Regla nº 10
Sé un hombre de palabra
Camille
No duermo bien en toda la noche. La imagen de esa carta en su mesilla de noche me persigue en sueños. Mi subconsciente llega a imaginarlo abriéndola, furioso por mi atrevimiento al decirle lo que pienso.
Cuando suena el despertador a las seis y media, salgo a regañadientes de debajo de las sábanas para afrontar el día. Cuando voy con pasos reticentes hacia la puerta, algo cruje bajo mis pies al poner la mano sobre el pomo.
Miro hacia abajo y veo un trozo de papel doblado en el suelo.
Darme cuenta de que es una carta es como un trago de café expreso para mi corazón. Mi nombre está escrito en la parte delantera con su letra. Apresuradamente, lo recojo y lo miro fijamente.
Dios mío, me ha respondido.
Me ha respondido.
Tengo que tomarme un momento antes de leer su respuesta. Preparándome para la decepción, pienso que lo que hay dentro debe de ser una petición muy formal de no volver a hablar de esto nunca más.
La abro con cautela, mordiéndome el labio y leo con avidez su respuesta.
«Camille:
Cuando dije que este no era tu sitio me refería a que eres demasiado dulce e inocente para entender lo que me estás pidiendo que haga.
Y sigo manteniéndolo.
Si crees que todo esto se puede lograr sin sexo, no tienes ni idea de lo que haría en esas demostraciones. No tienes ni idea de quién soy ni de lo que me gusta.
Si estás tan segura de que soy el hombre indicado para enseñarte, creo que deberías comprender lo que me estás pidiendo. Así que, si tienes tanta curiosidad, te lo diré ahora mismo.
En primer lugar, estarías desnuda ante mí, despojada de hasta la última prenda. Tendrías el pelo trenzado a la espalda para que no te estorbara. Empezarías de rodillas ante mí, con los ojos vendados, y no hablarías a menos que yo te lo pidiera.
Te ataría los brazos y las piernas con un arnés para que no pudieras moverlos.
Estarías completamente atada para mí. Todos tus sentidos se aguzarían.
¿Lo entiendes? Estarías a mi merced, señorita Aubert. Serías mía.
Si crees que eso no implicaría sexo, no sabes en lo que te estás metiendo.
Seré claro para que lo entiendas: cuando te tenga atada, querré follar contigo.
Y cuando estés atada para mí, tú querrás que lo hagamos.
De hecho, me lo suplicarás.
Me suplicarás que te penetre, que me deslice en tu dulce y húmedo sexo.
Si esta carta te asusta, bien. Esa es su intención.
No soy un hombre amable ni gentil, Camille. Y no soy un puto profesor.
Quiero que entiendas bien lo que me pides, porque no hay posibilidad de que sigamos este camino y que algo de sea inocente o apropiado.
Así que dime: ¿sigues sintiendo curiosidad?».
Sostengo el papel con las manos temblorosas. La sangre calienta mi cuerpo como lava mientras leo las obscenas palabras una y otra vez, jadeando cada vez que imagino lo que me haría.
De todas las respuestas que esperaba, esta, definitivamente, no era una de ellas.
Evalúo mis reacciones y trato de determinar cómo me siento al respecto.
Sé cómo debería sentirme: alarmada, disgustada, aterrorizada.
Pero, en realidad, no es así. De hecho, nunca me he sentido tan emocionada.
Dice que quería que su carta me asustara, pero no. Cree que sus palabras lascivas me repugnarían, pero no.
Unos pasos diminutos me distraen, así que guardo la carta en el cajón del escritorio y me recompongo rápidamente, lista para enfrentarme a la niña que necesita mi atención.
Al salir del dormitorio, me encuentro a Bea en el pasillo, todavía con su pijama de satén rosa y el pelo revuelto.
— J’ai faim —murmura somnolienta mientras se rasca los ojos, anunciando que está hambrienta.
—¿Qué te apetece para desayunar? —le respondo, esbozando una sonrisa forzada.
