Regla nº 8
Investiga siempre que puedas
Camille
Jack no sale en casi todo el día, lo cual no es ninguna sorpresa ni nada fuera de lo normal.
A la hora de cenar, mientras Bea y yo nos sentamos a la mesa, él baja las escaleras por fin. Como siempre, su hijita lo saluda.
— Bonjour, papa!
—Hola, Bea —murmura en inglés.
Hace lo mismo todas las noches, pero hoy vacila antes de salir por la puerta y, por primera vez desde que trabajo aquí, le sonríe a su hija. Es una sonrisa suave y afectuosa, pero es suficiente para llenar mi corazón de esperanza.
Cruza la mirada conmigo. Ninguno de los dos dice nada, pero compartimos una pequeña conexión silenciosa antes de que por fin se de media vuelta y se vaya.
Como todas las noches, cuido de Bea y le presto más atención y cariño para compensar lo que debería recibir de su padre. Pero esa noche, mientras le doy un baño, le pongo el pijama y la acuesto, no puedo dejar de pensar en lo que ha pasado hoy en la sala de arriba.
Después de que Bea se haya dormido y la casa esté en silencio, me preparo una taza de té y me acurruco en el sofá del salón.
Llueve a cántaros y las gotas chocan contra la ventana; me tapo las piernas con una manta y me pongo el portátil encima.
La música suena suavemente en los altavoces mientras lo abro y miro la pantalla en blanco del buscador.
Hay tantas cosas que quiero saber y, sin embargo, tantas que me da miedo mirar…
No siento miedo en el sentido de que puedan hacerme daño, sino miedo en el sentido de que, una vez que emprenda este camino, no habrá vuelta atrás.
Como si lo que descubriera aquí pudiera cambiarme para siempre o, como mínimo, cambiar mi percepción de Jack.
Tampoco es que mi percepción de él sea gran cosa, ya puestos.
Suspiro y tecleo tres palabras en la barra de búsqueda: «Bondage con cuerdas» . Con una mueca, pulso la tecla «Intro» . Inmediatamente aparecen en la página resultados en forma de fotos, vídeos y sitios web.
Espero que los resultados sean explícitos y pornográficos. Y aunque algunos lo son, la mayoría son más impresionantes estéticamente de lo que pensaba. Me desplazo por un sitio web tras otro, que proclaman guías para principiantes y todo lo que hay que saber sobre el bondage .
Algunas tratan principalmente sobre sexo: estar atado durante el sexo y estar inmovilizado a cosas como camas, barras, paredes y sillas. Pero eso no parece aplicarse a lo que Jack tenía arriba.
Hago clic en un sitio que parece prometedor. Se llama El arte del shibari, y las imágenes que me reciben en cuanto hago clic en el botón son preciosas. La primera es de una mujer con las manos atadas cerca de los hombros con una intrincada red de nudos y cuerdas.
Para algo que parece que debería ser insoportable, su rostro muestra una expresión solemne de paz. Durante lo que parecen horas, leo y me desplazo, leo y me desplazo un poco más, absorbiendo hasta la última gota de información que puedo sobre esta práctica única.
Pero incluso después de toda mi investigación, me cuesta encontrar el propósito.
¿Cuál es el sentido de todo esto? ¿Por qué la gente hace algo así?
¿Se trata solo de los intrincados nudos y ataduras?
¿De alguna manera está pensado para excitar a los participantes?
¿Es para el sexo? ¿Es para exhibirse? Todos los sitios web afirman que estar atado o ser un adicto a las cuerdas es una forma de sumisión destinada a llevar a la persona atada a algo llamado «subespacio», un término que todavía me cuesta entender.
¿De verdad Jack tiene toda una sala ahí arriba dedicada a esto? ¿A quién ata y por qué? ¿Era algo que él y Emmaline hacían juntos?
