Regla nº 6
Ten cuidado con aquellos que merodean por los pasillos en mitad de la noche Camille
Después del incidente en el club, Jack sigue sin aparecer, y tampoco es que me sorprenda.
Sigue rondando por la casa, pero su existencia se reduce a ruidosos pasos en el piso de arriba y apariciones ocasionales cuando pasa junto a nosotras para salir por la puerta.
Me alegro de seguir teniendo mi trabajo.
La mañana después de lo del club, me desperté sintiéndome humillada.
¿En qué estaba pensando al seguirlo a ese lugar?
¿Por qué demonios me quedé después de darme cuenta de lo que era?
Quizás quería indagar más en la vida de Jack por algo más que simple curiosidad; tal vez estaba intentando encontrar allí fragmentos de Emmaline. O puede que… un lugar para mí.
He asumido la nueva información sobre Jack —que es dueño de un club sexual— con sorprendente facilidad.
¿Por qué no lo había visto antes? Encontrármelo junto a esa chica, sin camisa y con una expresión de absoluto control grabada en sus rasgos le sentaba tan bien a Jack que no puedo quitarme esa imagen de la cabeza.
Una parte de mí se pregunta si me siento avergonzada de haberlo pillado en el club, pero creo que hay algo más que eso.
No puedo dejar de revivir los momentos en los que me sacó a rastras de ese sótano y me llevó fuera.
Estaba tan furioso… Estaba claro que no quería que yo estuviera allí.
Y no puedo dejar de preguntarme por qué.
¿Era para mantener su vida laboral en privado?
¿O estaba tratando de protegerme de algo?
No juzgo a Jack —ni a nadie— por lo que hace en su tiempo libre. Sus fetiches son cosa suya, y está claro que a mí me daría vergüenza que me viera en una situación como esa.
Es cierto que yo no hago esas cosas en público, pero aun así… Esta es una ocasión en la que tengo que controlar mi desbocada curiosidad.
El siguiente sábado, que hace sol, decido llevar a Bea a una pequeña feria de artesanía que hay en la ciudad, no muy lejos del apartamento.
Lleva un vestido a cuadros verdes y blancos con un cárdigan blanco abotonado y sus habituales zapatos negros Mary Jane relucientes.
He intentado convencerla de que se pusiera un conjunto más práctico para salir a dar una vuelta, pero se ha mantenido firme en su elección.
Con solo cinco años, tiene mejor estilo que yo, y le apasiona la moda.
Paseamos entre la multitud cogidas de la mano. Hay artistas con caballetes montados, pintando y vendiendo sus obras, y algunos incluso hacen retratos por encargo allí mismo, en la plaza.
—Me gustaría colgar un cuadro en mi habitación. ¿Me ayudas a elegir uno? —le pregunto a Bea, echando un vistazo a la selección.
— Oui —responde, emocionada, y no tarda en señalar una pequeña acuarela del Moulin Rouge con un marco rojo mate—. Me gusta esta.
—A mí también me gusta —respondo.
El artista sale de detrás de su caballete y nos saluda con una sonrisa.
—Dos por cincuenta —anuncia, y Bea se vuelve hacia mí, radiante.
—¿Eso significa que yo también puedo llevarme uno?
—Adelante. Elige uno para tu habitación —le ofrezco. Se acerca al puesto del artista y empieza a estudiar su selección de pinturas—. Son preciosos —comento.
— Merci —responde él—. ¿Eres artista? —pregunta.
—¿Yo? No. Pero me encanta el arte.
Y es cierto. Nunca he querido ser artista. Por mucho que me guste garabatear y dibujar, siempre he valorado el arte, pero nunca he querido dedicarme a ello profesionalmente.
No creo que todos los talentos tengan que ser perfeccionados; no hay nada de malo en hacer algo por el simple hecho de disfrutarlo sin que haga falta mejorar ni, desde luego, perfeccionarlo.
Mi padre me inculcó esa lección, y me inundan los recuerdos sobre él mientras veo al anciano pintar otro hermoso paisaje de París.
Solía decir que no era un cocinero perfecto y que su restaurante no era un lugar perfecto para comer, pero alimentaba a la gente y la hacía feliz, y eso era suficiente para él.
Y, sin embargo, siempre hay una voz dentro de mí que intenta alcanzar la perfección.
Es como si él intentara convencerme de que aceptara mis defectos, pero yo no puedo hacerlo.
Cuando me miro en el espejo, solo veo a una chica demasiado desordenada, demasiado ruidosa, demasiado salvaje, demasiado tonta o demasiado ignorante.
Y en lo más profundo de mi ser, sé que mi mente está tratando de decirme que, si yo hubiera sido mejor, mi madre no se habría ido.
Con cierta tristeza, le tiendo al hombre un billete de cincuenta euros y me doy la vuelta para ver si Bea ya ha elegido su obra de arte. Pero cuando miro hacia abajo, al lugar donde debería estar, y lo veo vacío, el pánico explota en mis entrañas como una bomba.
Vuelvo la cabeza a un lado y a otro.
—Beatrice —llamo—. ¡Beatrice!
Salgo corriendo del puesto y miro con desesperación a los dos lados del mercado en su busca. ¿Cómo he podido perderla de vista? ¿Qué he hecho? Solo llevo dos semanas en este trabajo y ya la he perdido. Pero si estaba aquí mismo…
—¡Camille! —me grita con su vocecita.
