Regla nº 5 #2
—Ah —dice con los ojos muy abiertos y una expresión de complicidad en el rostro—. Bueno, probablemente esté abajo.
—¿Qué hay abajo? —pregunto.
—El club —responde con una sonrisa.
Miro a mi alrededor.
—¿Esto no es el club?
Ella se ríe de nuevo.
—Debes de ser nueva aquí. —¿No es obvio? Señala al otro lado del local y sigo la dirección de su dedo hasta ver un ascensor custodiado por otro hombre vestido con un traje negro—. Dile que tienes que ver a Jack. Él te dejará bajar y probablemente lo encontrarás en la parte de atrás.
—Gracias —balbuceo torpemente. Después de beberme el agua, sigo las instrucciones de la camarera.
¿A dónde leches lleva ese ascensor que necesita un guardia de seguridad? ¿Y por qué está Jack allí abajo ? ¿Por qué se considera que eso es el club y esto no?
Nunca en mi vida he estado tan confundida. Las alarmas suenan en mi cabeza y, de repente, recuerdo que Phoenix me dio instrucciones estrictas de no preguntar sobre su trabajo ni husmear donde no debo. Y, sin embargo, aquí estoy, en un club, o encima de un club, que al parecer es propiedad de Jack.
Ya estás metiéndote otra vez en líos, Camille.
Quizás si se me diera mejor seguir instrucciones o escuchar las advertencias, me daría media vuelta y me iría a casa. Dejaría todo esto atrás y no satisfaría mi curiosidad.
Pero no soy así: soy imprudente y entrometida, y no reconocería un límite ni aunque me diera una bofetada en la cara. Si así es como voy a perder mi trabajo, que así sea, pero ahora no puedo retroceder.
—Vengo a ver a Jack St. Claire —le digo al hombre que está junto al ascensor y señalo a la camarera—. Me ha comentado que te lo dijera a ti.
Él suelta y un gruñido y le hace un gesto de asentimiento a la camarera. Luego pulsa un botón y las puertas se abren para permitirme entrar en el ascensor. Estoy prácticamente temblando cuando baja y, una vez que se abre, me cuesta mucho salir.
Inmediatamente noto que el lugar es un poco más silencioso e incluso más oscuro cuando salgo del ascensor y voy por un estrecho pasillo negro. Un letrero de neón rojo sobre la cortina negra como la tinta que hay delante solo dice «Legado».
Hay algo en todo esto que consigue que una vocecita interior me grite que este no es mi sitio.
¿Y si Jack es de la mafia y estoy a punto de entrar en una reunión secreta en la que todos los presentes se volverán hacia mí con las armas desenfundadas?
¿Y si se trata de un sórdido negocio clandestino de drogas u otros productos del mercado negro?
¿Y si es una mazmorra sexual pervertida y me encuentro con algo que no debería ver?
Mientras todos estos pensamientos se arremolinan ansiosamente en mi cerebro, de repente me doy cuenta de que no sé para quién trabajo. Podría estar empleada por un hombre muy peligroso y no tener ni idea.
Pero eso me da igual. Ya quiero a Bea, y la cuidaría aunque su padre fuera un mafioso traficante de drogas.
Al atravesar la oscura cortina al final del pasillo, debajo del letrero, lo que encuentro no se parece en nada a lo que esperaba.
No hay tanta gente como arriba. Sigue sonando música, pero es más lenta, más sensual y no está tan alta.
Las luces son tenues, pero también tienen un tono rosáceo, y toda la sala desprende una energía sexy.
Hay cristales que distorsionan los reflejos y adornos ornamentados en un murete que rodea lo que parece ser una pista de baile. Lo recorro, observando los extraños movimientos de la gente, incapaz de distinguir qué clase de baile es este.
Cuando llego al otro lado, me quedo paralizada y boquiabierta por la sorpresa. No puedo creer lo que ven mis ojos. Hay gente en la pista de baile, pero no mucha, tal vez doce o quince personas, y se mueven al ritmo de la música de una manera que es a la vez natural y antinatural.
Tardo un momento en darme cuenta de que la mayoría de ellos están completamente desnudos. Y el resto apenas lleva nada puesto.
Los cuerpos se contonean y se restriegan entre ellos al ritmo del bajo.
Sus manos recorren los cuerpos de los demás.
Una de las mujeres desnudas tiene las piernas alrededor de un hombre, los brazos colgando sobre los hombros de otro, y definitivamente lo que hacen no es bailar.
Las embestidas del hombre coinciden con el ritmo sensual de la música, y desde aquí puedo distinguir sus gemidos.
Es lascivo sin ser grotesco ni vulgar. De hecho, es casi hermoso.
—Así que sí es una mazmorra sexual… —susurro sin dirigirme a nadie en particular.
