Regla nº 11
Confía siempre en tu instinto
Camille
El reloj avanza con una lentitud agonizante.
Parecen pasar días entre el momento en que acuesto a Bea, a las siete y media, y la medianoche.
Intento mantenerme ocupada haciendo mis tareas nocturnas habituales en la casa, pero mis movimientos son torpes y mi cuerpo está insoportablemente tenso.
Rompo un plato en la cocina mientras seco la vajilla porque no consigo controlar el temblor de mis manos.
No quiero echarme atrás. Quiero hacer esto.
Pero mentía al decirle a Jack que no tenía miedo: estoy aterrorizada.
Me acuerdo de cuando solo tenía doce años y algunos chicos muy crueles de mi clase me llamaban cobardica porque me daba demasiado miedo saltar un canal de agua que había detrás de nuestro colegio.
Estaba muerta de miedo, pero me negué a dar marcha atrás.
Y cuando acabé en el hospital con un tobillo roto, mi padre me regañó por actuar siempre sin pensar.
Soy demasiado imprudente, demasiado alocada.
Demasiado tonta como para darme cuenta de cuándo me estoy metiendo en un lío.
Siempre lo he sido, y supongo que sigo siéndolo.
Eso es lo que me llevó a conseguir este trabajo en primer lugar.
Y ahora estoy a punto de embarcarme en algo que ni siquiera entiendo con un hombre que está muy por encima de mi nivel y tiene mucha más experiencia que yo. Jack me asusta, pero de una forma atrayente.
Pierdo la última hora antes de medianoche apoyada en la encimera de la cocina, garabateando un cisne con las patas sobre una cuerda anudada.
Jack no ha regresado desde esta tarde, cuando se ha ido. Así que cuando se abre la puerta a las once y media, la miro, nerviosa. Puedo sentir mi pulso en los oídos cuando entra en el apartamento y echa un breve vistazo hacia la cocina antes de subir las escaleras hacia su habitación.
¿Debería seguirlo?
Decido esperar, retorciéndome los dedos con expectación.
A las doce en punto, subo las escaleras sin mirar atrás. Las puertas al final del pasillo están abiertas y me detengo cuando Jack pasa de una a otra.
Sigo adelante, continúo por el pasillo hasta llegar a la última estancia a la izquierda, la que tiene las paredes oscuras y la alfombra mullida. Me animo por última vez y entro.
Jack se está remangando la camisa.
—Cierra la puerta —me dice, y obedezco. Me quedo a unos metros de él, esperando lo que vendrá después—. Ven aquí —ordena con tono autoritario.
Me humedezco los labios y mantengo la mirada fija en su rostro mientras acorto la distancia que nos separa y me encuentro con él en el centro de la alfombra.
Recorro con la vista los rasgos de su rostro: sus hermosos ojos verdes, sus labios carnosos y rosados, su expresión amable y paciente.
Hay algo suave en él esta noche, y ya no me siento como si estuviera invadiendo su espacio porque me ha invitado a entrar.
No me mira con el ceño fruncido como si fuera una molestia o una mocosa malcriada. Me transmite calma y calidez.
Este es el Jack que estaba deseando ver.
—Estás aquí porque querías ver cómo es estar atada, así que eso es lo que vamos a hacer. Eres nueva en esto, así que voy a ser prudente, pero en cualquier momento, si no te gusta lo que estoy haciendo o si algo te hace daño o sientes entumecimiento, quiero que me lo digas. ¿Entendido?
Sabiendo que Jack prefiere el silencio, asiento en lugar de hablar.
Me toca el hombro y hace que me gire lentamente hasta darle la espalda.
Inspiro lenta y temblorosamente mientras me recoge el pelo en la nuca.
Con dedos hábiles, comienza a dividir mi cabello en secciones, como si lo hubiera hecho mil veces.
Se pone a trenzarlo y yo me recuerdo a mí misma que debo respirar.
—He estado pensando en lo que he puesto en esa carta y quiero que sepas que no voy a acostarme contigo, señorita Aubert.
Estuvo mal por mi parte escribir eso. Soy perfectamente capaz de mostrarte lo que quieres experimentar manteniendo la profesionalidad.
¿Lo entiendes? —Me invade una profunda decepción, lo cual me sorprende un poco.
A regañadientes. Sigue trenzándome el pelo, moviendo los dedos con rapidez.
Hay algo en ello que me tranquiliza y que parece calmar el nerviosismo que siento en las entrañas.
Ata una pequeña cinta negra alrededor del extremo de mi trenza y apoya las manos en mis hombros.
Luego se agacha hasta que su boca está cerca de mi oído y añade—: Pero eso no significa que no quiera hacerlo.
—Una cascada de esperanza me recorre la columna.
Se aparta de mí, va hacia el armario y lo abre.
No me muevo de mi sitio ni aparto la mirada de él—.
Al pensarlo bien, me he dado cuenta de que esta podría ser la solución perfecta para los dos.