Ella se encoge de hombros y se dirige a la cocina. Rápidamente me pongo el delantal limpio y empiezo a preparar el desayuno para Bea y para mí. Ella colorea tranquilamente en su cuaderno de dibujo mientras yo trabajo, y me preocupa que pueda percibir mi incomodidad.
No me siento tan tranquila y relajada como de costumbre. De hecho, siento pánico al pensar en mi rutina. Es sábado, lo que significa que tengo que entretenerla todo el día mientras su padre duerme arriba. No tendremos ni un solo momento él y yo para hablar de lo que sea que sea esto.
Y no tendremos ni un solo momento para hacer ninguna de esas cosas provocativas que ha detallado en su carta.
Contrólate, Camille.
No estoy aquí para acostarme con Jack St. Claire en mi tiempo libre. Estoy aquí para cuidar de esta preciosa niña huérfana de madre. Estoy aquí para ayudar a esta familia.
Después de servirle el desayuno a Bea, me siento frente a ella y picoteo el mío. Tengo el estómago demasiado revuelto para comer.
Miro hacia la escalera cada pocos minutos, preguntándome si hoy bajará en algún momento. ¿Qué leches haría si lo hiciera? ¿Actuar con normalidad? ¿Actuar como si no me hubiera explicado explícitamente cómo me haría cosas deplorables y tentadoras?
No sé si podré hacerlo.
Después del desayuno, Bea se va a su habitación a jugar. Le preparo el vestido y las medias que va a ponerse ese día y la ayudo a asearse. Todas mis acciones me parecen mecánicas. Solo estoy dejando que pase el tiempo.
Una vez que está lista, le acaricio la cabeza con cariño.
—Tengo que vestirme. Luego podemos ir al parque.
—Vale —responde emocionada. Ella se queda jugando tranquilamente con sus muñecas y yo salgo de su habitación y bajo a la mía.
Una vez escondida detrás de la puerta, corro hacia el escritorio para volver a leer la carta.
Me acaricio los labios con la punta de los dedos mientras devoro cada palabra una vez más.
No puedo evitar imaginármelo haciéndome todas esas cosas con todo lujo de detalles.
Nunca me había sentido tan excitada en mi vida.
Al final, me siento ante el escritorio y saco un cuaderno y lo abro por la primera página en blanco. Al igual que anoche, le cuento todo lo que siento desde el fondo de mi corazón.
«Querido Jack:
Sigo sintiendo curiosidad, y no me asusto fácilmente.
No soy una mujer inocente ni ingenua y, si crees que no quiero las cosas que has descrito en tu carta, te equivocas. Quiero todas esas cosas y no tengo miedo.
Quiero saber qué se siente al estar atada como tú prometes. Y todo lo que eso conlleva.
Así que dime: ¿eres un hombre de palabra?
¿O solo eran frases vacías?
Camille».
Cuando termino de escribir la respuesta, me visto rápidamente. Después de recoger mis rizos revueltos con una pinza en la nuca, salgo de mi habitación y le digo a Bea que se prepare para ir a la calle.
Mientras ella se ocupa de ponerse los zapatos, subo corriendo las escaleras con mi carta.
Me tiemblan los dedos mientras voy de puntillas por el pasillo hacia su habitación.
Entonces, tal y como él hizo anoche —o esta madrugada—, deslizo la carta por debajo de la puerta para que la lea cuando se despierte.
Ahora ya no hay vuelta atrás.
Bea y yo regresamos a casa del parque a tiempo para comer. Echo un vistazo a las escaleras y no veo ni rastro de Jack. Supongo que, si trabaja toda la noche, probablemente dormirá todo el día.
No puedo evitar imaginarme mi carta todavía tirada en el suelo, esperando a que la lea.
—¿Qué te pasa? —me pregunta Bea cuando me encuentra sentada en el sofá con la cara entre las manos, angustiada por lo que he escrito.
Esbozo una sonrisa falsa y niego con la cabeza.
— Tout va bien —respondo, tratando de asegurarle que todo marcha bien.
Veo su expresión preocupada y me siento culpable. Entonces me doy cuenta de que todos los adultos en la vida de Bea se han ido o se han escondido para regodearse en su pena. Ella necesita que yo me mantenga fuerte por ella.
