Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 7
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Regla nº 7

Las reglas están para romperse

Camille

Mientras Bea desayuna a la mañana siguiente, apoyo los codos en la encimera de la cocina y dibujo un fantasma con traje y sombrero de copa en mi lista de la compra.

Oigo los pasos de Jack arriba; no se ha dignado a bajar.

Si tuviera que adivinar, diría que va a volver a ser un fantasma que ronda silenciosamente la casa y va y viene sin decir una palabra.

Anoche no dormí bien, y se nota. Cuando bostezo, oigo una puerta cerrarse de golpe arriba. Bea y yo nos miramos y esperamos sus pasos, que no llegan. Ojalá pudiera decir que temo el momento en que vuelva a estar cara a cara con él, pero no es así: de hecho, estoy deseándolo.

Acompaño a Bea al colegio y ella me coge de la mano y me estrecha los dedos mientras salta torpemente por las grietas del cemento.

— Tu crois aux fantômes? —me pregunta inocentemente. «¿Crees en los fantasmas?».

—¿En los fantasmas? —repito.

—Como el que has dibujado esta mañana —responde, con su boquita fruncida por la curiosidad.

—Ah —río—. Sí, supongo que sí.

—¿Crees que mi mamá es un fantasma? —Bea me mira con esos grandes e inocentes ojos azules, y tengo que tragar saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta. ¿Cómo leches debo responder a esta pregunta? Quizá esta es la clase de cosas para las que se entrena a las niñeras de verdad.

—Eeeh… No lo sé. ¿Tú crees que es un fantasma?

— Oui —responde ella con sencillez—. A veces la oigo entrar en mi habitación cuando estoy durmiendo.

¿Entrar en su habitación? ¿Podría haber sido un sueño? Me invade la confusión y me pregunto por qué puñetas esta niña piensa que el fantasma de su madre anda merodeando por su casa, pero entonces recuerdo lo que pasó anoche y todo cobra sentido.

Jack.

Incluso su hija de cinco años cree que es un fantasma. Debe de entrar en su habitación después de que ella se duerma para ver cómo está. Quizá por eso estaba abajo anoche, acechando en el pasillo, con el rostro bañado en lágrimas.

No voy a decírselo a Bea, aunque supiera con certeza que el único espíritu que ronda por su casa es su padre. Si ella quiere creer que es su maman, ¿quién soy yo para corregirla?

—Qué bonito —susurro, y me arrodillo frente a la niña—. Estoy segura de que si tu mamá es un fantasma, te cuida para que nunca estés sola.

Bea se encoge de hombros.

—Espero que ahora cuide de papá.

—¿Por qué?

—Porque yo te tengo a ti —dice alegremente, y me abraza por el cuello. Correspondo al gesto intentando contener las lágrimas que amenazan con derramarse de mis ojos.

Sin decir nada más, Bea me suelta el cuello y sale corriendo hacia su profesora, que está en la puerta principal del colegio. Me quedo aturdida, arrodillada en la acera.

Sintiéndome un poco débil, me levanto y regreso a la casa sin poder concentrarme en nada. Normalmente, este sería el momento de hacer la compra y los recados, pero hoy no consigo centrarme en el trabajo. Siento un cosquilleo bajo la piel y no estoy segura de querer que desaparezca.

Cuando llego a casa escucho si hay movimiento arriba, pero todo está en silencio. Podría estar durmiendo. O podría haberse ido.

Tengo prohibido subir a sus estancias. Me lo han dicho más de una vez. Pero después de lo de anoche, me siento libre para investigar. Si él va a merodear frente a mi habitación mientras duermo, yo puedo fisgonear un poco en la suya mientras él no está.

Además, las reglas están para romperse, ¿no?

La casa está en silencio cuando subo sigilosamente las escaleras hacia el segundo piso. El suelo del rellano cruje cuando llego y me detengo, esperando oír su voz regañándome. Como no oigo nada, supongo que de verdad se ha marchado.

Inmóvil, echo un vistazo a mi alrededor. El segundo piso tiene una sala de estar abierta a la izquierda con un sofá de cuero, una otomana y una alfombra. Hay un hermoso cuadro en la pared y un ramo de flores frescas en la mesa que está cerca de la ventana.

Frente a mí, en un largo pasillo, veo una puerta entreabierta y lo que parece un despacho al otro lado, con un escritorio y una silla vacía.

Doy un paso silencioso hacia ahí y abro la puerta con cuidado para comprobar que mis sospechas son correctas.

Y sí, es su despacho. El escritorio está impecable y ordenado.

El ordenador que hay sobre él tiene una gran pantalla que ahora mismo está en negro y un bloc de notas sobre la superficie, cerca del teclado.

Entro de puntillas y echo un vistazo al bloc de notas.

«Hablar con Logan sobre seguridad».

Al examinar el resto del escritorio, veo una foto enmarcada junto al monitor. La cojo y miro a la mujer de la foto: es la misma de la foto que tengo yo.

Es hermosa; lleva el pelo castaño oscuro trenzado sobre un hombro.

Está sentada en una silla cerca de una ventana y, a diferencia de en mi foto, en esta no sonríe.

