Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 9
26%

Regla nº 9

Nunca digas lo que piensas y, por el amor de Dios, nunca lo pongas en una carta Jack

—¿Qué tal este? —pregunté, sosteniendo un libro encuadernado en cuero azul en mis manos.

Em se dio la vuelta y le echó un vistazo. Se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—No me ha gustado.

—A la caja de donaciones —respondí, y lo tiré en la caja llena con otros libros, jerséis viejos y un par de zapatillas de ballet apenas usadas.

Estábamos en el apartamento de Emmaline en Giverny, empaquetando sus pertenencias en una cálida mañana de domingo, en primavera.

En la radio sonaba una canción de rock clásico y el aroma del café, las flores frescas y su perfume flotaba en el aire.

Era solo la segunda vez que estaba en su casa.

La primera había sido el viaje que había hecho tres meses antes, cuando la llevé a casa después de su año de prácticas docentes en París.

La segunda vez fue ese recuerdo en particular. Empaquetando sus cosas para que se mudara conmigo.

Un diamante de dos quilates en una banda de oro descansaba en su dedo anular izquierdo.

Verlo brillar a la luz hizo que el corazón me latiera más rápido en el pecho. Me acerqué a ella, la abracé por la cintura y le di un beso en el cuello. Ella se rio, como siempre, y el sonido fue como una brisa cálida o un sorbo de champán.

—¿Eres feliz? —le pregunté.

Se volvió hacia mí y me besó en los labios.

—Muy feliz —murmuró con suavidad. Al separarme, intenté encontrar la verdad en sus ojos, más allá de sus palabras. Ella me miró durante un segundo antes de desviar su atención hacia mis labios y luego hacia el anillo que tenía en el dedo—. Muy feliz —repitió en voz baja.

Sonaba bastante sincero.

Desplazo los dedos por el teléfono para ver otra foto y contemplo todas las sonrisas de Em y los recuerdos capturados en las imágenes.

En mi escritorio mi ordenador muestra otro mes de estadísticas y cifras desalentadoras.

Desde que nos hicimos con la propiedad de L’Amour, recientemente rebautizada como el club Legado, se ha ido hundiendo lentamente en un caos poco rentable.

Como alguien que trabajó para L’Amour bajo la dirección de Ronan y Matis durante siete años, debería saber cómo arreglarlo.

Debería centrarme en eso ahora en lugar de idealizar el pasado, pero esto es lo que hago siempre: busco una distracción. El trabajo es mi distracción de mi pena, y mi pena es una distracción de mi trabajo: un círculo vicioso. Y ninguna de las dos cosas es en lo que debería centrarme.

—Toc, toc —dice una voz suave y familiar desde la puerta. Levanto la vista de mi teléfono y veo a Phoenix apoyada en el marco cruzada de brazos y con esa expresión familiar y preocupada grabada en sus rasgos.

—Hola. —Dejo el teléfono y espero a que continúe, aunque estoy seguro de lo que quiere preguntarme.

—¿Cómo van las cosas?

Lo sabía.

—Bien —murmuro sin mirarla a los ojos.

Phoenix es la clase de amiga que ve que me estoy ahogando, pero no sabe cómo sacarme del agua. En lugar de eso, se zambulle y nada a mi lado. Ha estado siempre conmigo, dándome trabajo y distrayéndome desde que Em enfermó, porque sabe que es la única manera de ayudarme a superar esto.

Y sea bueno o malo, la quiero por ello.

—¿Qué tal va la nueva niñera? —Entra en mi despacho y se sienta en una de las sillas que hay frente a mi escritorio.

Rechino los dientes cuando menciona a la niñera.

—A Bea le encanta —respondo con un tono más disgustado de lo que debería.

—Qué bien. —Carraspea. Por el rabillo del ojo, veo que Phoenix se muerde el labio, y es evidente lo preocupada que está.

Después de la muerte de Em, le rogué a Phoenix que se quedara con mi hija. Y durante un tiempo, lo hizo, por mí.

Fue una petición cruel, y no estoy orgulloso de haberle pedido a mi mejor amiga que me ayudara y, al mismo tiempo, hacerle daño y dejarla con la persona que más quiero en este mundo porque yo no podía ser el padre que Bea necesitaba.

Casi me muero, como Em, cuando mi hija no estuvo en mi casa durante seis meses.

Pero no morí: me sumergí en algo nuevo, algo que me distrajera. Algo que me diera control y me obligara a concentrarme.

Descubrí mi pasión por el bondage, y eso hizo que mi pena fuera un poco más llevadera.

Pensé que estaba mejor. Hasta que Bea regresó a casa y me di cuenta de que seguía sin tener lo que hacía falta para ser su padre.

—Me alegro de que esté funcionando —dice en voz baja—. Pero ya sabes que, si no, siempre puede volver a quedarse conmigo.

Oigo la voz de mi hija en mi cabeza y la tristeza me forma un angustioso nudo en la garganta. La forma adorable en que me saluda cuando salgo del apartamento, la esperanza y el amor en sus ojos…

Ella solo quiere a su padre, y no voy a volver a abandonarla.

—Gracias, Nix —acepto con voz ronca y emocionada—. Pero las cosas están mejorando.

Ella esboza una sonrisa forzada.

—Bien. Sabes que siempre estaré aquí para ti.

—Gracias —suspiro.