Así que rápidamente aparto de mi mente todos los pensamientos sobre Jack y las cartas, y le presto toda mi atención.
Después de preparar el almuerzo juntas, pasamos el resto de la tarde haciendo un puzle, luego leyendo un libro y, al fin, ella se acomoda en su habitación y me deja un momento de tranquilidad.
Cuando voy a ver cómo está al cabo de quince minutos y la encuentro dormida, suspiro, aliviada. Por mucho que me guste pasar los días con Bea, estoy más agotada que otra cosa.
Estoy limpiando las encimeras de la cocina cuando oigo movimiento arriba. Está despierto, leyendo mi carta en este momento. Me quedo paralizada, esperando con expectación. Prácticamente puedo oír los latidos de mi corazón en el pecho.
Suelto un chillidito de humillación, me tapo la cara con las manos y espero su respuesta. El silencio se prolonga una eternidad. Sigo limpiando la cocina y luego preparo la cena. Me vuelvo una y otra vez hacia la escalera.
Estoy apoyada en la encimera cuando oigo sus pasos bajando. Esa cuerda invisible entre nosotros lo acerca cada vez más a mí. La casa está tan silenciosa que apenas puedo respirar. Estoy convencida de que pasará de largo, como hace todos los días, pero espero que no lo haga.
Cuando aparece en la puerta de la cocina, es como si hubieran succionado todo el aire de la estancia.
Nos encontramos tan raramente que siempre que se detiene ante mí vuelvo a darme cuenta de lo guapo que es.
Cabello oscuro, mandíbula cincelada, ojos penetrantes y un pequeño hoyuelo en el centro de la barbilla.
Se queda en silencio, mirándome fijamente. Las palabras de nuestras cartas flotan a nuestro alrededor como amenazas prometedoras. Entonces bajo la vista y veo mi última carta bien sujeta en su mano y me quedo sin aliento.
Mientras da un paso amenazador tras otro hacia mí, apoyo la espalda en la encimera. No detiene su avance hasta que su cuerpo queda pegado al mío, y tengo que echarme hacia atrás para sostenerle la mirada.
Levanta un dedo y lo pone sobre mi boca para que no hable.
Como si pudiera hablar… Apenas puedo respirar.
Sus ojos se clavan en los míos mientras acerca su boca. Me desconcierta su proximidad.
—Eres una chica muy testaruda, ¿verdad? —susurra.
Asiento en silencio, lo que le hace esbozar una sonrisa.
Es la mayor muestra de afecto que me ha dado nunca, y estoy ansiosa por disfrutar de más—.
Estás jugando con fuego, ¿lo sabes? No puedo decirte que no, aunque debería.
—Aparta los dedos de mis labios, pero yo no abro la boca ni pronuncio palabra—.
Soy un hombre de palabra, así que te lo demostraré.
Pero eso es todo. Una simple lección. Cualquier otra cosa sería inapropiada.
Así que veremos cuán curiosa eres. —Inspiro hondo, obligándome a mantener la calma—.
A medianoche. Arriba. ¿Entendido? —Vuelvo a asentir—.
Buena chica —responde, y eso me hace derretirme contra los armarios.
El efecto de esas palabras altera la química de mi cerebro. Me dan ganas de pegarlo más a mí, de sumergirme en sus brazos y de hacer lo que él quiera, siempre y cuando me elogie así otra vez.
No quiero que su cuerpo se aparte del mío. Me gustaría pasar el resto del día pegada a él, sintiendo sus ojos clavados en mí, deleitándome con ellos como si fueran el calor del sol.
A pesar de mis deseos, él se va de todos modos. Lo veo salir de la cocina, con el ceño fruncido. Me fijo en el anillo de oro que lleva en el dedo y me doy cuenta de lo mal que está todo esto, pero sigo jadeando en la cocina, esperando a que mi cuerpo se recupere de lo que acaba de pasar.
Unos instantes después, la puerta principal se abre y se cierra, y sé que se ha ido. Y me quedo con la certeza de que la próxima vez que lo vea será en circunstancias muy diferentes.