Condéname (Salacious Legacy 1) Regla nº 6 #2
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Regla nº 6 #2

Pero esta vez noto que duda. Se queda como una estatua y nos contempla como si estuviera pensando en hacer algo más que salir corriendo de ahí. En mi mente, le ruego que se acerque a ella. Que le toque el pelo, que le bese la cabeza, que le sonría.

—¿Qué tal…? —carraspea—. ¿Qué tal ha ido el día?

Bea y yo nos quedamos paralizadas, sorprendidas por la repentina conversación, ya que siempre está muy callado.

—¡Genial! —responde Bea con entusiasmo. Luego sigue hablando en francés, y noto que él hace un gesto de incomodidad antes de levantar una mano.

—En inglés, Beatrice.

Ella detiene su relato y lo mira con expresión de disculpa.

—Lo siento, papá.

La tensión se palpa en el ambiente cuando él se rasca la frente, abre los ojos y me mira, y yo me siento como si hubiera hecho algo malo. Y no sé si es solo por estar aquí o solo por ser francesa.

Entonces su expresión se transforma en otra de remordimiento. Parece perdido. Ha bajado los muros lo suficiente como para que pueda vislumbrar al hombre dañado y hecho pedazos que hay debajo.

—No pasa nada —le dice a la niña. Vacila antes de asentir estoicamente y dirigirse hacia las escaleras; las sube rápidamente como si quisiera escapar de nosotras.

Me vuelvo hacia Bea para estudiar su reacción.

Solo tiene cinco años, es aún muy pequeña, casi un bebé, y es muy injusto que ya le haya tocado vivir una situación tan difícil: ha perdido a su madre y, en lo importante, también a su padre.

Aunque vive aquí, no está aquí. No está presente. No la está criando.

Compruebo el reloj y veo que ya son las siete y media.

—Es hora de irse a la cama, pequeña —anuncio.

—Ay —se queja—. ¿Cinco minutos más?

—No, lo siento. De hecho, ya es un poco tarde. Debería haberte acostado hace quince minutos. Vamos. Ponte el pijama.

Bea no ha tardado mucho en acostumbrarse a mí, lo que significa que le gusta desafiar mi autoridad. Eso lo complica todo: la hora de acostarse, la hora de cenar y la de prepararse para ir al colegio por las mañanas. Creo que subestimé lo difícil que puede ser cuidar de una niña de cinco años.

Después de un largo y agotador período de negociación y una pequeña rabieta, por fin consigo que Bea se lave los dientes, se acueste y lea un poco. Le aparto el pelo de la frente y le doy un suave golpecito en la nariz con un dedo antes de salir de la habitación y apagar la luz.

—Camille —susurra.

—¿Sí?

—¿Me das un abrazo? —pregunta, y se me rompe el corazón al oírlo.

—Por supuesto —respondo sin dudar. Correteo hacia su cama, me siento en el borde y la abrazo. Ella corresponde al gesto con fuerza, con sus pequeños brazos rodeándome la cintura y la cabeza escondida en mi pecho.

De repente, me doy cuenta de lo destrozada que está esta pobre familia. Es desalentador pensar que estoy aquí para ayudar a cuidar de ella cuando lo que en realidad necesitan es algo que va mucho más allá de mis capacidades: se necesitan unos a otros.

Ella es la primera en soltarme. Luego se recuesta y se acurruca bajo las mantas. Carraspeo para deshacer el nudo que se me ha hecho en la garganta, me levanto de la cama y voy hacia la puerta.

—Buenas noches, Bea —le digo antes de irme.

—Buenas noches, Camille —responde ella.

Mientras duerme, me entretengo limpiando la cocina, preparando la lista de comidas para mañana y haciendo algunos garabatos en mi libreta, en la cocina.

Al oír los pasos de Jack arriba, lucho contra el impulso de subir y decirle lo que pienso.

Quiero gritarle que se espabile, que deje de comportarse como un fantasma, que actúe como un padre.

Pero ¿quién soy yo para juzgarlo? Yo también me derrumbé y dejé de vivir el día en que murió mi padre.

Procesar el dolor ya es bastante difícil, pero ser padre al mismo tiempo es inimaginable.

Al darme la vuelta, casi suelto un grito al ver a Jack entrar en la cocina. Me quedo paralizada, esperando que me diga algo. En cambio, hace justo lo contrario: pasa a mi lado como si yo no estuviera ahí.

Abro la boca y lo observo en silencio mientras abre la nevera para buscar algo de comer. Me muero por hablar con él y tengo un montón de preguntas que hacerle, y esta es la primera vez que él y yo estamos solos desde aquella noche en el club.

