Regla nº 11 #2
—Abre los ojos, Camille —me pide, y lo hago, inspirando profunda y lentamente al darme cuenta de que estaba conteniendo la respiración.
¿Por qué? No lo sé. Nuestras miradas se cruzan, y me preocupa que esté a punto de regañarme.
En cambio, esa leve sonrisa vuelve a aparecer en sus labios y niega con la cabeza—. Nunca escuchas.
—Sí que te escucho —discuto.
—Vale. —Tira suavemente de las ataduras que rodean mis muñecas—. Demuéstramelo. Mantén los ojos abiertos y la boca cerrada.
Frunzo el ceño, ofendida por sus groseras exigencias. Pero tengo la intención de convencerlo de que puedo obedecer órdenes sencillas, así que mantengo los labios apretados y los ojos fijos en las cuerdas.
Él sigue haciendo bucles y nudos, y es mucho más complejo de lo que parece.
Me rodea hasta la mitad del antebrazo. Las ataduras no están apretadas, pero intento mover las manos y descubro que no puedo.
Una parte de mí se pregunta si debería entrar en pánico.
Cualquier persona en su sano juicio aborrecería todo esto, pero yo no.
De hecho…, me gusta.
—Asiente si te sientes cómoda. —Obedezco a toda prisa—. ¿Quieres que los afloje? —Niego con la cabeza—. ¿No sientes entumecimiento ni hormigueo? —Vuelvo a negar con la cabeza—. ¿Cómo te sientes?
Levanto la vista hacia su rostro y la conexión entre nosotros es fuerte, quizá más fuerte que nunca, cuando abro la boca para responder.
—Quiero más.
Tensa la mandíbula, rechina los dientes y suelta el aire por la nariz. Veo cómo se le dilatan las pupilas y cómo intenta controlarse de forma evidente.
—Habrá más, pero vamos a ir despacio. Ahora, cierra los ojos.
—Con un suspiro tembloroso, hago lo que me dice, recordándome a mí misma que debo respirar.
Se acerca más y siento el calor de su cuerpo en mi piel desnuda—.
Ahora voy a tocarte —susurra. Me pongo tensa por la expectación.
¿Tocarme? ¿Cómo? Entonces, el dorso de sus dedos me recorre el brazo, dejando una estela de piel de gallina a su paso—.
Fíjate en cómo todo parece mucho más intenso cuando no puedes moverte ni puedes ver ni puedes alejarte.
—Siento un nudo en el estómago. ¿Qué me está haciendo?
Sus dedos ascienden por mi brazo, coronan mi hombro y recorren mi clavícula.
Dejo escapar un suave jadeo y él responde con un gruñido sordo—.
Imagina que te dan placer así. Imagina que das placer a otra persona. Que te utilizan. Que follan contigo.
Empiezo a sentirme mareada cuando su mano baila por el centro de mis pechos, sobre el fino bralette, y luego desciende hasta mi ombligo.
Estoy prácticamente temblando, y me sorprende lo suave que está siendo.
No es lo que esperaba. Si para él no se trata de sexo, ¿por qué me tortura así?
¿Es porque disfruta con mi tormento o porque quiere que sepa lo que nos estamos perdiendo?
Siento un pulso entre mis piernas y las bragas empapadas, y me muero por que deje de hablar de darme placer y se ponga a ello.
Agarra el nudo que rodea mis muñecas y tira bruscamente para pegarme a él. Dejo escapar un grito cuando mi cuerpo se estrella contra el suyo. Abro los ojos de par en par y lo miro. La dominación brusca hace que el calor recorra mi cuerpo y se concentre entre mis muslos apretados.
—¿Ves cuánto control tengo sobre ti? —murmura. Su boca está tan cerca de la mía que siento sus labios sobre mi piel—. Imagina todo tu cuerpo cubierto de estos nudos. Imagina no poder moverte ni un centímetro mientras te uso. ¿Te gusta cómo suena eso, señorita Aubert?
Asiento por enésima vez, temblando. Separo los labios al sentir su aliento en mi boca. En mi mente, le suplico, le ruego que me dé más.
Bésame, por favor. Retira todo lo que has dicho antes sobre mostrar moderación, cúbreme con esos nudos y úsame como quieras.
Por supuesto, no digo ni una palabra. El momento es demasiado delicado como para interrumpirlo. Sé que es una tontería por mi parte querer lanzarme de cabeza en la parte más profunda cuando ni siquiera sé nadar, pero no puedo evitar sentir ese deseo. No puedo evitar lo que Jack me provoca.
Ver cómo cobra vida, cómo pasa de ser un hombre en una foto, un fantasma cerrado en sí mismo, a esto: alguien que me mira con tanta atención, con tanta intensidad que quiero ahogarme en ella.
Es como si pudiera leerme la mente. O tal vez solo esté pensando lo mismo que yo.
Con la mano aún en las cuerdas, pega su cuerpo al mío y siento un bulto duro como una roca en mi pierna.
Dejo escapar un grito ahogado. Pero tan pronto como me toca, se va.
Pone distancia entre nosotros y yo me muero por volver a sentir la superficie dura de su cuerpo contra el mío.
Quiero sentir la prueba de su excitación, pero él no me deja.
Eso sería traspasar un límite, uno que ha prometido no cruzar, algo que se suponía que yo no debía sentir.
Para distraerme de lo que acababa de pasar, tira de las ataduras de mis muñecas hacia abajo.
—De rodillas —dice con tono ronco y seco. Obedezco rápidamente y me arrodillo en el suelo. Nunca en mi vida había sentido mi corazón latir tan rápido—. Buena chica —dice entre dientes. Me acaricia el pelo con la mano libre y empiezo a tambalearme.
¿Cómo puede tenerme tan sometida con solo unas pocas órdenes y unas cuantas palabras de elogio? Es como estar hipnotizada. Haría cualquier cosa solo para complacerlo.
Por primera vez desde que he entrado por esa puerta, me invade una sensación de peligro, y no se debe al riesgo de sufrir algún daño, sino al riesgo de querer esto con demasiadas ganas. Al riesgo de no querer que esto termine nunca. Y al de acabar con el corazón roto.