—Si sigues mirando así, te van a echar —dice una voz a mi espalda.
Me sonrojo, me tenso y, de pronto, me siento acalorada; me doy la vuelta y encuentro otro pequeño bar, muy parecido al de arriba.
El hombre que me ha hablado es un joven camarero muy guapo, con el pelo negro azabache.
Parece tener mi edad y una sonrisa tímida con hoyuelos aparece en su rostro cuando se apoya en la barra.
Echo un vistazo a mi alrededor a toda prisa para asegurarme de que no me han pillado mirando fijamente la pista de baile… o la pista de sexo, mejor dicho.
—Lo siento —balbuceo, y voy hacia el camarero. Me arden las mejillas, al igual que otras partes de mi cuerpo que prefiero no reconocer en este momento.
Él se ríe.
—¿Es tu primera vez? —Asiento en silencio. ¿Primera vez en qué? No lo sé. La primera vez en una mazmorra sexual, sí. La primera vez que mi curiosidad me ha metido en un lío, ni por asomo—. ¿Necesitas una copa? —pregunta.
—Como el aire que respiro —susurro, y apoyo los brazos en la barra, sin atreverme a volver la vista hacia el espectáculo erótico que tiene lugar en medio de la sala.
—¿Quieres que te prepare algo distinto? Podría sorprenderte. —A juzgar por su acento, también es de Estados Unidos, como Phoenix y Jack.
—Sí, por favor —respondo, jugueteando con mi cabello para mantener mis manos ocupadas.
—¿Has venido sola? —pregunta.
—Sí —respondo.
—Normalmente, a los nuevos miembros se les ofrece una visita guiada. ¿No te la han ofrecido?
Carraspeo, incómoda de nuevo. ¿Nuevos miembros? ¿Se supone que soy miembro? Dios mío, Camille. ¿En qué follón te has metido ahora?
—Eeeh, no —respondo tartamudeando.
—Vale, bueno, esto no es una visita guiada propiamente dicha, pero esa es la pista de baile. Esas son las cabinas vip, y hay una mazmorra de bdsm en la parte de atrás, pero si quieres alquilar una sala privada, tendrás que hablar con el anfitrión.
Mientras desliza mi bebida por la barra, intento asimilar lo que acaba de decir, sin mucho éxito.
¿Una sala privada? ¿ Bdsm ?
Intento mantener la calma mientras medito sobre lo que veo; le doy un sorbo a la bebida morada y me doy cuenta de que Jack St. Claire es dueño de un club sexual. De eso va todo esto. Ahora tiene sentido que Phoenix no quisiera que hiciera preguntas.
—Curiosea cuanto quieras —dice—, pero no te quedes mirando boquiabierta como hace un momento.
Actúa con naturalidad. Una chica tan guapa como tú no va a estar sola mucho tiempo, pero si alguien te molesta, solo tienes que avisar a cualquiera de los guardias de seguridad y ellos te ayudarán. ¿Entendido?
—Entendido —respondo, sintiéndome avergonzada y más nerviosa que nunca.
Apuro mi copa de un trago, convenciéndome a mí misma de que me iré en cuanto acabe.
Dejo un billete sobre la barra, me levanto del taburete y recorro lentamente el club, aferrando el bolso sobre mi pecho.
Espero que en cualquier momento alguien se dé cuenta de que no debo estar aquí y me eche.
Como ha dicho el camarero, a la derecha hay unos grandes reservados circulares con respaldos altos y mesas bajas para que no se vea a las personas que están sentadas. Al pasar junto a ellos, veo una puerta que lleva a otra parte del club.
Los ruidos que provienen del interior me frenan en seco. Ya no es música lo que oigo, sino el inconfundible sonido de algo al golpear la carne. El camarero me ha sugerido que no me quede mirando boquiabierta, y lo estoy intentando, pero está claro que esto no es para mí.
La sala está dividida por paredes altas y hay espacio para que la gente pasee alrededor de ellas.
Otros clientes como yo deambulan por allí, curioseando.
Paso junto a ellos, sin asimilar del todo lo que veo.
Me recuerda a un museo en el que la gente contempla las obras de arte, pero en lugar de pinturas y esculturas, lo que miran son látigos y ataduras.
Hay un hombre azotándole el trasero a una mujer atada a una cama. A juzgar por el sonido de su voz, a ella le encanta y le horroriza al mismo tiempo.
Hay otra mujer suspendida de unas vigas, envuelta en cuerdas, con el pelo atado a los tobillos. No consigo entenderlo, así que paso de largo y sigo adelante.
Lo que me encuentro en la última cabina me deja paralizada: Jack St. Claire está junto a una pared cubierta de paletas y otras herramientas que no reconozco.