Necesito decir algo. Sería irresponsable dejar pasar esta oportunidad de hablar con él. Pero ¿qué le digo? No puedo exigirle que se espabile. Pero tal vez, si pudiera cultivar una relación con él…

—Entonces, ¿es ahí donde trabajas? —murmuro, retorciendo un paño de cocina entre los dedos.

Él no responde y sigue rebuscando en la nevera—.

En el club, quiero decir. ¿Es eso? ¿Un club?

—continúo torpemente—. No sé si lo es. Nunca he estado en un sitio así.

No es lo mío, pero si es lo tuyo, me parece bien.

No te juzgo. —Estoy divagando y es humillante, pero ya no puedo parar.

Aun así, él me ignora como si ni siquiera estuviera ahí, y rechino los dientes ante tanto descaro—.

No era mi intención seguirte —digo, lo cual es mentira—.

Solo sentía… curiosidad. No sabía que te enfadarías tanto.

No quería entrometerme. Mi padre solía decir…

—Por favor, por el amor de Dios, para —espeta en voz alta, incorporándose.

Me quedo sin palabras y dejo de hablar abruptamente, paralizada, invadida por la vergüenza y la incomodidad.

Me esfuerzo por contener las lágrimas cuando él se vuelve por fin hacia mí.

Al ver la expresión herida de mi rostro, sus rasgos se suavizan.

Casi parece arrepentido, y debería estarlo.

Nunca había conocido a nadie tan cruel—.

Lo siento —murmura entre dientes; agacha la cabeza y se rasca la frente—. Pero, por favor, deja de hablar.

Obedezco y cierro la boca con fuerza mientras intento tragarme mi orgullo, pero es inútil. No voy a ceder a la voluntad de Jack, así no, y menos cuando no dejan de torturarme los mismos pensamientos una y otra vez.

—¿Qué te pasa? —pregunto, suplicante—. ¿Por qué eres tan cruel?

Él me mira con sorpresa, pero no soporto seguir ahí ni un minuto más, así que salgo furiosa de la cocina, con la rabia y la angustia atenazándome las entrañas. Cierro de un portazo y me escondo en mi habitación, esperando que no me siga.

No entiendo por qué me importa tanto todo esto. Jack St. Claire es un idiota, ¿y qué? Solo es mi jefe y me paga bien por hacer mi trabajo. Entonces, ¿por qué no puedo dejarlo pasar? ¿Por qué siento esta necesidad absurda de entenderlo?

Es por esa estúpida foto. En mi furia, la saco de mi bolso, la cojo y rechino los dientes, dispuesta a romperla en dos, pero me detengo antes de hacerlo. La pareja sonriente me mira desde la imagen y, por primera vez, los odio a los dos.

¿Por qué estoy tan obsesionada con este hombre, con esta familia?

¿Por qué he conjurado en mi mente esta imagen de Jack St. Claire como alguien adorable, en lugar del monstruo cruel y sin emociones que es en realidad?

¿Cómo demonios pudo Emmaline amarlo tanto?

La decepción que me provoca su carácter es lo más frustrante que he sentido nunca.

Consigo contener las lágrimas mientras me preparo para irme a la cama, furiosa. Los pasos de Jack retumban en el apartamento cuando sube de nuevo al segundo piso, y maldigo su nombre con cada uno de ellos.

Cuando por fin me meto en la cama, estoy insoportablemente inquieta.

Los crujidos de las tablas del suelo de arriba me mantienen despierta.

Eso, y el recuerdo de las palabras hirientes de Jack.

Ahora me doy cuenta de lo mucho que me detesta, y eso me hace daño.

Sé que no debería, pero no puedo evitar sentir su desprecio cuando estoy cerca de él.

Al final, caigo en un sueño ligero y sin pesadillas.

En algún momento de la noche, me despierta el crujido de la madera. Por el sonido, parece que alguien está en la puerta de mi dormitorio.

Me quedo tiesa, esperando.

Siempre dejo la puerta de mi dormitorio entreabierta para poder oír a Bea si se despierta. Y quizá sea ella quien está ahora mismo en el pasillo.

La habitación está a oscuras; solo la luz de la luna que entra por la ventana la ilumina, y clavo la vista en el hueco de la puerta para ver distinguir si hay alguien allí, mirándome.

Cuando otra tabla cruje, me incorporo con el corazón latiéndome a toda prisa. Tengo la sensación de que sé muy bien quién está al otro lado de mi puerta, lo que no sé es por qué.