Y, sin embargo, parece muy serena. Tiene las manos apoyadas sobre su vientre redondeado y lleno, e intento imaginar el momento en que se tomó la foto.

En mi mente, lo imagino en medio de esa estancia, diciéndole lo hermosa que es. En mi mente, Jack es amable y cariñoso y le habla con compasión y calidez. En mi mente, Jack es una persona auténtica y no una aparición cruel y desalmada, como ahora.

Luego me imagino que soy yo la que está junto a la ventana, abrazando mi vientre redondo y perfecto, sintiendo su mirada amorosa en mi rostro mientras me saca una foto.

Es un truco cruel que me juega mi cerebro, y en el momento en que esa idea martirizante se cuela en mis pensamientos, la desecho. Eso no es real.

Rápidamente, dejo el marco y escapo de esa peligrosa fantasía.

Me aparto del escritorio, salgo del despacho, echo un vistazo al pasillo y espero a ver si hay señales de vida. Cuando compruebo que es seguro, salgo lentamente y dejo la puerta tal y como la he encontrado.

Frente a esa hay otra puerta. Pongo la mano en el pomo, la abro lentamente y miro dentro para encontrar un baño. Salgo silenciosamente y la cierro sin hacer ruido.

Me acerco a la siguiente puerta, me paro un instante y me pregunto si estoy en mi sano juicio. ¿Y si está aquí? ¿Y si está durmiendo? ¿Qué voy a hacer si me pilla y me despide por romper las reglas y entrar en su espacio privado, otra vez?

Eso destrozaría a Bea.

Debería dar media vuelta ahora mismo. Una mujer sensata lo habría hecho.

Y, sin embargo, estoy apoyando la mano en la siguiente puerta, la última a la izquierda. Soy idiota, pero no puedo evitarlo. Moviéndome a una velocidad que solo puede calificarse de agonizantemente lenta, giro el pomo y la abro.

Lo que espero encontrar es un dormitorio. Espero encontrar una cama, una cómoda, tal vez una pila de ropa sucia en el suelo.

Pero no contaba con ver una sala vacía con paredes gris oscuro y molduras ornamentadas. Hay unas cortinas de terciopelo morado oscuro colgando de las ventanas, pero, aparte de una silla tapizada y un banco de terciopelo, el único mueble es un gran armario antiguo de madera.

Miro por encima de mi hombro hacia la puerta cerrada que me falta por investigar, que, visto lo visto, supongo que debe de ser su dormitorio.

Entonces, ¿qué es esto?

Entro en la sala vacía con gran interés. Hay una alfombra redonda y mullida en el centro y unos extraños ganchos dorados en varias posiciones a lo largo del techo.

Hay algo extraño y a la vez reconfortante en ese lugar, pero ¿para qué sirve?

¿Es una especie de sala de meditación? Entonces recuerdo de inmediato la pequeña cabina del oscuro club sexual donde encontré a Jack.

Mi memoria evoca imágenes de paletas, cuerdas y otras herramientas cuyos nombres aún desconozco.

Atravieso la estancia hacia la ventana y corro las gruesas cortinas para dejar entrar algo de luz. Desde este lugar hay una hermosa vista de la ciudad, y me detengo un momento para contemplarla.

¿Esta era la ventana frente a la que ella posó? La imagino en este lugar mientras él sacaba la foto.

Nunca he conocido a nadie tan misterioso y extraño como Jack St. Claire. Sé que debería dejarlo estar y limitarme a hacer mi trabajo, pero me siento atraída por él a cada paso que doy. Casi puedo ver al hombre que se esconde bajo el monstruo, pero cada descubrimiento solo me plantea más preguntas.

¿Para qué se utiliza este lugar? ¿Qué esconde aquí arriba?

¿Y qué hay dentro de este armario?

Sé que no debería abrirlo. Y tal vez, de alguna manera, ya sé lo que hay dentro.

Fue la curiosidad lo que me llevó a abrir esa carta; fue la curiosidad lo que me llevó a París; fue la curiosidad lo que me guio al club la otra noche y ha sido la curiosidad lo que me ha traído a esta sala.

¿Es posible que todas estas cosas sean solo miguitas de pan? ¿Es posible que Jack me esté invitando a seguir este camino, tentándome para que eche un vistazo más de cerca cada vez que tenga la oportunidad?

Podría haber cerrado esta puerta con llave para que no pudiera entrar, pero no lo ha hecho, así que paso sobre la gruesa alfombra y me detengo frente al armario.

Apoyo los dedos en el tirador de metal y tiro suavemente.

Se abre de golpe y contengo la respiración cuando la luz ilumina el pequeño espacio.

Pero antes de que pueda echar un vistazo a lo que hay dentro, una gran mano con un familiar anillo de oro en el dedo anular se posa contra la madera y la cierra de golpe.

Dejo escapar un grito de miedo, pero cuando intento apartarme del mueble, me encuentro con una gigantesca pared de músculos y enfado.

Me quedo paralizada, encogida, esperando su reprimenda.

Háblame, pienso . Grítame. Castígame. Haz algo.

Su aliento es cálido en mi nuca, y su pecho, firme contra mi espalda.

—Lo siento —balbuceo.