlo.
Un momento después, le paso el americano. Nuestros dedos se rozan y sus ojos se encuentran con los míos.
—Gracias —murmura.
Bea le sonríe, con las piernas aún balanceándose bajo la silla. Los movimientos de Jack son tensos e incómodos, y puedo ver la rigidez de sus hombros cuando le da un sorbo a la taza.
Esto no es algo perfecto ni siquiera es lo ideal, pero es un avance. Y eso ya es algo.
Mientras friego los platos en el fregadero, me doy cuenta por primera vez de que quizá pueda ayudar a esta familia. Quizá estoy aquí para algo más que cuidar de Bea y aprender nuevos fetiches de Jack. Quizá pueda marcar una diferencia en sus vidas.
En ese momento, pienso en la mujer de la foto. Y llámalo destino o intervención divina, pero es casi como si me hubiera dejado esa carta a propósito. Puedo ayudar a su familia en su ausencia.