Sí, hay algo siniestro y misterioso en Jack St. Claire, pero no me parece peligroso. No tengo la sensación de que vaya a hacerme daño ni le tengo miedo.

Cuando me levanto de la cama y pongo los pies en el suelo, lo hago con la intención de demostrarme a mí misma que estoy equivocada. Solo quiero acallar las dudas en mi cabeza: no hay nadie en el pasillo. No me está esperando al otro lado de la puerta. Solo son los ruidos de un apartamento viejo.

Voy de puntillas lentamente por la habitación a oscuras. Abro la puerta y dejo escapar un grito ahogado al distinguir la alta y oscura figura que se cierne en medio del pasillo. Se me acelera la respiración, y cuando nuestras miradas se cruzan, es como una descarga eléctrica.

—¿Qué pasa? —susurro, pero él no responde.

Lleva la misma ropa de antes —una camiseta negra ceñida y unos pantalones oscuros—, y parece tan triste, tan perdido… Tiene unas ojeras profundas y las mejillas brillantes por la humedad, como si hubiera llorado.

Solo se escucha el sonido de nuestras respiraciones, y el único aroma es el de su delicada colonia. Lucho contra el impulso de abrazarlo como antes he abrazado a Bea. Puedo sentir lo mucho que sufre como si fuera un fuego en su interior, y me encantaría sofocarlo.

Mientras espero a que haga algún movimiento es como si estuviera al borde de un precipicio: un pequeño temblor o una ráfaga de aire bastarían para empujarme al vacío. Toda la ira que sentía hacia él antes se ha disipado y se ha transformado en compasión.

Cuando Jack da un paso hacia mí, contengo el aliento, y cuando me empuja contra el marco de la puerta, se lo permito.

No ha dejado de mirarme fijamente desde el momento en que he salido de mi habitación.

Es casi imposible mirar a alguien con tanta intensidad, pero la expresión de Jack tiene algo extraño que me reconforta.

Es curioso cómo podemos estar así, como si escudriñáramos el alma del alma del otro.

No podría hacer algo así con nadie más porque sería demasiado incómodo, demasiado extraño, pero con él me siento a gusto, como si no estuviera tan sola.

Levanta la mano y contengo la respiración cuando me acaricia suavemente la mejilla con el pulgar. Solo con ese contacto siento un cosquilleo en la espalda, un calor en el vientre y la excitación que florece entre mis piernas.

Sus ojos, su caricia, su presencia hablan un idioma que no comprendo. ¿Qué está tratando de decirme? ¿Se arrepiente de haberme gritado? ¿Me desea de alguna manera prohibida?

No tengo ni idea de lo que está pasando ni de por qué estoy reaccionando así. Es su cercanía, la intimidad de poder mirarlo a los ojos durante tanto tiempo, el suave silencio entre nosotros, cuando no hay nada que decir, cuando solo hay que sentirlo todo…

Me toca la mejilla delicadamente, como si no supiera qué hacer. Eso me da valor para levantar mis propias manos y posarlas suavemente sobre su pecho. El corazón le late con fuerza contra mis dedos.

Y sigo esperando a ver si me besa o si me toca más.

O si va a llevarme a rastras a mi dormitorio y dejará que sus labios digan las palabras que su boca no puede pronunciar.

¿Y yo quiero que lo haga? Es como si de repente me hubiera hecho olvidar que es grosero, gruñón y mezquino, porque ahora mismo, lo que veo ante mí es solo un hombre, un hombre que sufre.

—Nunca debí contratarte —susurra, sacándome de mi ensimismamiento.

Sus palabras se me clavan en las entrañas y me hacen daño. Frunzo el ceño y me aferro con rabia a su camisa.

—¿Qué te he hecho? —respondo, pero él me tapa la boca con la mano para impedir que hable. Por fin, retira los dedos de mi cara y aparta la vista. Es como si me hubieran echado agua helada por encima. Se aleja, y me doy cuenta de que estoy intentando alcanzarlo—. Espera —susurro—. No te vayas.

No tengo ninguna buena razón para querer que Jack se quede. Por cómo me ha tratado, eso es lo último que debería desear, pero no soporto la idea de que vuelva al tormento de su soledad.

Ignora mi petición y va en silencio por el pasillo de regreso a las escaleras.

Y así, sin más, se ha ido, y yo me quedo aturdida por el encuentro sensual más extraño e intenso de mi vida. Mientras me meto en la cama y me tapo bien con las mantas, me pregunto si, después de todo, quizá mi obsesión por Jack St. Claire no es tan unilateral como yo pensaba.