Entonces recuerdo haber sostenido las cuerdas entre mis dedos mientras Jack estaba a mi espalda; ha habido un momento en el que casi podía sentirlas atadas alrededor de mis brazos.
Y esa sola imagen me provocaba una enorme excitación; pero no se trataba solo de excitación sexual, sino por algo mucho más potente, algo que estimulaba no solo mi cuerpo, sino también mi mente.
El reloj de la esquina superior de mi portátil indica que ya ha pasado la medianoche. He perdido completamente la noción del tiempo y he dedicado demasiado tiempo a esta investigación. Cierro el navegador, apago el portátil e intento guardarme la curiosidad.
Pero mientras me meto en la cama sé que no podré olvidar tan fácilmente esta nueva información. No puedo dejar de pensar en cómo sería ni que juraría que hoy ha habido un momento, concretamente el gruñido de Jack, que me ha hecho creer que él también podría desear algo así conmigo.
Al igual que yo, él me imaginaba atada y amarrada para él. Y le gustaba. Joder, a mí me gustaba. Tampoco es que quiera que me haga daño o me humille, pero ¿y qué si así fuera? ¿Qué hay de malo en eso? Al menos, si es lo que yo quiero.
¿Es lo que quiero?
No puedo evitar ser tan curiosa por naturaleza. Hasta donde yo sé, después de cinco minutos de probar algo así lo más probable es que lo aborrezca y que no quiera a hacerlo nunca más. Pero ¿cómo voy a saberlo si no lo intento?
¿Y con quién puñetas iba a probarlo si no es con él? Me imagino regresando a ese club para encontrar otra pareja, tal vez el camarero guapo, que me introdujera en algo así.
Seguro que sería emocionante. Pero ¿y luego qué?
El sueño me es esquivo y no dejo de dar vueltas en la cama. En el fondo, sé que la razón por la que no puedo dormir es porque sigo escuchando la puerta, preguntándome si Jack volverá a aparecer en mi pasillo. Quizás esta vez vaya un poco más lejos.
¿Cómo ha conseguido Jack St. Claire colarse de tal forma en mi psique en tan poco tiempo?
¿Por qué no puedo dejar de pensar en él?
Me gustaría creer que encontraría la paz si pudiera dejarlo pasar y centrarme en mi trabajo, en Bea, en la casa y en mi nueva vida en París.
Pero todo eso solo parece la mitad de mi vida ahora, como si él hubiera ocupado tanto espacio en mi mente que nunca podré seguir adelante de verdad hasta que desentrañe el misterio que rodea a ese hombre.
Pero ¿cómo puedo hacerlo si ni siquiera me deja hablar? En cuanto abro la boca delante de él, me silencia.
Ojalá entendiera por qué. ¿Por qué me aparta? ¿Por qué no me da una oportunidad? ¿Y por qué me importa?
No sé qué hora es cuando por fin decido apartar las sábanas y salir de la cama. Es más bien una tenacidad obstinada, o tal vez la necesidad de sentirme más cerca de él, lo que me lleva a sacar la carta del cajón del escritorio.
Incluso después de todo este tiempo, nunca la he leído de todo. Solo le he echado un vistazo por encima a unas pocas líneas. Pero hay un interés ardiente dentro de mí que no me deja olvidarlo, porque ya no se trata de conocer su relación: se trata de entenderlo a él.
Sentada en el escritorio con las piernas cruzadas delante de mí, leo la carta que le escribió a su difunta esposa.
«Querida Emmaline:
Sé lo que vas a decir: ya nadie escribe cartas. Me llamarás cursi o romántico caduco, pero no me importa. Te mereces mucho más que un mensaje o un correo. Debes saber que un hombre que te adora se sentó ante su escritorio y te escribió una carta a mano para decirte cuánto te ama.
Y tú sabes que es así, que te amo.
No pretendía que pasara esto, que en solo un año me enamorara perdidamente de ti. ¿De verdad creías que iba a todas esas funciones de ballet porque me gustaba? Estaba allí por ti. Siempre.