—Ahora vete a casa. No hay nada que puedas hacer para arreglar este desastre esta noche —añade, señalando los informes financieros que hay sobre mi escritorio.

—Lo haré —murmuro.

Sale de mi oficina y yo me quedo a solas con la vergüenza y el arrepentimiento.

Normalmente vuelvo en coche desde el club, sobre todo a las cuatro de la madrugada, pero necesito un momento para pensar, y las tranquilas madrugadas en el barrio montañoso de Montmartre son el lugar perfecto para hacerlo.

Durante todo el trayecto, pienso en la nueva niñera.

Para empezar, apenas estaba cualificada, pero ahora, además, ha demostrado ser desobediente, insubordinada y entrometida.

Por no mencionar que hay algo entre nosotros que roza lo inapropiado y que es culpa de los dos.

Debería despedirla, pero no voy a hacerlo.

Lo que le he dicho a Phoenix es cierto: a mi hija le gusta su nueva niñera. Vuelve a haber risas en nuestra casa, ahora sonríe más. ¿Qué clase de idiota sería si le quitara eso?

Además, solo quedan seis semanas para que termine el contrato de un año con el club y podamos irnos. Puede que haya sido cruel por mi parte contratar a una nueva niñera con la intención de irme de la ciudad antes de que acabe el año, pero soy un hombre desesperado en una situación desesperada.

Las calles de la ciudad aún están mojadas por la lluvia de la tarde, y eso me resulta muy relajante. Los adoquines brillan bajo las farolas y escucho el sonido de los coches en la carretera al circular sobre el hormigón mojado.

Echaré de menos esta ciudad cuando nos vayamos.

Echaré de menos la sensación que me provoca París, que me envuelve con recuerdos.

Pero al mismo tiempo, no la echaré de menos.

Porque incluso la lluvia en las calles de la ciudad me recuerda momentos de nuestro pasado, como la noche en que Em y yo nos vimos sorprendidos por un chaparrón al volver a casa después de cenar.

Me pidió que la besara bajo el aguacero porque era romántico, aunque todavía no entiendo por qué.

Pero lo hice de todos modos.

Solía oír su risa en mi mente mucho más, por toda la casa y por los pasillos. Ahora oigo la de Camille, y me pone de los nervios. Su mera presencia parece estar borrando el recuerdo de mi esposa, y ella ni siquiera lo sabe.

Y la sensación de su cuerpo contra el mío hoy… Los suaves rizos de su cabello en mi mejilla, el sonido de sus pasos sobre el suelo, el tono rosado de su pintalabios…

Joder, odio cómo me tienta. Soy un monstruo por mis deseos, y no es solo porque la pobre de ella sea tan ingenua, tan inocente y tan nueva, sino también porque quiero usarla para recordar a Em.

Debo abandonar esos pensamientos. Se acabó lo de acechar en el pasillo frente a su puerta por la noche.

Se acabó lo de traspasar los límites con ella. Se acabaron las miraditas.

Tengo que dejar atrás todo eso para siempre.

Cuando llego a casa, voy discretamente por el pasillo antes de desaparecer escaleras arriba. Me detengo un instante en la puerta de Bea antes de acercarme a su cama. Mi hija duerme plácidamente, abrazando un unicornio de peluche.

Siento una punzada en el pecho mientras la miro, como hago todas las noches, y me encuentro deseando haber sido yo quien se hubiera ido en lugar de Em.

Si ella estuviera aquí, colmaría a nuestra hija de consuelo y afecto para que nunca sintiera mi ausencia.

Ojalá pudiera hacer lo mismo, pero no sé cómo.

No sé cómo superar mi propia pena para aliviar la de mi hija, y me siento como un fracasado por ello.

Mi madre me crio ella sola hasta que cumplí los siete años y lo hizo parecer muy fácil, pero yo no sé cómo hacerlo sin Em. Me aterra decir algo incorrecto o estropearle la vida a Bea de alguna manera. Esta pena es como una enfermedad que no quiero que ella contraiga.

Estará mejor sin mí.

Después de besar suavemente a mi hija en la cabeza, salgo de puntillas de la habitación. Me detengo en el pasillo y miro hacia la puerta cerrada tras la que duerme Camille. Una parte de mí quiere plantarse allí de nuevo por razones que no entiendo.

Es muy extraño. Es como si hubiera una cuerda invisible entre ella y yo que tirara de mí sin descanso hacia ella.

Dios, tengo que salir de esta ciudad.

Le doy la espalda a su habitación, ignoro el vínculo que nos une y subo sigilosamente las escaleras hasta el segundo piso. Me aflojo la corbata al entrar en mi dormitorio y cierro la puerta detrás de mí.

Enseguida veo el trozo de papel sobre la mesita de noche. Me detengo en medio de la habitación y lo miro fijamente.

Al principio, pienso que es una nota de mi hija. O tal vez un dibujo que ha hecho hoy en el colegio.

Al mirarlo más de cerca, veo mi nombre garabateado con tinta negra con una letra desigual pero femenina. Me quito la corbata, la tiro sobre la cómoda y cojo la carta, fijándome en mi nombre, escrito por ella.

«Jack».

Deslizo lentamente el pulgar sobre su letra e imagino cómo garabateaba mi nombre en este papel. Oigo su voz en mi cabeza mientras lo leo una y otra vez.