Tú quieres saber qué se siente al estar atada y yo necesito a alguien dispuesto a dejarme hacerlo.
Esto no me convierte en tu amo, ¿entiendes?
—Asiento una vez más, aunque él no se ha dado la vuelta para mirarme—.
Esta es una práctica intrincada y elaborada, con muchas capas y variaciones diferentes.
No quiero ser tu maestro, señorita Aubert.
No me interesa enseñarte a atar estas cuerdas.
Si decides aprender más, tendrás que buscar a otra persona.
Quiero decirle que no tengo intención de aprender con nadie más, pero lo que sale de mis labios es algo distinto.
—Entonces, ¿por qué lo haces? Si no es por… sexo…
Se vuelve hacia mí con expresión concentrada.
—Me tranquiliza. Me da una sensación de control.
—Su voz es baja y firme, y tengo que tragarme los nervios que me cosquillean en la piel al oírle hablar de forma tan íntima.
¿Por qué está tan desesperado por tener el control?
¿Qué hay en su mente que necesita calmar?
Quiero más. Esta obsesión solo se hace más fuerte con las pocas migajas que me da.
Este hombre, con tantos matices y tanta complejidad, despierta mi interés como nadie lo ha hecho antes.
¿ Quién eres, Jack St. Claire? Muéstramelo—.
¿Por qué te interesa tanto probarlo? —pregunta, interesado.
—Soy curiosa. Quizá demasiado.
Su boca se crispa con una leve sonrisa.
—Ya lo habías mencionado. —Saca una cinta de seda negra del armario. Se acerca a mí, se detiene y recorre mi cuerpo con la mirada. Parece darse cuenta de que sigo completamente vestida—. Tendrás que quitarte esto. Déjate el sujetador y la ropa interior.
Carraspea y yo me quito rápidamente la camisa y los pantalones y los tiro en una esquina. Él rechina los dientes al ver el desordenado montón de ropa.
De repente, estoy medio desnuda delante de él, que está completamente vestido, y me siento increíblemente vulnerable e incómoda.
Prácticamente puedo sentir cómo se me endurecen los pezones bajo el fino sujetador.
Él también debe de darse cuenta, porque su atención se detiene allí como si se hubiera quedado hipnotizado un momento.
Me voy calentando por segundos mientras me contempla.
Se sacude para salir del trance.
—Antes de empezar, necesito saber que entiendes que esto requiere una gran confianza entre nosotros dos. Tú confías en mí para mantenerte a salvo y yo confío en ti para que me comuniques si algo te parece mal. Asiente si lo entiendes.
Obedezco y asiento. Sé que no tengo ninguna razón para confiar en Jack porque apenas lo conozco y solo ha demostrado ser egocéntrico, grosero y distante.
Pero poco a poco se está abriendo a mí. Por muy vulnerable que me sienta al confiar en él, sé que él se siente el doble de vulnerable al dejarme entrar.
Mi instinto me dice que no me hará daño. Y yo siempre confío en mi instinto.
—Normalmente, querría que tuvieras los ojos vendados. Eso aguzaría tus sentidos y generaría confianza, pero no creo que la primera sesión sea el momento adecuado para hacerlo.
Relajo el ceño y miro la cinta negra.
—Puedo soportarlo.
Él extiende la mano y me toca la barbilla.
—Todavía no. —Cuelga la cinta negra del pomo de la puerta y yo la miro con nostalgia.
¿Por qué me intriga tanto la idea de que me priven de la visión?
¿Por qué estoy tan ansiosa por entregarle toda mi confianza a este hombre?
—. Vamos a empezar con un nudo básico, solo para que sientas cómo es. Extiende las muñecas.
Su voz es tranquilizadora pero ronca, y encuentro algo parecido a la paz en sus órdenes. No me está gritando ni exigiendo: me está guiando, haciendo que sus instrucciones sean fáciles de seguir.
Y de pronto estoy ansiosa por complacerlo, así que extiendo las muñecas.
Se aparta para sacar un rollo de cuerda negra del armario y mi corazón se acelera al verlo. Un segundo después, dos cabos de la cuerda cuelgan sobre mis brazos. Los enrolla una y otra vez, moviéndose a un ritmo que no es apresurado, pero tampoco lento.
Me encuentro mirando su rostro en lugar de sus dedos, pensando en lo que ha dicho sobre que esto le calma la mente, y puedo verlo. Es obvio que tiene mucha experiencia, y eso me reconforta.
Mientras trabaja, mi curiosidad puede más que yo y cierro los ojos, ansiosa por sentir cómo sería con la venda. En cuanto pierdo la visión, el resto de mis sentidos se aguzan. El aroma de su colonia se vuelve más intenso y la sensación de sus dedos sobre mi piel se torna más cálida.
Es la misma sensación que tenía de niña cuando me quedaba dormida en el coche y mi padre me llevaba a casa y yo me despertaba apenas cuando me acostaba en mi cama.
Es una sensación de seguridad. Es la confianza total de saber que la persona con más poder sobre mí es la única que nunca me haría daño.