Regla nº 9 #2
¿Qué poder tiene sobre mí?
Desdoblo las dos páginas y encuentro una carta escrita en su interior. Me invade el pánico al pensar que se trata de su carta de renuncia, aunque no puedo culparla. Me he portado fatal con ella. Me siento en la cama y la leo a toda prisa.
«Querido Jack:
Dices que este no es mi sitio, pero te equivocas. Sí que lo es. No sé por qué me he colado hoy en esa sala ni por qué he abierto ese armario, pero algo me ha empujado a hacerlo.
Lo que he encontrado hoy en ese lugar me ha despertado mucha curiosidad, y sé que tú eres la persona más indicada para enseñarme. Sea lo que sea, solo quiero saber qué se siente.
He investigado. Sé lo que te gusta y no soy una virgen ingenua que tiene miedo de que le hagan daño. Sé que no tiene por qué ser sexo, así que no te estoy pidiendo nada inapropiado. Podemos mantener las cosas en un tono inocente.
Creo que quieres enseñarme. Lo he sentido cuando me has tocado, al ver cómo has reaccionado. Puedes negarlo todo lo que quieras, pero los dos sabemos que podría estar bien.
Una cosa que debes saber sobre mí es que soy terca. No me rindo fácilmente y siempre lucho por lo que quiero. Así que cuanto más me presiones, más me resistiré. Cuanto más intentes callarme, más fuerte gritaré.
Y como no me dejas hablar, esta es la única forma de llegar a ti.
Estoy intentando ser paciente contigo. Te daré tiempo y distancia mientras resuelves lo que sea que tengas que resolver, pero tú y yo tenemos más en común de lo que crees. Porque creo que eres tan terco y curioso como yo.
Si no quieres que te hable, no pasa nada. No lo haré. Pero sigo queriendo saber cómo me siento con esas cuerdas. Quiero saber qué siento al dejar que me ates con ellas. Quiero saber qué siento al someterme.
Por favor, enséñamelo.
Camille».
Un gemido sordo se escapa de mis labios y me paso la mano por la barba de tres días. Leo la carta como diez veces antes de decidir qué coño sentir al respecto.
Esas tres últimas palabras hacen que una erección aparezca bajo mis pantalones: «Por favor, enséñamelo».
¿Acaso sabe lo que me está pidiendo? Ella cree que esto no tiene por qué ser sobre sexo, así que está claro que no entiende lo que se siente al estar atado y someterse a otra persona. Porque puede que no vaya de sexo, pero sin duda va a traspasar algunos límites importantes.
—No —me digo a mí mismo mientras dejo la carta sobre la mesa—. Rotundamente no.
Es como si me hubiera vuelto loco: estoy hablando solo en mi habitación, paseándome por el espacio vacío.
Una parte de mí quiere bajar las escaleras y decirle enfáticamente que eso es imposible: ella es mi empleada, yo soy su jefe y mi hija es nuestra única prioridad, por lo que abusar de esta relación laboral solo podría perjudicar a Bea.
Lo correcto es mantener una actitud profesional y decirle a Camille que no podemos hacer nada que se considere inapropiado.
Pero mientras me desabrocho la camisa y me la quito, imagino sus largos rizos rubios recogidos en una trenza que se deslice a lo largo de su espalda desnuda. Imagino sus pequeñas muñecas atadas a la espalda. Imagino una venda sobre sus ojos y su boca a la altura perfecta para recibirme.
—¡Joder! —exclamo, mesándome el pelo. ¿Qué estoy haciendo?
No puedo pensar en cosas así. Eso es precisamente lo que no debería hacer.
Para distraerme, voy al baño que hay al final del pasillo y me encierro dentro.
No tengo que quitarme los pantalones para saber que mi pene está duro y palpitando de deseo—.
Basta —me reprendo, tratando de continuar con mi rutina nocturna antes de irme a dormir.
Para cuando termino de cepillarme los dientes, mi miembro se ha ablandado hasta alcanzar un estado manejable.
Soy un monstruo por pensarlo siquiera.
Maldita sea, Camille. ¿Cómo ha podido preguntarme eso? No tiene ni idea del efecto que provoca en mí, y, claramente, yo tampoco la tenía hasta este momento.
Ya en mi habitación, sé que no podré descansar ni un minuto hasta que le responda de alguna manera. Así que salgo al pasillo, voy a mi despacho y me siento en la estancia apenas iluminada, con solo una pequeña lámpara encendida sobre el escritorio para dejarme ver la página en blanco.
Bolígrafo en mano, garabateo rápidamente mi respuesta. Pero cada pocas líneas decido que la odio, arranco la página del bloc, la arrugo y la tiro a la basura. Todas las excusas me parecen equivocadas.
«Sería inapropiado».
«Soy tu jefe».
«Al contrario de lo que tú piensas, no comparto esos sentimientos contigo».
«Te equivocas, te equivocas, te equivocas» .
Por una vez, decido escribir algo sin permitirme que mi mente me refrene. Redacto una respuesta que me parece adecuada. Las palabras vuelan por la página y, cuando termino, sé que no debo, bajo ninguna circunstancia, darle esta carta.
Durante casi una hora, contemplo lo que acabo de escribir.
—Que le den —murmuro cuando el sol ya comienza a asomar por las ventanas, Doblo las páginas como ella y pintarrajeo su nombre en la parte delantera. Vestido con unos pantalones de chándal oscuros, bajo silenciosamente las escaleras de puntillas para pasarle la carta antes de que se despierte.
Con un último momento de vacilación, la deslizo bajo su puerta.
Ya no hay vuelta atrás. Mi arrepentimiento y yo regresamos arriba y nos metemos en mi cama.
No soy un hombre impulsivo y no tomo decisiones a la ligera. Pero esta mujer parece haberme trastocado el cerebro. Me encuentro casi obsesionado con ella de una forma que no puede ser sana.
Y cuando lea esa carta hoy, lo sabrá.