Me has hecho tan feliz, Em… Antes de conocerte era un hombre triste y aburrido. Mi corazón me dice que tú sientes lo mismo. Y sé que, si lo intentáramos, seríamos felices juntos.
Te echo mucho de menos, y solo han pasado dos semanas desde que te fuiste.
París no brilla igual sin ti.
Por favor, vuelve conmigo.
Tuyo
Jack
P. D.: Incluso aprenderé francés por ti».
Leo la carta tres veces, tratando de imaginar a ese hombre frío y endurecido escribiéndola, pero no concuerda con la versión de Jack que yo conozco. ¿Su muerte le afectó tanto que convirtió a la persona romántica y cariñosa que era en… lo que es ahora?
Dejo la carta sobre el escritorio y no puedo dejar de pensar en todo lo que sé sobre él. Es como si pensara que murió junto con ella, pero no es así. Él sigue aquí y todavía tiene una vida por delante. Una hija que criar. Y no puedo evitar pensar que excluirme es solo otra forma de esconderse.
Me da vueltas la cabeza con todas las cosas que necesito decirle. Abro el cajón y saco un papel en blanco y un bolígrafo. Si le gusta escribir cartas manuscritas, bien. Yo también puedo hacerlo.
Mi mano vuela sobre la página mientras garabateo todo lo que quiero decirle a Jack. Es una serie desordenada de pensamientos conscientes, y no me importa que no sea elocuente ni que esté bien redactada. Él tiene que saber lo que pienso.
Cuando lo he escrito todo —dos páginas—, releo la carta. No cambio ni una palabra. No sé si la leerá, y en este momento, no me importa. Pero espero que lo haga. Espero que escuche y que considere lo que le pido.
Son casi las dos de la madrugada cuando doblo la carta y subo silenciosamente las escaleras. Debe de seguir en el club, porque el lugar está vacío. Tardo un momento en decidir dónde dejar la carta. Tiene que ser en un sitio donde la encuentre inmediatamente.
Entro silenciosamente en su dormitorio. La habitación huele a él, lo que me trae inmediatamente recuerdos de anoche en el pasillo o de hoy mismo en la sala de enfrente. Inspiro hondo, inhalando su aroma porque puedo: colonia cara, cuero, jabón y almizcle.
Lo que estoy haciendo ahora podría ser un gran error y costarme el trabajo.
Pero después de los últimos días con Jack, tengo la sensación de que no llegará a eso.
Puede que actúe como si quisiera sacarme de su vida, pero la forma en que me ha abrazado hoy decía lo contrario.
Quiere enseñarme. Solo necesita un pequeño empujón.
Junto a su cama, miro fijamente la mesilla de noche, donde descansa en un marco una única foto de él, Emmaline y la pequeña Bea.
Me invade una punzada de culpabilidad al darme cuenta de que ella no está aquí.
Que, aunque ella ya no está, él sigue siendo el marido de otra mujer.
¿Estoy haciendo mal al pedirle lo que quiero?
Ignoro la foto y me trago el sentimiento de culpa; dejo la carta doblada en la mesilla de noche con su nombre garabateado en la parte delantera con mi letra desigual. Parece tan fuera de lugar… No tengo ninguna duda de que la verá inmediatamente cuando llegue a casa.
Con eso, me invade una sensación de alivio.
Quizá no vaya a salir nada de todo esto, pero al menos me habré desahogado y le he contado lo que pienso.
Lo lea o no, le importe o no, he hecho lo que he podido.
Salgo de su habitación, cierro la puerta detrás de mí y bajo silenciosamente las escaleras de puntillas hasta la mía.
Me meto en la cama y me digo a mí misma que, pase lo que pase ahora, tengo que apartarlo de mi mente.
Y aunque me quedo dormida, sé en mi interior que eso es imposible.