Está sin camisa, de espaldas a mí, con unos vaqueros oscuros.
No puedo apartar la mirada de los músculos que se extienden desde los hombros hasta la columna vertebral.
Hay un brillo de sudor en su piel, y estoy tan impresionada por la escena que no puedo moverme, aunque sé que debería hacerlo.
Una mujer está arrodillada en el suelo a su lado, pero no me fijo mucho en ella. Jack alcanza algo que hay junto a la pared —un ovillo de cuerda negra—, y veo el anillo de oro en su mano izquierda.
Cuando coge la cuerda y se da un golpe en la palma de la mano con ella, me estremezco. La chica en el suelo parece sumisa; Jack se da la vuelta para mirarla, y veo cómo le acaricia suavemente la cabeza y la línea de la mandíbula, con adoración. Ella prácticamente se derrite bajo su contacto.
Escondida detrás de una pareja, los estudio con gran interés. La mujer se echa hacia Jack mientras él desenreda la cuerda que tiene en la mano. Ella levanta las muñecas cuando se lo ordena y él le susurra suavemente dos palabras que me recorren la espalda como un escalofrío.
—Buena chica.
Con los labios entreabiertos, me pregunto cómo debe de ser estar en su lugar, ser tan adorada y tratada con tanta delicadeza por él. Sentir su contacto, su atención, sus elogios cariñosos.
Él le murmura algo más que no consigo entender aunque me habría encantado hacerlo.
Entonces, él levanta la vista y se dirige hacia el grupo de gente en el que estoy. Hago todo lo posible por esconderme, agachándome detrás de la pareja en la oscuridad, pero es demasiado tarde.
Encuentra mi mirada y es como si me hubiera alcanzado un rayo. Me invade el temor cuando sus ojos se abren con sorpresa. Sus fosas nasales se dilatan y su pecho se expande al inspirar hondo, y yo me preparo para su ira. Le murmura algo a la chica y tira al suelo la cuerda que tiene en la mano.
Mierda.
Se acerca a mí con pasos furiosos y yo retrocedo como si pudiera escapar de él. Me agarra por el brazo y yo grito.
—¡Suéltame!
—¿Qué haces aquí? —dice, escrutándome el rostro.
—Yo… yo… —No sé qué decir. No se me ocurre ninguna excusa, así que renuncio al fútil intento de salir del paso con palabras.
—Este no es tu sitio —dice con voz ronca. En silencio, me lleva a rastras al fondo de la sala, y yo me resisto con todas mis fuerzas, como si pudiera detenerlo.
—¿Por qué no? ¡Puedo ir donde quiera! —exclamo.
—Puedes ir donde quieras, menos aquí —argumenta, y sigue llevándome a la fuerza por los recovecos del club hasta que encuentra una puerta. Agarra el pomo, la abre de un tirón y me hace pasar al otro lado de un empujón.
—¡Para! —Estoy muy asustada cuando me lleva por unas escaleras en la parte trasera del club. Todo sucede muy rápido. Abre de un golpe una puerta exterior y, de repente, estamos fuera—. ¡¿Qué crees que estás haciendo?!
Me suelta el brazo y bloquea la puerta por la que acabamos de salir. Sus ojos se clavan en los míos con intensidad, y la rabia palpita en sus rasgos.
—¿Por qué nunca escuchas? —suelta, exasperado.
Resoplo y levanto la barbilla con mi mejor actitud desafiante.
—¿Por qué debería escucharte? —le espeto—. Tú no eres mi, mi…
—¿Tu jefe? —masculla, echándose hacia mí.
La química entre nosotros es eléctrica; su pecho se agita aunque siga mirándome, airado.
Me olvido de cómo hablar y me quedo sin palabras.
No sé qué iba a decirle a Jack, pero me ha desarmado al recordarme que es mi jefe.
Todo este tiempo me he estado inventando una conexión entre nosotros, y todo por culpa de una fotografía.
Eso es lo que me ha llevado a este club, lo que me ha llevado a seguirlo, desesperada por saber todo lo que pudiera sobre él.
Y he descubierto mucho más de lo que esperaba.
Pero él es solo mi jefe. Nada más. Y nada menos.
Y si no le hago caso, corro el riesgo de perder el mejor trabajo que he tenido nunca—.
Vete a casa. —Señala hacia la calle que sale del club, como si fuera un perro que debe obedecer sus órdenes.
—¿Pero qué pasa contigo? —le pregunto, con la voz temblorosa. No reacciona ni responde. Cuando me queda claro que no se moverá hasta que me vaya, suspiro y doy un paso atrás.
Con los ojos llenos de lágrimas, le doy la espalda y me alejo del club hacia la carretera que me llevará de regreso a casa.