Me doy la vuelta y la veo con los brazos alrededor del cuello de una mujer hermosa en un abrazo cariñoso. Suspiro profundamente; siento como si toda la sangre de mis venas se hubiera ralentizado, como si perderla por un segundo hubiera reconfigurado por completo mi sistema nervioso.
—Me has dado un susto de muerte —la riño; corro hacia ella, le agarro la mano y la aparto de la mujer—. ¿Dónde te habías metido?
—Lo siento —murmura, haciendo un puchero—. Pero he visto a mi tía Elizabeth. —La mujer me lanza una mirada severa.
—¿Tu tía? —pregunto.
La mujer me tiende la mano.
— Je m’appelle Elizabeth. Je suis la sœur de Jack.
Abro mucho los ojos al fijarme en ella. ¿Es la hermana de Jack? Y no solo eso: habla un francés perfecto.
No veo ningún parecido, pero ella es tan impresionante como él es guapo.
Es delgada y bajita, con el pelo castaño oscuro, casi negro, recogido en un moño tenso en la nuca.
Lleva un top corto y holgado que deja al descubierto un hombro y el tirante de lo que parece un sujetador deportivo.
Lleva un bolso de Louis Vuitton al hombro derecho. Es exquisitamente hermosa.
Bea me dijo que tiene una tía que es bailarina. Le tiendo la mano para estrechársela.
— Je m’appelle Camille —me presento.
—¿Eres su nueva niñera? —pregunta.
Su francés es tan perfecto que parece nativo, lo que me resulta un poco extraño, teniendo en cuenta que Jack no lo habla en absoluto. Su expresión es escéptica.
—Sí, soy su nueva niñera. Empecé hace dos semanas.
—Y ya la has perdido —ironiza.
—Se me ha escapado —respondo a la defensiva.
—Bueno, ya era hora de que mi hermano contratara a alguien —comenta.
Tu hermano, pienso. Me encantaría interrogarla para conseguir entender a ese hombre. Me pregunto si él es tan enigmático para ella como lo es para mí. ¿También es frío e impasible con ella?
—¿Jack está aquí? —pregunta, mirando a su alrededor.
Suelto una risita burlona.
—No. —La idea de que Jack salga conmigo y con Bea es francamente cómica. Ella arquea las cejas ante mi exabrupto. No quiero hablar mal de Jack delante de Bea, así que respondo con indiferencia—: Está muy ocupado en el trabajo.
Ella asiente lentamente, como si lo entendiera.
—Sí, lo sé.
—La tía Elizabeth trabaja con papá —señala Bea con adorable inocencia.
Pongo los ojos como platos.
—Creía que eras bailarina…
—A tiempo parcial —responde—. Jack y yo también trabajamos juntos.
—Solo puedo pensar en ese club y preguntarme dónde trabaja exactamente esta mujer, su hermana, mientras él está en el sótano acariciando a mujeres que están de rodillas y haciendo Dios sabe qué más—.
Pero no me apetece hablar del trabajo… —murmura, guiñándole un ojo a Bea.
—Hablas muy bien francés —le digo—. ¿Has vivido aquí toda tu vida?
—No. Me mudé aquí cuando tenía dieciocho años.
En realidad, fue la madre de Bea quien me enseñó francés.
Era una buena profesora. —Siento una punzada de desesperación al ver cómo mira a la niña.
Aunque Elizabeth se mudó aquí cuando tenía dieciocho años, ahora no puede tener más de veintitrés.
Así que sigue siendo impresionante lo bien que habla.
La madre de Bea sí debía de ser muy buena profesora.
La mujer se agacha hacia Bea y le murmura algo en inglés.
Doy un paso atrás para darles un momento de intimidad, y al cabo de un instante, Elizabeth se incorpora—.
Creo que mañana me llevaré a Bea, si te parece bien.
Hace tiempo que quiere acompañarme al estudio de baile, y supongo que los domingos debes de tener el día libre.
—Sí —respondo—. Phoenix iba a quedarse con ella, pero…
—Se lo diré —interrumpe Elizabeth—. Voy a verla hoy.
—De acuerdo —respondo—. Ha sido un placer conocerte.
—Lo mismo digo. —Una leve sonrisa se dibuja en su rostro; se da media vuelta y nos deja a Bea y a mí en el mercado.
Más tarde, esa misma noche, mientras Bea y yo hacemos un puzle en la mesa del salón, se abre la puerta principal y entra Jack.
— Bonsoir, papá —lo saluda Bea.
Me quedo parada, esperando su reacción. Se detiene junto a la puerta del vestíbulo del apartamento, mirando a su hija, que está sentada a la mesa junto a mí. Lo estudio, esperando alguna reacción. Esta pobre niña solo necesita un padre. Un poco de cariño. Atención. Cualquier cosa.
Pero él nos mira a los dos, que estamos aquí sentadas, como si eso le resultara ofensivo. Como si el mero hecho de que existamos le hiciera algún daño.
—Hola, Bea —responde en inglés con voz ronca y afligida.
Normalmente, cuando Jack entra y sale del apartamento, va directamente de la puerta principal a las escaleras. Nunca lo he visto dirigirse a la cocina, a su habitación ni a ningún otro lugar de la planta baja de la casa.